viernes, julio 31

Los perros - Carlos - C y M

Si no escribo ahora, muero. Sé que es un mal inicio para un texto, porque lo mejor sería configurar una imagen que enganche, y no en primera persona a fin de salvar distancias, por ejemplo: C llegó apresurado para abrir la puerta de su departamento, las llaves se le cayeron haciendo un tintineo que le trajo a la memoria todas las veces que abría la puerta ganándole a M, quien solo atinaba a meter sus llaves en el bolso con un mohín que indicaba: Sólo me ganaste esta vez, no será por siempre. C en esta ocasión tiró las llaves sin que hubiera una razón, quizá lo que deseaba era recordar los labios de M diciendo: Tú ganas la puerta, pero yo el sillón, acércate, siéntate conmigo. Ese tal C tenía suerte, la alegría era el eje a partir del cual circulaba su vida, navegaba incluso ante obstáculos y dificultades. Estando allí M, deseaba tener pretextos para ser consolado, para gritar de contento o asomarse a la ventana y enumerar lo que iba pasando. En esta ocasión, en cambio, la soledad es un cuchillo que me hiere con su canto romo, un canto sordo que me hace más daño por no herir del todo, pero que deja la marca suficientemente enardecida como para no olvidar. No hay herida por la que salga la tristeza, como si la sangre se hubiera coagulado antes de tiempo. La tentación es ignorar que estoy sentado en la cama, con un vaso de leche contaminado de polvo negro de galletas en el buró, con la televisión en una comedia que de pronto se ha vuelto trágica, tanto como esta inmovilidad sin M, este aire denso como la misma sangre que no circula. M, me pregunto qué tal real ha sido todo este juego de dimes y diretes, y me responde tu sonrisa, el blanco de tus dientes y, entre ellos, aquel colmillo roto que te pasas relamiendo hasta que te saca de ti el estruendo del tren de las 11 pm, la hora en que me propondrás leer una obra de teatro en voz alta mientras cambiamos posiciones en la cama como si ensayáramos un parchís para simular la dinámica y la estática de los personajes. No quisiera nombrar a la palabra soledad, no la nombré antes porque quería evitar su evocación, pero ya que se ha instalado como un perro enfermo incapaz de moverse de un rincón del que se ha adueñado, no tengo de otra que pronunciarla con el deseo de exorcizarla, de que se vuelva una fórmula mágica que me devuelva lo perdido o que me haga olvidar que alguna vez lo tuve todo en un roce de dedos al darte una taza, una mirada líquida nomás por nomás, un sentarnos a mirar cómo una grúa giraba para subir su carga a un edificio en construcción.

 

(Carlos)


Nota: Daré más vida a C y a M y borraré más a Carlos. Que Carlos irrumpa, pero luego de dar más vida a las iniciales. Que los personajes no nombrados tengan más densidad experiencial.

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jueves, julio 30

Nuevo jugador

Cuando una tía enterró
un frasquito con su último hijo
no logrado
en el jardín de los abuelos
donde mis primos y yo jugamos,
preferimos salir a la calle
un fin de semana entero.
Al domingo siguiente 
le asignamos
un nuevo papel: 
el del científico loco
con un laboratorio
bajo las raíces del naranjo
desde donde planea
cómo derribar
a los monitos de Star Wars
sin herir
a los soldaditos de plástico.


martes, julio 28

El Diablo

Me ha perseguido
incluso al refugiarme
en el Templo de la Merced.
He recorrido
todas las iglesias
de Guadalajara:
me he confesado
en sus reclinatorios
con la fe que mi padre
me enseñó
hincando las rodillas
en un hormiguero
los domingos sin gloria:
un ladrillo en cada mano
enaltecía a los mártires.
Voy a camuflarlo con el heno
mientras simulo ignorar
sus planes a futuro.



(tío Norbe)


