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jueves, noviembre 5

Influencias iniciales

Mi primera influencia fueron las colecciones de cómics que se vendían en los ochenta y noventa en puestos de revistas. Los ejemplares de "Novelas Inmortales", "Joyas Literarias", "Joyas de la Literatura", recreaciones de novelas clásicas, inundaban mi casa junto con otros menos prestigiados pero envolventes en su fórmula ensayada una y otra vez: "El Libro Vaquero", "La Novela Policiaca", "Historias Macabras", "Lágrimas y Risas" y otros formaban parte del consumo lector en mi casa desde que estaba en la primaria. La primera vez que tomé un camión fue a los doce años: me dirigí a la librería Gonvill más cercana, donde descubrí que esos títulos que me maravillaban se encontraban en colecciones juveniles que fui adquiriendo y leyendo todavía con mucho más placer que los cómics que me habían llevado a ellas. Salgari, Stevenson, Shelley, Louise M. Alcott, Poe... primero descubrí la novela para sumergirme, ya en la secundaria, también en la poesía. Huidobro, Darío, Asunción Silva, González Martínez, Gabriela Mistral, Juana de Ibarborou, Amado Nervo... todos ellos y otros configuraron mis primeras aventuras literarias. Ya después abjuraría de unos y reivindicaría a otros, pero no puedo negar que fueron parte de mi primera educación.


05 11 20

martes, octubre 27

Destruir, construir

Alguien pica ladrillo. Se oye el cincel junto a mi casa, pero también más allá, quién sabe dónde. A veces se escucha detrás de la pared de mi estudio. Un concierto bufo de sierras y golpeteos en la piedra. Y todavía más lejos, ¿martillazos? ¿Quién quiere destruir, desarmar su casa este mediodía? Comprendo que echar abajo sea el preámbulo para edificar. Que edificar sea un verbo positivo, heredero de una reconocida familia semántica. Como si todo lo que se edificara fuera edificante. Como si todo lo edificante fuera bienvenido. Para el hinduismo, Shiva, un ente destructor, contribuye así a la creación constante del universo. ¿Por qué destruir es más ruidoso que construir?


27 10 2020


domingo, abril 5

Apuntes

Justo en el momento en que me pongo a escribir el día oigo el agudo zumbido. Como si mi cerebro se volviera contra mí, como si construyera una barricada en la página para no deslizarme por sus blancos. Es un reto. Igual avanzo, dejo de lado el ruido y su insistencia, insistiendo en el otro ruido que viene a cuento: el teclado del iPad. Un día de pequeñas, sutiles revelaciones. La charla con mis padres, que siempre parecen querer irse a otra parte. La lectura de Macbeth, que me recordó la traición hecha por mis subalternos de la revista, en sus distintos grados, a través de la lente de la tragedia y del caleidoscopio de mis propias traiciones. En la imagen de Macbeth veo, casi toco a las personas que me sonreían día tras día, incluso lady Macbeth aparece de pronto en escena con gesto agrio de estadística. Y siempre, al final, me descubre a mí mismo traicionando mis propios ideales. No puedo ser más severo con los otros de lo que he sido conmigo mismo. Comprendo —voy comprendiendo gracias al personaje shakespeareano— la traición y adivino en el acto, en el crimen, el soplo claro de las Hécates profetizando con su sonrisa a medias que estas personas-personajes tropezarán fatalmente con sus propias palabras. “¡Un rostro falso debe ocultar lo que sabe un falso corazón!”, exclama el asesino del rey Duncan. Total, un día desenmascarado, leyendo, copiando con letra manuscrita algunos sonetos de Garcilaso. Gracias a las anotaciones del traductor, copiosas en verdad, y a mi Cancionero de Petrarca en dos tomos, me decepciono de tanto en tanto al constatar que algunos versos del español son excelentes traducciones del cantor de Laura. Sin embargo, la síntesis y la musicalidad del ibérico son a su vez superiores a los versos de su amigo Boscán —superior a, por ejemplo, Juan de Mena. Mientras Garcilaso tiende a omitir vocales y palabras para adecuarse felizmente —en ocasiones se excede— al endecasílabo, Boscán parece agregarlas para ensanchar la nota. Es solo una elucubración, un presentimiento, una lectura en la superficie. Luego, algo sobre Lorenzo García Vega, escrito por Liliana García Carril. Ya me llamó la atención este viejito. Por ahora comienzo Vilis, al parecer el nombre de una ciudad imaginaria. Ese, más o menos, el día que no acaba. Un segmento del día, o varios, cortados con la criba de lo vivido recientemente. Buscaré otra serie en Netflix para ver en estos alargados días de covit-19.

