viernes, abril 17

Por la ventana

Quisiera pensar que entra luz, y
es que no hay de otra: algo entra
y la luz es tan solo el marco, el faro
que atrae polvo e insectos,
como aquella ocasión en que
una plaga de algo como langostas no sé
si lo fueran, pero así ya esto suena 
bíblico que todo lo tocaban con
sus patitas blandas, que
casi entraban por las fosas de las narices
hasta que alguien cerró la ventana,
pero entonces nos encerramos
con las que habían logrado, las que habían insistido
en alabar la luz fluorescente, la franja de luz verde
que rebota en la mesa, que quizá la mesa absorbe.
Luego, nada de alas, nada de teclados recorridos
por ese bestiario que las flores aman
aniquilar con sus coloraciones. Así
como revoloteaban por todos lados, así
nos quedamos todos en silencio, y miramos el vacío
como si de pronto alguien hubiera golpeado sobre la mesa.

lunes, abril 13

Los perros 13 04 2026

Y a ver qué pasa, nos dice el tallerista Silvano como si, recargado en su auto gris, estuviera jurando en vano. No hay por qué discutir con el que pone las calificaciones. De fondo un niño llora y llora con toda la fuerza de su garganta, berrea el pobre como si fuera un cerdo que sospecha cuando lo bajan de una camioneta entre cuatro o cinco. Seis y tres, cinco y dos, tres y uno, los dados giran y rebotan y resuenan como botas porque la gente hace votos por ganar al menos una o dos, o dos y tres veces en la vida. La vida de un lápiz, tomando en cuenta que el lápiz únicamente vive cuando se desliza y desgasta sobre la página porosa y aceitosa de un cuaderno de pastas duras con calcomanías de ánimes en su portada y contraportada. Un cuaderno para escribir lo que venga a la mente, como ahora mismo, hace un momentito, una abeja al parecer mareada estaba vagando por las teclas de mi teclado y no me permitía escribir, pero entonces una compañera la tomó con una servilleta como hace para que sus gatos no coman estos insectos con el aguijón dispuesto. Lo opuesto a quedarse quieto en la cornisa de un día impávido, en el borde de una tarde sentado en la azotea y pensando ¿cómo estarán mis gatas?, ¿por qué no arañan el crepúsculo o la silueta de los edificios que en el sopor se bambolean, en la canícula de este mes primaveral que huele a música lapidada por el karaoke de los vecinos? Comprendo: lo que aquí significa escribir es… noooooooo importa. Escribir es escribir, como una historia es una historia aunque carezca de final verificable. Escribo. Escribo. Escribo. Y algo, el lenguaje, el azar del lenguaje quizá, me escribe.

viernes, marzo 6

ABIERTO: 6:27 pm, hora falsa

En el salón del primer piso
las alhajas de las seis con veintiséis,
los rostros amasados en la noche blanca
como una vertiente del deseo. La servilleta mal doblada,
los sobres de azúcar y edulcorantes,
las voces de las mujeres que saltan por la ventana
y se enredan como hilos de papalotes acá dentro,
donde la luz mortecina, donde las menciones
sirven para corregir a los muertos, como dijo Oswaldo
porque en el fondo la cerveza tiembla y sirve de lupa
sobre las grietas en la madera de la mesa y su resane.
No somos lo que hemos dicho en este filtro de plástico
que llamamos salón de proyecciones, entre otras cosas,
que se instala como grumos en la lengua,
nos va inventando su hora, una hora que ha quedado fija
como la luz verde y vertiginosa, gelatinosa
que en los puntos en suspenso endurece este trozo de noche
apelmazado de palomillas que llegan en enjambre y se escurren
como un ratón perseguido con una caja de zapatos.

sábado, febrero 21

El sueño blanco americano

Gritos en la geometría del blanco amanecer

encimados unos en otros         LOS GRITOS

gritos como héroes de tira cómica

gritos de helio / agudas marcas / picoteo de gritos

como gallinas aleteando en el cerebro

el teclado          los autos            los generosos

que nos regalan su música

a todo volumen

la ban ca ro ta del dólar es la ganancia del

la era digital / el sueño americano

los migrantes en la tierra no prometida

aquí, aunque quepan, pásenle a lo no barrido

gritos en la nieve / gritos desahuciados / gritos atemperados

vomito lo que no me comí

imito a los que no quieren parecerse a mí

invito los invito a mi casa bienvenidos en familia

el desierto         las rejas             más rejas          qué alto es esto

no tan alto ni hondo como el profundo amor que tengo por ti

viernes, enero 16

Robot

Al borde de tu holograma una esfera camina:
no son pasos sino golpes suaves de dedos
en el escritorio blanco. Dedos suaves
en lo blanco de los árboles que miran con risas.
Luces deslizantes a través del pensamiento
dicen lluvia como si lloviera. Y no
pasa más que la humedad del decir:
cállense, todo no es más que tinta,
sábanas de fantasma sobre las cosas
guardadas en las intersecciones de las neuronas
como en un sótano que alguien desde la calle
abre al sol
y lo cierra de inmediato.

domingo, diciembre 28

En algún lugar el mundo

Me hubiera gustado, antes
de irme al diablo, retocar
las imágenes donde destruí
tu sonrisa de cera, 
laureles en el cenicero.

Quisiera volverte lodo de flores,
guirnalda envejecida, sudadera
atroz en un momento de debilidad.

En cambio, baila esta sombra tenue
un ritmo frenético camino al infierno.

