jueves, julio 30

Nuevo jugador

Cuando una tía enterró
un frasquito con su último hijo
no logrado
en el jardín de los abuelos
donde mis primos y yo jugamos,
preferimos salir a la calle
un fin de semana entero.
Al domingo siguiente 
le asignamos un nuevo papel: el del científico loco
con un laboratorio bajo las raíces del naranjo
desde donde planea
cómo derribar los monitos de Star Wars
sin herir a los soldaditos de plástico.


martes, julio 28

¿Coloco al Diablo en el nacimiento?

Me ha perseguido hasta cuando me refugio
en el Templo de la Merced.
He recorrido
todas las iglesias de Guadalajara:
me he confesado en sus reclinatorios
con la fe que mi padre me enseñó
hincándome en un hormiguero
los domingos sin gloria
con un ladrillo en cada mano
para enaltecer a los mártires.
Voy a camuflarlo con el heno
mientras simulo ignorar
sus planes a futuro.


(tío Norbe)



Los perros - Apunte - Torres - Eloy

Torres era un muchacho práctico. Trabajaba de cajero en un WalMart mientras estudiaba derecho, luego consiguió chamba de policía municipal. En una ocasión devolvió a su duaño un fajo de billetes. Luego lo ascendieron a jefe de un comando antirrobo de casas habitación. Lo castigaron cuando denunció que sus subalternos tenían un departamento donde guardaban lo robado. Su nombre completo era Carlos Torres, pero aquí le llamaremos por su apellido para no confundirlo con Carlos. Además, como a Pereira, quizá el apellido logre tener la simpatía del lector, o la antipatía, da lo mismo. Torres jugaba futbol en la calle junto con Alex y Carlos cuando eran niños. Llegó a casa de los perros porque lo necesitaban para sacar a uno de ellos de la cárcel… ¿Eloy? Sí, tal vez Eloy, el pícaro, el seguro de sí mismo que de pronto despertó en una celda. Pero cuando llamaron a Torres, resulta que a él también lo habían metido preso por robar un carrito HotWheels de WalMart. Allí, en los separos, entablan una conversación que comienza por El Apando. Juegan a mirar a través de los resquicios que se abren entre la gente amontonada. Miran figuras en las paredes, inscripciones y dibujos de penes. Nombres. Y dejan también su impronta. Desde entonces se hacen amigos. El policía y el pintor. El policía que debe sofocar a los manifestantes globalifóbicos en Guadalajara, que se encuentra conun poeta pedorro tipo A. Z., al que le dicen AZ, que exige y luego ruega no ser detenido porque es poeta, poeta del barrio. Cuenta cómo dejó chimuelo a Mario, de ahí que Torres lo reconozca y decida darle lecciones con un tehuacanazo. No personalmente, porque T es un caballero.

Los perros - apunte - Mario - Mayra

Mario salía con Mayra cuando lo deslumbra Azucena. Apareció de la nada: una aparición como las que solía presumir Carlos, muy con su Laura. Azucena no era una entelequia, sino una persona hermosa de carne y hueso. Además, le hablaba con simpatía, le parecía, cuando menos, enigmático. ¡Mario, el intelectual que siempre quería derrotar a todos en el salón con sus comentarios eruditos, le resultaba enigmático! Eso se lo había dicho a Carlos Azucena, y Mario no cabía del contento. 

Los perros - Mayra - a Mario

Mi querido Mario, he recolectado para ti una colección de escarabajos que te refrescarían la memoria para regodearte con tus conocimientos sobre esa obra de Edgar Allan Poe que no dejas de alabar. De niño la leíste en su versión de novela gráfica, así que retienes la impresión de su dibujo con una nitidez que hasta a mí me has transmitido. Al investigar en mi manual de entomología me encontré que el más parecido a su imaginación sería uno del género Chysina, en particular de los llamados golden scarabs, cuyo brillo metálico refiere al de ese metal tan añorado por los alquimistas. Sin embargo, Poe le agrega a su tórax una característica correspondiente a ningún escarabajo con la imagen de una calavera en su tórax, así que Yo no me meto en esas vueltas laberínticas de las influencias y lo que llamas intertextos, pero sé que te encantará mi colección de escarabajos porque el de Poe, no estando vivo, reflejaba en nuestra imaginación un resplandor inusual (¿Te gustó mi frase, literato? Sé que no te gusta que te digamos así porque suena impostado, pero te lo digo ahora mismo porque, aunque esté feliz gracias a ti, también tengo reclamos que hacerte.). Seguramente por todo lo que lo rodeaba: la aventura, el enigma, el desciframiento a medias.

En El Palomar (donde vivo y adonde no has querido acompañarme por temor a que mis padres te conozcan, sepan de tus intenciones eróticas, descubran que no tienes ni un centavo y que, para colmo, estudias Letras) me encontré con un magnífico ejemplar de Strategus aloeus, coloquialmente llamado escarabajo rinoceronte por su evidente parecido con este animal africano, pero yo disiento: el mamífero Ceratotherium simum y sus derivados son, al contrario, reflejos imperfectos de este insecto fenomenal. No de balde el mismo Poe decidió hacer de él un amuleto, el órgano vital de ese cuento maravilloso.

Mario, no tienes idea de lo contenta que me siento con el kit para atrapar insectos que enviaste a mi casa. No me importa que sea para niños y venga en color verde olivo. La red y los sujetadores han sido especialmente útiles con las mariposas. Sé que fuiste tú quien lo envió, aunque carece de remite. Debe ser una de tus jugarretas, cuyo único propósito es movernos el piso. Me recuerdas aquella ocasión no muy lejana en que recibí telegramas todos los días. No eran más que citas de libros que yo les había comentado haber leído. De verdad que te pasas, Strategus aloeus, con tus puntadas.

 

(Mayra)

 

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Los perros - Apuntes para evocación de personajes - diálogo con IA - Mayra y Alex

Otro personaje: Mayra es una coleccionista de insectos. Los va colocando en sus tablas de hielo seco como si fueran hojas, los clasifica: araña…, escarabajo…, su taxonomía tiene que ver con la forma como ve la vida: un compendio de criaturas, un bestiario al que intenta dar una taxonomía, o mejor, una taxidermia. Mayra no escribe, sino que junta no solo insectos, también objetos que significan algo para ella para ir armando pequeños escenarios teatrales, se siente una tramoyista que prepara lo que va sucediendo con los perros. ella misma es un personaje de sí. Se junta con Elisa, nuestra maestra del taller y maquillista, aunque con deseos de ser directora de teatro. Mayra ve en Elisa un personaje admirable por2ue no le importa tomar los empleos más humildes en obras de teatro, con tal de aprender desde abajo. Mayra es adinerada, pero no lo presume. Como vive en El Palomar, tiene oportunidad de descubrir nuevas especies de insectos. ¿Cómo se le llama a la ciencia que investiga los insectos? 

**

En realidad nadie sabe qué hace Alex ni por qué está ahí. 


Apuntes para Los perros. Invocación del personaje Eloy

La intención de estas líneas que escribo a medio vestir ─al salir de bañarme y ponerme crema en el cuerpo entero─ es invocar al personaje de Eloy. Lo he dejado en un rincón de la casa, recargado en la pared, con los párpados cerrados por el placer de fumar su puro de tabaco cubano, su pipa. Eloy es moreno, bajito, cejas gruesas, ojos ávidos e intensos, sobre todo cuando habla de literatura. Admira a José Luis Cuevas, de quien ha tomado el gusto de trazar personajes oscuros, tenebrosos. Cuenta que una vez mató un gato negro en sus rodillas, clavándole un cuchillo de cocina, pero nadie le creemos del todo. En la casa no se mira ningún gato, es verdad. Le gustan las mujeres que pueden retarle. Martha le gusta, pero la considera inalcanzable, no por bella, sino porque anda o medio anda con Carlos, pero también porque es una narcisista, como él. Eloy es un padre joven, aunque haya conocido a su hija cuando su ex pasó delante de nosotros en el café Don Luis. Ese lugar que solemos frecuentar porque huele a españoles exiliados y patriotas. El café es bueno y nos gusta charlar con Don Luis. Pequeño, en Chapu, con unas cuantas mesas dentro y fuera. El café Don Luis es una de nuestras paradas oficiales, de hecho, lo preferimos al Madoka, donde parece haber una generación inamovible de viejitos jugando ajedrez, aunque lo respetamos porque Don Polo Ontiveros, nuestro profe de filosofía, es uno de sus parroquianos. La Fuente nos agrada, pero mucho más Los Molachos. Quizá Eloy prefiera sumergirse en el bar que le gustaba a Ángel, cuyo nombre no recuerdo. Ángel sí puede entrar, algunos aspectos de su personalidad, para enriquecer a los personajes. ¿Eloy es un pintor que rechaza el arte de las ideas? No exactamente, sino que prefiere el arte concretado en los materiales. Pero Los perros es también una novela del proceso, si bien el concepto, espero, es el zumo que podemos exprimir de los hechos, las acciones de cada personaje. La casa no es un concepto, está viva, parece querer recordarnos Eloy, quien hace maquetas para los estudiantes que viven frente a su casa. Cada perro tiene su casa, pero en la casa del poeta Edgardo coinciden todos o varios por temporadas. Lo cierto es que ningunean a Edgardo por llorón, y Eloy es uno de sus grandes críticos, quien no confía en sus intenciones, ni en las de José. Eloy es astuto, pícaro, y sabe de qué lado masca la iguana cuando se trata de farsantes, según suele decirnos a los perros. Eloy huele a la distancia a los pendejos. Eloy tiene una personalidad fuerte, es seguro de sí mismo, camina con gran confianza, golpeando el suelo con los pies, incluso los autos se detienen cuando cruza una avenida para dejarlo pasar. No así sucede con Carlos o con Mario, que luego tienen que torearlos porque hacen como que no existen. Esta puede ser una escena. Eloy debe vivir gracias a las escenas, a sus actos, a sus palabras lapidarias. Es la conciencia de los perros, su motivación, ya que ha vivido más que todos ellos (como muestra su paternidad a los 17). Eloy es un artista al que poco o nada le importa ser relevante o sobresalir. Por otro lado, el pintor tótem de los perros es Waldo Saavedra, a quien Eloy mira con recelo, pero que en el fondo le cae bien porque es sincero, aunque sus obras ganen dinero. Eso no le importa a Eloy, sino la sinceridad del arte. No ser famoso, sino la densidad de aquello que se hace, lo genuino. Eloy no busca el reconocimiento ni siquiera de sus pares, es un artista que se sumerge en sus obsesiones, alguien que quiere pasar desapercibido, por ejemplo el mural que se atreve a pintar en el panteón de Mezquitán debido a un reto que hizo con Mario jugando cartas. Lo borraron cuanto antes, pero ahí quedó la impronta del mural con los perros sarnosos que nadie comprendió éramos nosotros. Eloy da importancia a la escritura, pero sobre todo a la lectura: es omnívoro, consume libros como nadie. Eloy es, más que enigmático, sarcástico. No da lecciones, vive como quiere. En fin, invoco al personaje Eloy. Quizá ya sea hora.