Diario 05 04 20

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martes, marzo 31

Rituales

Lavarse los dientes es más que un rito de limpieza. De hecho, en la palabra “ritual” reside el mayor interés. Para mí, en estos días de coronavirus en que convivo con mis sobrinas, es un convocar al mediodía a hacernos cargo de los huesos visibles del esqueleto. Remite a la estructura que nos mantiene en pie, erguidos, en posición de combate o reflexiva. Luego, cada quien su pasta. Prefiero flúor, mientras que ellas se decantan en los brillitos de su pasta blanca y violeta. Cuando sonríen, comprendo que mostrar la parte externa de sus huesos, huesos esmaltados, pulidos, relucientes es sonreírle al mundo, al ser: lo interno que se vuelca alegremente en los ojos de los otros, en sus retinas y cerebros. Los huesos arrojan una imagen de sí en las mentes ajenas, en la electricidad neuronal del otro. Esto somos: huesos, neuronas, sangre, nervios, pelos, uñas, ligamentos. De alguna manera, unidos entre sí y recubiertos de piel son agradables. Hay quien tiene gusto por el hígado, el riñón, los ovarios o testículos, por su funcionamiento milagroso o entreverado científico. Por los órganos mismos o su lugar en el esquema corporal. Esto somos, diablos. Y el ritual nos lleva a comprenderlo.

M 31 03 20

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Letras y objeto

La costumbre de escribir, de pegar una letra con otra. Atestiguar cómo mi sobrina hace una amalgama de líneas temblorosas y desniveladas para terminar concibiendo una palabra: “Encantada”, con todo ese significado fílmico que engancha su referencialidad. Letras que piensan a quien las enuncia, que la evocan como si piratas lanzaran cuerdas y ganchos de un galeón a otro para batirse cuerpo a cuerpo y apropiarse del tesoro ajeno. Letras que son palabras, sonidos mentales, imagen del objeto nombrado, la historia oculta en el objeto a plena vista.

M 31 03 20

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lunes, marzo 30

Estética del proceso

La ventaja o la razón de escribir en un cuarto acalorado, pasada la medianoche, con insomnio y poca esperanza en el futuro, es que yo no soy yo, o al menos no tengo la obligación de serlo. Quizá yo sea mejor que mi personaje, después de todo carece de nombre y se esconde entre líneas. O quizá ni siquiera sea mi personaje, puesto que no me pertenece. No me debe nada, y si lo hiciera, no sería nada bueno. Es lo irónico de la escritura, es un acto que se remonta milenios atrás y eso significa que, como cualquiera, no ha existido desde siempre. La eternidad es una ilusión acuchillada por el tiempo. Si este personaje puede ser otro, ¿por qué no arriesgarse? Después de todo en realidad me encuentro en el Primer Piso, a media luz, escuchando jazz en la barra. O miro por la ventanilla de un avión la ciudad encenderse de puntos amarillos y rojos mientras me alejo entre nubes densas y sin emociones. La única realidad serían las líneas de mis manos, darme cuenta de cómo se formaron a través de los años al tomar objetos entre los dedos, al estar en uso como herramientas del cerebro. La vida es misteriosa porque transcurre sin apenas darnos cuenta ni estar conscientes de la demoledora presencia de la alegría, del dolor o la angustia. La angustia que es un no integrarse a la sucesiva trayectoria del presente, del ser que somos en todos los tiempos posibles a un tiempo. Por debajo de mí, apostado en la azotea de mi casa, pasan autos, niños, hormigas, hojas secas, balones de futbol, carritos y canicas. Oigo mi respiración y me levanto los lentes con la mano izquierda para distraer la inmensa cobardía que me invade como un virus para no salir de este congelamiento. No estoy aquí, ni aquí, ni aquí tampoco, sino que mis arterias, mis células ocupan un lugar en el tiempo que quisiera abolir el espacio, detonarlo. No estoy en ninguna parte.

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Pongamos que hago caso a la estética del proceso. No descartar nada previo a lo que hace al poema. Aunque ni siquiera estoy seguro de que ese poema sobrevivirá en una publicación o en un libro. Gorostiza ordenó quemar los restos que no alcanzaron a formular el poema. Dejó, eso sí, apuntes de un poema inacabado. Ya me dieron ganas de re visitarlo. Si mostramos la hechura del poema, sus bordes limados, su textura sin pulir, no comunicamos el poema, el poema no se comunica, sino el procedimiento. El largo trabajo del poema queda como al principio. Qué caso entonces.

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Eduardo Milán usa en sus artículos-ensayos metáforas a doc con el romanticismo: el desierto, la herida. Pero son desiertos y heridas sin sujeto lírico. Supongo que eso debería bastar para comprender su modernidad.