Los perros - Mayra - a Mario

Querido Mario, he recolectado para ti una colección de escarabajos para que te regodees con tus conocimientos sobre esa obra de Edgar Allan Poe que no has dejado de alabar las últimas semanas. De niño la leíste en su versión de novela gráfica, así que retienes la impresión de su dibujo con una nitidez que hasta a mí me has transmitido. Al investigar en mi manual de entomología me encontré que el más parecido a su imaginación sería uno del género Chysina, en particular la familia de los llamados en inglés golden scarabs, cuyo brillo refiere al de ese metal tan añorado por los alquimistas. Como no existen realmente escarabajos con la figura de una calavera en su tórax, Poe añade al amuleto una característica que en la vida real corresponde a una mariposa africana, una Lepidoptera también llamada esfinge calavera o esfinge de la muerte: la Acherontia atropos.1 Su patrón de escamas produce un efecto visual antropomorfo, una figura solo de interés para los humanos porque refiere a nuestro cráneo. También podría ser la calavera de un perro o de una perra si el observante fuera un canino con el mínimo interés de espejearse. Por suerte, a los Canis lupus les da lo mismo esta especie que vive entre dos y ocho semanas y llega a alcanzar los 13 centímetros y hasta los 3.5 gramos, lo que la convierte en una de las polillas más pesadas del mundo. En eso se asemeja a ti, Mario, que eres uno de los coleópteros más pesados que he conocido. ¿Todavía escupes frases en alemán a diestra y siniestra, mientras juegas al póker con los otros perros? Me han dicho que es así como te delatas con una buena combinación, pero comprendo que para ti sería un desperdicio perder la oportunidad de citar a Goethe.
La superstición sobre su poder de presagiar una tragedia no solo ha fascinado a escritores como Poe, también ha incidido en la iconografía del mundo cinematográfico si consideramos el cartel de El silencio de los inocentes, donde esta peculiaridad se exagera en aras del diseño gráfico. Es una tontería tomar esta imagen sugestiva como un elemento del mal agüero. Si es que representa a los muertos bien podríamos interpretar su aparición como un simpático guiño de nuestros ancestros: ¿por qué no sentirnos honrados de recibir un mensaje del más allá? Pero nuestras posibilidades de observación se reducen drásticamente porque aquí no estamos ni en las márgenes del Hudson ni en África ni en la selva amazónica. De cualquier manera, quizá Poe consideró que la calavera de esta polilla bien podría dibujarse en su escarabajo dorado para otorgarle un elemento simbólico y al mismo tiempo circunstancial, sin obligación de atenerse a otra normatividad que la evocada por la fantasía. Tratando de informarme más, descubrí que Maureen C. Mabbot, un gran especialista en Poe, encuentra una relación sugestiva entre el escarabajo de oro y la Acherontia atropos,1 el enigma central de "La esfinge", un relato breve y poco conocido del romántico norteamericano. Como en la literatura, he aquí que cada quien es agente de su diégesis o, para decirlo en términos que entiendas: su entorno de ficción. Estoy casi segura de que concordarás conmigo en que lo de menos son los hechos verificables, si me baso en ese juego infantil con que suelen retarse Carlos y tú al ensayar versiones de lo mismo.
Prefiero no extraviarme en el laberinto de las influencias. Solo quería quedar bien contigo que te las das de erudito. Sé que te encantará mi colección de escarabajos recolectados en El Palomar porque el de Poe te transfiguraba la expresión hasta lo sublime cuando lo nombrabas (¿Te gustó mi alusión romántica, literato? Sé que no te late que te digamos así porque suena impostado, pero te lo digo ahora mismo porque, aunque esté feliz gracias a ti, también tengo reclamos que hacerte por lo distante que te has comportado la última semana.). Seguramente por todo lo que lo rodeaba: la aventura, el enigma, el desciframiento a medias.
En El Palomar (adonde no has querido acompañarme por temor a que mis padres sepan de tus intenciones eróticas, descubran que no tienes ni un centavo y que, para colmo, estudias Letras) no hallé muestras de la esfinge calavera, porque ya he dicho que no forma parte de la fauna local, pero, en cambio, me hice de un magnífico ejemplar de Strategus aloeus, coloquialmente llamado escarabajo rinoceronte por su evidente parecido con este animal africano. Pero no, disiento: el mamífero Ceratotherium simum y sus derivados son, al contrario, reflejos imperfectos de este insecto fenomenal. Y ese eres tú, querido amigo, nada menos que un insecto que con la lengua embiste, aunque para mí tu lengua es una cosita que va más allá de los idiomas y tus dardos verbales: conmigo se vuelve ligera y húmeda.
Mario, no tienes idea de lo contenta que me siento con el kit para atrapar bichos que enviaste a mi casa. No me importa que sea para niños y venga en color verde olivo. La red y los sujetadores han sido especialmente útiles con las mariposas, y ciertamente con los escarabajos. Sé que fuiste tú quien lo envió, aunque carece de remite. Debe ser una de tus jugarretas cuyo único propósito es movernos el piso. Me recuerdas aquella ocasión no muy lejana en que recibí telegramas todos los días. No eran más que citas de libros que yo les había comentado haber leído. De verdad que te pasas, Strategus aloeus, con tus puntadas.


 
1 Poe utiliza la taxonomía del Synopsis of Natural History (1839) de Thomas Wyatt que ayudó a compilar: Sphinx de la familia Crepuscalaria del orden Lepidoptera y de la clase Insecta

(Mayra)
 
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lunes, julio 27

Los perros 27 07 2026 - Carlos - prepa - 22 abril

¡Explotó Guadalajara!, ¡Explotó Guadalajara!, gritaban las noticias de la radio. Esa mañana soleada del 22 de abril de 1992 Guadalajara había dejado de existir mientras me relajaba en el jacuzzi de la alcoba en una habitación del piso 16. Guadalajara se había hecho añicos, insistían incrédulos en Radio UdeG como si todavía no asimilaran la destrucción. Eran las vacaciones de Semana Santa y mis papás, mis hermanos y yo no atinábamos qué hacer porque en el teléfono se había instalado un silencio contundente. Bajamos por las escaleras y, al llegar al lobby, descubrimos que el hotel "todo incluido" no había previsto que una multitud de huéspedes abarrotara la recepción, por lo que corrimos hacia la calle en busca de un teléfono público. Las líneas estaban saturadas. Mario, mi mejor amigo de la prepa, se encontraba allá, en la ciudad pulverizada. Después de varias horas aclararon en las noticias: veinte cuadras del sector Reforma se habían convertido en escombros. No había sido un terremoto ni nadie había equivocado un misil: veinte cuadras de Guadalajara yacían en lo profundo debido a un estallido surgido de las alcantarillas.

Por más que giraba el disco del teléfono una y otra vez, obsesionado por saber si mi carnalito estaba con vida, no escuché ninguna voz al otro lado del auricular. Fue como si una sordera de antro se me hubiera metido en los oídos, como si la explosión me hubiera minado los tímpanos a la distancia. De regreso a Guadalajara, entre curvas de náusea, abría y cerraba el cenicero, quitaba y ponía los seguros, le rogaba a mi papá que hundiera más el pie en el acelerador, convencido de que no vería nunca más a Mario porque lo imaginaba inmóvil bajo los escombros. Nadie decía palabra porque presentíamos, ante la desinformación aplastante, que muchos de los conocidos habían sucumbido a la nada. Fue hasta que llegué a la ciudad cuando pude contactar a la mamá de Mario y enterarme de que se hallaba en la zona devastada, sí, pero desenterrando personas completas y en pedazos.

 

(Carlos, prepa)

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jueves, julio 23

Los perros - cualquiera - 11:43 pm

11:43 pm

El silbido del tren se cuela por la habitación como la crecida de un río: un traqueteo feroz le asfixia hasta abrirle las costillas como si fueran pétalos de hierro. El barullo cesa, las costillas recuperan su forma: son alas replegadas en el torso de un ángel de vidrio…


(Cualquiera)


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lunes, julio 20

Los perros - 20 07 2026 - Carlos 20 años después casa

Tengo la rara sensación de haber escrito esto antes, mucho antes que en este momento. Pero también la impresión de haberme encontrado con esta fachada de verde desteñido y descascarado mucho antes, con este salitre que asoma como la espuma del hocico rabioso de un perro. La herrería de las ventanas está hecha a la antigua y, hay que decirlo, permanece, como todos aquellos trabajos realizados por oficiantes. Las ventanas que podrían estar tapiadas debido al abandono y en su lugar simplemente están cerradas, por cuyos motivos florales y translúcidos de sus vidrios puede adivinarse el amontonadero de papeles y de objetos fantasma. La puerta negra de hierro, donde seguramente en otro tiempo remoto hubo un portón de mezquite, deja ver lengüetazos de óxido lanzados hacia los transeúntes que, como yo, de pronto nos detenemos para averiguar si esta construcción todavía soporta estar de pie.

