A punto de morir a palos
caí en un hondo pulsar de pupilas
borrosas. A punto, casi.
Y la verdad no metí las manos
para defenderme. No soy. No soy
un héroe. Y ya no tengo a quién
salvar, más que objetos.
Son mi codicia, los segundos
asegurados en la caja fuerte
que podría volverse caja negra.
El aire golpea con insidia las ventanas
temblorosas de la avenida infame.
Mi enemigo está en unas células
y en otras todavía no. Poco a poco
me
va sustituyendo.
viernes, septiembre 29
El otro
miércoles, septiembre 27
Principio de contradicción
de cicatrices, mal aliento, arrugas en la frente
es un dispositivo terrible, difícil de predecir
sin una guía adecuada, por ejemplo
el signo, el estado del clima,
hacia qué dirección apuntarán los tréboles.
Pisar estos mosaicos es engañoso, rascarse
las sienes, penetrar con el pensamiento
un objeto como si dibujara
a los demás. Ah, este vaciarse
no lleva a ningún lado: a la serie televisiva,
al estacionamiento fácil del auto fuera de casa,
a un alimento bien balanceado, como la justicia
que los objetos se deben entre sí: el jonio
intuía. Pero quién se cree para cambiar al canal
de las mal avenidas circunstancias.
La vida es quizá paréntesis: círculo quebrado,
pausa entre el movimiento
de los dedos al abandonar las uñas
que no servirán más, no pertenecerán
ni serán extrañadas como se extraña
la velocidad del automóvil, el olor del café
por la mañana con figuras de dinosaurios,
copiar un pensamiento en el cuaderno
para rumiar hasta secarlo.
Lo que busco está entre las venas, los ligamentos
que pertenecen al sistema:
no es el alma ni sus sinónimos
o extremidades. No es la circulación
ni el corazón revolucionario.
Parte de aquí, de esta estructura
donde cada elemento se corresponde con otros
de manera que no puedo respirar
sin saber que el aire en un momento es yo
y en otro mi enemigo.
viernes, septiembre 15
Seguramente despido un olor nauseabundo
y les digo objetos porque son más que personas:
la hoja de papel electrizada contra mi saco,
la guillotina de lápices, el robot
Ando en calzones por entre vidrios rotos
como un faquir que ha olvidado apagar el fuego
de la estufa y pierde porque se acuerda.
Entonces la distancia que me separa de los objetos,
es poca cosa comparada con las alergias
de las que me he librado cada vez que la máscara
miércoles, septiembre 13
Concepto
A mis anchas, brazos y piernas
invisibles se alargan o estrechan
según considera la sutileza.
Traigo a cuento que no cuento.
Nada soy: una línea punteada
se va difuminando
en la mente de las cosas.
viernes, septiembre 1
Nadie me ha arruinado
Desde que tiró
del hilo de este su títere fabricado
con favor de las estrellas
la gente pensó que de verdad hablaba,
que ando sobre mis pies
y ahora sé que no, que alguien más
movía mi boca y me empujaba a recorrer las calles
de la ciudad humeante donde se reflejaban
las suelas de mis mocasines que nunca
tocaban el piso. No es que fuera liviano
sino que él me sostenía como lo hace con el vapor
y ahora que he perdido su soplo vital, esa farsa salivosa
ando desperdigado, con los miembros en el suelo
y todo porque tropecé con los hilos y me di cuenta
de que alguien más me alzaba como el viento
a la pluma de una paloma enferma, contando
mis historias antiheroicas y soltando la ceniza de su cigarro
para ver si fuego salía de mis fibras
o al menos me daba cuenta de que algo
invisible se reía a mis espaldas, o allá arriba.
Un hombre aislado
El vidrio de la mesa circular de hierro con florituras, el
vidrio de la mesa blanca refleja mi rostro que se ha ajado, que es mejor
reflejado a visto con nitidez. Me he declarado en
bancarrota. Mis arrugas, mi piel vaciada de la vivacidad que no hace mucho
dibujaba en mi rostro una sonrisa de sol, de llamarada solar, en este momento
se centra en la arruga dubitativa del entrecejo y se convierte en piedra fría. Te
contemplo como entonces, con tus cabellos negros y brillantes transcurriendo
hacia tus hombros y tu espalda morena clara. Claridad es lo que había en las pupilas
de tus ojos que parecían temblar como charcos tocados por las notas de una leve
llovizna de mercurio. Te extraño, quisiera salirme del cuerpo aprovechando los
orificios de mis poros, como un vapor que se alzara por entre las azoteas y
recorriera la ciudad polvosa y llena de odio y de rencores y de gritos de
desesperación ahogados en los autos y las gargantas. Te extraño. Si esa
cuestión del multiverso fuera factible, me tocó ser esa versión de mí en la
fragmentación, en el fracaso de lo uno que se deshace con un simple manotazo. Me
ha tocado en la habitación de este enfermo de segundos con prisa
insistir en las llagas del techo, en sus nervaduras que forman sombras
chinescas. Insistir en ver, sólo ver como a través de un caleidoscopio de
cristales transparentes. He vuelto al principio, pero no como era en ese tiempo,
sino como un hombre que ha perdido cabello, ideas, destellos. Estoy atrapado en
este cuerpo que venera el paso de los días en lugar de atraparlos y hacerlos
boquear hasta asfixiarlos y tragárselos como una ballena adormilada, con tan
sólo abrir la boca. Estoy como tirado en la orilla de la cama, embarrada la
cara de melancolías que se me pegaron mientras venía conduciendo a casa con los
dedos artríticos, robóticos, sobre el volante como si sostuviera un timón de
mentiras. Esto es llegar al sitio donde mis mayores estuvieron, donde rieron y
hablaban de enfermedades aparatosas y ruines, donde contaban chistes y fumaban
o bebían sin percatarse de que las estrellas brillaban igual que siempre tras
el resplandor de la ciudad y que sus cuerpos ocuparían ya no espacio compacto
sino dispersado en las raíces de los pinos en el cementerio o en el aire que
los demás dejan entrar por sus pulmones, sin saber que ese polvo es palabras y
quizá hasta astillas de tinta y de música que vibraron en labios insurgentes. Quisiera
que este vidrio circular reflejara un retrato falso, algo así como el comprado
en un supermercado o aquel que se escondió bajo la piel y ya no pudo salir.