A José Langarica
No siempre lo que vemos se corresponde con lo que es, como sabe todo el mundo. Y de cualquier modo elegimos la apariencia por sobre la contundente realidad. Aquello que percibimos —seres incompletos por donde se quiera— es engañoso, frágil, incompleto. Algo de nosotros quiere llenar el vacío confiando en las personas, en que su noción del mundo completa la nuestra. Incluso confiamos en que las personas sepan que les tenemos cariño, porque es imposible no encariñarse con las personas. Y resulta por demás ineludible cuando se trata de aquellas con las que compartimos adolescencia, juventud, pero, sobre todo, diversión, los prolegómenos de una identidad.
Alguna vez escuché que donde no hay amistad no hay traición. Me parece que una frase de este calibre pretende justificar actos mezquinos y deshonrosos. ¿Qué significa la lealtad sino un apego a los propios principios éticos y vitales? Un sujeto podría recurrir a actitudes como la hipocresía o el daño a la imagen del prójimo con tal de ser leal a un valor como el de la ambición —una ambición en el lado oscuro de la fuerza, si escuchamos al jedi interior que llevamos dentro— sin que importen los medios que utilice para su hazaña. Obviamente tendría que fingir amistad ante sus víctimas y testigos con tal de salirse con la suya. No lo consideraría traición porque sería fiel a sus principios o a la falta de ellos.
La deslealtad muestra una incongruencia de carácter, la doble cara del que socialmente se hace pasar por amigo para recabar favores o finge la sonrisa mientras asesta golpes bajos. El desleal carece de otra norma que no sea la del beneficio propio. Ha sido poseído por el espectro de la envidia, por la ilusión de merecer aquello que no le corresponde porque de ocupar el espacio ajeno sería a costa del amigo y de sí mismo, su propio honor. Tendrá sus defensores, o los buitres a quienes les alegre la caída en descrédito del que era poseedor de su presente. Es un misterio por qué se alimentan de la desgracia ajena, tal vez por padecer de un vacío en el alma. Pero son lo de menos, meros accidentes, zopilotes al acecho, están allí solo para alimentarse de los pútridos restos de lo que alguna vez fue paraíso. Por cierto que le harían lo mismo al que llaman amigo.
Macbeth actuó como lo hizo porque vio que la oportunidad le sonreía. Los elementos estaban dados para la consecución de su traición y decidió usarlos a su favor. Si hacemos caso a Shakespeare, el fin del traidor será el mismo que fraguó: ser traicionado. Aunque se piense invencible, sus erráticos actos lo sitiarán tarde o temprano, no verá acercarse al bosque de las circunstancias.
¿Y qué con las faltas a la amistad amistad? Que las personas sean dignas de nuestra fe, creo que sí. Apuesto a que sí, porque no podría renunciar sin empobrecer mi relación con los demás a palabras con peso específico como gratitud, generosidad y, por supuesto, amistad y lealtad. En la medida que confiamos en las personas muestran su confianza en nosotros. Al menos eso sería lo deseable.
Nada ni nadie es perfecto. Entre amigos la lealtad no es una obligación, sino una actitud natural. El amigo vio por sí mismo sin considerar al otro en su cabalidad, cometió un humano error fincado en el egoísmo. La herida queda al descubierto, pero si somos leales a nuestros principios, y si estos principios incluyen desear el bien al otro, no hay cabida en la víctima para la venganza o el rencor. Todo lo contrario. Ya sanará.
Habrá que manifestarse a favor de la amistad y el reencuentro, de la franqueza, de la fraternidad entre las personas, esas personas que merecen nuestro cariño, un buen día, una buena semana, una buena vida.