domingo, abril 12

Cuatro insistentes paredes pueden volver loco a cualquiera

La lámpara cercena con la luz de sus tentáculos
esta tarde lisiada, donde una idea es derrotada
cada que el segundero tiene un tic.
Con ganas de visitar la playa viscosa,
Vitrubio, de tus pensamientos,
al menos tendría sentido no desbalagar asombros,
llaves ni bocas resecas sin antes hacer gárgaras
con tus, oh, ahora comprendo: bárbaras imágenes
de insectos planetarios. No sé, no sé, no
sé nada de nada, ni siquiera sobre la nada.
Si estuviera en la playa podría nadar en la nada
sin preocuparme por los filos virulentos
que acechan tras la ventana, la puerta,
en el librero, la pantalla de plasma.
Si no hay salida, si estoy condenado
aunque ignore de qué me acusan, si la libertad
es un clown encerrado en la habitación
de los deseos a cuentagotas,
me gustaría ser extrañado por las hormigas
enfiladas al punto de fuga de la página.
Soy como el niño que insistió en llevar
su juguete a la escuela
y al voltear distraído en el recreo
ya no lo encontró.

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