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M 30 03 20

domingo, marzo 29

Estática, obsesiones y traición

Recostado sobre la cama al mediodía, recorriendo la pantalla del iPad con dedos indiferentes, sé que hace mucho se resolvieron cualesquiera que hayan sido los nudos en mi memoria. No tengo nada que lamentar hoy, solo no lamentar. No vivo sino virtualmente. Miro el cesto de la ropa sucia, erguido sobre el piso de mármol, como un objeto que me recuerda a mí mismo. Sin mucha ropa por lavar, junto a los libros de ediciones sudamericanas. El café que reposa sobre la mesita, los calcetines desgastados y echados a la basura con cierta nostalgia del que no quiere deshacerse de aquello que fue cotidiano y feliz, alguna vez textura sutil al caminar. Cómo debe estar este pequeño mundo que he destruido si lo único que percibo son objetos estáticos que de alguna manera responden a mis pensamientos, se corresponden. El reflejo de la televisión apagada, yo mismo mirándome escribir en ella sabiendo que encender su foquito verde solo aplazaría mi estática. Fuera de que la pandemia del coronavirus lo haya inmovilizado todo, las calles, los deseos, la progresiva carrera del dinero, me doy cuenta de que para mí el estado de cosas sigue igual desde meses atrás, tan solo pareciera haberse expandido a la ciudad, al mundo. Pero solo parece, ese es el estado de lirismo incontrolable en que me encuentro: hasta pienso con sofoco o fastidio que las noticias hablan de mí. Si yo es otro, otro es yo. No me resigno a asesinar al sujeto que soy. Ni a despotricar contra los referentes. Ni a separar al lenguaje de esta realidad lenta y perniciosa, en la que el ruido de la lavadora es el instante de irrupción, la mágica disrupción de la tranquilidad.

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No sé por qué imagino que desde este espacio reducido puedo alzar la vista hacia el mundo. Lo hago a través de las noticias en El País, que en estos momentos hablan irreductiblemente sobre lo mismo: coronavirus. O bien, escuchando las charlas familiares, atestadas de noticias aprehendidas de grupos de WhatsApp o correos de dudosa fuente informativa. Me pregunto si escriben desde casa los periodistas, los hackers o los improvisados. Con todo, no creo posible dar con el hilo de estas páginas si permanezco en mi cuarto. No del todo encerrado: de aquí paso al patio donde cuelgan malvas de la pared o brotan de macetas en los brazos del farol blanco. Al estudio, a la azotea o a la sala o la cocina. Mi pequeño ecosistema. En realidad, si investigo en mi subconsciente, creo que sí es posible escribir el mundo desde este rincón de la cama, por más mullido o tedioso. Eso es lo que espanta.

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Sin amistad no hay traición me respondió mi segundo en la revista cuando descubrí su confabulación para tomar mi lugar. La traición, en todo caso, devela la apariencia de amistad. Habiendo traición, nunca hubo amistad o en algún momento dejó de haberla. Hay traición porque se conservaba la apariencia de amistad, porque el rostro visible era amable y peligroso. Pero la traición no solo se comete contra la amistad, sino contra el ideal, la benevolencia o la confianza depositadas en el traidor. Macbeth no era amigo del rey sino su súbdito. El rey le tenía por un héroe, lo ensalzó de entre los otros. Amigos no eran, porque ni siquiera conocían los designios internos de cada uno, no se reconocían el uno en el otro ni se relacionaban en términos de igualdad. Sin embargo, hubo traición. Y la traición trae consigo —a menos de que lo pérfido sea el signo o la marea de los tiempos—, a la vuelta de la autosatisfacción, el enredo con las propias mentiras, hipocresías y codicias. La traición es traicionera.

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Me he obsesionado tanto por cosas mínimas. En su momento, la revista de arquitectura era mi ser mismo, mi desear y mi estar en el mundo o no estar en él ni en mí. Como antes lo fueron otros proyectos, emociones, depresiones o ideas. En el ocio mis obsesiones se concentran: una serie de ciencia ficción en Netflix, la visión hindú de la existencia, el sofoco de recluirse en pleno brote de la pandemia. Me obsesionan las naderías, me enfoco en gestos, palabras que escucho al pasar por el pasillo, palabras sueltas que de pronto aparecen y consulto en Google. Ciertos autores, ciertas indagaciones de poetas en los meandros del lenguaje. El ruido serruchante en mis oídos ya no es tema, ni obsesión: quizá sea aquello que me empuja a desviar mi atención a otras sonoridades menos agudas, menos cuchicheantes o angustiantes. Leer, buscar, pasear por entre recuerdos o avistar un pensamiento distraído. Estar aquí, pero fuera de aquí.

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Alguien como Celan fue universal porque en lo posible desgranó sus percepciones de metáforas o imágenes que impidieran la abstracción de la idea pura. El chasquido de dedos filosófico, el sonido del pensamiento al voltear sobre sus pasos. No cabe duda de que no busco la universalidad.

