¡Explotó Guadalajara!, ¡Explotó Guadalajara!, gritaban las noticias de la radio. Esa mañana soleada del 22 de abril de 1992 Guadalajara había dejado de existir mientras me relajaba en el jacuzzi de la alcoba en una habitación del piso 16. Guadalajara se había hecho añicos, insistían incrédulos en Radio UdeG como si todavía no asimilaran la destrucción. Eran las vacaciones de Semana Santa y mis papás, mis hermanos y yo no atinábamos qué hacer porque en el teléfono se había instalado un silencio contundente. Bajamos por las escaleras y, al llegar al lobby, descubrimos que el hotel "todo incluido" no había previsto que una multitud de huéspedes abarrotara la recepción, por lo que corrimos hacia la calle en busca de un teléfono público. Las líneas estaban saturadas. Mario, mi mejor amigo de la prepa, se encontraba allá, en la ciudad pulverizada. Después de varias horas aclararon en las noticias: veinte cuadras del sector Reforma se habían convertido en escombros. No había sido un terremoto ni nadie había equivocado un misil: veinte cuadras de Guadalajara yacían en lo profundo debido a un estallido surgido de las alcantarillas.
Por más que giraba el disco del teléfono una y otra vez, obsesionado por saber si mi carnalito estaba con vida, no escuché ninguna voz al otro lado del auricular. Fue como si una sordera de antro se me hubiera metido en los oídos, como si la explosión me hubiera minado los tímpanos a la distancia. De regreso a Guadalajara, entre curvas de náusea, abría y cerraba el cenicero, quitaba y ponía los seguros, le rogaba a mi papá que hundiera más el pie en el acelerador, convencido de que no vería nunca más a Mario porque lo imaginaba inmóvil bajo los escombros. Nadie decía palabra porque presentíamos, ante la desinformación aplastante, que muchos de los conocidos habían sucumbido a la nada. Fue hasta que llegué a la ciudad cuando pude contactar a la mamá de Mario y enterarme de que se hallaba en la zona devastada, sí, pero desenterrando personas completas y en pedazos.
(Carlos, prepa)
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