lunes, julio 27

Los perros 27 07 2026 - Carlos - prepa - 22 abril

¡Explotó Guadalajara!, ¡Explotó Guadalajara!, gritaban las noticias de la radio. Esa mañana soleada del 22 de abril de 1992 Guadalajara había dejado de existir mientras me relajaba en el jacuzzi de la alcoba en una habitación del piso 16. Guadalajara se había hecho añicos, insistían incrédulos en Radio UdeG como si todavía no asimilaran la destrucción. Eran las vacaciones de Semana Santa y mis papás, mis hermanos y yo no atinábamos qué hacer porque en el teléfono se había instalado un silencio contundente. Bajamos por las escaleras y, al llegar al lobby, descubrimos que el hotel "todo incluido" no había previsto que una multitud de huéspedes abarrotara la recepción, por lo que corrimos hacia la calle en busca de un teléfono público. Las líneas estaban saturadas. Mario, mi mejor amigo de la prepa, se encontraba allá, en la ciudad pulverizada. Después de varias horas aclararon en las noticias: veinte cuadras del sector Reforma se habían convertido en escombros. No había sido un terremoto ni nadie había equivocado un misil: veinte cuadras de Guadalajara yacían en lo profundo debido a un estallido surgido de las alcantarillas.

Por más que giraba el disco del teléfono una y otra vez, obsesionado por saber si mi carnalito estaba con vida, no escuché ninguna voz al otro lado del auricular. Fue como si una sordera de antro se me hubiera metido en los oídos, como si la explosión me hubiera minado los tímpanos a la distancia. De regreso a Guadalajara, entre curvas de náusea, abría y cerraba el cenicero, quitaba y ponía los seguros, le rogaba a mi papá que hundiera más el pie en el acelerador, convencido de que no vería nunca más a Mario porque lo imaginaba inmóvil bajo los escombros. Nadie decía palabra porque presentíamos, ante la desinformación aplastante, que muchos de los conocidos habían sucumbido a la nada. Fue hasta que llegué a la ciudad cuando pude contactar a la mamá de Mario y enterarme de que se hallaba en la zona devastada, sí, pero desenterrando personas completas y en pedazos.

 

(Carlos, prepa)

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jueves, julio 23

11:43 pm

El silbido del tren ensancha su pecho
como una flor de hierro abriéndose a velocidad,
rompiéndole desde adentro el corazón reguero de líquido,
las costillas como a un ángel de vidrio…


lunes, julio 20

Los perros - 20 07 2026 - Carlos 20 años después casa

Tengo la rara sensación de haber escrito esto antes, mucho antes que en este momento. Pero también la impresión de haberme encontrado con esta fachada de verde desteñido y descascarado mucho antes, con este salitre que asoma como la espuma del hocico rabioso de un perro. La herrería de las ventanas está hecha a la antigua y, hay que decirlo, permanece, como todos aquellos trabajos realizados por oficiantes. Las ventanas que podrían estar tapiadas debido al abandono y en su lugar simplemente están cerradas, por cuyos motivos florales y translúcidos de sus vidrios puede adivinarse el amontonadero de papeles y de objetos fantasma. La puerta negra de hierro, donde seguramente en otro tiempo remoto hubo un portón de mezquite, deja ver lengüetazos de óxido lanzados hacia los transeúntes que, como yo, de pronto nos detenemos para averiguar si esta construcción todavía soporta estar de pie.

Rompo con la llave uno de los vidrios de la puerta y, sin importar el filo y el posterior sangrado, fuerzo la cerradura, levanto sigue teniendo su maña el hierro y empujo: la casa está abierta. La recuerdo entonces. No como ahora, sino como en aquellos tiempos en que nombrar al siglo xxi era una especie de clamor en el vacío. No importaba el siglo xxi, no existía más que en un futuro inasequible para los perros que todavía no éramos y comenzamos ser al husmear estas paredes, sus libreros atestados de volúmenes antiguos e inconseguibles, sus habitaciones altas, la cocineta y el patio cuadrado. Una casa de adobe ni muy grande ni muy pequeña, lo suficientemente amplia como para que se entrelazaran las vivencias que aquí tuvimos hace ya, creo, treinta años, quizá más, quizá menos.

Me han dicho que comenzar un párrafo con el verbo conjugado: recuerdo, trae consigo una serie de imágenes que empieza como un hilito insignificante y termina en una riada, en un aluvión. Pero yo no sé si acaso quiero recordar. ¿A quiénes? ¿A qué?

Las paredes de la casa parecen estar tapizadas de letras informes, con renglones que no siguen una lógica. De pronto las líneas manuscritas forman incluso constelaciones: espirales, cuadrados, círculos. Parece ser que los que aquí habitaron solo deseaban cubrir con tinta y carbón los muros salitrosos. También hay papeles manuscritos en el suelo, papeles sueltos, arrugados, pilas de papel bond con páginas impresas y corregidas con tinta sepia hasta que no queda nada sin reescribir… cuadernos de pastas duras aquí y allá, murales que en otro tiempo debieron cubrir tal o cual pared de la sala, de la cocina, de alguna de las cuatro habitaciones. Parece como si la casa hubiera vomitado tintas: verde, roja, azul, negra, marrón… y en las escrituras, rostros, máscaras. Una vez que hago a un lado las telarañas, encuentro más escrituras. Regresar es recordar, supongo. Lo copio todo, lo recopilo en fotos, en folders. Las cajas, que parecían parte de una mudanza, están repletas de páginas que alguien abandonó. Todo lo recopilo, todo. La escritura en la cabecera de las camas, la escritura en los cajones, en las inmediaciones de las puertas. Hay  mini casetes tirados, diálogos ensayados, todo aquí me parece fragmentario. Como si lo importante fuera solo escribir, escribirse, soltar las palabras, dejar que arañen las esquinas, los rincones, que tapien de una vez por todas los huecos. Nada hay aquí que no cuente su historia, que no evoque…

 

lunes, julio 13

Los perros - Gaby monologa sobre José

No esperaba que mi Josesito me dejara como novia vestida y sin alboroto. Como novia es un decir, por aquello de la fiesta. Tan amable que ha sido conmigo. Me consiguió una habitación dónde quedarme en casa de la mamá de Alex. Me recibió en su casa, en su casota, con credencial de miembro plus entre sus amistades, casi tan raras como él. Sus amigos los ex pepsimaniacos me parecían graciosos, mientras que Iván me intimidaba con sus extrañas sugerencias: de que me acompañaba a tal o cual lado por mi protección, de que me daba de su Pepsi o que me invitaba a probar cerveza artesanal en un bar al que es asiduo. Así son estos amigos, quieren protegerme hasta de mí misma, darme a conocer que el mundo es ancho y ajeno.

