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jueves, agosto 20

Lealtad

A José Langarica

 

No siempre lo que vemos se corresponde con lo que es, como sabe todo el mundo. Y de cualquier modo elegimos la apariencia por sobre la contundente realidad. Aquello que percibimos —seres incompletos por donde se quiera— es engañoso, frágil, incompleto. Algo de nosotros quiere llenar el vacío confiando en las personas, en que su noción del mundo completa la nuestra. Incluso confiamos en que las personas sepan que les tenemos cariño, porque es imposible no encariñarse con las personas. Y resulta por demás ineludible cuando se trata de aquellas con las que compartimos adolescencia, juventud, pero, sobre todo, diversión, los prolegómenos de una identidad.

Alguna vez escuché que donde no hay amistad no hay traición. Me parece que una frase de este calibre pretende justificar actos mezquinos y deshonrosos. ¿Qué significa la lealtad sino un apego a los propios principios éticos y vitales? Un sujeto podría recurrir a actitudes como la hipocresía o el daño a la imagen del prójimo con tal de ser leal a un valor como el de la ambición —una ambición en el lado oscuro de la fuerza, si escuchamos al jedi interior que llevamos dentro— sin que importen los medios que utilice para su hazaña. Obviamente tendría que fingir amistad ante sus víctimas y testigos con tal de salirse con la suya. No lo consideraría traición porque sería fiel a sus principios o a la falta de ellos. 

La deslealtad muestra una incongruencia de carácter, la doble cara del que socialmente se hace pasar por amigo para recabar favores o finge la sonrisa mientras asesta golpes bajos. El desleal carece de otra norma que no sea la del beneficio propio. Ha sido poseído por el espectro de la envidia, por la ilusión de merecer aquello que no le corresponde porque de ocupar el espacio ajeno sería a costa del amigo y de sí mismo, su propio honor. Tendrá sus defensores, o los buitres a quienes les alegre la caída en descrédito del que era poseedor de su presente. Es un misterio por qué se alimentan de la desgracia ajena, tal vez por padecer de un vacío en el alma. Pero son lo de menos, meros accidentes, zopilotes al acecho, están allí solo para alimentarse de los pútridos restos de lo que alguna vez fue paraíso. Por cierto que le harían lo mismo al que llaman amigo.

Macbeth actuó como lo hizo porque vio que la oportunidad le sonreía. Los elementos estaban dados para la consecución de su traición y decidió usarlos a su favor. Si hacemos caso a Shakespeare, el fin del traidor será el mismo que fraguó: ser traicionado. Aunque se piense invencible, sus erráticos actos lo sitiarán tarde o temprano, no verá acercarse al bosque de las circunstancias. 

¿Y qué con las faltas a la amistad amistad? Que las personas sean dignas de nuestra fe, creo que sí. Apuesto a que sí, porque no podría renunciar sin empobrecer mi relación con los demás a palabras con peso específico como gratitud, generosidad y, por supuesto, amistad y lealtad. En la medida que confiamos en las personas muestran su confianza en nosotros. Al menos eso sería lo deseable.

Nada ni nadie es perfecto. Entre amigos la lealtad no es una obligación, sino una actitud natural. El amigo vio por sí mismo sin considerar al otro en su cabalidad, cometió un humano error fincado en el egoísmo. La herida queda al descubierto, pero si somos leales a nuestros principios, y si estos principios incluyen desear el bien al otro, no hay cabida en la víctima para la venganza o el rencor. Todo lo contrario. Ya sanará.

Habrá que manifestarse a favor de la amistad y el reencuentro, de la franqueza, de la fraternidad entre las personas, esas personas que merecen nuestro cariño, un buen día, una buena semana, una buena vida.

