lunes, febrero 28

Voz en relación

El modo de hablar, de hacer real la posibilidad del lenguaje, nos describe, nos muestra, al igual que otros signos visibles: las camisas que usamos, los pantalones, el modo como los vestimos. La vida está plagada de signos; todo en ella, de algún modo, comunica. Nuestra voz no se salva. Cuando alguien escribe un cuento –lo digo con el fin de saltar a la escritura, aunque ya desde el principio hemos estado ahí– realiza su voz. O un poema, una novela, una canción, cualquier otra obra.
Ser original no es precisamente negar las múltiples voces con las cuales convivimos, sino saber distinguir nuestra voz de entre todas, pero saber también que nuestra voz surge de otras voces y con ellas se relaciona.
Según Kandinsky, cada cultura produce un arte nuevo, hijo de su época. Hoy cabe agregar: cada uno aporta lo propio de acuerdo a la relación que mantiene con su realidad –una realidad temporal, cambiante, diversa. Cada obra manifiesta una concepción diferente del mundo. Al trabajarla, lo que se busca es limpiarla de timbres ajenos que dificultan su comprensión.
La influencia de otras voces es tan inevitable como deseable: heredamos las facciones de un rostro que cambiará de acuerdo a sus circunstancias. La aceptación de esa deuda con la tradición, una aceptación que al cabo no se resigna y además abreva de su propia memoria –aquella memoria personal que a fin de cuentas se torna colectiva–, hace de un hombre un hombre de su tiempo, si bien diferente a los de su tiempo. Quien bebe de su propia fuente, sin negar sus deudas o contribuciones, ha encontrado su voz, una voz que cambia en el transcurso de la vida, que siempre está por descubrirse.

domingo, febrero 20

El gran libro del mundo

Por medio del lenguaje, principalmente, es que conocemos el mundo. De muy niños absorbíamos las cosas lo más posible con la boca, con las manos, las rodillas, los ojos atónitos: chupábamos lo que estuviera a nuestro alcance, comenzando por nosotros mismos; andábamos a gatas y así descubríamos el suelo vedado a los adultos; empezábamos por caminar y pronto los tropezones ya formaban parte de nuestras diarias experiencias. El sabor terroso del barro, el pequeño lago convertido en remolino dentro de un cuarto de azulejos que parecía inmenso, los colores que aventurábamos en las paredes, a semejanza de los trazados en Altamira. Lo dicho por los mayores era sólo borucas. Quién sabe qué querían decir con su alboroto, su tanto hablar. Y abajo, desde donde el mundo nos era tan sorprendente, en el raso suelo donde nos gustaba ensuciarnos, la vida era otra: texturas, olores, visiones nuevas. Conforme las cosas fueron reduciendo su tamaño, a medida que el suelo, del que tanto aprendimos, fue quedando como un paisaje a la distancia, empezamos a reconocer el entorno mediante otra manera propia del lenguaje: la palabra.
Las palabras nos referían a aquello que antes apenas si conocíamos por las sensaciones inmediatas que nos proporcionaba. Pero la mayoría de las veces esa mezcla de sonidos carecía de alquimia, existencia, ser, como ojos de vidrio que no miraban. Les faltaba formar parte de nuestros juegos; podían amontonarse en una pila y ser quemadas sin perderse absolutamente nada. Entonces, o quizá ocurrió desde siempre, como por un asunto mágico que ignoramos a quién o a qué se lo debemos, descubrimos que en ocasiones las palabras sonaban de manera distinta a la habitual y que creaban de por sí una realidad independiente. En algún momento supimos que a aquella experiencia algunos la llamaban poesía: las palabras eran el mundo, el mundo que quiso conocer Descartes sin creerle nada a nadie más que a sí mismo, a la vez que un mundo ilimitado en su gran lectura simbólica.