A mí me late escuchar cómo Iván denigra a sus subalternos en la empresa donde asesora el proceso de producción. Nunca he sabido de qué: tal vez televisores, o robots… lo cierto es que los trabajadores a su cargo reciben en estas charlas el apelativo de monos o changos, pero lo que más risa le da a Josesito es la palabra macacos. Entonces cita a Carl Sagan en Los dragones del Edén para ensayar un discurso en broma arguyendo que solo se trata de animalitos en proceso de evolución a las órdenes de Iván, a quien le adjudica el epíteto de Terrible. Al menos eso es lo que este peruano que José conoció en la universidad ─mientras cursaba la carrera de ingeniería luego de abandonar la de física─ otorgaba a las conversaciones: un sentido irónico del mundo capitalista al que José pertenecía en uno de los estratos cercanos al pico de la pirámide por derecho natural. No es que negara las bases de la pirámide, sino que pensaba que formaban parte de la maquinaria con que la mansión de sus padres despegaba hacia la exploración de cada día. Yo lo único que deseaba er un lugar en el mundo, en su mundo. José no era un hijo de papi cualquiera. Había estudiado la prepa abierta y aprendido inglés por su cuenta para aprovechar el tiempo, y se había hecho de un gusto por todo aquello que alimentara su cerebro. Quizá el momento más preciado en la secundaria fue aquel en que su papá le regaló un ejemplar gigante de Cosmos. No era un ocioso. A sus treinta años, aunque vivía con sus padres en Jardines Universidad, tenía una total independencia. El papel tapiz que simulaba el mural de La Creación de Miguel Ángel que cubría unos tres metros cuadrados sobre el dintel de la puerta de la entrada sintetizaba aquello que sus amigos sentíamos con su amistad: como un Adán en espera ansiosa de ese toque divino de conocimiento…

Queríamos la aceptación de este Josesito que se había hecho a sí mismo. Su cuestionamiento a los valores asumidos por las ovejitas católicas, como nos calificaba mostrándonos los subrayados en su ¿Por qué no soy cristiano? de Bertrand Russel, o su Anticristo de Nietszche. Yo solo había leído Demian por ser una novela proscrita por mis familiares. Las reuniones eran toda una ceremonia: mirábamos alguna peli que José tuviera ya entre sus selecciones amorosas, como Indiana Jones en busca de… y luego la comentábamos entre palomitas con chile o pizza de Pizza Hut, o hamburguesas que había traído su mamá de Carl's Juniors. Lo curioso es que su mamá y su papá, aunque se encontraban en alguno de los niveles de la casona, evitaban fácilmente el encuentro con cualquiera de nosotros. Los imaginaba como personajes de utilería.

Mi cumple ya se acercaba y a Josesito se le ocurrió hacerse cargo de mi festejo. Obvio, como yo no conocía a nadie y no tenía ganas de hacer fiesta con mis alumnos sordomudos, me puse, como un dócil Adán, en sus manos. Este adorador de Star Wars tenía un auto gracisoso. Un Grand Marquis que había pertenecido a su padre en la juventud y que ahora estaba tan destartalado como el Halcón Milenario, como le solía llamar. A mí me emocionaba que Josesito, con todo y su inteligencia y su singular personalidad que ya quisieran sus amigos, se hubiera dignado descender a mi humilde mundo para organizarme una celebración. ¿Quién era yo para negarme? Además, lo admiraba porque había aprovechado el ocio inherente a su clase social a su favor: era un erudito de la ciencia y la literatura sin obligaciones. Su única preocupación era ahorrar un porcentaje considerable de su mesada para viajar dos o tres veces al año a San Francisco y a Nueva York, dos ciudades en las que había invertido sus ilusiones, aunque de por medio tuviera que hacer escala en la horrorosa Tijuana para visitar a su amigo y antiguo vecino y pepsimaniaco Pepo.

Llegó el día de la reunión. Josesito eligió un lugar que le habían recomendado Martha y Carlos: el Barbanegra, donde al parecer cada sábado por la noche toca La Fachada de Piedra, un grupo de rock que esos perritos, como suelen calificarse estos nada finos como los pepsimaniacos, veneran… No sé qué les ve Josesito, supongo que como Carlos era amigo de la cuadra de Alex, se vio envuelto en la mesiánica labor de ilustrarlos un poquito con un baño de Feynman o de Zwicky. Pero bueno, los pepsimaniacos eran cosa de la secu, y ahora Josesito busca ya no pares, sino a quienes orientar en esta ciudad, porque si algo le ha sorprendido son los niveles de necesidad de la casa donde se juntan esos caninos, en un sector que ni debiéramos pisar gente como nosotros. De hecho, yo solo he ido para acompañar a Josesito en su Halcón Milenario y, en cuanto pisamos ese piso mugroso le ruego que regresemos a Jardines Universidad a la velocidad de la luz.

Pero bueno, aquí están esos perros: Martha y Carlos lamen sus Coronas ligh con sonrisas ansiosas. Algo se traen esos dos, como que se atraen en un segundo y, todo lo indica, al siguiente se repelen como la tierra y el cielo. Obvio que Marthita es el cielo, una lunática que me hace temblar de solo tenerla cerca. Hasta mis vellitos de los brazos indican su proximidad. Pienso que quizá me guste un poquito, pero no tanto como se gusta ella misma. Y eso que a mí quien me late es Josesito. No de una manera erótica: yo creo que su figura tutelar le gana a cualquier otra cosa que pueda sentir por él. De todas maneras, José no tiene más ojos que para la zorra de Irene, o bien, para esa otra buscona que suele filmar a escondidas en la carrera de ingeniería, Selena, y que nos muestra a mí y a Iván cuando hace una pausa en los disparos mientras jugábamos Metal Gear Solid en su PlayStation. Yo no muestro interés, aunque me agrada que Josesito me trate como vato, como un cómplice en su travesura. Iván y él la miran con una atención desmedida, como si quisieran extraerle jugo a sus costillas. Discuten acerca de su vestimenta, sus ademanes, hasta sobre la manera como se muerde el labio inferior cuando se recarga pensativa en el barandal del segundo piso. Por supuesto que no era acoso, porque Josesito es una persona ética. Solo la estaba estudiando para invitarla a salir. Nadie que admire a la princesa Leia y tenga por amigo Iván el Terrible, alias Chubaca, puede siquiera experimentar malas intenciones. Josesito me consiguió dónde vivir, un grupo de amigos que como yo nos refugiamos en su mansión, en su música, en sus series y en el jardín que linda con una misteriosa frontera selvática, de donde Josesito nos dice que podría salir cualquier loco. Quizá uno de los fugados de la clínica de su papá, como bromea para que no nos internemos en esa selva.

Yo únicamente espero que Josesito llegue acompañado de Selena, quien le prometió ser su cita. Lo imagino entrar a este ruidoso bar abrazado de su amor platónico como una dona a su vacío. ¡Welcome to the Jungle, Josesito!

No me molesta que la vida de Josesito sea una utopía del derroche. Una utopía como los mortales como nosotros, carentes de su chispa divina. Este pensamiento me hace sonreír un tanto maliciosamente, porque me recuerda cómo en nuestras charlas con una Pepsi bien fría Josesito se refiere en términos abominables acerca de las novias de sus amigos. Ha dicho una y otra vez que su amabilidad para con ellas es solo utilitaria, ya que debe soportarlas para continuar viendo a los pepsimaniacos de vez en cuando. Como a la tal Regina, a la que odia con todas las palabras que en su gran boca caben: de tonta no la baja, mientras que ella, la pobre, lo tiene en un altar de espectáculo. Para Regina, que para sorpresa de Josesito estudia medicina, piensa atinadamente que él es lo máximo. Y Josesito, que no es nada tonto, la ha recibido con bombo y platillo para que no se interponga en su amistad con Alex, su compañero de aventuras en aquellos tiempos adolescentes. Han pasado años, quizá el doble de los que tenían entonces, pero Josesito quisiera que el tiempo no se deshiciera como el hielo que sobresale de su vaso con refresco de cola. Por supuesto que Iván y Josesito se mueren de la risa de solo pensar que esa rubia oxigenada podría ser capaz de atinarle al corazón de un cadáver con su bisturí, pero qué pueden hacer si Alex la necesita tanto como a ellos, los domadores de monos. Pero bueno, para ella Josesito es el amiguito soñado, con toda razón. Todo esto vaga en mis neuronas mientras recargo los codos en la barra del Barbanegra e intento escuchar lo que cuchichean Carlos y Martha. Además, ya llegaron Mayra y Eloy. No los conozco más que superficialmente. Sé que solo han respondido al llamado de la selva de José, que quiere consentirme y mostrarme lo que significa tener amigos inteligentes, aunque nunca tanto como él.

Cuando llegó Josesito al Barbanegra, se le veía encabronado. No atinó a felicitarme, el pobrecito, porque estaba preocupadísimo. Su amor platónico, la tal Selena que le provoca meterse la mano del pantalón mientras la contempla al hacer pausa en sus videos cuando cree que no lo veo, esa misma Selena que le ha provocado insomnio de solo pensar en sus detalles estéticos, le había dicho que asistiría a mi cumpleaños, pero la muy perra ahora resulta que se echó para atrás. No la entiendo, si Josesito le ha dedicado tanto… por supuesto que es de lo más justificable que se acercara al grupo sin grupo que estábamos en un cabo de la mesa larga de madera para avisarnos: la reunión había llegado a su fin. No tenía caso si Selena lo había rechazado. Yo lo comprendí, quizá fui la única que lo hizo, porque los llamados perros, que de eso nada tienen para presumir, se notaban ofuscados, como si les ofendiera dejar de escuchar ese ruidajal que en nada se asemeja a Eric Clapton. Automáticamente di un salto y me puse a las órdenes de José, como un minino dispuesto a lamerse las heridas. Además, me sentía fuera de lugar con estos tipos. Yo solo quería estar con José y, en el fondo, una lucecita de esperanza había aparecido: Irene ya no era un problema, y ahora Selena había dado un paso hacia fuera de la visión de José, así que allí esta yo para consolarlo. Quería deshacerme de los cuatro entrometidos a los que invitó a mi cumple, pero Carlos y Martha se pegaron porque querían rait, aunque en realidad querían acompañar a José en su pena, sin darse cuenta de que me estaban estorbando. Por eso comprendo que, cuando llegamos a la casa donde me hospedo, Josesito abrió la puerta trasera de su Halcón Milenario y me echó afuera con ese desprecio que Han-Solo fingía para apoderarse del deseo de la Princesa Leia. Yo sabía que José solo estaba llamando mi atención, así que obedecí y salí aprisa de su nave, como un torpedo disparado por Chubaca. Ya no supe de Carlos ni de Martha, quienes le importunaban con reclamos de que por qué me hacía esto, que no fuera egoísta, que era mi cumple… pero ellos son unos extraños, no lo conocen como yo. Los vi alejarse desde la ventana de mi habitación, en el segundo piso y, a la mañana siguiente, a primera hora, le hablé por teléfono a Josesito para saber cómo se sentía por el rechazo de ese espécimen de otro planeta que lo había embaucado, porque eso era, una cosa rara del mismo planeta que Haba de Hut. Josesito me contó cómo la tal Selena se había negado a asistir en el último momento porque debía visitar a su hermana en el hospital, pero que ya celebraríamos otro día mi cumple. Asentí y le prometí que yo no pondría ningún pretexto y que podía contar conmigo, nomás que ya no invitara a extraños que ni siquiera le mostraban el respeto debido.