viernes, marzo 6

Elogio de los huevones

Para Alex, Carlos y Noé

Huevón es aquel al que le pesan tanto sus órganos masculinos o femeninos que resulta incapaz de levantarse de su no lugar en el mundo. Huevón, mi semejante, mi prójimo. Te llaman así los envidiosos. Tu actividad es en verdad tan grande, tan primorosa, que se les escapa de las manos con todo y su gramaje hormonal. Deja que ellos dignifiquen con su orgullo el vilipendio al que son sometidos durante su jornada de ocho horas en un ambiente de intrigas y de chismes, doblando turnos, en actividades que alguna vez prometían significar algo y demostraron ser no más que acumulación de horas inhumanas, infravaloradas, en realidad sin valor. Ante su resplandeciente andar cabizbajo y subordinado, el gesto altivo de sus jefes y el ninguneo de sus compañeros de trabajo(s), te ven a ti, ocioso, huevón, como una amenaza a la idea que tienen de sí como hombres o mujeres de provecho. El sueldo de cada quincena les justifica la existencia. Ah, la heroicidad de la oficina. Y todo para arrogarse el derecho a ir de compras en esos lugares comunes a la gente del siglo. Tanto te pesa levantarte para atender la obscena llamada que ofrece un nuevo crédito, caminar para abrir la puerta que tocan con insistencia perruna, enarbolar la bandera del chambeador. Como haces lo que quieres, eres un peligro que pone en duda la productividad de los convencidos de su sitio en el mundo, de los que se arrogan la estúpida felicidad de ser irremplazables, al contrario de esos otros que no avanzan por huevones. Obvio, el empleado del mes finca su felicidad en la esperanza de ser otra vez elegido, felicitado, palmeado en cuanto vuelva su turno en el carrusel de los aplausos. Y es que la huevonada, esa palabra nada sutil para denostar a la ociosidad como un despojo del tiempo, termina por ser crítica del esforzado por caerle bien a sus jefes, por estar en el pináculo del reconocimiento oficinesco, de aquel que entre más se soba el lomo realizando tareas que ingenuamente piensa necesarias más gasta en tonterías. Huevón, tú sí que sabes aprovechar el tiempo. No tiene caso trabajar, esto lo comprendes a mucha honra, mejor que nadie. No vale la pena si no es en favor de ti mismo. Al fin y al cabo, el que no ha sido huevón da hueva. Bien que lo sabes, huevón que en algún momento de tu ligera existencia experimentaste ser un héroe, un patriota de lo mismo, ese al que ahora —si no te diera flojera— mirarías con lástima. Lo inútil es desperdiciar el contado tiempo repitiendo el ritual de los días y los años. Y, por si fuera poco, el colmo del sacrificado trabajador es pensarse superior al huevón, aunque estar en tu lugar, así fuera por un breve instante, le revelaría la futilidad de su aureolada vida.


jueves, septiembre 12

Contra los generosos

Hay que decirlo de una vez por todas: cierta estirpe de los generosos es maquiavélica, calculadora, execrable. Da asco. Y no me refiero a los felices con la felicidad ajena, a aquellos que de manera natural, simplemente, dan. Sino a los que, exacerbada su aura en los meandros de la bondad, nos pontifican su propia versión de la verdad: esto que te doy con tan buena sonrisa te lo cobraré tarde o temprano. Más temprano que tarde, esta horda hipócrita de generosos disparan el argumento de sus dádivas si en algo faltaron a cierta comunidad: yo me paso por el arco de mi triunfo las pautas que estén fuera de mi conveniencia, pero lo recompenso con alharaca de mi generosidad —remiendan su falta de cortesía, su tramposa ruptura con las reglas del juego, y de paso trabajan la voluntad ajena a su favor. Como todo buen rompedor de reglas, llevan de paso la admiración del que es recompensado como cómplice: ahí tiene su desayuno, su postre, no hay por qué disgustarse, sino aplaudir al que burla al sistema con tanta gracia. Porque son graciosos, llenos de gracia, los generosos a ultranza. Toman y dan, recompensan la lealtad de los que celebran sus argucias, dejan en ridículo al cara larga que mira primero con sospecha y finalmente con la alegría del que saborea un pastel de chocolate. Entre más resistencia encuentre el generoso más se esforzará por llevar a los incrédulos a su secta, por ablandarlos con servilismo y buena onda, hasta convertirlos en acérrimos defensores de su mecenas, su dispensador de halagos. Qué importan sus mentirillas, las lealtades distorsionadas, los inofensivos chismes. Son padrinos de su comunión con los demás. Padrinos generosos que arrojan bolos al aire para que los más listillos llenen su bolsita con monedas de a peso. Eso es solo el inicio, habrá que ver cómo usufructan los réditos de la generosidad invertida, el pago con intereses sobre intereses, que los hipnotizados pagarán gustosos por el placer de devolver parte de lo recibido: nunca terminaré de agradecerte hacerme sentir especial, me hiciste el día, das tanto de ti que me mueves a darte un poco de mí, cómo te aprecio, ya que me aprecias. Los intereses pueden ser en especie o emocionales, los unos traen consigo a los otros. La trampa ineludible: su ansia por quedar bien con todos. Lo que importa son las apariencias: sus adeptos los defenderán en público aunque se sepan peones prescindibles en el juego, peones felices de sacrificarse por la reina que ha solventado su ego. El generoso, valga decir, no tiene llenadero: siempre protagoniza la misma historia con actores secundarios ilusionados por rozar hombros con aquel a quien tanto le deben. Que tan bien habla de ellos en público y que en el fondo los mantiene —cual voluntariado— bajo su control: hace cálculos con cada nuevo acólito de su generosidad. Tan buenos que son, tan maravillosamente simpáticos, los generosos nos halagan con su saludo, su aceptación, su amable y anhelada sonrisa: son encantadores como serpientes en un desierto ávido de emociones. En algún momento esperan tu tan deseada bonhomía. Dásela porque quieres, anda, págales la cuenta. En cuanto vean mermada su imagen no dudarán en echar de nuevo monedas al aire, pequeño monaguillo.