Escucho decir un nombre
como si alguien pidiera la hora
en un cruce de ausentes.


miércoles, noviembre 5

Correr entre las piedras

Si yo quería nada más correr, correr
por las márgenes del río de Santa Rosa,
resbalando mis pies descalzos por la tierra húmeda
entre raíces y lianas, correr aunque me cayera
hacia la corriente fina y brillante, no pensar
sino en seguir corriendo con el sol queriéndose abrir paso
entre dos higueras para tocarme con sus dedos amarillentos
como los de un fumador, como tú, Benigno, cuando encendías
tu mirada triste como un hilito de humo, correr
como si deseara alcanzar todos los amaneceres, todos los horizontes
que sangraron sus rosas y sus carmesíes, correr
por la boca abierta del lobo, su saliva esta agua con arrugas
como las que yo tendré cuando sea abuela, bisabuela, cuando
seas, Benigno, mi signo entre las piedras que se llaman como a mí
me viene en gana, yo que soy Petra, pétrea columna veloz
por sobre las lajas redondas como huérfanos pedazos de sol,
correr hacia atrás, hacia el tiempo en que mi sangre todavía
no alcanzaba a arder en el deseo y en los estertores que son hijos,
en los hijos donde ya no alcanza la saliva de todo este río para nombrar,
en los hijos que me pusiste enfrente, Benigno, sin poder huir, correr
como un río de largo alcance bajo las estrellas que adivina
porque hay que correr, correr, Benigno, pisando raíces que salen de la tierra
como rostros detenidos en el grito, en la advertencia.

martes, noviembre 4

Desdoblamiento

Hace un momento, un par de horas, un poste inclinaba su sombra hacia el café donde nos encontrábamos. Como si su intención fuera unir los pedazos de todo aquello que tocaba por encimita. En su torso, si es posible que tenga uno, pero démoslo por sentado, la maquinaria de un medidor cumplía su propósito: escuchar el ritmo, los acentos del paso sanguíneo de la luz invisible. Escuchar: cómo el poste erguido transporta energía a una velocidad que rebasa nuestros cálculos. El hecho es que alrededor de las 12 de la noche el poste se iba extendiendo hacia las estrellas ocultas por el esmog, pero su sombra, en un ángulo de 90 grados aproximadamente, parecía caer con toda su negación sobre la banqueta donde mi interlocutor terminaba su cigarro, como si otro cigarro gigante intentara apropiarse del fuego. Un titán de sombra escapado del poste gris para emboscarnos con un tema liviano.


viernes, octubre 31

El aullido y la grúa

Pensaba en la grúa inmóvil. Cada vez que me asomaba por la ventana de mi habitación, en el recuadro delineado por el alambrado y las bardas blanco sucio de los otros departamentos, con sus ventanas negadas a la curiosidad, estaba ahí, extendiendo su enorme brazo de varillas metálicas de un lado a otro de la avenida López Mateos. Entonces ignoraba que cruzaba esa arteria con ínfulas de embotellamiento; me enteré porque regresaba en coche y entonces reconocí esa gran estructura. Desde mi habitación no había calculado su extensión: prácticamente los seis carriles de la avenida y quizá más. Llegué a pensar, además, que la construcción del edificio estaba detenida, congelada en algún punto de sus inversiones. Pero no: la grúa de pronto, una tarde, apuntaba hacia otro lado. Como a veces sucede con el tren, que va en una dirección o en otra. El silbato de ese monstruo de hierro suele penetrar las ventanas cerradas, como si se auto-inmolara entre las paredes, como si se estrellara en todas a un mismo tiempo con un aullido desesperado. Al principio este ruido imponente causaba estragos en mi cuerpo antes de que me diera cuenta de que se trataba de la máquina que atraviesa la ciudad a cuadra y media. Mi sobresalto daba lugar a un sentimiento que poco a poco se instalaba en la pasividad de la grúa, como si me extendiera su brazo solidario. Inmóvil, aparentemente.


domingo, octubre 5

Recorren el menú con la mirada y se disponen a solicitar un par de espressos dobles

Igual a ti, que alabado fuiste por muchos
Tínico de Calcis, recitado en los banquetes
y alojado en festejos de amigos poderosos
como un guerrero que en la batalla decisiva
una sola vez dio en el blanco, Er el Armenio presume
haber escrito un buen poema.
No está en sus libros
o las revistas donde ha publicado.
No en la servilleta con jeroglíficos
plisada por su cuaderno de pastas duras, ni
esbozado entre las arduas palabras de la pared
sobre la que escribe al deambular el pasillo
rechinando sus cada vez más débiles articulaciones
e imágenes de otra vida.
Seguramente
lo perdió con los papeles tirados
mientras aseaba la habitación.

sábado, septiembre 20

Los perros. Habitación-estudio de la casa. Atardecer.