domingo, julio 12

Nota Los perros proceso

Me he dejado llevar, escribir. Escribiendo es que todo vuelve a su sitio, a su calma. Si bien, en estos momentos, entre más escribo más me angustia lo que vendrá, cómo conformaré los personajes, las historias. Escribir, o, de otro modo: seguir el ritual: sacar punta a un lápiz introduciéndolo en ese molinito, deslizar el carbón por un papel áspero, tanto como el de un cuaderno Scribe: o sea, no tanto. Escribir que no quiero escribir sino deslizarme por entre sus pequeñitos vacíos, sus intersticios.

Los perros 12 07 2026 - por Mario

Sostiene Martha en sus manos suaves un ejemplar de La casa que arde de noche. Estaba arrumbado en el cajón de un buró de madera rancia pintada de amarillo que Carlos había traído de la casa de su tío Neo, hermano de su abuela. Lo había rescatado de las tías, y particularmente del esposo de una de ellas que andaba como alma que persigue al diablo: escarbando por todos lados la casa que perteneció al tío, pero antes a la tatarabuela Petra. Raspaba y escarbaba y raspaba y esculcaba las paredes, le había contado Carlos, y además se había comprado una máquina para buscar tesoros con la que ya había desenterrado una moneda de cobre, rectangular, de 1810. Una moneda de Cocula. Los únicos tesoros que hemos ido descubriendo, le contestaba Martha a Carlos, son aquellas vivencias que podemos revisar como cubos de Rubik, aquellos a los que podemos coleccionar llenos de colores entreverados y sin haber resuelto el acertijo. Hablando de esos momentos, el nombre de Esperia le llena los oídos a Martha con un efecto sonoro imprevisto y se sumerge en su monólogo como quien espera en una habitación con las sábanas revueltas, el cigarrillo Marlboro a medio consumir sobre un cenicero de cristal cortado en un buró desvencijado y una copa rebosante de vino tinto barato en una mano mientras que en la otra las páginas amarillentas giran como un rehilete lento.

(Mario)


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viernes, julio 10

Los perros. 10 07 2026. Transcripción de grabadora. Microcasete Panasonic

Martha solía pasear desnuda por la casa. Tenía un cuerpo espléndido. Le encantaba detenerse ante el espejo empañado porque, pues, no había quién estuviera limpiando. O quien tuviera ganas de hacerlo. Decía que se erotizaba solo de enmarcar los fragmentos de su cuerpo y luego el conjunto: se palpaba las nalgas, se oprimía los senos y, hablándole al espejo, afirmaba que el color de sus tetas era de un naranja maravilloso, como un montoncito de tierra oxidada. Su cabello pelirrojo contrastaba con su tez clara, envolviéndolo con su tono rojizo. Pero Martha nunca permitía que nos acercáramos. Las mujeres, las perras, las perritas, la contemplaban con cierto arrebato, cierta perplejidad, pero también en ocasiones la ignoraban porque decían que tenían mejores cosas en qué ocupar sus pupilas. Martha nos había comentado que había sido modelo de Benetton. Imagino que alguna vez le tomaron una fotografía para alguna revista local y ya por eso se las daba de diva: un despilfarro de poses que bien cabrían en la palabra parsimonia. Era como si nos considerara la alfombra de una pasarela: pasaba, si así le daba la gana, hasta pisándonos si estábamos leyendo o haraganeando en el piso, sin pedir disculpas. A mí me mamaba sentir su pie desnudo en la espalda, su pie desnudo y sucio. Su encanto consistía en crear un aura a su alrededor, de manera que en esos momentos no sentíamos especialmente deseo, sino una gratificación estética. Eso reflejaba, ¿no? Además de que, como dije, no permitía que nadie la tocara. Era como aquel personaje que andaba desnuda a caballo, Covinda, algo así. Siempre se me olvidan los nombres, o digo uno por otro desde el día en que me desmayé. El nombre viene en la portada de una caja de chocolates. Era como si fuéramos sus súbditos: si nos volteaba a ver, bajábamos los ojos. Ejercía en nosotros un poder inexplicable. Entonces Mario o Eloy o Mayra empezaba a aullar y luego otra y otro, y ladrábamos como jauría en celo. Pero, sin hacer nada contra la presa. Las presas éramos nosotros, sus víctimas, porque luego andábamos en la vagancia y armando en las memorias el rompecabezas, su recorrido, su manera de caminar, el contoneo de sus nalgas, de sus piernas bien contorneadas. Y ni pex, andábamos califas sin pretenderlo y necesitábamos de alguna manera sacar toda esa concentración de espeso deseo. Supongo que a Martha le fascinaba, o quizá le nuestras reacciones le eran indiferentes, porque no parecía inmutarse. Lady Godiva, Lady Godiva, por supuesto.


(Carlos)

Los perros 10 07 2026

¿Qué no puede una masturbarse sin rendir cuentas a la atención?

 

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Empiezo a detectar un conflicto. Necesito entrar a bañarme y, al mismo tiempo, quisiera escribir por qué me parece que Carlos se está pasando de lanza. Ese wey se la cree en serio, piensa que los demás nomás nos encontramos aquí para que haga su voluntad. No en la realidad, porque está visto que es un inútil consumado, todo el tiempo anda calladito, como una mosca muerta de las que cuelgan de este techo, mientras que en el fondo es una araña dispuesta a chuparnos a cada uno la sangre, como un vampiro furtivo, vaporoso. Su timidez nada tiene que ver con la inseguridad, yo sospecho que ese cabrón es un taimado, en espera de que cometamos el mínimo equívoco, como él mismo diría, para atraparnos en su red de palabras, en ese cuadernito verde de pastas duras que trae consigo como si fuera el llavero de esta casa, una especie de pata de conejo para la mala suerte de quienes andamos por acá. O bien, como una pata de mono a la que le pidiera los deseos más deprimentes. No lo sé, cierto que es una sospecha porque ese wey anda así nomás, con su mutismo y su rictus de yo no hice nada, no soy capaz, pero lo deletreo en esta esquinita, justo bajo la telaraña, para desmontar cualquier trama que esté tramando ese pendejo. Además, tiene el descaro de escribir lo que le pasa por la mente en cualquier rincón, como si una no fuera capaz de toparse con una nota. Son textos aislados, archipiélagos de apuntes con los que pretende siluetearnos, rodear nuestras acciones como si rellenara el resto del papel con letras, dentro de las siluetas nuestros vacíos. El otro día estaba cocinando unas albóndigas. Dios, si era la primera vez que hacía un platillo tan elaborado, con mi secreto --el de mi mamá-- protegido por la puerta cerrada. Fue cuando a este entrelucido se le ocurrió asomarse por la ventanita y fingir, en su deteriorado cerebro, que era el protagonista de El apando, como si yo, de espaldas, anduviera haciendo cosas raras en lugar de picar la verdura. De neta que me daban ganas de dejarlos a todos con sus pizzas madreadas y sus sándwiches sin crema. Quería consentir a los perritos. Qué bueno, si algo ha hecho Carlos es nombrarnos de esa manera, no porque fuera muy creativo, sino porque estaba leyendo La ciudad y los perros y de ahí sacó algunas ideas que porque, dijo, así me había conocido a mí, escribiendo cartas a nombre de otros, como El Poeta, ese sí de verdad, no un plagiador como este que alega intertextos. Y desde la ventana redonda de la puerta, que le llamaba portillo, pero por ser él se me antojaba más bien llamarlo ojo de buey, empezó a alucinar no solo que estaba preso sino que la casa entera empezaba a filtrarse de agua y que quería salvarme del naufragio. Hacía como que intentaba abrir la puerta, mientras que yo le recordaba que eso de andar relacionando ficciones era una bobada porque nada tenía que ver el agujerito del apando con una referencia al Nautilus, pero él gritaba que no anduviera con reparos, ¡reparos!, ¡siempre con vocabulario ridículamente renovado!, el caso es que este buey se pensaba a un mismo tiempo castigado detrás de la ventanita y también, en una versión personal y apócrifa, navegante de las 2,000 lenguas submarinas, aunque en su caso yo precisaría que más bien unas 200, porque se puso en paz cuando abrí la puerta, harta de tanto escándalo, y le amenacé con un cazuelaso, y por poco le pego, de no ser porque abandonó sus personajes superpuestos a la fuerza y huyó hacia la sala, no sin antes hacerme saber que había descubierto mi ingrediente secreto y que de ahora en delante sería su rehén, que habría de cocinarles al menos dos veces por semana si no quería que cualquiera tomara mi lugar en el Nautilus, sobre todo en la hora del descenso. Ese idiota bien sabe ponerme los pelos de punta, pero me contenté cuando fue el primero en alabar mi receta y en escribirlo en su cuadernillo, ya después los demás me vitorearon como una heroína. No era poca cosa comer algo que no fuera de la calle, pero estos callejeros al final hacían lo que querían. Por supuesto, seguí cocinando cuando a mí me daba la gana.