domingo, agosto 11

Chismosos

Quisiera hablar bien de los chismosos. Me parece que ese murmullo que van dispersando por el mundo es un ejercicio de la ficción, una ingenua exposición de motivos a la que hay que mirar con ternura. Los chismes, se nos dice, son sabrosos. Pueden ser de un canibalismo feroz y aun así muchas veces no encontramos razones para abandonar lo que llamamos un buen chisme. ¿De qué hablaban, de qué chisme me perdí cuando no estaba? Quizá el chismoso no alcanzó a escuchar lo que de él decían. El chismoso no ignora que en cuanto les dé la espalda a otros chismosos será un suculento bocado más, su comidilla. Me intriga el sonido endurecido y a la vez suave de la che con que comienza el chisme. La che, que acompaña en nuestro vocabulario a tantas cariñosas palabrejas, en el caso del chisme se vuelve un tanto pesada, luego aguda al combinarse con la i, algo ácida, para que finalmente la consonancia entre seca y mullida de la ese y la eme den lugar a una vocal de género indeterminado. Si el chisme, dulce y ácido a la vez, picante sin duda, fuera una paleta, quizá sería de chamoy. Las revistas y los programas radiales o televisivos de chismes gozan de una salud de audiencia excelente. No cualquiera sabe transmitir un gran chisme —uno de esos que hacen levantar, más que las cejas, las antorchas de los vecinos, las lenguas afiladas. Las celebridades incluso aprovechan el foro para aumentar su publicidad desmintiendo el chisme, haciéndolo ver como una mera suposición de periodistas para ganar dinero, aunque la fama, como el chisme, es traicionera: materia dúctil en labios hábiles para el murmullo. Este aspecto, el del murmullo, llama especialmente mi atención. Una especie de zumbido que se niega a ser descifrado, escondido tras su carencia de articulación, de claridad. El chisme convierte el éxito o la felicidad ajena en tragedia propia. Flagrante malabarista del discurso, el chismoso no puede permitir que alguien ocupe un puesto que “no merece” o que debía ser suyo o de su amigo, que alguien tenga tal novio o novia que “no le conviene”, que alguien consiga un auto o una casa “aunque no tenga dinero para pagarla”, de ahí que fantasee con otra versión de los hechos, con sucedáneos, que siembre la duda e, incluso, a partir de ahí, busque cambiar la realidad. El chismoso es un entusiasta activista del  interés colectivo: no lo digo yo, por ahí andan diciendo, argumenta. Cuando el río suena agua lleva, dice un dicho tan popular como el chisme, pero entre chismosos cada quien lleva agua a su molino. “Shhhhh, ahí viene” es la recurrente expresión cuando va acercándose la persona objeto del chisme. La verdad es lo de menos, solo una pizca que le da sabor al caldo que el chismoso ha preparado en aras de borronear la noción que del o de los otros tenemos.