Carlos: ─Te dije que esta esquina estaba apartada, ¡aquí solo debían estar mis letras, tarado!
Martha: ─Y a mí qué me importa, Martha. Lo que tú apartes me tiene sin cuidado. Ni que la pared te perteneciera. Ahora resulta…
Martha: ─Qué madres ni qué resulta nada…
Carlos: ─Eso, no dijiste nada…
Martha: ─Claro que sí, ¿no ves mis ademanes? Estoy siendo enfática en eso de calificarte de tarado.
Carlos: ─A tu lado.
Martha: ─¿Que qué? Ya quisieras, mequetrefe. Esta casa no será mía, pero yo he escrito la mayoría de estas historias, o al menos las he inspirado.
Carlos: ─Eso dices tú. Si las tipografías aquí son de lo más variadas.
Martha: ─Es que a mí me gusta ensayar distintos tipos de letras. Me mama escribir en estas paredes de adobe…
Carlos: ─Y en la cabecera de la cama y en los muebles y en las puertas y ventanas…
Martha: ─No hay límites a la creatividad…
Carlos: ─Ni a la mediocridad…
Martha: ─¿Ya ves que eres un tarado?
Carlos: ─Si tanto has escrito, ¿por qué te indignas si lo hago yo? Tengo derecho a transcribir tu historia, o la mía, o la de Mario, la de Eloy, la de Carlos y Laura…
Martha: ─¿Y por qué mencionas tu propio nombre? Como si fueras un personaje…
Carlos: ─Lo soy, en cierto modo, y tú también…
Martha: ─Yo no soy ni madres. Ni siquiera una narradora omnisciente…
Carlos: ─Será evanescente… porque estoy pensando en borrarlo cada vez que tu nombre aparezca…
Martha: ─¡Atrévete!
Carlos: ─Pero si nadie nos leerá. Además, la casa de adobe se cae a pedazos. Aquí y allá las frases están truncas.
Martha: ─Por eso también hay papeles. Los cuadernos están repletos, no solo de palabras. Eloy ha desperdigado sus dibujos y pinturas por todos lados, incluso sus perros. A esos que llama como nosotros. No me gustó ser una pudle, ¡vaya lugar común! Por no decir ofensivo…
Carlos: ─Bueno, ayer una pudle, hoy solo una perra.
Martha: ─¡Imbécil! Te diría perro, pero eso solo te haría sentir orgulloso.
Carlos: ─Soy un perro. Mira cómo te lamo el brazo…
Martha: ─¡Mi brazo no, estúpido!
Carlos: ─Pero si tú me lo propusiste, ¿o por qué lo estiraste hacia mí? Si soy un perro, querías que te lamiera.
Martha: ─No mames.
Carlos: ─Sí mamo.
Martha: ─No ahora.
Carlos: ─De vez en cuando.
Martha: ─Yo mamo más... Yo amo mamar. Yo mamo amar.
Carlos: ─Lo peor es que te sientes artista.
Martha: ─Solamente con hache.
Carlos: ─Otro lugar común.
Martha: ─Que a ti ni siquiera se te hubiera ocurrido…
Carlos: ─No se me ocurren bobadas.
Martha: ─¿Quieres conocer la lista? Los cuadernos están llenos…
Carlos: ─Pensé que eran tus diarios.
Martha: ─Tú siempre suponiendo tonterías. Como aurúspice, abre una rata y pregúntale al universo lo bajo que has caído con tus deplorables textos. Eres un pésimo poeta, perro.
Carlos:
─Perra.

martes, marzo 25

Solamente

importa tomar un objeto cualquiera
una impresora un bote de agua vacío
la impresora sin cartucho imaginemos aunque lo tenga
el librero lleno de libros sin libros
la computadora con archivos descompuestos
imaginemos
un hombre sin alma desalmado un fantasma
eso es un hombre sin cartucho como un bote de agua vacío
imaginemos
un hombre en un cuarto solo un libro de letras tachadas
imaginemos una casa sin palabras sin nadie
ni reflejos en sus ventanas sus espejos deformes
una casa es un hombre
imaginemos
un hombre no es una casa
imaginemos
un hombre o una impresora sin cartucho
un bote de agua vacío una computadora trabada
imaginemos
no es que pretenda aniquilarlo
no sé por qué dirige sus pasos hacia fuera
el hombre es una casa cuando quiere
la casa vacía espera

viernes, marzo 14

Enigma

Sale a medianoche del departamento
hacia las vías del tren.
En las raíces de un árbol enorme
la banqueta es un mapa de rupturas.
Una llanta descansa de girar entre hojas secas
y trozos de bolsas de plástico.
Una ventana del edificio
proyecta su tenue luz
de televisión:
la sombra móvil de las ramas
parece la silueta
de una esfinge.
No sabe cómo responder
a su pregunta.


viernes, marzo 7

Gotas ceiba girones

Huecos negros tras el verde y el rojo escurrido
no sé cómo ocurren las espinas
deletreadas en la construcción
espinas alzadas contra las nubes disipándose
espinas de ceiba hechas de tierra minerales espinan
el cielo a gajos los hombres se perfilan
como pajaritos en las varillas van a ocultarse
las varillas van a ocultarse bajo capas grises y serán ventanas
se aprecia aquello que va alzándose como si multiplicara
los sitios negros que se volverán personas que alojan
personas en potencia sin potencia
trucos de líneas que no son más que luz embarrada
en una pantalla líquida como un río de hojas que el viento
rasga como a las nubes deshilachadas por las espinas
el edificio es una tela alambres de babel en construcción
las ramas y los vacíos negros se alzan se alzan se alzan
como sombras de colibríes pensativos picotean
el néctar del concreto el cielo en trozos de tela
las sombras son huecos necesitados
el concreto los hombres los filos los filos
gotean

Lo no visible

Una bestia espera
en los lingotes de la tarde blanca.
Mina sus huellas apenas aparecen
en los intersticios de caminos privados.
Trasluce el vigor olvidado en vanas travesías
de libélulas pintadas en alas de colibríes famélicos
sobre el cable electrificado de la vecina.
Le han dicho que se trata de esperar,
que todo así sea el hambre de veneno
es atizar un fuego azul en la madera
de los ojos por si algo aparece
en la duna hueca de latidos,
en el epicentro de la aguja perdida.
Con la rapidez de un zumbido
despide lo que llaman verdad
para sepultarla y que no cause
daño a los escarabajos escondidos
con miedo a ser escudriñados
por otros escarabajos.
Qué fantasmas aletean como ángeles
aturdidos, qué borroso es todo esto
de no salirse de la línea
por temor a que sea visible.