Rompo con la llave uno de los vidrios de la puerta y, sin importar el filo y el posterior sangrado, fuerzo la cerradura, levanto sigue teniendo su maña el hierro y empujo: la casa está abierta. La recuerdo entonces. No como ahora, sino como en aquellos tiempos en que nombrar al siglo xxi era una especie de clamor en el vacío. No importaba el siglo xxi, no existía más que en un futuro inasequible para los perros que todavía no éramos y comenzamos ser al husmear estas paredes, sus libreros atestados de volúmenes antiguos e inconseguibles, sus habitaciones altas, la cocineta y el patio cuadrado. Una casa de adobe ni muy grande ni muy pequeña, lo suficientemente amplia como para que se entrelazaran las vivencias que aquí tuvimos hace ya, creo, treinta años, quizá más, quizá menos.

Me han dicho que comenzar un párrafo con el verbo conjugado: recuerdo, trae consigo una serie de imágenes que empieza como un hilito insignificante y termina en una riada, en un aluvión. Pero yo no sé si acaso quiero recordar. ¿A quiénes? ¿A qué?

Las paredes de la casa parecen estar tapizadas de letras informes, con renglones que no siguen una lógica. De pronto las líneas manuscritas forman incluso constelaciones: espirales, cuadrados, círculos. Parece ser que los que aquí habitaron solo deseaban cubrir con tinta y carbón los muros salitrosos. También hay papeles manuscritos en el suelo, papeles sueltos, arrugados, pilas de papel bond con páginas impresas y corregidas con tinta sepia hasta que no queda nada sin reescribir… cuadernos de pastas duras aquí y allá, murales que en otro tiempo debieron cubrir tal o cual pared de la sala, de la cocina, de alguna de las cuatro habitaciones. Parece como si la casa hubiera vomitado tintas: verde, roja, azul, negra, marrón… y en las escrituras, rostros, máscaras. Una vez que hago a un lado las telarañas, encuentro más escrituras. Regresar es recordar, supongo. Lo copio todo, lo recopilo en fotos, en folders. Las cajas, que parecían parte de una mudanza, están repletas de páginas que alguien abandonó. Todo lo recopilo, todo. La escritura en la cabecera de las camas, la escritura en los cajones, en las inmediaciones de las puertas. Hay  mini casetes tirados, diálogos ensayados, todo aquí me parece fragmentario. Como si lo importante fuera solo escribir, escribirse, soltar las palabras, dejar que arañen las esquinas, los rincones, que tapien de una vez por todas los huecos. Nada hay aquí que no cuente su historia, que no evoque…

 

lunes, julio 13

Los perros - Gaby monologa sobre José

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(Reescribir estableciendo flash-back de acuerdo a los movimientos de Gaby en la barra del Barbanegra, antes y después de la llegada de Martha y Carlos. Crear una escena que dé lugar a su monólogo interrumpido y a la vez propiciado por lo que ocurre en el bar. Luego llega José y la narración continúa...

Recortar, editar identificando repeticiones y alusiones innecesarias. )


No esperaba que mi Josesito me dejara como novia vestida y sin alboroto. Como novia es un decir, por aquello de la fiesta. Tan amable que ha sido conmigo. Me consiguió una habitación dónde quedarme en casa de la mamá de Alex. Me recibió en su casa, en su casota, con credencial de miembro plus entre sus amistades, casi tan raras como él. Sus amigos los ex pepsimaniacos me parecían graciosos, mientras que Iván me intimidaba con sus extrañas sugerencias: de que me acompañaba a tal o cual lado por mi protección, de que me daba de su Pepsi o que me invitaba a probar cerveza artesanal en un bar al que es asiduo. Así son estos amigos, quieren protegerme hasta de mí misma, darme a conocer que el mundo es ancho y ajeno.

A mí me late escuchar cómo Iván denigra a sus subalternos en la empresa donde asesora el proceso de producción. Nunca he sabido de qué: tal vez televisores, o robots… lo cierto es que los trabajadores a su cargo reciben en estas charlas el apelativo de monos o changos, pero lo que más risa le da a Josesito es la palabra macacos. Entonces cita a Carl Sagan en Los dragones del Edén para ensayar un discurso en broma arguyendo que solo se trata de animalitos en proceso de evolución a las órdenes de Iván, a quien le adjudica el epíteto de Terrible. Al menos eso es lo que este peruano que José conoció en la universidad ─mientras cursaba la carrera de ingeniería luego de abandonar la de física─ otorgaba a las conversaciones: un sentido irónico del mundo capitalista al que José pertenecía en uno de los estratos cercanos al pico de la pirámide por derecho natural. No es que negara las bases de la pirámide, sino que pensaba que formaban parte de la maquinaria con que la mansión de sus padres despegaba hacia la exploración de cada día. Yo lo único que deseaba er un lugar en el mundo, en su mundo. José no era un hijo de papi cualquiera. Había estudiado la prepa abierta y aprendido inglés por su cuenta para aprovechar el tiempo, y se había hecho de un gusto por todo aquello que alimentara su cerebro. Quizá el momento más preciado en la secundaria fue aquel en que su papá le regaló un ejemplar gigante de Cosmos. No era un ocioso. A sus treinta años, aunque vivía con sus padres en Jardines Universidad, tenía una total independencia. El papel tapiz que simulaba el mural de La Creación de Miguel Ángel que cubría unos tres metros cuadrados sobre el dintel de la puerta de la entrada sintetizaba aquello que sus amigos sentíamos con su amistad: como un Adán en espera ansiosa de ese toque divino de conocimiento…

Queríamos la aceptación de este Josesito que se había hecho a sí mismo. Su cuestionamiento a los valores asumidos por las ovejitas católicas, como nos calificaba mostrándonos los subrayados en su ¿Por qué no soy cristiano? de Bertrand Russel, o su Anticristo de Nietszche. Yo solo había leído Demian por ser una novela proscrita por mis familiares. Las reuniones eran toda una ceremonia: mirábamos alguna peli que José tuviera ya entre sus selecciones amorosas, como Indiana Jones en busca de… y luego la comentábamos entre palomitas con chile o pizza de Pizza Hut, o hamburguesas que había traído su mamá de Carl's Juniors. Lo curioso es que su mamá y su papá, aunque se encontraban en alguno de los niveles de la casona, evitaban fácilmente el encuentro con cualquiera de nosotros. Los imaginaba como personajes de utilería.