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Conforme el tiempo transcurre y mis deseos, ilusiones y proyecciones del futuro se han malogrado mi fe se ha ido deshilachando, se ha roto y la he cosido de nuevo en repetidas ocasiones. El tema de la fe es para mí el de la esperanza y la verdad a regañadientes ha acabado otras veces con esa esperanza. Soy un hombre culpable porque rasgó su destino y lo que ha venido después ha sido consuelo, intermitencias de un futuro que si bien no se vislumbraba estaba pleno de esperanza. Fe y esperanza han caído en desuso, acribilladas por el transcurso del tiempo. Y hablo de mí. Tal vez no debiera. ¿Qué gran escritor moderno pone al sujeto en primer término? No uno interesado en el trabajo artístico del lenguaje, del poema como objeto. ¿Entonces aquí la palabra sucede como residuo de mi experiencia? No lo sé. Sin duda quisiera que estas palabras evocaran la fe y la esperanza derrotadas. Escribo porque las he extraviado luego de presenciar las golpizas que han recibido, presenciado y actuado esos golpes. Es cierto, escribo investigando mis pensamientos. Estas palabras suceden como sucedáneos de la palabra reivindicada en su ser materia, en su estar separadas de la realidad. Y ni siquiera lo escrito es realidad. ¿Pero qué es la realidad? ¿No forma parte del signo en su propiedad referencial? ¿Qué son las emociones que nombro sino solo palabras, nombres? ¿Quién soy yo sino un improvisado sujeto lírico, el enunciado de este entramado de confesiones que convendría omitir si deseara ser un escritor moderno? Y entonces, ¿por qué las palabras?

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Escribo con la certidumbre de que regresaré después a editar la forma, a borronear las palabras o las emociones confesadas con el bisturí de lo objetivo dentro de lo posible, e incluso del ritmo o la aversión al mucho hablar. Escribo a sabiendas de que haré un montaje posterior que reúna estos fragmentos para evitar cualquier interpretación de sentido lineal. Las costuras están aquí, de cualquier modo. No me preocupa que se vean, solo mostrar el trabajo de un lenguaje y no el de una emoción. Tal vez debiera conservarlo todo. Sería sincero. Tal vez la sinceridad sea otra emoción a omitir a menos de que resulte verídica. Estos trozos de texto, de texturas, formarán parte de un conjunto orgánico hecho de retazos. Su sinceridad es solo otro recurso retórico opcional.
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Para no ahondar o escarbar en el mismo sitio con las palas o palabras en la conciencia, busca uno tesoros enterrados en distintas locaciones de la memoria o los pensamientos que van pasando. La dificultad de buscar tesoros estriba en que no se cuenta con mapa que indique el menor vestigio. En una ocasión un tío encontró en casa de mis padres en Cocula una moneda antigua, rectangular, de 1810. Quién sabe qué habrá sido de ella, se la llevó consigo a Los Ángeles —y literalmente, porque murió hace un par de años. La halló utilizando un aparato detector de metales. Si uno pudiera usar un detector de líneas temáticas en su propio cerebro. Como no ocurre de esta manera, la conciencia fluye, escarba aquí y allá, sigue rumores, se enfrenta con sus propios fantasmas. Es lo que decían en casa de mis padres: que fantasmas resguardaban el tesoro enterrado. Quizá sea uno fantasma de sí mismo.

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Algunos críticos, poetas lingüistas que me agradan sobremanera —como me ocurre con un buen tratado de lingüística— recurren a la supresión del sujeto en la escritura, así como de la intención referencial, a la que le ponen trampas en sus propios poemas. Son poemas-objeto interesantes, que sin duda despiertan emociones. La vivencia se encuentra en ellos desplazada, ya que en realidad no suprimida. Se adivina el velo, en la estela que deja el poema al pensar. Solo que también encuentro varios monstruos del poema que deben su energía, su carga lingüística a causas telúricas, inmersiones en la vivencia de sus pueblos, sus comunidades, la lengua en acto. Gonzalo Rojas es uno de ellos. El impulso de su palabra es anterior a ella, palabra que regresa a su origen social, humano, sonoro. Es que no comprendo por qué separar en laboratorio la electricidad vital. No creo que ocurra del todo tampoco en estos poemas al borde del lenguaje. Sin embargo, es un gusto ir de aquí allá. Con todo y que algunos quieran que tomemos una postura en pro o en contra de cualquier cosa, que combatamos un perenne enemigo invisible. Mi enemigo soy yo. De ahí en más, cualquier postura o vislumbre de idea es para mí objeto de exploración. Soy muchos y esos muchos no residen en mí, me son, me hacen, me trazan insatisfecho.