 

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jueves, julio 9

Los perros 09 07 2026 - Carlos - proceso

He de escribir incluso el proceso. Todo tecleo, manuscrito, forma parte de la delineación de los personajes. Puede ser que esto que escribo intentando concretar, dar cuerpo a Mario, a José o a Martha, sea también un registro de lo futuro, de lo apenas adivinado. Porque entraña un salto, no sin complicaciones, hacer de la imagen que tenemos de las personas, personajes. Tanto así que los personajes terminen por tomar el lugar de las personas, quienes pasan a su vez a un segundo término, sin interés para la ficción. Cuántas exposiciones de cuadros, como me ha comentado Eloy, no son sino un concepto repetido con pequeñas variantes que en la suma pretenden cubrir gran parte del espectro. Pero esas variantes, ¿valen en verdad la pena? Habría que ver desde qué punto de vista. Quizá el artista visual se ve impelido a enfatizar su punto, su línea, su color. Enfatizar una idea. Pero también he notado, cuando asisto a alguna exposición de algún amigo o amiga, que la gente ve uno o dos cuadros y, al saber por dónde va la cosa, se dedica a las relaciones públicas. Hay quien, cierto, se dedica únicamente a relacionarse, a hacer contactos y no contacto con la obra. El concepto que rodea a una exposición también puede ser ese, hacer contactos y no contacto. La diferencia es sutil. Supongo que ocurre así debido a que el arte visual forma parte de un mercado, ya sea mínimo, o al contrario. En una ocasión, en una charla de gente que pertenecía a varias ramas de las artes, un pintor se lamentaba porque no había descubierto la fórmula que había llevado, por ejemplo, a Gabriel Orozco, al reconocimiento internacional. Quise decirle que Orozco simplemente había aplicado una fórmula personal, aquella que se autodestruye para crear una nueva, pero me callé cuando agregó: "lo demás es poesía". ¡Cómo era eso! Igualaba a la poesía el relleno, el discurso soez y burocrático que acompaña o termina por ser bla, bla, bla. Decidí, en cambio: reclamarle: Poesía es lo que te falta, el resto sí es bla, bla, bla. Me gané su desprecio, pero ataqué el punto, la línea, el color: aquello que por personal no ha de repetirse, o si lo hace es por énfasis, por estrategia del símbolo. En fin, qué te puedo decir. Un personaje es quitar del discurso el bla, bla, bla, centrarse no en los contactos sino en el contacto, ese que lo hace oír el silbato del tren desde la avenida Inglaterra hasta la habitación con libros tirados por todos lados, abiertos y otros en columnas que no parecen sostenerse más que entre sí, palabras sobre palabras, el hormigueo del tráfico a ciertas horas de López Mateos, la rechifla o la celebración de multitudes en la glorieta de la Minerva después de un memorable partido de las Chivas o del Atlas mientras alguien, como, digamos, José, hace lo posible por conciliar el sueño, se prepara infusiones de siete flores y, ante la discordia que le dispensa el insomnio, aumenta el volumen del estéreo para que la vibración de las bocinas compita con el estrépito del tren, con las porras y el desmadre armado lejos de su ventana pero con el ruido rasgándola con uñas largas, con Mettalica haciendo de contrapunto, de antagonista para neutralizar el borboteo de voces protagonistas, de voces que se unen al rechinido de las ruedas del tren sobre los durmientes para hacer del relajo multitudes, pero aquí viene el intento de insonorización, emitiendo un ruido interno que les gane a los desmanes del afuera, de lo que pretende entrar por algún resquicio de la ventana que actúa como una represa para contenerlo afuera, pero también para no dejar salir a "Master of Pupets", mucho menos los acordes de James Hetfield, quien después de fumarse tranquilamente un puro con grandes bocanadas de humo blanco, de escupir, es capaz de domar a las multitudes ansiosas, porque un ruido armónico en manos de este flautista de Hamelin mueve los hilos de los niños con su Explores 83 allá afuera y los lleva al retrete con todo y tren, master, master, master, ¿no es así, José? ¿So what?


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lunes, julio 6

Los perros 06 07 2026 Palimpsesto

Escribo ahora lo que estoy seguro reescribiré después. O peor: un palimpsesto. Tan literaria es esta palabra que la omitiré en lo futuro. Tan simbólica y, a la vez, tan densa y material. Imagino que además alude al cesto de basura donde acabarán la sucesión de borradores. Palimp-sesto. ¿Y qué con el palimp? Es decir, no que lo de sesto tenga el significado que le estoy dando en mi retrógrado acto asociativo, pero, incluso así, con la ignorancia ofuscando mis neuronas, ese palimp semeja una mínima vivencia sonora: ir de la pe a la pe luego de ese lim que bien podría ser un limbo, algo todavía inacabado, algo lo suficientemente inocente para no ir al infierno y lo suficientemente maculado como para no gozar del paraíso, un limbo que no importa ya si alguna autoridad ha desechado o no: es decir, ha hecho de ese concepto un palimpsesto, una reescritura, un borrón y cuenta nueva para inducirnos a los extremos: o al cielo o al infierno, o a la gracia o al desastre eternos. El palimpsesto: el limbo p'al cesto. Está allí, haciendo de las suyas con su combinatoria de fonemas. Al final queda la o: redonda, vacía, imposible como un agujerito.

 

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jueves, julio 2

02 07 2026

Los perros aúllan, los perros. Mario tuerce el hocico llorón como si hiciera muecas con un alambre que dobla sin voluntad. Mario toca la guitarra a la que se le ha roto una cuerda cuando saltamos la reja y nos apostamos, regados entre las tumbas, como esas flores amarillas que crecen en los recovecos de las banquetas, de las tumbas que parecen sonreírnos a través de sus grietas. Mario parece más berrear que decantarse en una canción, parece más sumergirse en la tierra como una tumba más, un bulto que brilla de vez en vez mientras rasga con la uña de plástico las cuerdas restantes. Debajo de un ciprés carcomido, a sus pies, entre las débiles sombras chinescas que forma la proyección titubeante de los faroles, está también Eloy. Amontona tabaco en una pipa, le pone de más y los restos caen al piso de mármol donde se ha apostado y los junta y los huele aspirando profundamente, como si no quisiera abandonar ni una hebra, como si prefiriera que este olor se mezclara con el polvo de los muertos, de lo que se va pudriendo con mayor celeridad que el cemento o la cúpula dorada que brilla con intermitencias en una capilla que más parece una bomba que ha caído aquí por equivocación, arrojada desde un avión en llamas. Yo me quejo exagerando los gestos como si quisiera llamar toda la atención hacia mi herida pobre, mi herida superficial, porque no logré saltar con agilidad la reja terminada en puntas de flecha y una se me clavó en el pantalón que terminó por rasgarse cuando caí de boca contra el pavimento.

martes, junio 30

La espera

Si ese perro amarillento fuera un elemento simbólico de esta narración que empieza por nombrarlo y, por tanto, nombrarme a mí, tendría que preocuparme. Y peor, ahora que se rasca las pulgas de su pelaje amontillado (¿por qué esta palabra viene a la lengua de mi mente?), en todo caso, áspero y pegostioso. Pelos enredados unos en otros como racimos de estirpe chiclosa, de donde asoma una piel rosácea y llena de cicatrices y heridas recientes. Pero, aunque mi mente y, sobre todo, mi criterio literario, arma una estructura narrativa de esta media hora en que espero la ruta 646 (¡sí, esa monótona ida y venida por la lateral de una vía rápida, donde los semáforos son obstáculos ridículos para el que acelera con saña!) la realidad siempre es otra, una cosa como el camión que estará atestado como los pelos tiesos de este perro callejero. ¡La monotonía de esta ruta! ¡Lo absurdo de esperar un camino recto! Es aquí donde el consejo de Cavafis, o del personaje que habla a través de su escritura en el entrañable, aunque declarativo, poema "Ítaca", se impone como el oráculo: si bien lo que a mí se me impone es la fría dureza de la banca metálica en las nalgas, el perro amarillo que husmea mi mochila como si se hubiera topado con un olor particular, los esperantes que parecen ser una proyección de sus celulares. Un perro amarilloso, una avenida en negación de Ítaca, de todas las Ítacas imaginables, estos maniquíes que saltan al camión como pulgas insatisfechas que se amontonan al interior mientras el chofer acelera y la avenida nos engulle...

martes, junio 9

Día 9

Una lluvia de nombres cae como en aquella prisión de la cama que formé dibujando líneas con las uñas.