Mi cumple ya se acercaba y a Josesito se le ocurrió hacerse cargo de mi festejo. Obvio, como yo no conocía a nadie y no tenía ganas de hacer fiesta con mis alumnos sordomudos, me puse, como un dócil Adán, en sus manos. Este adorador de Star Wars tenía un auto gracisoso. Un Grand Marquis que había pertenecido a su padre en la juventud y que ahora estaba tan destartalado como el Halcón Milenario, como le solía llamar. A mí me emocionaba que Josesito, con todo y su inteligencia y su singular personalidad que ya quisieran sus amigos, se hubiera dignado descender a mi humilde mundo para organizarme una celebración. ¿Quién era yo para negarme? Además, lo admiraba porque había aprovechado el ocio inherente a su clase social a su favor: era un erudito de la ciencia y la literatura sin obligaciones. Su única preocupación era ahorrar un porcentaje considerable de su mesada para viajar dos o tres veces al año a San Francisco y a Nueva York, dos ciudades en las que había invertido sus ilusiones, aunque de por medio tuviera que hacer escala en la horrorosa Tijuana para visitar a su amigo y antiguo vecino y pepsimaniaco Pepo.

Llegó el día de la reunión. Josesito eligió un lugar que le habían recomendado Martha y Carlos: el Barbanegra, donde al parecer cada sábado por la noche toca La Fachada de Piedra, un grupo de rock que esos perritos, como suelen calificarse estos nada finos como los pepsimaniacos, veneran… No sé qué les ve Josesito, supongo que como Carlos era amigo de la cuadra de Alex, se vio envuelto en la mesiánica labor de ilustrarlos un poquito con un baño de Feynman o de Zwicky. Pero bueno, los pepsimaniacos eran cosa de la secu, y ahora Josesito busca ya no pares, sino a quienes orientar en esta ciudad, porque si algo le ha sorprendido son los niveles de necesidad de la casa donde se juntan esos caninos, en un sector que ni debiéramos pisar gente como nosotros. De hecho, yo solo he ido para acompañar a Josesito en su Halcón Milenario y, en cuanto pisamos ese piso mugroso le ruego que regresemos a Jardines Universidad a la velocidad de la luz.

Pero bueno, aquí están esos perros: Martha y Carlos lamen sus Coronas ligh con sonrisas ansiosas. Algo se traen esos dos, como que se atraen en un segundo y, todo lo indica, al siguiente se repelen como la tierra y el cielo. Obvio que Marthita es el cielo, una lunática que me hace temblar de solo tenerla cerca. Hasta mis vellitos de los brazos indican su proximidad. Pienso que quizá me guste un poquito, pero no tanto como se gusta ella misma. Y eso que a mí quien me late es Josesito. No de una manera erótica: yo creo que su figura tutelar le gana a cualquier otra cosa que pueda sentir por él. De todas maneras, José no tiene más ojos que para la zorra de Irene, o bien, para esa otra buscona que suele filmar a escondidas en la carrera de ingeniería, Selena, y que nos muestra a mí y a Iván cuando hace una pausa en los disparos mientras jugábamos Metal Gear Solid en su PlayStation. Yo no muestro interés, aunque me agrada que Josesito me trate como vato, como un cómplice en su travesura. Iván y él la miran con una atención desmedida, como si quisieran extraerle jugo a sus costillas. Discuten acerca de su vestimenta, sus ademanes, hasta sobre la manera como se muerde el labio inferior cuando se recarga pensativa en el barandal del segundo piso. Por supuesto que no era acoso, porque Josesito es una persona ética. Solo la estaba estudiando para invitarla a salir. Nadie que admire a la princesa Leia y tenga por amigo Iván el Terrible, alias Chubaca, puede siquiera experimentar malas intenciones. Josesito me consiguió dónde vivir, un grupo de amigos que como yo nos refugiamos en su mansión, en su música, en sus series y en el jardín que linda con una misteriosa frontera selvática, de donde Josesito nos dice que podría salir cualquier loco. Quizá uno de los fugados de la clínica de su papá, como bromea para que no nos internemos en esa selva.

Yo únicamente espero que Josesito llegue acompañado de Selena, quien le prometió ser su cita. Lo imagino entrar a este ruidoso bar abrazado de su amor platónico como una dona a su vacío. ¡Welcome to the Jungle, Josesito!

No me molesta que la vida de Josesito sea una utopía del derroche. Una utopía como los mortales como nosotros, carentes de su chispa divina. Este pensamiento me hace sonreír un tanto maliciosamente, porque me recuerda cómo en nuestras charlas con una Pepsi bien fría Josesito se refiere en términos abominables acerca de las novias de sus amigos. Ha dicho una y otra vez que su amabilidad para con ellas es solo utilitaria, ya que debe soportarlas para continuar viendo a los pepsimaniacos de vez en cuando. Como a la tal Regina, a la que odia con todas las palabras que en su gran boca caben: de tonta no la baja, mientras que ella, la pobre, lo tiene en un altar de espectáculo. Para Regina, que para sorpresa de Josesito estudia medicina, piensa atinadamente que él es lo máximo. Y Josesito, que no es nada tonto, la ha recibido con bombo y platillo para que no se interponga en su amistad con Alex, su compañero de aventuras en aquellos tiempos adolescentes. Han pasado años, quizá el doble de los que tenían entonces, pero Josesito quisiera que el tiempo no se deshiciera como el hielo que sobresale de su vaso con refresco de cola. Por supuesto que Iván y Josesito se mueren de la risa de solo pensar que esa rubia oxigenada podría ser capaz de atinarle al corazón de un cadáver con su bisturí, pero qué pueden hacer si Alex la necesita tanto como a ellos, los domadores de monos. Pero bueno, para ella Josesito es el amiguito soñado, con toda razón. Todo esto vaga en mis neuronas mientras recargo los codos en la barra del Barbanegra e intento escuchar lo que cuchichean Carlos y Martha. Además, ya llegaron Mayra y Eloy. No los conozco más que superficialmente. Sé que solo han respondido al llamado de la selva de José, que quiere consentirme y mostrarme lo que significa tener amigos inteligentes, aunque nunca tanto como él.

