lunes, abril 13

La tía de todos

Anita cantaba el Ángelus
en el patio al mediodía.
No sé por qué ni cómo
escatimaba la gente
su contagioso asombro
de comprender el mundo.
Calladita se sentaba,
su sonrisa pegajosa
bastaba para decirlo todo.
Con mi abuelita María
iba a cualquier parte: a misa
del brazo por Ramón Corona
enrebozadas y apuradas,
a la plaza, a los elotes,
al molino para el nixtamal,
a visitar a los parientes
de Santa Rosa, de Camajapa,
con la Virgen de Talpa.
Anita cuidó a cada uno
de sus sobrinos y a los hijos
de sus sobrinos.
Les cantaba el Ángelus
a los que ya no estaban,
a ellos sí que les platicaba
quién sabe qué de cosas,
no le paraba la boca.
Se fue silenciosamente,
tanto que tal vez no hubo funeral,
tanto que no recuerdo
que haya muerto.

domingo, abril 12

Cuatro insistentes paredes pueden volver loco a cualquiera

La lámpara cercena con la luz de sus tentáculos
esta tarde lisiada, donde una idea es derrotada
cada que el segundero tiene un tic.
Con ganas de visitar la playa viscosa,
Vitrubio, de tus pensamientos,
al menos tendría sentido no desbalagar asombros,
llaves ni bocas resecas sin antes hacer gárgaras
con tus, oh, ahora comprendo: bárbaras imágenes
de insectos planetarios. No sé, no sé, no
sé nada de nada, ni siquiera sobre la nada.
Si estuviera en la playa podría nadar en la nada
sin preocuparme por los filos virulentos
que acechan tras la ventana, la puerta,
en el librero, la pantalla de plasma.
Si no hay salida, si estoy condenado
aunque ignore de qué me acusan, si la libertad
es un clown encerrado en la habitación
de los deseos a cuentagotas,
me gustaría ser extrañado por las hormigas
enfiladas al punto de fuga de la página.
Soy como el niño que insistió en llevar
su juguete a la escuela
y al voltear distraído en el recreo
ya no lo encontró.

viernes, abril 10

En el principio era el caos

Watson enumera punto por punto
las deducciones del detective.
Intenta tomarle por sorpresa,
verlo sucumbir a la contradicción
adivinando
la longitud de la zancada del asesino,
el color de sus ojos verdes,
la multitud de pistas invisibles
a los neófitos del oficio.
No es cosa de fe, es verdad.
En algún momento ha de caer,
con todo y su sonrisa petulante.
Sherlock –como se hace llamar este
reloj de precisión milimétrica–, al parecer ajeno
a la disquisición del veterano,
solo atina a fijar la mirada en el techo,
a dibujar en su libreta el rostro impávido
de su futuro
aprendiz de mago.

domingo, abril 5

Apuntes

Justo en el momento en que me pongo a escribir el día oigo el agudo zumbido. Como si mi cerebro se volviera contra mí, como si construyera una barricada en la página para no deslizarme por sus blancos. Es un reto. Igual avanzo, dejo de lado el ruido y su insistencia, insistiendo en el otro ruido que viene a cuento: el teclado del iPad. Un día de pequeñas, sutiles revelaciones. La charla con mis padres, que siempre parecen querer irse a otra parte. La lectura de Macbeth, que me recordó la traición hecha por mis subalternos de la revista, en sus distintos grados, a través de la lente de la tragedia y del caleidoscopio de mis propias traiciones. En la imagen de Macbeth veo, casi toco a las personas que me sonreían día tras día, incluso lady Macbeth aparece de pronto en escena con gesto agrio de estadística. Y siempre, al final, me descubre a mí mismo traicionando mis propios ideales. No puedo ser más severo con los otros de lo que he sido conmigo mismo. Comprendo —voy comprendiendo gracias al personaje shakespeareano— la traición y adivino en el acto, en el crimen, el soplo claro de las Hécates profetizando con su sonrisa a medias que estas personas-personajes tropezarán fatalmente con sus propias palabras. “¡Un rostro falso debe ocultar lo que sabe un falso corazón!”, exclama el asesino del rey Duncan. Total, un día desenmascarado, leyendo, copiando con letra manuscrita algunos sonetos de Garcilaso. Gracias a las anotaciones del traductor, copiosas en verdad, y a mi Cancionero de Petrarca en dos tomos, me decepciono de tanto en tanto al constatar que algunos versos del español son excelentes traducciones del cantor de Laura. Sin embargo, la síntesis y la musicalidad del ibérico son a su vez superiores a los versos de su amigo Boscán —superior a, por ejemplo, Juan de Mena. Mientras Garcilaso tiende a omitir vocales y palabras para adecuarse felizmente —en ocasiones se excede— al endecasílabo, Boscán parece agregarlas para ensanchar la nota. Es solo una elucubración, un presentimiento, una lectura en la superficie. Luego, algo sobre Lorenzo García Vega, escrito por Liliana García Carril. Ya me llamó la atención este viejito. Por ahora comienzo Vilis, al parecer el nombre de una ciudad imaginaria. Ese, más o menos, el día que no acaba. Un segmento del día, o varios, cortados con la criba de lo vivido recientemente. Buscaré otra serie en Netflix para ver en estos alargados días de covit-19.

Diario 05 04 20

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