domingo, febrero 9

Narcisos

Llevaba más de dos semanas levantándome con un golpe de barra en medio de la espalda. No precisamente una barra de hierro como las que utilizan para hacer zanjas en jardines pedregosos o de tierra seca y dura. Sino una barra de frío húmedo. Una barra que había socavado mi espalda al centro y el resto de mi cuerpo como si mis nervios fueran un cúmulo de cables que alguien jalara con el puño, sin sacarlo de ahí. Fui descubriendo poco a poco que se trataba de humedad, una humedad que no podía señalar con el dedo por ser imprecisa, nebulosa, invisible como el aire hasta que lo pronunciamos. Ahí estaba, causando grietas en mi cuerpo casi quincuagenario. Apenas uso esta palabra por primera vez y sé que la década estará impregnada de su idea. Porque ha de tratarse de una idea, al igual que el rostro cuarteado que miro en el espejo. Adiós a ese cutis suave y hasta femenino de la juventud. Cuando voy al gimnasio por las mañanas, los chicos me hablan de usted, de señor, incluso de profesor. Y es que el gimnasio está en la universidad donde doy clases y además estudio una maestría. La entrenadora del gimnasio me mira con cierta condescendencia para explicarme una y otra vez el uso de las máquinas para mi rutina. JALÓN CON POLEA AL FRENTE ABIERTO AGARRE PRONO. Dos o tres chicos se entiende que también las chicas están embebidos subiendo escaleras interminables con una lentitud que no utilizaría para las reales. De hecho, les he visto tomar el elevador al cuarto o quinto piso en el edificio de Artes. Nos hemos encontrado en ese espacio cerrado mirándonos furtivamente por el espejo. O al menos yo lo he hecho: siento curiosidad por los gestos y las actitudes de las personas que me rodean. Son muy amables conmigo y, si están conversando en grupo, apagan su conversación una vez que se cierran las puertas y oprimen el botón con el piso al que ascenderán; es entonces que las miradas de soslayo parpadean como las lucecitas intermitentes de nuestros celulares con notificaciones todavía no vistas. Esto de subir escalones en una máquina y usar otra máquina para ir hacia los pisos superiores del edificio es una situación embarazosa. Nadie parece darse cuenta de ello. En mi caso, he ido al gimnasio no porque desee esculpir mi cuerpo como lo hacen algunos chicos. No disimulan ante el espejo del baño común, sino que se solazan en posar en toalla como si fueran faunos griegos o pinturas atléticas que lanzaran el disco. Otros al parecer intentan imitar al conocido lugar común del David de Miguel Ángel, pero con la pantalla del celular sostenida por uno de sus brazos hercúleos e inmóviles. Su público dará like a sus marcadas abdominales, quién sabe si con igual o menor admiración de la que ellos parecen mostrar frente al espejo empañado. Son jóvenes. Cuando yo lo era, llegué a marcar los músculos ejercitándome en el tae kwon do, el basquet, la bici y la frenética caminata diaria hacia la parada del camión. Nunca logré volumen, la intención era otra. Abominaba la idea de ejercitarme en un gimnasio porque me parecía que esos músculos voluminosos no servían para nada: ni para patear al contrincante ni para atrapar un balón en vuelo. Nunca se me ocurrió, mientras jugaba basquet, medirme los bíceps con cinta ni mucho menos presumirle a nadie mis pantorrillas. Era flaco y correoso. Algunos de estos chicos compiten entre sí levantando pesas enormes y en el inter comparten fotos de sus avances en Instagram. He presenciado, en mis clases al frente de algún grupo de programadores, cómo algunas alumnas se intercambian con cierto regusto y gracia esas mismas imágenes que he tachado de narcisistas. Esto me ha hecho pensar que se trata no de un narcisismo individual, no de un Narciso que se ahogue en un estanque, sino de una red colectiva de narcisismos ahogados unos en otros. Una flor sobre otra, un montículo de Narcisos contaminando con su exceso al lago y asfixiándose entre sí. Seguramente este chico que se toma la selfie medio desnudo ligará a otra chica o chico con los músculos también esculpidos con esmero, tendrán una cita y cada uno se excitará con su propio cuerpo. En fin, igual habrá disfrute, deseo, tacto. Juventud, rebosante. Yo ni siquiera me atrevo a ponérmeles enfrente. Soy como uno de los intendentes que nunca he notado sino subrepticiamente en los pasillos: me escurro por los recovecos y, como una cucaracha prudente, me detengo cuando detecto movimientos para volver a avanzar en cuanto el barullo se va desvaneciendo. Se supone que estoy allí en busca de salud, combatiendo la recalcitrante diabetes. Pero en momentos, a solas, también me descubro supervisando mi silueta en el espejo que recubre toda la pared poniente del gimnasio, o el mismo espejo empañado que refleja a los Narcisos. Me pregunto si ya bajé la pancita, si alguien notará los nudos de mis piernas una vez que me decida a abandonar el pants, cuándo las líneas de mi abdomen resaltarán de manera que desee compartir el hallazgo en Instagram, para regocijo propio.