lunes, julio 30

Del ninguneo

Tengo la sospecha de que quien ningunea ha sido ninguneado en otras ocasiones, por lo que ha decidido ser Alguien a costa de que otros sean nadie. Ese nadie debe saber que no es un interlocutor pero sí el objeto del ataque: una sombra accidental. Ser indiferente al otro es carecer de sensibilidad hacia los demás, quizá ser distraído o carecer de interés, pero ningunear al otro no es ser indiferente a su presencia, sino que su presencia, su ser, le estorbe de tal manera al ninguneador que decida poner en blanco todo rastro de aquella personalidad para arrojarle sin más al grupo de los incapaces que molestan con su continua ansia de estar ahí.
No es que la otra persona no exista, sino que, existiendo, el ninguneador le resta la suficiente importancia como para hacerle ver que nada significa. Y no basta con que se le ignore, se le difumine o menosprecie, merece que los otros también le resten valor, le volteen la cara, sean ajenos a su molesto respirar. El ninguneador ensalza a otras personas con las que congenia, les hace saber ante quien aborrece que ellos sí son alguien, que ellos sí pertenecen a un selecto grupo social, que ellos sí tienen las cualidades necesarias para ocupar un puesto, un lugar entre sus amigos, admirados o elegidos. El ataque es oblicuo para que el ninguneado se dé por entendido, para que no responda a quien no le habla.
El ninguneo es, después de todo, una herramienta de manipulación. Su propósito: reafirmarse a costa del otro. Este acto conlleva una tragedia para el ninguneador, ya que tanto necesita ningunear al otro que termina por —paradójicamente— visibilizarlo (no hay mayor afirmación de la existencia del otro que el ninguneo que se le practica).
Es posible que los ninguneados sean piedras en el camino que el ninguneador use a modo; lo importante es el camino que hace con ellas. Deben saberse piedras, meras piedras que no merecen ser consideradas sino como tales. Por ello les da la espalda; no están invitadas a la fiesta. Quizá el ninguneador ha hecho un descubrimiento: el ninguneado pone en riesgo la imagen que tiene de sí mismo. Ante esta desagradable evidencia, practica con cierto regusto una y otra vez la humillación para que los mismos ninguneados, los borroneados, se retiren sin que en adelante haya que enfatizarlo, que aprendan a difuminarse, desconcertados: fuera del concierto armonioso de los hechos en que sobran, son desechos. ¿Qué necesidad tienen de que se les dé la espalda una y otra vez, de que se los haga a un lado con el codo para marginarlos en la foto? ¿Es que no han aprendido a desaparecer? Piensa el ninguneador: “Vomito el significado de aquellos a quienes ninguneo, un significado que me agrede por solo existir, porque me caen mal, porque alguna vez recibí de ellos algún desprecio o indiferencia —real o ficticia—, porque son buenos en algo o porque se me da la gana y ya, porque yo solo me trato con gente a mi modo, con quienes saben vivir la vida como yo, no con esos que son mero estorbo”.
Ritual social, es el ninguneo una afrenta al otro, a ese otro del que se abomina. El truco está en que sea consciente de qué tanto es nada. El ninguneo tiene que ver con que esos nadie sepan que no deben apartar un sitio en la mesa, no deben ocupar un puesto en la familia, entre los amigos o los colegas: es imposible que alguien les dé un lugar a menos de que sea otro nadie, otro más que se les una para ningunearlos en conjunto, hacerles ver la nada que son, que deben sentirse, los nadie cuya existencia inexplicable el ninguneador aborrece porque en ellos proyecta su propia nada, la nada que cada uno terminamos por ser en este mundo que sigue su trayectoria indiferente.

domingo, mayo 20

Los elogios

Un soberano estorbo cuando quien te los regala ni siquiera conoce el producto, el objeto, la cosa por la cual te elogia. Suelen ser vacuos, meros instrumentos de halago que te vuelven débil, discordante, empalagado. Vomito los elogios falsos, aquellos faltos de realidad. Te cubren de una ficción con fines prácticos: usar tu debilidad para que les permitas hacer lo que desean, para que tengas hacia ellos la actitud adecuada, para qué soy bueno, en qué puedo ayudarte. El elogio es perverso cuando viene de una voluntad de control. Quizá sepas que lo que dicen es equívoco, pero de todas maneras decides corresponder con una sonrisa húmeda de satisfacción, sentirte halagado por un hecho que no puedes comprobar, que no descubre tu naturaleza. Bastardo, infeliz, si el elogio es algo benéfico que ahora manchas con tu incrédula lengua: un ungüento de savia emocional en el alma ávida, herida.