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Hojas secas entre las grietas de la banqueta. Hierbas apresurándose a salir de la descompostura. Bien, ese es un invento mío. ¿Pero qué pensamiento no lo sería? Continuemos. Hierbas como dedos, delgados brazos queriendo alcanzar el aire de la superficie, saliendo dela tierra oculta por cemento, respirando por esas rejillas abiertas hacia el origen de todo: la tierra. Hojas secas bajo árboles de clasificación indeterminada. Algunos pinos, rictus, un guayabo. La ciudad de cemento tiende a doblegarse ante la naturaleza que pretende dominar. Es el tiempo, su continuo paso. Una vez iba caminando por la colonia Americana cuando llamaron mi atención los chillidos de unas ratas recién nacidas, acurrucadas entre la banqueta rota y las raíces de un árbol que pretendía —pienso— protegerlas. No pude evitar sentir ternura. Tan lejos de l horror de encontrarse con uno de estos roedores recorriéndote la pierna de noche. Sí, eso ha sucedido. Continué caminando, en el entendido de que los animalitos serían asesinados por la mano de algún vecino o las autoridades sanitarias. La ciudad es monótona pero a veces presenta sorpresas sutiles. Y ello resulta a veces de la aparición insospechada de la naturaleza latente, oculta. La ciudad es como un gran jardín de piedra, una capa de asfalto que nos protege del estado salvaje del que somos parte. Hasta que el instinto diario nos impele a ser fieles a nuestro origen. El asfalto es una interfaz que impide ver cuan inmersos estamos en la negación de lo que somos, en la animalidad que se vuelve contra nosotros a la menor oportunidad. Solo que cada vez perecen más árboles. Y brotan nuevos edificios. Tendemos a la verticalidad y también a destruirnos. A esto le llamamos modernidad, posmodernidad. Hojas secas, grietas, raíces al paso.

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Identificar imaginarios urbanos, desmantelarlos.

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M 29 03 20

miércoles, marzo 25

Lenguaje y realidad

Se supone que para muchos la poesía trata de la vida, para otros es una estimulación del lenguaje o un incidir en él desde el borde. No puedo concebir al lenguaje fuera de mi realidad. Tendría que localizarlo mediante una fórmula que lo abstraiga o un esquema matemático. Lo cual no es para nada irrelevante. Es necesario indagar en la lógica o la ilógica del lenguaje, cómo este lenguaje adquiere la etiqueta de poesía. Ya no digamos poema. La poesía que puede estar en un poema, en un cuento, un tratado. Cuando esa es la intención. Estoy consciente de que mucho de lo que he escrito cabe dentro del esquema gramatical del lenguaje, de la tradición poética. Incluso cuando he omitido la metáfora o la intención metafórica. Hay quien actualiza a la modernidad sus poemas llevándolos a hacer una reflexión crítica de su propia constitución: poemas líricos que critican a la lírica, poemas amorosos que ironizan el tema. Aunque formalmente sean tan tradicionales como el resto. La autoflexión del poema es ya una actitud de la modernidad, sin embargo la mayor crítica a la tradición poética se da en la estructura o la consecución de otro tipo de pensamiento en el poema, de otra lógica discursiva. Emplear en el poema las mismas herramientas para ironizar la repetida utilización de esas herramientas puede de cualquier modo agradar a un gran público e incluso ser engañoso. Pero es una herramienta válida si las hay.


M 25 03 20

domingo, marzo 22

Materia verbal

Qué importa lo que acabo de olvidar. Si la noche es oscura porque cierro los párpados o si lo sigue siendo con el sol reivindicando la ventana. Ayer no había nada junto a mi ventana, y hoy, desde la tierra húmeda de dos macetas, parecen estirar hacia el cielo sus pies de bailarinas dos plantas largas y sin flores aún, sin bocas o, más precisamente, sexos, coloridos sexos. Hay quien tose, hay quien mira la tele —se oyen pasos detectivescos, los destellos de voces de otra época que resurgen—, quien vuelve a toser para revivir el déjà vu o descansa los huesos sobre la sábana blanda de sus pensamientos. Qué piensa el poema, cómo piensa, y si lo hace, ¿piensa el olor de la habitación?

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Desde dónde habla el poema, desde quién o desde quién no. En el borde de la lengua, es imposible no encontrar una manera de decirlo, de desdecirse de ser necesario. Todas las facultades de un foco ahorrador de 60 kilowatts no logran hacerte desaparecer en los puntos negros, digitales, huecos como el espacio entre los planetas, el de la página electrónica qué hila la textura de una luz con otra. “No sabía de qué le estaba hablando”. Off.

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La poesía requiere trabajo.