Cuando llegó Josesito al Barbanegra, se le veía encabronado. No atinó a felicitarme, el pobrecito, porque estaba preocupadísimo. Su amor platónico, la tal Selena que le provoca meterse la mano del pantalón mientras la contempla al hacer pausa en sus videos cuando cree que no lo veo, esa misma Selena que le ha provocado insomnio de solo pensar en sus detalles estéticos, le había dicho que asistiría a mi cumpleaños, pero la muy perra ahora resulta que se echó para atrás. No la entiendo, si Josesito le ha dedicado tanto… por supuesto que es de lo más justificable que se acercara al grupo sin grupo que estábamos en un cabo de la mesa larga de madera para avisarnos: la reunión había llegado a su fin. No tenía caso si Selena lo había rechazado. Yo lo comprendí, quizá fui la única que lo hizo, porque los llamados perros, que de eso nada tienen para presumir, se notaban ofuscados, como si les ofendiera dejar de escuchar ese ruidajal que en nada se asemeja a Eric Clapton. Automáticamente di un salto y me puse a las órdenes de José, como un minino dispuesto a lamerse las heridas. Además, me sentía fuera de lugar con estos tipos. Yo solo quería estar con José y, en el fondo, una lucecita de esperanza había aparecido: Irene ya no era un problema, y ahora Selena había dado un paso hacia fuera de la visión de José, así que allí esta yo para consolarlo. Quería deshacerme de los cuatro entrometidos a los que invitó a mi cumple, pero Carlos y Martha se pegaron porque querían rait, aunque en realidad querían acompañar a José en su pena, sin darse cuenta de que me estaban estorbando. Por eso comprendo que, cuando llegamos a la casa donde me hospedo, Josesito abrió la puerta trasera de su Halcón Milenario y me echó afuera con ese desprecio que Han-Solo fingía para apoderarse del deseo de la Princesa Leia. Yo sabía que José solo estaba llamando mi atención, así que obedecí y salí aprisa de su nave, como un torpedo disparado por Chubaca. Ya no supe de Carlos ni de Martha, quienes le importunaban con reclamos de que por qué me hacía esto, que no fuera egoísta, que era mi cumple… pero ellos son unos extraños, no lo conocen como yo. Los vi alejarse desde la ventana de mi habitación, en el segundo piso y, a la mañana siguiente, a primera hora, le hablé por teléfono a Josesito para saber cómo se sentía por el rechazo de ese espécimen de otro planeta que lo había embaucado, porque eso era, una cosa rara del mismo planeta que Haba de Hut. Josesito me contó cómo la tal Selena se había negado a asistir en el último momento porque debía visitar a su hermana en el hospital, pero que ya celebraríamos otro día mi cumple. Asentí y le prometí que yo no pondría ningún pretexto y que podía contar conmigo, nomás que ya no invitara a extraños que ni siquiera le mostraban el respeto debido.


(Gaby)


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domingo, julio 12

Nota Los perros proceso

Me he dejado llevar, escribir. Escribiendo es que todo vuelve a su sitio, a su calma. Si bien, en estos momentos, entre más escribo más me angustia lo que vendrá, cómo conformaré los personajes, las historias. Escribir, o, de otro modo: seguir el ritual: sacar punta a un lápiz introduciéndolo en ese molinito, deslizar el carbón por un papel áspero, tanto como el de un cuaderno Scribe: o sea, no tanto. Escribir que no quiero escribir sino deslizarme por entre sus pequeñitos vacíos, sus intersticios.

Los perros 12 07 2026 - por Mario

Sostiene Martha en sus manos indulgentes un ejemplar de La casa que arde de noche. Estaba arrumbado en el cajón de un buró de madera rancia pintada de amarillo que Carlos había traído de la casa de su tío Neo, hermano de su abuela. El mueble no había resultado atractivo para quienes se apuntaban como los herederos, comenzando por el cuñado de su papá, obsesionado con escarbar el huerto de cítricos y los rincones de la casa como alma que persigue al diablo. Raspaba y escarbaba y raspaba y esculcaba los cajones, le cuenta Carlos, y además se había comprado un detector de metales con el que desenterró una moneda de cobre que data de 1810. Una moneda de Cocula. Los únicos tesoros que hemos ido descubriendo, reacciona Martha con cierta arrogancia, son aquellas vivencias que ordenamos en papeles como a los colores en un cubo de Rubik, aunque, debido a tu deficiente paciencia tú nunca has resuelto el acertijo, tontito. Pero escucha, en lugar de dolerte por algo que nunca enterraste y que ha de estar maldito, qué nombre tan intencionadamente espurio y a la vez melódico, Esperia: te llena los oídos con un efecto sonoro imprevisto y te sumerge en la placidez exhausta de una habitación con las sábanas revueltas...