sábado, febrero 3

Soy adicto a los diccionarios

Me da pena decirlo en público desde que en una ocasión –ah, los tiempos de la preparatoria– la novia de un amigo se escandalizó ante mi entusiasmo por abrir el libro y buscar palabras con gesto de satisfacción mientras descansábamos sobre el pasto húmedo en el Parque de las Estrellas. Nunca más volví a mostrarle a nadie mi mal hábito, y cada vez que tenía la necesidad vehemente de sacar de su escondite mi Larousse ilustrado de pastas azules, volteaba en todas direcciones para cerciorarme de que nadie era testigo de cómo recorría la yema del índice por entre la traslúcida página de arroz para hallar, por ejemplo, la palabra bifurcado. Esta palabra fue una herencia directa de El jardín de los senderos… de Borges. Es más, acuso a Borges de ser el culpable, el verdadero, de esa manía que no he podido erradicar ni aunque haya conseguido ser aceptado en este grupo de Adictos al Diccionario. Sé que algunos de ustedes suelen indagar vocablos de corte científico como corolario, segmentación o fisionomía. Otros se embelesan con tocino, almendra, alcachofa. A mí me apasionan aquellos que nunca antes he escuchado ni leído y considero un reto menor, si bien no por ello menos valioso, pronunciarlos frente a los niños esperando que no lo perciban sino como juego, que mi charla sea producto de la naturalidad y el desparpajo. Desparpajo es una de mis palabras predilectas. También predilectas. Y a rajatabla. Otras que no me dejan dormir desde hace años de solo repetírmelas y saborear su efecto evanescente han sido devenir y cohabitar. No habitar, sino cohabitar. Incluso escribí un poema en el MS-DOS de mi computadora 286 con esa palabreja: “al amanecer ellos cohabitan sus recuerdos”. Entonces todavía admiraba la rancia belleza de la poesía y hasta me obsesionaba con la musiquita interna que despierta la psique cuando proliferan los ritmos y las vibraciones de las cuerdas vocales al decir, pronunciar, poner en entredicho ciertas sonoridades. Eso ya carece de interés para mí. La poesía va y viene, pero las palabras… el Larousse azul de más de mil seiscientas páginas y términos en múltiples e insuficientes géneros y modalidades ocupa un lugar de mayor categoría en mi librero que la Biblia, el objeto de culto que en la familia recibe a diario las cálidas caricias de una veladora y la devota custodia de imágenes cándidas. Si lo supieran los maristas con los que estudié, alzarían el grito al cielo. Cielos... recuerdo otro de mis desaciertos vitales, consecuencia de los malhadados concursos de la secundaria: la ortografía. Qué angustia esperar año con año el veredicto de una academia colonialista y monárquica, aun y cuando me declaro ferviente demócrata, seguidor del revolucionario Sarmiento en cuanto a libertades del lenguaje, mientras abomino del pesado Bello que tanta desavenencia ha causado con su ortodoxia (una palabra en serio que ortopédica) a nuestra sintaxis. Pero he tomado fuerzas de la debilidad y la vergüenza para hablarles a ustedes por primera vez en décadas de la perniciosa costumbre que aqueja a cuantos nos hemos reunido después de tantas horas y días de ansiedad. Lo repito sin ambajes: soy adicto a leer palabras en el diccionario, al olor de su tinta impregnada en el papel e incluso a las serifas o palos secos de su tipografía, y se me llena de sangre el corazón cuando recorro los fonemas silabeando al derecho y al revés con lentitud de ánfora o de babosa o de nube o de burócrata sus texturas microscópicas. Por cierto, ya que algunos de entre nosotros han compartido generosos sus propios y perversos giros de la lengua, no veo por qué ocultarles que de vez en cuando, de adolescente, hojeaba furtivo la Biblia para detenerme ante el hallazgo: sustantivos excéntricos, presas fáciles para el diccionario. Nefilim, jeremiadas, fariseos. Nada como paladear, conjeturar con sus imposibles desinencias (otra palabra sugestiva, tanto como la palabra sugestiva). Lo digo en confianza. Imagino que en este momento quisieran consultar su María Moliner, su Clave o incluso su Wordreference en el celular. Quizá no se atrevan porque estamos aquí para sanar nuestra enfermedad. Pero créanme cuando les advierto de esas finas modulaciones de significado que distinguen a ciertas palabras subversivas, como acechar y asechar. Se sonríen, lo sé, porque comprenden de qué les hablo.

