Vengo a contártelo
a ti que escuchas
con dos ojos solamente:
estoy harto
de esta soledad
de puertas sin cerraduras
que nadie abre
ni cierra. Y pido perdón
por este restregarme los ojos
para comprobar
lo cierto:
el colibrí que me saludó
desde la malla
en realidad
no me saludaba,
la puerta que escuché
desde mi habitación
no era la mía, sino la de algún vecino,
y no un vencido.
Alguien ha puesto la esperanza
en la punta de mi nariz
sin darse cuenta de que
cualquier soplo
podría llevarla hasta el edificio
de enfrente, el de las luces
encendidas.
miércoles, septiembre 16
Las luces del edificio
martes, septiembre 15
Compañeros
Cuando mi rumi aparece en escena
le conviene estar solo.
Divaga entre pinturas,
conceptos que vendrán a ser
piedras ligeras
a la distancia.
Cada quien cultiva sus soledades
porque si pudiera
estaría más solo: uno cocina,
el otro pasa la página de un libro digital
hacia el encierro
de su cuarto.
Nos cruzamos a veces
si urge que la palabra no se estanque
como el agua sucia del trapeador.
viernes, septiembre 11
Hormiguero
Madre escondida bajo las piedras
entre moho y alacranes,
madre cultivada con esmero
en el jardín de las muertes ajenas,
madre alcancía de plegarias
acarreadas por las hormigas
para invernar
dentro de la tierra,
madre,
me has ocultado tu propósito
porque rompí con la medida, porque
suelo hacer la Intifada
contra mí mismo,
mientras tú cubres las hierbas buenas
de un aroma dulce
como una paleta de infancia,
mientras tú, madre, eres ese aroma
que impregna la sangre del corazón
donde gritan células hambrientas,
ausentes de tu amor, madre, a las flores amarillas
que uno se encuentra en la banqueta
y a veces pisa
sin daño.
lunes, septiembre 7
El tiempo alrededor
Este árbol ha caído como las manecillas de mi reloj. Las
raíces se alzaron con todo y un trozo de pavimento. La banqueta se adhirió a la
intimidad de las raíces mientras yo tamborileaba sobre la carátula de mi reloj con
la mano derecha como si fuera posible echar a andar el tiempo prestándole
atención. Por suerte, la descompostura hizo que me detuviera y solo alzara la
vista cuando escuché el estruendo. Al inicio pensé que se trataba de un trueno.
El relámpago fue tan instantáneo que sentí la ruptura del tiempo hasta que
escuché el sonido ensordecedor, para luego descubrir que a unos pasos un árbol
había caído. Mejor él que yo, pensé. Lo que habría ocurrido, de no haberme
detenido un segundo a verificar la hora, o su ausencia, es que quizá habría
atraído yo al rayo o habríamos caído ambos, en una especie de descompostura no
del tiempo, sino de la materia. Por supuesto que me ruboricé al mirar al árbol frente
a mí con sus raíces al descubierto, sus raíces rotas como si alguien hubiera
arrancado una mera yerba y la hubiera dejado tirada sobre la tierra. Lo demás fue,
quizá, gritos, sirenas, pasos entre la lluvia. Pero estaba seguro de que
mientras todo giraba a mi alrededor yo permanecía de pie como un eje en la
carátula de la tierra.