(Mario)


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viernes, julio 10

Los perros. 10 07 2026. Transcripción de grabadora. Microcasete Panasonic

Martha solía pasear desnuda por la casa. Su cuerpo era una cordillera, un cúmulo de curvas por donde uno quisiera esquiar como un experto. Le encantaba detenerse ante el espejo empañado porque, pues, no había quién estuviera limpiando. O quien tuviera ganas de hacerlo. Decía que se erotizaba solo de enmarcar los fragmentos de su cuerpo y luego el conjunto: se palpaba las nalgas, se oprimía los senos y, hablándole al espejo, afirmaba que el color de sus tetas era de un naranja maravilloso, como un montoncito de tierra oxidada. Su cabello pelirrojo contrastaba con su tez clara, envolviéndolo con su tono rojizo. Pero Martha nunca permitía que nos acercáramos. Las mujeres, las perras, las perritas, la contemplaban con cierto arrebato, cierta perplejidad, pero también en ocasiones la ignoraban porque decían que tenían mejores cosas en qué ocupar sus pupilas. Martha nos había comentado que había sido modelo de Benetton. Imagino que alguna vez le tomaron una fotografía para alguna revista local y ya por eso se las daba de diva: un despilfarro de poses que bien cabrían en la palabra parsimonia. Era como si nos considerara la alfombra de una pasarela: pasaba, si así le daba la gana, hasta pisándonos si estábamos leyendo o haraganeando en el piso, sin pedir disculpas. A mí me mamaba sentir su pie desnudo en la espalda, su pie desnudo y sucio. Su encanto consistía en crear un aura a su alrededor, de manera que en esos momentos no sentíamos especialmente deseo, sino una gratificación estética. Eso reflejaba, ¿no? Además de que, como dije, no permitía que nadie la tocara. Era como aquel personaje que andaba desnuda a caballo, Covinda, algo así. Siempre se me olvidan los nombres, o digo uno por otro desde el día en que me desmayé. El nombre viene en la portada de una caja de chocolates. Era como si fuéramos sus súbditos: si nos volteaba a ver, bajábamos los ojos. Ejercía en nosotros un poder inexplicable. Entonces Mario o Eloy o Mayra empezaba a aullar y luego otra y otro, y ladrábamos como jauría en celo. Pero, sin hacer nada contra la presa. Las presas éramos nosotros, sus víctimas, porque luego andábamos en la vagancia y armando en las memorias el rompecabezas, su recorrido, su manera de caminar, el contoneo de sus nalgas, de sus piernas bien contorneadas. Y ni pex, andábamos califas sin pretenderlo y necesitábamos de alguna manera sacar toda esa concentración de espeso deseo. Supongo que a Martha le fascinaba, o quizá le nuestras reacciones le eran indiferentes, porque no parecía inmutarse. Lady Godiva, Lady Godiva, por supuesto.


(Carlos)

Los perros 10 07 2026

¿Qué no puede una masturbarse sin rendir cuentas a la atención?

 

(Cualquiera)


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Necesito entrar a bañarme y, al mismo tiempo, quisiera escribir por qué me parece que Carlos se está pasando de lanza. Ese wey se la cree en serio, piensa que los demás nomás nos encontramos aquí para que haga su voluntad. No en la realidad, porque está visto que es un inútil consumado, todo el tiempo anda calladito, como una mosca muerta de las que cuelgan de este techo, mientras que en el fondo es una araña dispuesta a chuparnos a cada uno la sangre, como un vampiro furtivo, vaporoso. Su timidez nada tiene que ver con la inseguridad, yo sospecho que ese cabrón es un taimado, en espera de que cometamos el mínimo equívoco, como él mismo diría, para atraparnos en su red de palabras, en ese cuadernito verde de pastas duras que trae consigo como si fuera el llavero de esta casa, una especie de pata de conejo para la mala suerte de quienes andamos por acá. O bien, como una pata de mono a la que le pidiera los deseos más deprimentes. No lo sé, cierto que es una sospecha porque ese wey anda así nomás, con su mutismo y su rictus de yo no hice nada, no soy capaz, pero lo deletreo en esta esquinita, justo bajo la telaraña, para desmontar cualquier trama que esté tramando ese pendejo. Además, tiene el descaro de escribir lo que le pasa por la mente en cualquier rincón, como si una no fuera capaz de toparse con una nota. Son textos aislados, archipiélagos de apuntes con los que pretende siluetearnos, rodear nuestras acciones como si rellenara el resto del papel con letras, dentro de las siluetas nuestros vacíos. El otro día estaba cocinando unas albóndigas. Dios, si era la primera vez que hacía un platillo tan elaborado, con mi secreto --el de mi mamá-- protegido por la puerta cerrada. Fue cuando a este entrelucido se le ocurrió asomarse por la ventanita y fingir, en su deteriorado cerebro, que era el protagonista de El apando, como si yo, de espaldas, anduviera haciendo cosas raras en lugar de picar la verdura. De neta que me daban ganas de dejarlos a todos con sus pizzas madreadas y sus sándwiches sin crema. Quería consentir a los perritos. Qué bueno, si algo ha hecho Carlos es nombrarnos de esa manera, no porque fuera muy creativo, sino porque estaba leyendo La ciudad y los perros y de ahí sacó algunas ideas que porque, dijo, así me había conocido a mí, escribiendo cartas a nombre de otros, como El Poeta, ese sí de verdad, no un plagiador como este que alega intertextos. Y desde la ventana redonda de la puerta, que le llamaba portillo, pero por ser él se me antojaba más bien llamarlo ojo de buey, empezó a alucinar no solo que estaba preso sino que la casa entera empezaba a filtrarse de agua y que quería salvarme del naufragio. Hacía como que intentaba abrir la puerta, mientras que yo le recordaba que eso de andar relacionando ficciones era una bobada porque nada tenía que ver el agujerito del apando con una referencia al Nautilus, pero él gritaba que no anduviera con reparos, ¡reparos!, ¡siempre con vocabulario ridículamente renovado!, el caso es que este buey se pensaba a un mismo tiempo castigado detrás de la ventanita y también, en una versión personal y apócrifa, navegante de las 2,000 lenguas submarinas, aunque en su caso yo precisaría que más bien unas 200, porque se puso en paz cuando abrí la puerta, harta de tanto escándalo, y le amenacé con un cazuelaso, y por poco le pego, de no ser porque abandonó sus personajes superpuestos a la fuerza y huyó hacia la sala, no sin antes hacerme saber que había descubierto mi ingrediente secreto y que de ahora en delante sería su rehén, que habría de cocinarles al menos dos veces por semana si no quería que cualquiera tomara mi lugar en el Nautilus, sobre todo en la hora del descenso. Ese idiota bien sabe ponerme los pelos de punta, pero me contenté cuando fue el primero en alabar mi receta y en escribirlo en su cuadernillo, ya después los demás me vitorearon como una heroína. No era poca cosa comer algo que no fuera de la calle, pero estos callejeros al final hacían lo que querían. Por supuesto, seguí cocinando cuando a mí me daba la gana.