jueves, febrero 26

Los malos bailarines

Bailar es comprender en otro el ritmo del propio cuerpo. Eso se intuye. Lo malo del baile es que es contagioso, que nadie se salva de su insidia melódica, de su asedio. Y es que algunos todavía pensamos que el baile hace felices incluso a los seres arrítmicos, cacofónicos. Eso sí, no tendría chiste bailar sin gozo. Tal vez se baile mal porque se proscribe el ejercicio pleno de ese derecho, conjeturaría no sin dudas, pero mejor sería, en un sentido inverso, arriesgar una paradoja: que bailar mal, si bien gozosamente, no es tan malo. Es el gozo de la danza el que invoca la armonía.
Hay algo de misticismo en esto del baile, así lo hagamos con dos pies izquierdos. Considerarlo con humor quizá conlleve la salvación. Quizá aquella compañera que nos sacó a bailar con la esperanza de que nuestras tercas excusas eran solamente un recurso de la modestia, termine también tomándolo con humor. “Fulanito baila peor que tú” o “Solo te falta práctica” son dos expresiones que con optimismo podemos dilucidar como elogiosas hasta el instante en que nuestra alegre compañera se va a bailar con otro.
Y no aprendemos, no tenemos por qué, solo somos mosquitos admirados por el resplandor de ese otro cuerpo con el que deseamos zarandear el aire, con el que procuramos establecer un vínculo de ligereza. Pero los matices con los que nuestro cuerpo se desenvuelve terminan por traicionarnos, a los pésimos bailarines: hasta oímos rechinar cada una de nuestras pesadas articulaciones. Y ahí vamos, optimistas recalcitrantes, a intentar de nuevo vencer al dragón del ridículo. Desafinados alquimistas, embrollados en el ritornelo de un cíclico fracaso, buscamos una y otra vez convertir en baile nuestro escamoteado deslizar por la pista, para algunos símbolo de la vida.
Qué difícil es aceptar que está de más la teoría en la que nos desplazamos tan libre y fácilmente, con una agilidad que al cuerpo le parece estar vedada. Pienso, de cualquier manera, que para los necios cabe una pequeña esperanza. Para los desfasados de cualquier cosa que huela a ritmo, bailar es más difícil que ganarse la lotería. El cuerpo que vemos allá, aunque cerca, a la distancia, ocupando el espacio con soltura, con fruición gozosa y en sintonía con otro cuerpo, se nos presenta tal una mera utopía. ¿Dónde está nuestro cuerpo cuando se le necesita? Lo que en ese momento imita la danza es apenas un amasijo de huesos y nervios con voluntad autónoma, un sistema de órganos desfasados. King Kong y Godzilla en cruenta batalla semejan dos gráciles pajaritos al lado nuestro.
Hay quienes abominan del baile, echan sobre él la carga entera de sus maldiciones, resistiéndose a cualquier intento esperanzado: nunca son suficientes los certeros dardos de su ironía… hasta que caen en su propia trampa. ¿Saber bailar es saber sintonizarse? Con todo, los que sin conocer los vericuetos del baile nos atrevemos a dislocar el cuerpo, impelidos por un algo que nos llama con irresistible fuerza de atracción, solemos chocar contra el muro de otro cuerpo que, más temprano, más tarde, pretexta ir al baño o retirarse a la soledad de la barra a esperar otro cuerpo con el cual sintonizar.
Las pruebas empíricas parecen comprobar que, obcecados en apropiarnos del ritmo, lo exageramos, nos dejamos llevar sin delicadeza. Tan preocupados por poseerlo, ganarlo a fuerza de voluntad, terminamos contra él enfrentados, nos convertimos en acérrimos enemigos de esa armonía que tan maravillosamente discurre en los cuerpos armónicos y dúctiles.
La verdadera catástrofe en estos casos estriba en desear la armonía sin llegar a concretarla. Sea cual fuere nuestro stock de pasos en reserva, si el cuerpo no nos pertenece estamos perdidos, si no nos apropiamos de él, o, mejor, si el ritmo no lo posee. Qué va. Cuántas veces simplemente nos sonreímos y ahí vamos, oh reincidentes, a invitar a una nueva pareja al baile, a la aventura, haciendo caso omiso a las advertencias de naufragio. Quién sabe si, aunque nuestros movimientos carezcan de gracia, ganen al menos un poco de simpatía.

lunes, septiembre 15

¿Para qué las antologías?