Echamos a andar la materia verbal, ya tan vapuleada por el uso de los siglos, los milenios, confiados en que aparecerá renovada en cada ocasión. Y allí está, cubierta de óxido, del óxido mismo que se convierte en la razón de ser de la poesía moderna. La historia de la poesía exige una muestra palpable del paso del tiempo, de la existencia del tiempo. El interés de la obra se traslada hacia los puntos, las zonas que resistiendo, han cedido al desarrollo de los fenómenos que les inciden, de los que son parte e impulso en ocasiones. ¿Qué exige la poesía moderna hoy en día? ¿Qué requiere un poema para ser moderno, para ser leído en la clave del presente?

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M 22 03 20

sábado, marzo 21

Escribir, ciudad

La ciudad es mucho más que autos y semáforos, la ciudad es también naturaleza en trozos. Pequeños jardines, trinos no sé si de zanates o de golondrinas o qué especie revolotea entre los árboles. Los árboles: ¿qué nombres ostentan? Pero ellos no tienen nombre, no se han nombrado a sí mismos. Solo reverdecen o se secan, florecen y se extienden o son indiferentemente atacados por plagas que naturalmente se van extendiendo si el hombre nada hace. Formar la ciudad ha sido también hacernos cargo de su naturaleza, arracimada en prados, parques e incluso en las resquebrajaduras del pavimento, las junturas o los baches en el asfalto. Recorrer la ciudad es avanzar entre sombras de árboles que en ocasiones se abrazan de lado a lado de la banqueta. O pasar por calles desiertas donde los árboles son apenas una ausencia, una omisión, un vacío tapiado con cemento.

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Los pliegues de la cortina se acentúan conforme el sol va ascendiendo a su cenit. Cerrada como está, no alcanza a velar el sol que entra por entre sus texturas translúcidas y la puerta del estudio con toda su potencia amarilla. Permanecer sentado en el escritorio es también un estar, ser un oído, un campo de recepción de la vida invisible por las paredes que me rodean; audible.

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 No tengo idea de adónde voy.

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El camión de la basura hace su entrada triunfal en la bocacalle. Los cencerros le dan su carácter de perentoriedad, e urgencia. Hay que salir a cargarlo con desechos, con los desperdicios de lo que por alguna razón llamamos vida. Papeles con los líquidos que han dejado ser parte de nuestro cuerpo, residuos de comida que nunca formará parte de nuestros huesos, venas o pulmones. Impresiones de escritos tan valiosos como la comida que se aglutina en la rejilla de la tarja en la cocina.

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Escribo, no importa por qué ni para qué. No puedo igualar a aquellos que podrían ser mis modelos. ¿Pero cómo pueden serlo si no los he leído? Bernardo Soares, George Perros, Paul Celan, Michaux, se vuelven nombres queriendo significar algo para mis adentros en el cerebro. Guardo una imagen de lo que escribieron, pero ignoro qué rumbos tomaron las letras en sus manos, qué sucesión o secuencia se vio afectada por sus reflexiones, ironía, carácter sintético. También podría tomar como modelo la forma de trabajar de Luis Eduardo: elegir un tema y abundar sobre él con poemas que se interroguen a sí mismos, que ironicen la experiencia del poema, su concepción misma, y que además orbiten una temática aunque sea a manera de deconstrucción: Armenia y otros. Como si estableciera pautas, límites a la poética que me servirán de apoyo para saltar hacia nuevos límites. Lo que comprendo es que deseo escribir, que mis dedos hablen en el pulso del teclado, que las imágenes se interconcecten en mi cerebro sin preocuparme por la calidad de lo escrito. Aquí en la página electrónica o en el papel, en cuadernos u hojas sueltas. Por lo pronto, un programa de lectura, de reflexión. No para imitar los pasos, sino para evitarlos en un paseo a ciegas.

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Escribir. Es lo que finalmente salva. Escribir. No juzgar a las personas, no tan solo describirlas. El lenguaje se hace visible y vivible. Probar mis límites, apoyarme en ellos (como ya saben quién) para saltar al vacío.

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Me pregunto si algún día escribiré Los Perros. Esa novela inconclusa, ese proyecto que de haberse publicado en su momento hoy estaría muerto, echado en el cajón de la autoconmiseración, del gesto petulante.

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Sin embargo su espíritu permanece en algún punto de la memoria. Los Perros fue una manera de indagar en mi mente las posibilidades de una escritura –ahora comprendo—siempre en ciernes. Fue el método, el recurso para mantenerme conectado con el presente que iba cayendo a pedazos tras de mí. Me pregunto si solo soy un autor lírico o si seré capaz de sumergirme en la piel de otros personajes. Escribir es lo que salva, escribir es dejarme decir.