(Martha) 

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jueves, julio 9

Los perros 09 07 2026 - Carlos - proceso

He de escribir incluso el proceso. Todo tecleo, manuscrito, forma parte de la delineación de los personajes. Puede ser que esto que escribo intentando concretar, dar cuerpo a Mario, a José o a Martha, sea también un registro de lo futuro, de lo apenas adivinado. Porque entraña un salto, no sin complicaciones, hacer de la imagen que tenemos de las personas, personajes. Tanto así que los personajes terminen por tomar el lugar de las personas, quienes pasan a su vez a un segundo término, sin interés para la ficción. Cuántas exposiciones de cuadros, como me ha comentado Eloy, no son sino un concepto repetido con pequeñas variantes que en la suma pretenden cubrir gran parte del espectro. Pero esas variantes, ¿valen en verdad la pena? Habría que ver desde qué punto de vista. Quizá el artista visual se ve impelido a enfatizar su punto, su línea, su color. Enfatizar una idea. Pero también he notado, cuando asisto a alguna exposición de algún amigo o amiga, que la gente ve uno o dos cuadros y, al saber por dónde va la cosa, se dedica a las relaciones públicas. Hay quien, cierto, se dedica únicamente a relacionarse, a hacer contactos y no contacto con la obra. El concepto que rodea a una exposición también puede ser ese, hacer contactos y no contacto. La diferencia es sutil. Supongo que ocurre así debido a que el arte visual forma parte de un mercado, ya sea mínimo, o al contrario. En una ocasión, en una charla de gente que pertenecía a varias ramas de las artes, un pintor se lamentaba porque no había descubierto la fórmula que había llevado, por ejemplo, a Gabriel Orozco, al reconocimiento internacional. Quise decirle que Orozco simplemente había aplicado una fórmula personal, aquella que se autodestruye para crear una nueva, pero me callé cuando agregó: "lo demás es poesía". ¡Cómo era eso! Igualaba a la poesía el relleno, el discurso soez y burocrático que acompaña o termina por ser bla, bla, bla. Decidí, en cambio: reclamarle: Poesía es lo que te falta, el resto sí es bla, bla, bla. Me gané su desprecio, pero ataqué el punto, la línea, el color: aquello que por personal no ha de repetirse, o si lo hace es por énfasis, por estrategia del símbolo. En fin, qué te puedo decir. Un personaje es quitar del discurso el bla, bla, bla, centrarse no en los contactos sino en el contacto, ese que lo hace oír el silbato del tren desde la avenida Inglaterra hasta la habitación con libros tirados por todos lados, abiertos y otros en columnas que no parecen sostenerse más que entre sí, palabras sobre palabras, el hormigueo del tráfico a ciertas horas de López Mateos, la rechifla o la celebración de multitudes en la glorieta de la Minerva después de un memorable partido de las Chivas o del Atlas mientras alguien, como, digamos, José, hace lo posible por conciliar el sueño, se prepara infusiones de siete flores y, ante la discordia que le dispensa el insomnio, aumenta el volumen del estéreo para que la vibración de las bocinas compita con el estrépito del tren, con las porras y el desmadre armado lejos de su ventana pero con el ruido rasgándola con uñas largas, con Mettalica haciendo de contrapunto, de antagonista para neutralizar el borboteo de voces protagonistas, de voces que se unen al rechinido de las ruedas del tren sobre los durmientes para hacer del relajo multitudes, pero aquí viene el intento de insonorización, emitiendo un ruido interno que les gane a los desmanes del afuera, de lo que pretende entrar por algún resquicio de la ventana que actúa como una represa para contenerlo afuera, pero también para no dejar salir a "Master of Pupets", mucho menos los acordes de James Hetfield, quien después de fumarse tranquilamente un puro con grandes bocanadas de humo blanco, de escupir, es capaz de domar a las multitudes ansiosas, porque un ruido armónico en manos de este flautista de Hamelin mueve los hilos de los niños con su Explores 83 allá afuera y los lleva al retrete con todo y tren, master, master, master, ¿no es así, José? ¿So what?


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lunes, julio 6

Los perros 06 07 2026 Palimpsesto

Escribo lo que seguro reescribiré después: un palimpsesto. Tan literaria es esta palabra que la omitiré en lo futuro. Tan simbólica y, a la vez, tan densa y material. Imagino que además alude al cesto de basura donde acabarán la sucesión de borradores. Palimp-sesto. ¿Y qué con el palimp? Es decir, no que lo de sesto tenga el significado que le estoy dando en mi retrógrado acto asociativo, pero, incluso así, con la ignorancia ofuscando mis neuronas, ese palimp semeja una mínima vivencia sonora: ir de la pe a la pe luego de ese lim que bien podría ser un limbo, algo todavía inacabado, algo lo suficientemente inocente para no ir al infierno y lo suficientemente maculado como para no gozar del paraíso, un limbo que no importa ya si alguna autoridad ha desechado o no: es decir, ha hecho de ese concepto un palimpsesto, una reescritura, un borrón y cuenta nueva para inducirnos a los extremos: o al cielo o al infierno, o a la gracia o al desastre eternos. El palimpsesto: el limbo p'al cesto. Está allí, haciendo de las suyas con su combinatoria de fonemas. Al final queda la o: redonda, vacía, imposible como un agujerito.


(Cualquiera)


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jueves, julio 2

02 07 2026

Los perros aúllan, los perros. Mario tuerce el hocico llorón como si hiciera muecas con un alambre que dobla sin voluntad. Mario toca la guitarra a la que se le ha roto una cuerda cuando saltamos la reja y nos apostamos, regados entre las tumbas, como esas flores amarillas que crecen en los recovecos de las banquetas, de las tumbas que parecen sonreírnos a través de sus grietas. Mario parece más berrear que decantarse en una canción, parece más sumergirse en la tierra como una tumba más, un bulto que brilla de vez en vez mientras rasga con la uña de plástico las cuerdas restantes. Debajo de un ciprés carcomido, a sus pies, entre las débiles sombras chinescas que forma la proyección titubeante de los faroles, está también Eloy. Amontona tabaco en una pipa, le pone de más y los restos caen al piso de mármol donde se ha apostado y los junta y los huele aspirando profundamente, como si no quisiera abandonar ni una hebra, como si prefiriera que este olor se mezclara con el polvo de los muertos, de lo que se va pudriendo con mayor celeridad que el cemento o la cúpula dorada que brilla con intermitencias en una capilla que más parece una bomba que ha caído aquí por equivocación, arrojada desde un avión en llamas. Yo me quejo exagerando los gestos como si quisiera llamar toda la atención hacia mi herida pobre, mi herida superficial, porque no logré saltar con agilidad la reja terminada en puntas de flecha y una se me clavó en el pantalón que terminó por rasgarse cuando caí de boca contra el pavimento.