lunes, abril 13

Los perros 13 04 2026

De fondo un niño llora y llora con toda la fuerza de su garganta, berrea el pobre como si fuera un cerdo que sospecha cuando lo bajan de una camioneta entre cuatro o cinco para su encuentro con el roce del cuchillo. Seis y tres, cinco y dos, tres y uno, los dados giran y rebotan y resuenan como botas porque la gente hace votos por ganar al menos una o dos, o dos y tres veces en la vida. La vida de un lápiz, tomando en cuenta que el lápiz únicamente vive cuando se desliza y desgasta sobre la página porosa y aceitosa de un cuaderno de pastas duras con calcomanías de ánimes en su portada y contraportada, en las solapas que aportan lo sugerido. Un cuaderno para escribir lo que venga a la mente, como ahora mismo, hace un momentito, una abeja mareada estaba vagando por las teclas de mi teclado y no me permitía escribir, pero entonces una amiga que había venido de visita y ya no recordaba yo que estaba en la cocina friendo unas verduras, la tomó con una servilleta como hace para que sus gatos no coman estos insectos con el aguijón dispuesto. Lo opuesto a quedarse quieta en la cornisa de un día impávido, en el borde de una tarde sentado en la azotea y pensando ¿cómo estarán mis gatas?, ¿por qué no arañan el crepúsculo o la silueta de los edificios que en el sopor se bambolean, en la canícula de este mes primaveral que huele a música lapidada por el karaoke de los vecinos? Comprendo: lo que aquí significa escribir es… noooooooo importa. Escribir es escribir, como una historia es una historia aunque carezca de final verificable. Escribo. Escribo. Escribo. Y algo, el lenguaje, el azar del lenguaje quizá, me escribe.

viernes, marzo 6

ABIERTO: 6:27 pm, hora falsa

Los rostros recortados contra la noche blanca. La servilleta mal doblada, los sobres de azúcar y edulcorantes, las voces de las mujeres que saltan por la ventana y se enredan como hilos de papalotes donde la luz agoniza, donde las menciones sirven para corregir a los muertos, como dijo Eloy, porque en el fondo la cerveza es una lupa sobre las grietas en la madera de la mesa y su resane. Lo no dicho se instala como grumos en la lengua.

miércoles, noviembre 5

Correr entre las piedras

Si yo quería nada más correr, correr
en las márgenes del río de Santa Rosa de Lima,
resbalando mis pies descalzos por la tierra húmeda,
correr para no desmoronarme
entre raíces y lianas, correr aunque me cayera
hacia la corriente fina y sibilante, no pensar
sino en seguir corriendo con el sol apretando para abrirse paso
entre dos higueras y tocarme con sus dedos amarillentos
como los de un fumador, como tú, Benigno, cuando encendías
tu mirada triste, ese hilito de humo, correr
como si deseara sumar los amaneceres, los horizontes
que sangraron sus rosas y sus carmesíes, correr
para salir de la boca abierta del lobo, correr por las arrugas
del agua inquieta como las que yo tendré cuando sea abuela, cuando
seas, Benigno, mi signo entre las piedras que se llaman como a mí
me viene en gana, yo que soy Petra, pétrea columna veloz
por sobre las lajas redondas como huérfanos pedazos de sol,
correr hacia atrás, hacia el tiempo en que mi sangre todavía
no alcanzaba a ser hierro ardiente en el deseo y los estertores que son hijos,
en los hijos donde ya no alcanza la saliva de todo este río para nombrar,
en los hijos que me pusiste enfrente, Benigno, sin poder huir, correr
como un río de largo alcance bajo las estrellas que adivina
porque hay que correr, correr, Benigno,
pisando algo como manos que salen de la tierra
detenidas en el grito, en la advertencia.


martes, noviembre 4

Desdoblamiento

Hace un momento, un par de horas, un poste inclinaba su sombra hacia el café donde nos encontrábamos. Como si su intención fuera unir los pedazos de todo aquello que tocaba por encimita. En su torso, si es posible que tenga uno, pero démoslo por sentado, la maquinaria de un medidor cumplía su propósito: escuchar el ritmo, los acentos del paso sanguíneo de la luz invisible. Escuchar: cómo el poste erguido transporta energía a una velocidad que rebasa nuestros cálculos. El hecho es que alrededor de las 12 de la noche el poste se iba extendiendo hacia las estrellas ocultas por el esmog, pero su sombra, en un ángulo de 90 grados aproximadamente, parecía caer con toda su negación sobre la banqueta donde mi interlocutor terminaba su cigarro, como si otro cigarro gigante intentara apropiarse del fuego. Un titán de sombra escapado del poste gris para emboscarnos con un tema liviano.


viernes, octubre 31

El aullido y la grúa

Pensaba en la grúa inmóvil. Cada vez que me asomaba por la ventana de mi habitación, en el recuadro delineado por el alambrado y las bardas blanco sucio de los otros departamentos, con sus ventanas negadas a la curiosidad, estaba ahí, extendiendo su enorme brazo de varillas metálicas de un lado a otro de la avenida López Mateos. Entonces ignoraba que cruzaba esa arteria con ínfulas de embotellamiento; me enteré porque regresaba en coche y entonces reconocí esa gran estructura. Desde mi habitación no había calculado su extensión: prácticamente los seis carriles de la avenida y quizá más. Llegué a pensar, además, que la construcción del edificio estaba detenida, congelada en algún punto de sus inversiones. Pero no: la grúa de pronto, una tarde, apuntaba hacia otro lado. Como a veces sucede con el tren, que va en una dirección o en otra. El silbato de ese monstruo de hierro suele penetrar las ventanas cerradas, como si se auto-inmolara entre las paredes, como si se estrellara en todas a un mismo tiempo con un aullido desesperado. Al principio este ruido imponente causaba estragos en mi cuerpo antes de que me diera cuenta de que se trataba de la máquina que atraviesa la ciudad a cuadra y media. Mi sobresalto daba lugar a un sentimiento que poco a poco se instalaba en la pasividad de la grúa, como si me extendiera su brazo solidario. Inmóvil, aparentemente.


domingo, octubre 5

Conversación en la barra de un bar

Igual que tú, Tínico de Calcis,
alabado por muchos, recitado en los banquetes
y alojado en festejos de amigos poderosos
como un guerrero que en la batalla decisiva
una sola vez dio en el blanco, Er el Armenio presume
haber escrito un buen poema.
No está en sus libros
o las revistas donde ha publicado.
No en la servilleta con jeroglíficos
plisada por su cuaderno de pastas duras, ni
esbozado entre las arduas palabras de la pared
sobre la que escribe mientras deambula por el pasillo
rechinando sus débiles articulaciones
e imágenes de otra vida.
Seguramente
lo perdió con los papeles tirados
mientras aseaba la habitación.

sábado, septiembre 20

Los perros. Habitación-estudio de la casa. Atardecer.

Martha: ─Te dije que esta esquina estaba apartada, ¡aquí solo debían estar mis letras, tarado!
Carlos: ─Y a mí qué me importa, Martha. Lo que tú apartes me tiene sin cuidado. Ni que la pared te perteneciera. Ahora resulta…
Martha: ─Qué madres ni qué resulta nada…
Carlos: ─Eso, no dijiste nada…
Martha: ─Claro que sí, ¿no ves mis ademanes? Estoy siendo enfática en eso de calificarte de tarado.
Carlos: ─A tu lado.
Martha: ─¿Que qué? Ya quisieras, mequetrefe. Esta casa no será mía, pero yo he escrito la mayoría de estas historias, o al menos las he inspirado.
Carlos: ─Eso dices tú. Si las tipografías aquí son de lo más variadas.
Martha: ─Es que a mí me gusta ensayar distintos tipos de letras. Me mama escribir en estas paredes de adobe…
Carlos: ─Y en la cabecera de la cama y en los muebles y en las puertas y ventanas…
Martha: ─No hay límites a la creatividad…
Carlos: ─Ni a la mediocridad…
Martha: ─¿Ya ves que eres un tarado?
Carlos: ─Si tanto has escrito, ¿por qué te indignas si lo hago yo? Tengo derecho a transcribir tu historia, o la mía, o la de Mario, la de Eloy, la de Carlos y Laura…
Martha: ─¿Y por qué mencionas tu propio nombre? Como si fueras un personaje…
Carlos: ─Lo soy, en cierto modo, y tú también…
Martha: ─Yo no soy ni madres. Ni siquiera una narradora omnisciente…
Carlos: ─Será evanescente… porque estoy pensando en borrarlo cada vez que tu nombre aparezca…
Martha: ─¡Atrévete!
Carlos: ─Pero si nadie nos leerá. Además, la casa de adobe se cae a pedazos. Aquí y allá las frases están truncas.
Martha: ─Por eso también hay papeles. Los cuadernos están repletos, no solo de palabras. Eloy ha desperdigado sus dibujos y pinturas por todos lados, incluso sus perros. A esos que llama como nosotros. No me gustó ser una pudle, ¡vaya lugar común! Por no decir ofensivo…
Carlos: ─Bueno, ayer una pudle, hoy solo una perra.
Martha: ─¡Imbécil! Te diría perro, pero eso solo te haría sentir orgulloso.
Carlos: ─Soy un perro. Mira cómo te lamo el brazo…
Martha: ─¡Mi brazo no, estúpido!
Carlos: ─Pero si tú me lo propusiste, ¿o por qué lo estiraste hacia mí? Si soy un perro, querías que te lamiera.
Martha: ─No mames.
Carlos: ─Sí mamo.
Martha: ─No ahora.
Carlos: ─De vez en cuando.
Martha: ─Yo mamo más... Yo amo mamar. Yo mamo amar.
Carlos: ─Lo peor es que te sientes artista.
Martha: ─Solamente con hache.
Carlos: ─Otro lugar común.
Martha: ─Que a ti ni siquiera se te hubiera ocurrido…
Carlos: ─No se me ocurren bobadas.
Martha: ─¿Quieres conocer la lista? Los cuadernos están llenos…
Carlos: ─Pensé que eran tus diarios.
Martha: ─Tú siempre suponiendo tonterías. Como arúspice, abre una rata por el vientre y pregúntale al universo qué tan bajo has caído con tus deplorables textos. Eres un pésimo poeta, perro.
Carlos:
─Perra.