domingo, diciembre 15

Los perros 15 12 2024

Me creo capaz de escribir día a día marcando el polvo, a veces haciéndolo caer con la punta de mi pluma Bic de tinta verde. ¿De qué color era este muro lleno de telarañas? ¿Con qué transparencia dejaban pasar la luz estas ventanas biseladas con adornos florales, rotas y manchadas de gotas de pintura roja? La casa es una heredad, un pasillo lento que se va recorriendo incluso cuando me quedo de pie frente a la maleza del jardín, las hormigas que van fragmentando los arbustos. Podría investigar en alguna enciclopedia cómo se llaman, pero no creo que valga la pena. Qué me importan los nombres de unas plantas que no los necesitan. El anonimato es su esencia, al menos desde donde yo lo veo. Y ellas no parecen tener una respuesta al respecto. Ni preguntas. Se mecen, tiemblan con el viento que de pronto las acaricia como si pasara su mano por encima, una mano parsimoniosa, carente de la noción del tiempo. o quizá más bien tan inmersa en el tiempo que solo detectamos su paso por el movimiento de las hojas ansiosas. Acabo de añadir este adjetivo solo por diversión. Ansiosas, las plantas. Las plantas que ni si quiera quieren ser nombradas. Que no quieren nada, ni agua. Que más bien son ajenas a la voluntad mí y de ellas mismas. Solo están allí. Son, en todo caso, producto de la voluntad de la naturaleza, la misma que me ha puesto a mí frente a ellas, la misma que me ha dado la capacidad del lenguaje que enmarca las yerbas del jardín. Pero cuál jardín, si un jardín es algo cuidado, es precisamente la naturaleza domesticada. Y aquí corre libre, asediando el limero que quién sabe cómo sobrevive si no creo que nadie tenga la paciencia de regarlo. Haré algunas anotaciones sobre estos verdes y amarillos salvajes en mi cuaderno, y las acompañaré con estas hojitas carcomidas por gusanos, esta flor blanca de olor a miel. Ya veremos si regreso algún día a este espacio en la pared apretujado por otras palabras. A las hojas de mi cuaderno que parecen paredes llenas de polvo y telarañas.

 

***


No puedo negar el dolor, no estoy capacitado. No crean que me refiero a un dolor abstracto, sino a aquella vez que un caballo me pateó en la rodilla izquierda. Íbamos corriendo los primos por la calle Pedro Valdez en Cocula, de la casa de mi abuelita María a la sempiterna tienda de la esquina, pasando por el billar, donde varios caballos alazanes esperaban a ser montados de nuevo. La patada fue la de mi primo al pasar corriendo, al caballo, y a mí me tocó la venganza. Nunca nada me ha dolido tanto en la vida. Y eso que ya tengo 21. Nada, nada se le compara: quería arrancarme la pierna y arrojarla lo más distante posible, donde el dolor se escuchara a lo lejos. Los otros dolores son algo bien distinto. Por ejemplo, sé recibir golpes. Más bien, estoy acostumbrado a ellos. Desde pequeño, sacar malas calificaciones era motivo para ver la trayectoria hiperbólica que seguía el fajo hasta mi cara. Había estilo en eso. Pero yo resistía: mantenía mis calificaciones igual, retando a los consabidos gritos y magulladuras de lo que percibía entonces como mi cuerpo de metal. En eso se transformaba y entonces ya solo era cosa de ir a recomponerlo. Los golpes sonaban en el hueco, porque que yo sepa ningún muñeco de lata tiene un órgano que irrigue sangre, podría oxidar el armatoste entero. Pero hablaba del dolor más grande: sí, fue contra mi rodilla y no tuve oportunidad de convertirme en hojalata a tiempo.

 

***


martes, diciembre 10

Verbum interius

De lo dado a lo que arrebatamos,
de lo articulado con lengua de fuego
a lo que el juego nos articula,
de lo saboreado con la sangre
al saber que se extingue circulando.


jueves, diciembre 5

Mamá abre y cierra cajones

Mamá masculla sus maldiciones
en la otra habitación, ha apagado la tele
pensando que está sola
y mientras esculca los cajones
dispersa murmullos al viento en resistencia.
Oigo cómo le vienen a la memoria
asuntos pestíferos, cómo sale de su boca
el bestiario de un libro de horror.
Mi madre ahoga sus palabras
como municiones en un blanco de feria,
es su momento de golpear lo que la ha golpeado,
de estropear el día
como si lo apaleara con una escoba
para respirar su polvo.
No estoy en condición de negarle este placer
de revivir lo olvidado como si saqueara una tumba,
de tachar la noche con más noche.
Sus palabras rondan como aguijones
mientras abre y cierra las puertas del clóset
donde le aguarda un monstruo de cien ojos
al que intenta
forzar por el desagüe
del lavabo.


sábado, noviembre 23

Algo rechina cuando volteas

La palabra fantasma
recibe a los muertos recientes.
Caminar suena como un crujir
de huesos expuestos a los elementos:
la mano de la oscuridad
busca en una bolsa
dulces envenenados.
Tus ojos son puntos suspensivos,
alguien los abandonó en una mesa
junto a un par de dados, a sabiendas
de que nada es dado, sino
lo que no merecemos.
Es en momentos como este
cuando huyes
hacia un bosque de hojalata.

viernes, octubre 25

Lluvia Café

Bodegas
30 bolsas
transparentes
cajas, una de esta
otra de esta
una limonada
dos limonadas
cuatro limonadas
sobre la mesa
es el inventario
ah, el cliente
como él
la quiera
la caja
lo que contiene
ah, y comprar
una máquina
para medir
lo blanco, lo negro
una y otra vez
cajas

domingo, octubre 20

Benigno

Aquí estoy, inmerso en la línea punteada
que trazan las hormigas desde el manzano,
suben por los ladrillos huecos del muro
hasta perderse en otra casa, de la que no se oye
sino el gallinero: se huele, se adivina.
De allí vienen las hormigas y allí regresan
una a una, con sus trozos de amarillos
que no significarían nada si no fueran
una continua demolición.
Aquí, pienso: el transcurso agobiado de las tardes
no ha sido suficiente, los días
no roban algo de mí poco a poco,
no detento más derecho que este manzano
o el ciruelo de más allá, el arbusto de café.
Contemplo el pequeño huerto,
agradecido por los muchos hijos
salidos de Petra como de un hormiguero
para roer el mundo, o al menos
este caserío tenso como una pistola,
este jardín donde el canto de los gallos
está a punto de suceder,
donde mi sangre camina.