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M 21 03 20

viernes, marzo 13

Ventanas


La habitación en la que ahora me encuentro se conforma de paredes rugosas. Entonces,

¿Qué hace a una habitación? ¿Qué sea habitable? ¿Los muros que la circundan y establecen sus límites? ¿La ventana que traspasa el espacio para que la vista intervenga hacia el patio o la calle? ¿O que el paisaje entre por esa abertura?

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A las ventanas siempre les falta algo, de ahí que nos asomemos a través de ellas, intentando completarlas. Son el espejo de nuestro propio vacío que busca llenarse de la estética exterior, de lo entrevisto, del mundo cambiante en medio de muros que parecieran ser estáticos pero solo se degradan con mayor lentitud.

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¿Qué significa una ventana?

¿A dónde me lleva la rugosidad de las paredes?

¿Por qué una mancha en el vidrio de la ventana me regala perspectiva?

¿Por qué usar sombrero?

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M 13 03 20

miércoles, enero 22

Significados radicales

Un ladrillo sobre otro, tus células malgastadas en sorbos de segundos, en tiras de tiempo que si las juntas en un puño, apenas encuentras —eligiendo bien— instantes que valgan la pena. El cielo es claro como una mente sin presagios. Soñaste que un diente, uno de abajo, caía. Molido, te mostraba su raíz por primera y última vez, su habitar tu encía entre muelas atribuladas. Poco importa el significado, pues si como Google dice, tu reputación está en juego o morirá un familiar lejano, ¿lejos de dónde? Porque ayer se consumió alguien a la distancia de una arteria y tu dolor es tenue, de baja intensidad. En el jardín una rama juega a ser bonsái.

M 22 01 20

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domingo, noviembre 24

El aburrimiento es materia poética

Este es el instante en que dormito y dejo que las cosas sean lo que son. Una fila india de pendientes, una lista negra de aquellos fantasmas que habitan la calle donde crecí, los fantasmas de personas que hoy tienen hijos, amantes, fracaso en los negocios o éxitos cotidianos: espectros que prevalecen en el espacio tal como fueron en aquellos años, que continúan con su guerra contra la devastación. También seré fulminado cuando el último vecino ya no guarde memoria de los árboles.

M 24 11 19

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sábado, noviembre 16

Ciudad y árboles viejos

Había olvidado cómo recorrer las calles en esta ciudad abstrusa y llena de baches. Ciudad de cables enrollados en los postes, de luciérnagas invisibles y ranas en jardines. Desapariciones siniestras, furtivas traiciones. Ya no sabía cómo dar un paso tras otro. Mis pensamientos arruinados, las fachadas van quedando atrás como daguerrotipos deslucidos. Los árboles viejos glorifican sus memorias.

M 16 11 19

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jueves, octubre 24

martes, septiembre 24

A este tablero llamo día

Puedo verme a mí mismo concentrado en una charla, sentado en algún sitio del centro de la ciudad, caminando aprisa sin notar que era yo mismo quien al pasar me golpeaba en el hombro. Todo a mi alrededor tiene esta capacidad de muerte, de lenta y rencorosa muerte en espera de dar el último golpe no sin antes disfrutar cada pequeño corte, la más mínima herida en el tiempo.

N 24 09 19

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domingo, abril 29

Mira desde la ventana del departamento donde alguna vez vivió

Cuenta los racimos de polvo que aquí lo han traído, las sombras de faroles rotos, paredes descascaradas, canceles moribundos. Un euro que encontró sin gastar para que fuera su moneda de la suerte, un pájaro amarillo al que debe visitar para abrir su jaula sin dejarlo escapar, un gato negro que se le repega al pantalón mientras él mira por la ventana el vencido reflejo del sol en el edificio de enfrente, los hoteles que no supo habitar ni a la distancia, los autos tranquilos.