martes, marzo 25

Solamente

importa tomar un objeto cualquiera
una impresora un bote de agua vacío
la impresora sin cartucho imaginemos aunque lo tenga
el librero lleno de libros sin libros
la computadora con archivos descompuestos
imaginemos
un hombre sin alma desalmado un fantasma
eso es un hombre sin cartucho como un bote de agua vacío
imaginemos
un hombre en un cuarto solo un libro de letras tachadas
imaginemos una casa sin palabras sin nadie
ni reflejos en sus ventanas sus espejos deformes
una casa es un hombre
imaginemos
un hombre no es una casa
imaginemos
un hombre o una impresora sin cartucho
un bote de agua vacío una computadora trabada
imaginemos
no es que pretenda aniquilarlo
no sé por qué dirige sus pasos hacia fuera
el hombre es una casa cuando quiere
la casa vacía espera

viernes, marzo 14

Enigma

Sale a medianoche del departamento
hacia las vías del tren.
En las raíces de un árbol enorme
la banqueta es un mapa de rupturas.
Una llanta descansa de girar entre hojas secas
y trozos de bolsas de plástico.
Una ventana del edificio
proyecta su tenue luz
de televisión:
la sombra móvil de las ramas
parece la silueta
de una esfinge.
No sabe cómo responder
a su pregunta.


viernes, marzo 7

Gotas ceiba girones

Huecos negros tras el verde y el rojo escurrido
no sé cómo ocurren las espinas
deletreadas en la construcción
espinas alzadas contra las nubes disipándose
espinas de ceiba hechas de tierra minerales espinan
el cielo a gajos los hombres se perfilan
como pajaritos en las varillas van a ocultarse
las varillas van a ocultarse bajo capas grises y serán ventanas
se aprecia aquello que va alzándose como si multiplicara
los sitios negros que se volverán personas que alojan
personas en potencia sin potencia
trucos de líneas que no son más que luz embarrada
en una pantalla líquida como un río de hojas que el viento
rasga como a las nubes deshilachadas por las espinas
el edificio es una tela alambres de babel en construcción
las ramas y los vacíos negros se alzan se alzan se alzan
como sombras de colibríes pensativos picotean
el néctar del concreto el cielo en trozos de tela
las sombras son huecos necesitados
el concreto los hombres los filos los filos
gotean

(Sin título)

¡Qué fantasmas boquean
aturdidos, qué engorroso
no salirse de la línea
por temor a que sea visible!


domingo, febrero 9

Narcisos

Llevaba más de dos semanas levantándome con un golpe de barra en medio de la espalda. No precisamente una barra de hierro como las que utilizan para hacer zanjas en jardines pedregosos o de tierra seca y dura. Sino una barra de frío húmedo. Una barra que había socavado mi espalda al centro y el resto de mi cuerpo como si mis nervios fueran un cúmulo de cables que alguien jalara con el puño, sin sacarlo de ahí. Fui descubriendo poco a poco que se trataba de humedad, una humedad que no podía señalar con el dedo por ser imprecisa, nebulosa, invisible como el aire hasta que lo pronunciamos. Ahí estaba, causando grietas en mi cuerpo casi quincuagenario. Apenas uso esta palabra por primera vez y sé que la década estará impregnada de su idea. Porque ha de tratarse de una idea, al igual que el rostro cuarteado que miro en el espejo. Adiós a ese cutis suave y hasta femenino de la juventud. Cuando voy al gimnasio por las mañanas, los chicos me hablan de usted, de señor, incluso de profesor. Y es que el gimnasio está en la universidad donde doy clases y además estudio una maestría. La entrenadora del gimnasio me mira con cierta condescendencia para explicarme una y otra vez el uso de las máquinas para mi rutina. JALÓN CON POLEA AL FRENTE ABIERTO AGARRE PRONO. Dos o tres chicos se entiende que también las chicas están embebidos subiendo escaleras interminables con una lentitud que no utilizaría para las reales. De hecho, les he visto tomar el elevador al cuarto o quinto piso en el edificio de Artes. Nos hemos encontrado en ese espacio cerrado mirándonos furtivamente por el espejo. O al menos yo lo he hecho: siento curiosidad por los gestos y las actitudes de las personas que me rodean. Son muy amables conmigo y, si están conversando en grupo, apagan su conversación una vez que se cierran las puertas y oprimen el botón con el piso al que ascenderán; es entonces que las miradas de soslayo parpadean como las lucecitas intermitentes de nuestros celulares con notificaciones todavía no vistas. Esto de subir escalones en una máquina y usar otra máquina para ir hacia los pisos superiores del edificio es una situación embarazosa. Nadie parece darse cuenta de ello. En mi caso, he ido al gimnasio no porque desee esculpir mi cuerpo como lo hacen algunos chicos. No disimulan ante el espejo del baño común, sino que se solazan en posar en toalla como si fueran faunos griegos o pinturas atléticas que lanzaran el disco. Otros al parecer intentan imitar al conocido lugar común del David de Miguel Ángel, pero con la pantalla del celular sostenida por uno de sus brazos hercúleos e inmóviles. Su público dará like a sus marcadas abdominales, quién sabe si con igual o menor admiración de la que ellos parecen mostrar frente al espejo empañado. Son jóvenes. Cuando yo lo era, llegué a marcar los músculos ejercitándome en el tae kwon do, el basquet, la bici y la frenética caminata diaria hacia la parada del camión. Nunca logré volumen, la intención era otra. Abominaba la idea de ejercitarme en un gimnasio porque me parecía que esos músculos voluminosos no servían para nada: ni para patear al contrincante ni para atrapar un balón en vuelo. Nunca se me ocurrió, mientras jugaba basquet, medirme los bíceps con cinta ni mucho menos presumirle a nadie mis pantorrillas. Era flaco y correoso. Algunos de estos chicos compiten entre sí levantando pesas enormes y en el inter comparten fotos de sus avances en Instagram. He presenciado, en mis clases al frente de algún grupo de programadores, cómo algunas alumnas se intercambian con cierto regusto y gracia esas mismas imágenes que he tachado de narcisistas. Esto me ha hecho pensar que se trata no de un narcisismo individual, no de un Narciso que se ahogue en un estanque, sino de una red colectiva de narcisismos ahogados unos en otros. Una flor sobre otra, un montículo de Narcisos contaminando con su exceso al lago y asfixiándose entre sí. Seguramente este chico que se toma la selfie medio desnudo ligará a otra chica o chico con los músculos también esculpidos con esmero, tendrán una cita y cada uno se excitará con su propio cuerpo. En fin, igual habrá disfrute, deseo, tacto. Juventud, rebosante. Yo ni siquiera me atrevo a ponérmeles enfrente. Soy como uno de los intendentes que nunca he notado sino subrepticiamente en los pasillos: me escurro por los recovecos y, como una cucaracha prudente, me detengo cuando detecto movimientos para volver a avanzar en cuanto el barullo se va desvaneciendo. Se supone que estoy allí en busca de salud, combatiendo la recalcitrante diabetes. Pero en momentos, a solas, también me descubro supervisando mi silueta en el espejo que recubre toda la pared poniente del gimnasio, o el mismo espejo empañado que refleja a los Narcisos. Me pregunto si ya bajé la pancita, si alguien notará los nudos de mis piernas una vez que me decida a abandonar el pants, cuándo las líneas de mi abdomen resaltarán de manera que desee compartir el hallazgo en Instagram, para regocijo propio.

domingo, diciembre 15

Los perros 15 12 2024

¿De qué color era este muro tapizado de telarañas que han perdido su minúscula sangre? ¿Qué ha sido de las ventanas biseladas con adornos florales, rotas y manchadas de gotas de pintura roja? La casa es una heredad, un pasillo lento que se va hacia la maleza del jardín, las hormigas que fragmentan los arbustos. Podría investigar en alguna enciclopedia o en alguna aplicación cómo se llaman, pero no vale la pena. Qué me importan los nombres de unas plantas indiferentes. El anonimato es su esencia, al menos desde mi perspectiva anónima. Y ellas no parecen detentar una respuesta. Ni preguntas. Se mecen, tiemblan con el viento que las acaricia pasando su mano por encima, una mano parsimoniosa, carente de la noción del tiempo. o tan inmersa en el tiempo que solo detectamos su paso por el temblor de las hojas ansiosas. Acabo de añadir este adjetivo por diversión. Ansiosas, las plantas. Las plantas que ni si quiera quieren ser nombradas. Que no quieren nada, ni agua. Ajenas a mi voluntad y a la de ellas mismas. Solo están allí. Son, en todo caso, producto de las prosopopeyas que mi mente es capaz de elucidar como un pabilo su rayito azul entre los naranjas de la naturaleza, la naturaleza, la misma que me ha puesto a mí frente a ellas, la misma que me ha dado la capacidad del lenguaje que enmarca las yerbas del jardín. Pero cuál jardín, si un jardín es algo cuidado, es precisamente la naturaleza domesticada. Y aquí corre libre, asediando el limero que quién sabe cómo sobrevive, pues nadie tiene la paciencia de regarlo. Haré algunas anotaciones sobre estos verdes y amarillos salvajes en mi cuaderno, y las acompañaré con estas hojitas carcomidas por gusanos, esta flor mínima y blanca de olor a miel. Ya veremos si regreso algún día a este espacio en la pared apretujado por otras palabras y el musgo que en esta estación también escribe sus garabatos. A las hojas de mi cuaderno que parecen paredes llenas de polvo y telarañas y moscas y musgo y ese salitre que ya empieza a botarlo todo al diablo.