jueves, octubre 17

Teología procesual

Me han dicho que dios con esta pesa
sube, baja, da tonificación
a la realidad de la puerta sin cerradura,
la que juega con anuncios de ánimes
en la pantalla móvil del Streaming
esperando. Pero qué sé yo de dios,
solo que quizá quiere colgarse
del vivir vedado a sus ojos sin Pantone,
los dedos sin cortes. Quizá sea
su manera de ser menos abstracto
enlodarse de frases sueltas
que dan otro significado a lo que nos toca
con su lengua bífida.
Quizá dios también sea
proceso del fracaso.


sábado, septiembre 14

Limonero

Dabas el agua agridulce y ácida
con amarillos y verdes rugosos
al jardín donde la música
era jugar a las escondidas.
Esas fibras o gotas sólidas
legañas del que despierta
si se abre en dorados
al reventar
aguijoneaban la lengua, el sabor atónito
del día que se olvida.
De pronto: una ráfaga seca
o te quebraron las piernas los gusanos
y tus hojas apiñadas como hormigas muertas
son el signo de algo pasado subido a tus dedos
como dicen va perdiéndote la cicuta,
medusa
petrificada.


lunes, agosto 26

Streaming

Escuchar las plantas es para mí
florecer sin la tecnología
que me abruma
a ciertas horas
contagiadas de gripe imaginaria.
En la televisión recorto hierbas, soles
contritos, detrito
y me parece tan real
esta pesadilla de la que aún no me entero.
Soy espectro entre figuras cromáticas, no hay sillón ni cama
ni escritorio con sus llagas extendidas.
Voy tejiéndome a la historia
como un insecto que inmerso en la pantalla
piensa estar al filo de una bugambilia.



martes, julio 23

Secuencia am

Los relámpagos en la ventana de un cuarto de azotea
balbucean lo que va a ocurrir
pero no saben que a mí los videojuegos
no me alcanzan, ni Super Mario
con sus herramientas para hacer de la mañana
un cúmulo de Cladosporium a todo color.
Yo no sostengo que debiéramos guardar
lo que nos mancha la yema de los dedos
y podría matarnos, lo cierto es que

los hongos me son indiferentes
hasta que reprograman los buenos días por haber leído
un libro del que se alimentan y entonces
ya forman parte de los sucesos
que siguen.


martes, julio 2

La conjetura de Wile Coyote

Si el aire sostiene cuando lo ignoras
¿por qué patear la piedra
que no se ha dado cuenta?

Pulso

Enhebré las manecillas del reloj
al ritmo
de venas apaciguadas
por si acaso me quedo sin la cabeza de flamingo
desbalagada por el librero
entre una sucesión de páginas muertas
que no saben si resistir
o liberarse a la inercia
deruido.


lunes, julio 1

Gumball contra el caballero en mallas

Son tus bigotes los que tiemblan
cuando el padre toca el claxon
y la chica que es un alce
se asoma por los hoyitos
de sus ojos como por una máscara
para recordarte
que no importa lo que piense el caballero
con mallas
al importunar el palo de escoba
ni el padre a punto de atropellarla
sino su forma de mirarte
cuando un bote de basura se estrella
una y otra vez
contra tu cara.

viernes, junio 28

La calle repetida

Quién eres cuando confundes

los brillos en la ventana

con la grasa de manos infantiles

 

Al paso las raíces

ya no se acuerdan de tu ritmo

tocas cortezas como a fantasmas

la lluvia                     desdibuja en los charcos

muros que nunca volverán

La banqueta huele a sangre

como si alguna vez la peste

devolviera preguntas

Caminas en una dirección

no sabes si atinada

el azar no cabe en la rutina

es cosa de insectos

 

Las ventanas regresan la sospecha

alguien saluda

la claridad

engulle todo a tus espaldas.


viernes, junio 7

La utilidad del mecanismo

Tus ojos bajo los párpados se mueven como manecillas:

uno lento, otro a mayor velocidad.


Ya sé por qué sigues ese movimiento en círculos:

la idea de que el presente no pasa de aquí,

eres su límite.


Mientras muevas algo de tu mecanismo

algo te sitia en este lugar, ahora

que has empezado con tus torpezas.


Tu carátula asediada se humedece 

por el humo que echas en lo desmedido

de quien se sabe feliz, sin adivinar...


sábado, mayo 25

Chamarra en el perchero

Sin mi papá no eres una sombra
que quiera alcanzar con sus pliegues
el tablero de ajedrez dibujado con ladrillos.
Tienes otra vida, una que, pese a las apariencias,
no se deja absorber por la gravedad,
una que se guarda en los bolsillos
notas de súper hechas puño.
No tienes que escuchar,
dinero y llaves no te faltan
y por ahora simplemente meditas.


Jardín

Escucho “Tom's Diner”,
la versión de AnnenMayKantereit
y Giant Rooks
en esta oscuridad espesa
donde las gatas se pierden
para atrapar serpientes grises
con delicados hexágonos en la piel.
Juegan y las abandonan medio muertas
para que uno acabe con ellas,
son su tributo a la casa.
No parpadea la luz del celular
ni se mueve la cámara de video,
nada sorprende, a no ser
una inoportuna
Annie Lennox que canta
“Sweet Dreams”.


viernes, mayo 24

Botella de Coca-Cola

Has cambiado tantas veces y en el fondo
eres la misma: nos acompañaste
a mí y a mis hermanos por las junturas
que hallábamos en las banquetas
jugando a no pisar el pasto,
en los partidos de futbol con los amigos
que me encomendaban cuidar la portería
por mis patadas de tae kwon do.
Estuviste allí, botella de vidrio con sangre negra
cuando los vecinos rompieron nuestro teatro de títeres,
cuando salíamos de la ciudad sin pensar en el regreso.
Ahora, entre tus pequeños cambios
te anuncias sin azúcar. ¿A quién engañas?
Alguna trampa estás haciendo
como la vez en que afirmabas curarlo todo
y no fue cierto.


sábado, mayo 4

El origen del día

Desde la azotea roja
las nubes son mamparas.
La flor del engaño
abre un claro
con los dedos
y pasa, ilumina.


viernes, marzo 29

Notas

En la casa vecina
alguien dio por abrir un taller de carpintería
de modo que nadie duerme a pierna suelta
o sin que se le suelte una pierna.
 
