Cabeza abajo, las cosas
presentan su desafío: o me fío
o las dejo con sus códigos en clave
decir disparates porque no entiendo.
No me conmueven, no son
principio que pueda tocar,
se vuelven en mi contra si las persigo
como a formas separadas de materia.
Cosas: hagan algo, estiren sus átomos
o aprendan de las motas de polvo,
sean lo que duele y trajina, se alegra
como ahora mismo en su papel
de libros tocados por libros,
cuerdas flojas en una guitarra.
Con ustedes, avión transformer,
jarroncito kintsugi, me detengo
a saber qué sienten
o a no sentir si esto les ocurre.
martes, febrero 27
Empatía de lo semejante
martes, febrero 13
Paradoja
Las cerezas son amargas en los dientes blandos
de las neuronas
duras. El egoísmo
de una hermana que le sirve a otra
hermana, pero a nadie más
se desliza con las ruedas
de un cielo más claro cuando nubla.
Lo que cruje es el espacio que no cabe
en mi tiempo. Cada quien
da
lo que no merece: sangre de gato,
córnea
sin equilibrio.
sábado, febrero 3
El holograma X504 reajusta subrutinas ópticas
No existo fuera de estos muros familiares,
de la ventana abierta en mi ojo con láser
no para ver el mundo, para que vaya hacia mí
con sus haces de luz que dan forma a ideas,
a estas sospechas por la finalidad de la
madera,
de los trazos, las superficies, las líneas que
ocultan puntos
y se hacen reales en el subespacio del pensamiento.
Quisiera decirme programado, y resulta extraño
que cierta palabra quepa en aquella llena de
lógica:
programar se conjuga
como amar. Quizá esta sea la señal, la clave
cuyo secreto guardaré como a un clavo corroído
en la armazón de mi sistema
abandonado a esta condena de decidir
una cosa o la otra, una cosa
o la otra.