 

***


No puedo negar el dolor, no estoy capacitado. No crean que me refiero a un dolor abstracto, sino a aquella vez que un caballo me pateó en la rodilla izquierda. Íbamos corriendo los primos por la calle Pedro Valdez en Cocula, de la casa de mi abuelita María a la sempiterna tienda de la esquina, pasando por el billar, donde varios caballos alazanes esperaban a ser montados de nuevo. La patada fue la de mi primo al pasar corriendo, al caballo, y a mí me tocó la venganza. Nunca nada me ha dolido tanto en la vida. Y eso que ya tengo 21. Nada, nada se le compara: quería arrancarme la pierna y arrojarla lo más distante posible, donde el dolor se escuchara a lo lejos. Los otros dolores son algo bien distinto. Por ejemplo, sé recibir golpes. Más bien, estoy acostumbrado a ellos. Desde pequeño, sacar malas calificaciones era motivo para ver la trayectoria hiperbólica que seguía el fajo hasta mi cara. Había estilo en eso. Pero yo resistía: mantenía mis calificaciones igual, retando a los consabidos gritos y magulladuras de lo que percibía entonces como mi cuerpo de metal. En eso se transformaba y entonces ya solo era cosa de ir a recomponerlo. Los golpes sonaban en el hueco, porque que yo sepa ningún muñeco de lata tiene un órgano que irrigue sangre, podría oxidar el armatoste entero. Pero hablaba del dolor más grande: sí, fue contra mi rodilla y no tuve oportunidad de convertirme en hojalata a tiempo.

 

***


martes, diciembre 10

Verbum interius

De lo dado
a lo que arrebatamos,
de lo articulado
a lo que el juego nos articula,
de lo saboreado 
al saber que se extingue
circulando.


jueves, diciembre 5

Mamá cierra y abre cajones

Masculla sus maldiciones
en la otra habitación, ha apagado la tele
pensando que está sola
y mientras esculca los cajones
dispersa murmullos al viento en resistencia.
Oigo cómo le vienen a la memoria
asuntos pestíferos, cómo sale de su boca
el bestiario de un libro de horror.
No estoy en condición de negarle este placer
de revivir lo olvidado
como si saqueara una tumba,
de tachar la noche con más noche.
Mi madre ahoga sus palabras
como balines en un blanco de feria,
es su momento de golpear lo que la ha golpeado,
de estropear el día como si lo apaleara con una escoba
para respirar polvo.
Sus palabras rondan como aguijones
mientras abre y cierra las puertas del clóset
donde le aguarda un monstruo de cien ojos
al que intenta forzar por el desagüe
del lavabo.


domingo, octubre 20

Benigno

Aquí estoy, inmerso en la línea punteada
que trazan las hormigas desde el manzano,
suben por los ladrillos huecos del muro
hasta perderse en otra casa, de la que no se oye
sino el gallinero: se huele, se adivina.
De allí vienen las hormigas y allí regresan
una a una, con sus trozos de amarillos
que no significarían nada si no fueran
una continua demolición.
Aquí, pienso: el transcurso agobiado de las tardes
no ha sido suficiente, los días
no roban algo de mí poco a poco,
no detento más derecho que este manzano
o el ciruelo de más allá, el arbusto de café.
Contemplo el pequeño huerto,
agradecido por los muchos hijos
salidos de Petra como de un hormiguero
para roer el mundo, o al menos
este caserío tenso como una pistola,
este jardín donde el canto de los gallos
está a punto de suceder,
donde mi sangre camina.


lunes, agosto 26

Streaming

Voy tejiéndome a la historia
como un insecto que inmerso en la pantalla
piensa estar al filo de una bugambilia.



martes, julio 2

lunes, julio 1

Gumball contra el caballero en mallas

Son tus bigotes los que tiemblan
cuando el padre toca el claxon
y la chica que es un alce
se asoma por los hoyitos
de sus ojos como por una máscara
para recordarte
que no importa lo que piense el caballero
con mallas
al importunar el palo de escoba
ni el padre a punto de atropellarla
sino su forma de mirarte
cuando un bote de basura se estrella
una y otra vez
contra tu cara.

sábado, mayo 25

Jardín

Escucho “Tom's Diner”,
la versión de AnnenMayKantereit
y Giant Rooks
en esta oscuridad espesa
donde las gatas se pierden
para atrapar serpientes grises
con delicados hexágonos en la piel.
Juegan y las abandonan medio muertas
para que uno acabe con ellas,
son su tributo a la casa.
No parpadea la luz del celular
ni se mueve la cámara de video,
nada sorprende, a no ser
una inoportuna
Annie Lennox que canta
“Sweet Dreams”.


viernes, mayo 24

Botella de Coca-Cola

Nos acompañaste a evadir junturas en las banquetas
para no pisar el pasto, en los partidos de futbol
donde te imaginabas portería
entre automóviles de ojos amarillos,
cuando destrozábamos
tu pecho sin etiqueta
en el paredón del patio.
Un bullicio de burbujas escareaba la garganta
con destellos de helada efervescencia.
Estuviste allí, botella de vidrio con sangre negra
cuando los vecinos rompieron nuestro teatro de títeres
en el que actuabas tu papel,
cuando salíamos de la ciudad
sin pensar en el regreso.
Ahora, entre tus pequeños cambios
te anuncias sin azúcar. ¿A quién engañas?
Alguna trampa estás haciendo
como la vez en que afirmabas curarlo todo
y no fue cierto.


sábado, mayo 4

El origen del día

Desde la azotea roja
las nubes son mamparas.
La flor del engaño
abre un claro
con los dedos
y pasa, ilumina.


viernes, marzo 29

Notas

En la casa vecina
alguien dio por abrir un taller de carpintería
de modo que nadie duerme a pierna suelta
o sin que se le suelte una pierna.
 
Las líneas punteadas del escritorio
apuntan a la pintura cayéndose de la barda, sombras
a pedazos juegan con el sol a hacer figuras alargadas
de pensamientos cansados.
 
La bomba de agua replica
cada 30 segundos aproximadamente contra la tiranía
que ejerce en los cuerpos con su chorro
matutino, su ansia de llevarse consigo
las nubes pegadas en los poros.
 
Algo desde el fondo de los huesos se agita
como una lavadora paciente. Algo está más allá
de la planeación del día que hace un árbol sin pájaros.
 
No sé si esa boca reseca la luz natural.
 
Con pasos ligeros unas notas organizadas van penetrando
el escenario de las azoteas, se sientan y se sienten
como una lancha abandonada, con todo y cañas de pescar
con las que nunca nadie pescó.
 
Respirar es lo que acompasa
los tendederos de ropa al escurrir burbujas, aire
en ebullición.


jueves, marzo 7

Posibilidades

el movimiento inocuo del rey en el tablero
la fruta podrida en el pretil sin que nadie la guarde o la tire
la luz que traspasa la cortina y se vuelve azul
el que se deshace de sus ideas en celofán blanco 
el que respira hondo antes de convertirse en el ruido de un motor al encenderse 
el que con la boca reseca recuerda pasos de baile
un rostro desfasado al imprimir en el mismo lado de la hoja
un tornillo suelto que vibra al acelerar
los dados cayendo de la mesa hasta que los detienen con el pie
la pregunta que se quiebra
lo visto en un espejo ajeno
la noche en una terraza donde la luz artificial oculta el jardín
una hormiga instalada en los intersticios del cerebro de broca
un par de zapatos que rechinan al dar vueltas de un lado a otro de la casa
el reflejo en el cuchillo que alguien acerca al estómago y formalmente indica este es un asalto
la charla a deshoras en un auto con las luces de la cabina encendidas para buscar algo debajo del asiento
la raíz cuadrada de dos

miércoles, marzo 6

martes, febrero 27

Empatía de lo semejante

Cabeza abajo, las cosas
presentan su desafío: o me fío
o las dejo con sus códigos en clave
decir disparates porque no entiendo.
No me conmueven, no son
principio que pueda tocar,
se vuelven en mi contra si las persigo
como a formas separadas de materia.
Cosas: hagan algo, estiren sus átomos
o aprendan de las motas de polvo,
sean lo que duele y trajina, se alegra
como ahora mismo en su papel
de libros tocados por libros,
cuerdas flojas en una guitarra.
Con ustedes, avión transformer,
jarroncito kintsugi, me detengo
a saber qué sienten
o a no sentir si esto les ocurre.


martes, febrero 13

Paradoja

Las cerezas son amargas en los dientes blandos
de las neuronas
duras. El egoísmo
de una hermana que le sirve a otra
hermana, pero a nadie más
se desliza con las ruedas
de un cielo más claro cuando nubla.
Lo que cruje es el espacio que no cabe
en mi tiempo. Cada quien
da lo que no merece: sangre de gato,
córnea sin equilibrio.