Las líneas punteadas del escritorio
apuntan a la pintura cayéndose de la barda, sombras
a pedazos juegan con el sol a hacer figuras alargadas
de pensamientos cansados.
 
La bomba de agua replica
cada 30 segundos aproximadamente contra la tiranía
que ejerce en los cuerpos con su chorro
matutino, su ansia de llevarse consigo
las nubes pegadas en los poros.
 
Algo desde el fondo de los huesos se agita
como una lavadora paciente. Algo está más allá
de la planeación del día que hace un árbol sin pájaros.
 
No sé si esa boca reseca la luz natural.
 
Con pasos ligeros unas notas organizadas van penetrando
el escenario de las azoteas, se sientan y se sienten
como una lancha abandonada, con todo y cañas de pescar
con las que nunca nadie pescó.
 
Respirar es lo que acompasa
los tendederos de ropa al escurrir burbujas, aire
en ebullición.


lunes, marzo 18

Los amigos distantes

Y es que los amigos son tachuelas de colores
en un mapa pegado con diurex.
Como si se hubieran confabulado
en la desaparición, en el accidente,
en el mutis para hacer otras cosas,
ver a otras personas.
Quedarse solo no es la gran cosa,
se tiene tiempo de listar lo dejado atrás,
de que regrese lo olvidado como
un tren de carga: pesado, seguro en la vía.


jueves, marzo 7

Posibilidades

el movimiento inocuo del rey en el tablero
la fruta podrida en el pretil sin que nadie la guarde o la tire
la luz que traspasa la cortina y se vuelve azul
el que se deshace de sus ideas en celofán blanco 
el que respira hondo antes de convertirse en el ruido de un motor al encenderse 
el que con la boca reseca recuerda pasos de baile
un rostro desfasado al imprimir en el mismo lado de la hoja
un tornillo suelto que vibra al acelerar
los dados cayendo de la mesa hasta que los detienen con el pie
la pregunta que se quiebra
lo visto en un espejo ajeno
la noche en una terraza donde la luz artificial oculta el jardín
una hormiga instalada en los intersticios del cerebro de broca
un par de zapatos que rechinan al dar vueltas de un lado a otro de la casa
el reflejo en el cuchillo que alguien acerca al estómago y formalmente indica este es un asalto
la charla a deshoras en un auto con las luces de la cabina encendidas para buscar algo debajo del asiento
la raíz cuadrada de dos

El invitado

Sería bueno que te embarques,
que el filo de la frontera te parta
de un tajo: entonces ya no llamarías
a destiempo para preguntar
si tu flor de plagio ha llegado ilesa.
Atente a la radiación del círculo
que has destruido: pon un pie en la ruta
de quienes no ignoran
cómo saliste del hormiguero,
bot ante una pregunta obvia.
Seré claro, ya que estás en pedacitos:
no regreses con la fortuna entre los dientes,
no vengas a hacer mella en la armadura de aire.
Sé el papeleo de los primeros días,
piérdete.


miércoles, marzo 6

Sutileza del entusiasmo

Pasa desapercibido
lo confuso de la luna.
No es intención de un objeto
o de otro, enredarse
en símbolos prohibidos
aunque se complementen.
Quisiera desaprender
como una lagartija disecada
en el cereal del desayuno.
No lo repitas.

martes, febrero 27

Empatía de lo semejante

Y es que, cabeza abajo, las cosas
presentan su desafío: o me fío
o las dejo con sus códigos en clave
decir disparates porque no entiendo.
Y no me conmueven porque no son
principio de nada que pueda tocar
con la mente en claro, el sentido oscuro:
se vuelven en mi contra si las persigo
como las formas que son separadas
de su materia en esto que llaman alma.
Pero qué dice el alma de las cosas
que las mueve o las estanca en su inercia,
qué dice si se abandonan a su gravedad,
tan serias que resultan, tan en su mundo
esquivo, de pensamientos impenetrables.
Cosas: hagan algo, estiren sus átomos
o aprendan de las motas de polvo,
que o son alma o la mueven, sean
más que su materia, algo como principio
que duele y trajina, que se alegra
como ahora mismo en su papel
de libros recargados en libros, guitarra
de juguete llena de polvo, vaso
de plástico con alma de agua.
Y yo, con ustedes, bote de basura,
televisión apagada, impresora,
me detengo a saber qué se siente,
o a no sentir si así les pasa.


martes, febrero 20

Rodando cabezas

Te desmoronas como hormiguero
pisado por niños en un baldío.
Y eso que ya no eres una estatua de sal
por mirar la destrucción
de otros que no fueron capaces de salvar
su pequeña habitación, sus uñas.
Ahí andabas de avestruz asomándote
al algoritmo, te hacías el torpe y calumniabas
las cabezas grises, piedras que rodaron
como la tuya, pegaron contra la pared,
se rompieron en dos, en tres, y ahora
están inmóviles con los pensamientos de fuera.