viernes, febrero 11

Inspiración y composición

La poesía es palabra. Composición, lucha contra el lenguaje con el arma del lenguaje: he aquí una dicotomía difícil de salvar en nuestra época o quizá imposible, en que cada uno ha de buscar su propio lenguaje y éste será válido en la medida en que no se parezca a ningún otro.
Cualquiera que tenga presentes las poéticas de Aristóteles y de Horacio se sonreiría ante la imagen de que poetas como Homero o Virgilio transcribían el dictado de una musa.
Horacio aconsejaba guardar un poema por nueve años en un cajón, no sin antes mostrarlo al escrutinio de quienes sabían valorar la poesía. En un sentido más moderno –mejor dicho, más reciente– que no desmiente a este, Ezra Pound afirmaba que más le valía a un poeta escribir una sola imagen en toda su vida que hacer obras voluminosas. En lo biológico, que ni aun por obvio podemos dejar de mencionar, la inspiración es el primer paso de un proceso continuo y rítmico en que la sangre se regenera.
¿Pero qué comprendemos por inspiración? ¿Los griegos y los latinos en verdad pensaban que bastaba con tender el oído para hacerse acreedores de una voz ajena? Tal vez allí esté la clave, en esa voz otra que termina por ser la propia voz, que nunca antes escuchamos y que es nosotros mismos.
No hay nada tan estorboso como idealizar la noción de escritura. Los griegos la comprendían como la posesión de la mente por el dios. El arte era el resultado de esa correspondencia unívoca expresada a plenitud según la capacidad del sujeto en aquello de abandonarse a la nueva máscara.
Resalta la idea de que al hombre en un estado cotidiano le es negada la fluidez con que discurre la súper conciencia del mundo. Incluso si el dios es solamente una idea que hace al intelecto del hombre su herramienta, el concepto de este último sigue siendo el mismo: un ser imposibilitado a aprehender el mundo per se a menos de que se auto-niegue y permita a “aquello otro que desconocemos” actuar en su lugar, realizarse utilizándolo como medio y en el camino recompensarle con la felicidad que desborda al testigo ante un fenómeno extraordinario –en el peor de los casos, al margen de lo ordinario.
Rilke escribiría en una carta sobre Auguste Rodin –cuando trabajaba como su secretario particular– que la idea de la inspiración le era completamente ajena al escultor porque vivía permanentemente en ella. Sus preocupaciones eran otras, más bien relacionadas con la técnica y la proporción.
Al concebir “El cementerio marino” Paul Valéry fue inspirado por la forma de un ritmo específico (el decasílabo rimado). Todo fue dejar llevar su espíritu por el rigor de una armonía, con todo y que la factura del poema le era fundamental, igual que a su discípulo mexicano José Gorostiza. En cambio, para el brasileño Joao Cabral de Melo Neto la poesía entrañaba tan solo un prolongado trabajo de composición. Sobran nombres qué citar acerca de esto de estar inspirado y de la ardua tarea de conocer el oficio de escribir.
El oficio es clave: conlleva la práctica de la atención; es allí donde se encuentra el latido del presente y por tanto un tiempo que no es el tiempo convencional, sino otro que se define por su vitalidad. ¿Existe o no la inspiración? ¿Como función orgánica, como ritmo impulsador de sentido, como música del intelecto? ¿Es un acto de fe en el tiempo?

jueves, febrero 10

Prólogo

Este libro tiene su origen en una serie de artículos que escribí semanalmente a manera de columna para El Informador del 2000 al 2003, algunos retransmitidos luego de un tiempo como colaboraciones en el programa Señales de Humo de Radio Universidad de Guadalajara. La razón por la que lo publico ahora, aun cuando estuvo en un cajón virtual durante más de una década, y en aquel momento incluso a punto de salir a la luz –o a la oscuridad de las bodegas– es porque integra una noción del oficio y la experiencia que me orientó en esos años, aunque ya sólo fragmentariamente la comparta. En la idea de que todo escrito es modificable hasta que no se fije en una edición definitiva –y aun así, ¿qué es inamovible?–, me permití hacer algunas precisiones y borrar obviedades, conceptos recurrentes, la expresión de cierta alegre ingenuidad. Con creces me fue imposible cumplir el propósito: ciertas ideas eje establecen puntos de apoyo al conjunto y no podría haberme desecho de ellas sin extirpar órganos vitales. En ocasiones preferí conservar frases de las que ahora prescindiría pero que al fin encajan con el ritmo general. Miro estos textos con cierta nostalgia, la de una formación inicial y quizá sustancial a la que en ocasiones me es necesario regresar, negar, cuestionar, pero sobre todo escuchar atento. Son unos cuantos disparos al aire con ínfulas de certeza, y sobre todo el germen de preguntas todavía no del todo formuladas y menos respondidas –ni acaso lo serán– y que continúan actuando como los motores de un oficio asumido con la palabra.