(Carlos)


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martes, junio 30

La espera

Si ese perro amarillento fuera un elemento simbólico de esta narración que empieza por nombrarlo y, por tanto, nombrarme a mí, tendría que preocuparme. Y peor, ahora que se rasca las pulgas de su pelaje amontillado (¿por qué esta palabra viene a la lengua de mi mente?), en todo caso, áspero y pegostioso. Pelos enredados unos en otros como racimos de estirpe chiclosa, de donde asoma una piel rosácea y llena de cicatrices y heridas recientes. Pero, aunque mi mente y, sobre todo, mi criterio literario, arma una estructura narrativa de esta media hora en que espero la ruta 646 (¡sí, esa monótona ida y venida por la lateral de una vía rápida, donde los semáforos son obstáculos ridículos para el que acelera con saña!) la realidad siempre es otra, una cosa como el camión que estará atestado como los pelos tiesos de este perro callejero. ¡La monotonía de esta ruta! ¡Lo absurdo de esperar un camino recto! Es aquí donde el consejo de Cavafis, o del personaje que habla a través de su escritura en el entrañable, aunque declarativo, poema "Ítaca", se impone como el oráculo: si bien lo que a mí se me impone es la fría dureza de la banca metálica en las nalgas, el perro amarillo que husmea mi mochila como si se hubiera topado con un olor particular, los esperantes que parecen ser una proyección de sus celulares. Un perro amarilloso, una avenida en negación de Ítaca, de todas las Ítacas imaginables, estos maniquíes que saltan al camión como pulgas insatisfechas que se amontonan al interior mientras el chofer acelera y la avenida nos engull...


(Cualquiera)


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martes, junio 9

Día 9

Una lluvia de nombres cae como en aquella prisión de la cama que formé dibujando líneas con las uñas.


lunes, abril 13

Los perros 13 04 2026

De fondo un niño llora y llora con toda la fuerza de su garganta, berrea el pobre como si fuera un cerdo que sospecha cuando lo bajan de una camioneta entre cuatro o cinco para su encuentro con el roce del cuchillo. Seis y tres, cinco y dos, tres y uno, los dados giran y rebotan y resuenan como botas porque la gente hace votos por ganar al menos una o dos, o dos y tres veces en la vida. La vida de un lápiz, tomando en cuenta que el lápiz únicamente vive cuando se desliza y desgasta sobre la página porosa y aceitosa de un cuaderno de pastas duras con calcomanías de ánimes en su portada y contraportada, en las solapas que aportan lo sugerido. Un cuaderno para escribir lo que venga a la mente, como ahora mismo, hace un momentito, una abeja mareada estaba vagando por las teclas de mi teclado y no me permitía escribir, pero entonces una amiga que había venido de visita y ya no recordaba yo que estaba en la cocina friendo unas verduras, la tomó con una servilleta como hace para que sus gatos no coman estos insectos con el aguijón dispuesto. Lo opuesto a quedarse quieta en la cornisa de un día impávido, en el borde de una tarde sentado en la azotea y pensando ¿cómo estarán mis gatas?, ¿por qué no arañan el crepúsculo o la silueta de los edificios que en el sopor se bambolean, en la canícula de este mes primaveral que huele a música lapidada por el karaoke de los vecinos? Comprendo: lo que aquí significa escribir es… noooooooo importa. Escribir es escribir, como una historia es una historia aunque carezca de final verificable. Escribo. Escribo. Escribo. Y algo, el lenguaje, el azar del lenguaje quizá, me escribe.


(Cualquiera)


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viernes, marzo 6

ABIERTO: 6:27 pm, hora falsa

Los rostros recortados contra la noche blanca. La servilleta mal doblada, los sobres de azúcar y edulcorantes, las voces de las mujeres que saltan por la ventana y se enredan como hilos de papalotes donde la luz agoniza, donde las menciones sirven para corregir a los muertos, como dijo Eloy, porque en el fondo la cerveza es una lupa sobre las grietas en la madera de la mesa y su resane. Lo no dicho se instala como grumos en la lengua.


(Cualquiera)


Nota al pie: verso de Oswaldo Bautista)

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miércoles, noviembre 5

Correr entre las piedras

Si yo quería nada más correr, correr
en las márgenes del río de Santa Rosa de Lima,
resbalando mis pies descalzos por la tierra húmeda,
correr para no desmoronarme
entre raíces y lianas, correr aunque me cayera
hacia la corriente fina y sibilante, no pensar
sino en seguir corriendo con el sol apretando para abrirse paso
entre dos higueras y tocarme con sus dedos amarillentos
como los de un fumador, como tú, Benigno, cuando encendías
tu mirada triste, ese hilito de humo, correr
como si deseara fundir los amaneceres en una bala, correr
para salir de la boca del lobo, correr por las arrugas
del agua como las que yo tendré cuando seas,
Benigno, mi signo entre las lajas que se llaman como a mí
me viene en gana, yo que soy Petra, pétrea columna veloz, correr
por sobre lodazales correr hacia atrás, hacia
el tiempo en que mi sangre todavía
no alcanzaba a ser hierro ardiente en el deseo y los estertores que son hijos,
en los hijos donde ya no alcanza la saliva de todo este río para nombrar,
en los hijos que me pusiste enfrente, Benigno, sin poder huir, correr
como un río de largo alcance bajo las estrellas que adivina
porque hay que correr, correr, Benigno,
pisando algo como manos que salen de la tierra
detenidas en el grito, en la advertencia.