martes, febrero 13

Paradoja

Las cerezas son amargas en los dientes blandos
de las neuronas
duras. El egoísmo
de una hermana que le sirve a otra
hermana, pero a nadie más
se desliza con las ruedas
de un cielo más claro cuando nubla.
Lo que cruje es el espacio que no cabe
en mi tiempo. Cada quien
da lo que no merece: sangre de gato,
córnea sin equilibrio.


sábado, febrero 3

El holograma X504 reajusta subrutinas ópticas

No existo fuera de estos muros familiares,
de la ventana abierta en mi ojo con láser
no para ver el mundo, para que vaya hacia mí
con sus haces de luz que dan forma a ideas,
a estas sospechas por la finalidad de la madera,
de los trazos, las superficies, las líneas que ocultan puntos
y se hacen reales en el subespacio del pensamiento.
Quisiera decirme programado, y resulta extraño
que cierta palabra quepa en aquella llena de lógica:
programar se conjuga
como amar. Quizá esta sea la señal, la clave
cuyo secreto guardaré como a un clavo corroído
en la armazón de mi sistema
abandonado a esta condena de decidir
una cosa o la otra, una cosa
o la otra.


martes, enero 30

Contrapunto

Ha esta taza roja bebido
como quien algo mira escribir
en una terraza ajena a los grillos.
Una taza que con el pretexto del incendio
enciende su espejo repetido y respira
como un mantel fatigado.
Las botellas de cerveza
le echan en cara sus 85 calorías
o que tire los dados
al atrapasueños.


sábado, enero 27

Carretera

Un cúmulo de arena espera a ser limitado 
para limitar la vida cotidiana de alguien desconocido. 
Un autobús Flecha Amarilla señala con su logo 
hacia un pueblo donde alguna vez anduve entre sus cuevas. 
Escucho canciones rancheras. 
A la izquierda venden navajas para gallos. 
Una barda con la pinta del Partido Verde dice “renace”. 
Alguien vende aire luego de acondicionarlo. 
Un tope mueve el teclado y me hace escribir con errores 
que quizá sean simplemente errores. 
Porque una vez pasado el poblado, la carretera se vuelve un lugar 
para acelerar, si no fuera por una lenta camioneta que “Se vende”. 
Dice Aristóteles sobre la naturaleza de las cosas. 
Estamos a punto de atravesar por en medio una montaña. 
La camioneta lenta nos rebasó para desacelerar después. 
Un motociclista nos rebasó por la derecha. 
Si desviáramos nuestro camino podríamos llegar a El Barro. 
Hay más y más agave hiriendo con sus puntas el aire. 
Vacas contemplan el paisaje, vacas flacas y deslucidas. 
¿Es tiempo de vacas flacas? 
Porque los cables eléctricos son sostenidos por gigantes de metal 
sobre las montañas. 
Nopales, hierba seca, mezquites, monas de caña al paso. 
Los verdes parecen infinitos. 
En la cima de la montaña roja, los zopilotes. 
Una cruz rosada en medio de la carretera nos avisa. 
Porque un cementerio de automóviles. 
La irregular carretera se tiende para conectar 
un punto con otro. 
Porque maquinaria pesada, un lugar llamado Pocitos. 
Naves industriales, caña seca, lista para la cosecha. 
En el cristal polarizado el cielo se mezcla con los brillos 
del tablero. 
Un crucero. 
“Se venden muelles”. 
“Urgencias”.

martes, enero 23

Trueno

En las cuchillas del bambú
el rojo abre camino, va
hacia el sistema de símbolos,
la oscuridad del jardín origami.
Aunque nadie lo sepa
agita la jaula de los gatos
en ventanas de sigilo.
Observa lo que haces: cuida
las huellas amarillas
hacia el infarto del trueno.
Su lengua artificial
sabe del saber y el sopor, contempla
ruido de líneas en la mano.
Por algo se ha desprendido
tu ojo como de un limonero
cuando lo sacuden.

martes, enero 9

Colores

Si en la vasija los elementos faltan,
la sangre de las sombras móviles
ajusta cuentas con su contrario:
altercado de tenedores.
Vuelves a intrigar espasmos
de alumbre,
te vacías de grillos
que se saben perdidos,
interrogaciones se oscurecen
en la taza del café frío,
los sustantivos pierden bordes,
los dados deciden no decidir sin hambre.
Ya lo dijo Empédocles: el amor
une a los disímiles.
Se mastica oro como la mierda,
aquel dios de máscaras,
fantasma de lo múltiple.
Ese agravio no facilita el retrato a las termitas.
¿De dónde la migración
en espiral?


jueves, noviembre 9

Poema sin pájaros

No escuché pájaros en los párpados de la mañana,
no aletearon rumbo al pino que rasga con sus piñas
la silueta en la ventana, ni tampoco voló ninguno
a punto de arrollarlo con la llanta del auto, tampoco
pisé alguno sin querer en la universidad confundiéndolo
con el cemento que apenas si recuerda su origen de aire,
nada de alas se estrellaron contra la puerta de vidrio ni miré
ninguna película con pájaros asesinos ni pacifistas,
no tomé un pájaro asustado en mis manos ni me pregunté
por su instinto de libertad o por qué no ha sido
atrapado entre las cortinas beige de la sala,
no hubo pájaros clavados en mi sueño ni nadie
tiró imanes para pájaros en la banqueta,
tampoco topé con el más sabio de su especie
ni hojeé libros con ilustraciones de pájaros exitosos,
con fotografías aéreas o símbolos del vuelo, no busqué ni hallé
restos de pájaros ni plumas enfermas o cantos quebrados o
silbidos azules, en este poema no hay
pájaros.