N 29 04 18

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sábado, febrero 24

Vivencias

No he podido detenerme a pensar realmente dónde estoy parado, a qué demonios les debo estar aquí, ahuyentando los buenos deseos y los no tan buenos, los drásticamente malos no en un sentido moral, sino lógico. Pensamientos que no terminan por concretarse, asirse a la memoria, como si la memoria, esa colección de recuerdos falseados, significara algo. Como si el significado de verdad tuviera importancia en este transcurrir los segundos que llamamos desperdicio. Estoy recostado en la cama, escribo en mi iPad mientras miro mis pies uno recostado en el otro. Son grandes, las venas los circulan de extremo a extremo. No sé qué haría sin ellos. Vi el video de un niño pequeño que comía con los pies, quizá sorprendido de ser filmado en un acto tan natural. Tomaba la cuchara entre los dedos gordo y anular para echarse el bocado. Me pregunto si se chuparía los pies luego de darse gusto. Ese acto por sí mismo nos puede parecer repulsivo, pero a él, que solo tiene pies y no manos, seguro le resulta natural. Los pies le son útiles doblemente, exponencialmente. También recuerdo a una chica que apareció en las páginas del Reader’s Digest: un tiburón le dejó sin brazos mientras surfeaba en una playa de California, una chica heroica -como todos de quienes hablan en esta publicación- que fue capaz de levantarse tras esa desgraciada ola de acontecimientos que sucedieron a la pérdida de sus brazos para situarse al volante de su camioneta van en la que iba por los niños a la escuela. Pero yo tengo pies y brazos y nada de heroicidad. Estos pies sienten placer ante el clima cálido y también con el frío, descansan cuando les doy un pequeño masaje y son agradecidos al momento en que los desalojo de zapatos. Así, estáticos, encuentran su lugar en el pequeño mundo circundado por estas seis paredes cúbicas. Son incapaces de tomar una cuchara o un tenedor entre sus dedos. Y si tuvieran que hacerlo en caso de que mis brazos fueran abducidos por extraterrestres ávidos de experimentar con piezas humanas, mirarían con envidia al niño y a la chica sin brazos que han seguido con ilusión el transcurso de sus vidas, si hacemos caso al Reader’s Digest y a los videos más vistos de Youtube en marzo del 2018. Tanto tiempo ha pasado y no soy el mismo de hace diez, catorce, veintiún años. Pero qué son esos recuerdos sino alfileres, punzadas que desatan cierta nostalgia por sucesos quie quizá no fueron como los recuerdo. ¿Por qué en muchos de mis recuerdos aparezco de cuerpo entero, me miro el rostro, si en la realidad apenas si veo mis brazos, m torso y mis pies a cierta distancia? Alrededor de mí, los libros apilados, desordenados, una multitud imposible de asir en lo individual ahora que el tiempo se ha vuelto objeto de primera necesidad. Todos estos libros cabrían sin dificultad en mi Kindle. Ahí quisiera meter también los recuerdos que lastiman, aquellos que en su momento fueron materia de presente, atención, experiencia sensorial. El hecho es que estoy rodeado de pensamientos de otros, pero primordialmente de palabras vivas de personas en su mayoría muertas. Y los muertos son buena compañía, uno a uno. También sería útil tirar libros pésimos a la basura. No comprendo por qué me he armado con ellos de mudanza en mudanza. No solo despojaron a un árbol, además invaden espacios de mis libreros, y me dan vergüenza. Muchos regalados, presentes sin presente ni futuro. Tiliches, desperdicios. Como las películas que compramos y jamás volvemos a ver. Es todo una acumulación de objetos que nos desprenden de la situación biológica de ser cuerpos sangrientos y pulsantes. Como si importara la cantidad de libros leídos o su simple presencia nos hiciera vivir de nuevo a través no solo de la memoria, también de su distorsión, su evocar imaginarios. Un poco de eso hay: vivencias recreadas, rearmadas a conveniencia.

N 24 02 18

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sábado, febrero 10

Práctica del tango

El profesor me hizo bailar con una escoba, luego con dos que simulaban la posición correcta de este baile donde el torso ha de permanecer fijo, inalterable. Los brazos me dolieron el primer día. Mi compañera de baile improvisada, la de carne y hueso, suele adelantarse en los pasos, es mucho más principiante que yo. Lo hace porque no soporta la idea de que un hombre la dirija, ella debe estar en control. Pero nadie está en control de nada en la vida. Ni yo con dos escobas en las manos que saben seguir indicaciones.

M 10 02 18

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domingo, noviembre 26

Sin orden aparente

Estos hombros en diagonal, como una balanza mal calibrada. No he escrito en mucho tiempo, las palabras están amontonadas dentro de mi cuerpo e impiden la circulación de sustancias entre los tejidos. La respiración bloqueada; los músculos, de por sí poco elásticos y renuentes al movimiento, no hallan espacio para echarse a dormir, infestados de fragmentos de pesadillas, pensamientos al borde de la crisis, rabietas, raptos de esquizofrenia, larvas en aquellas palabras que no lograron gestarse y permanecieron en un punto muerto. Pus. No sé, tal vez este zumbido ronco, esta agudeza, este chirrido exasperante al interior de mi cráneo se deba al montón de palabras echadas una sobre otra sin orden siquiera aparente. Ha de ser el ruido de todo lo que estuvo a punto de... ideas fallidas o nunca expresadas, referencias enquistadas en las cuerdas vocales, aire coagulado en las arterias sin poder proferirse, tomar voz, hacerse cargo de un trozo de ficción. Estoy enfrascado: palabras fracturadas, semas, morfemas, lexemas, sinalefas, puntos y coma embodegados, saturando las venas y los nervios, nublando la vista, echando sus pestes y sus nada deplorables maldiciones...

M 26 11 17

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