En México corremos el riesgo de que las antologías poéticas sean, aun de rebote, otros tantos instrumentos de terrorismo cultural. Saltan a primera vista las exclusiones y los excesos, el egocentrismo y el autorreconocimiento. Hay una gran tradición que asimilar y es natural que surjan preferencias en tal o cual sentido cuando integramos esas bibliotecas personales que compartimos a un público esperemos amplio. Es esta noción de la poesía y de su publicación y reunión para el goce la que interesa, la razón de que, en el intento de esquivar pretensiones, algunas antologías asuman su rol con desenfado y se reconozcan a sí mismas reflejadas en un espejo quebrado o incompleto. De ahí que, aun cuando sean dispositivos de lectura gregarios y de exclusión, pongan en la perspectiva de quienes se aventuran a leerlas su esencia temporal, limitada, tal vez instantánea, mediante la autocrítica y la honestidad intelectual. Se agradece contar con poemas cuya lectura de otro modo estaría fuera de nuestro alcance. Poemas que de sí ya desbordan cualquier sentido de elección: aquellos que más bien seleccionan a su lector, su escucha o espectador. Después de todo, la poesía es por mucho una actitud reactiva del lenguaje. Y claramente ignora dictaduras.

martes, mayo 27

Sobre los pedantes

La pedantería tiene raíz en una cualidad respiratoria. Al pedante le falta aire y se le cierra la garganta, por lo que engola su voz. Una situación muy lógica si tomamos en cuenta que en esos momentos "se da sus aires" de ser poseedor de cierta cultura, gusto o apreciación. Se da unos aires que le faltan, de ahí que se le asocie, para ridiculizarlo, con aquellos sonoros vientos que más bien se relacionan con los desechos físicos. El pedante cae mal; es indigesto. No respira con fluidez. Lo escuchamos desfasado, muy sobre ese tono que la naturalidad confiere. Su artificialidad, con todo, no pretende ofender, sino tan solo posicionarlo en un grupo social o comunidad en que para ser aceptado hace exactamente aquello que le aleja de ella: asumir un papel que no le corresponde, el de una enciclopedia portátil, errática, como un anticuado y rígido maestro con una vara para atosigar a los otros, ignorantes, que ojalá se den cuenta de que hay quien les puede sacar de su pobre estado no de ignorancia, sí de falta de aprecio del genio natural. ¿Por qué no me aceptan si a cada rato compruebo que estoy hecho para todos los temas y mis oportunas intervenciones no desaprovechan la mínima oportunidad de hacerlos mejores de lo que son? Se encuentran, nada menos, ante alguien que supone que saber demasiado –un acto tan poco oportuno como una ventosidad– le dará un lugar especial entre aquellos cuya amabilidad desea y, más allá, o más acá, sinceramente su amistad o, ya que no la posee, su admiración. Gomoso, pedorro, engreído, sabihondo y, en fin, execrable y digno de rechazo: ese es el pedante, quien después de todo apenas si anhela una migaja de la alegría destilada por un puñado de personas que se llevan bien entre sí pero evaden con desprecio a aquel que en vez de actuar (respirar) con vitalidad tan solo emite al hablar esos mórbidos sonidos que harán huir al más hipócritamente bondadoso.

domingo, diciembre 31

El ejercicio de la nostalgia

A veces uno cree saber mucho de lo que habla. Enumera los directores de cine a los que ha llegado a querer, los autores en los que se reconoce y hasta los que ignora, la música convertida en historia de los géneros, en actualidad. Recuerdo que una actitud contraria llevaría a Murena a una aventura alucinante por los misterios del anacronismo en busca del sentido del arte, al que comprendía en la vía de la metáfora. Yo no voy tan lejos, ni siquiera en esa valoración. No sé, supongo, creo, que el verdadero momento en que, por ejemplo, sabemos de música, es aquel en que la disfrutamos, si bien antes o después de escucharla, la sola mención de ciertos nombres nos liga en la memoria con esa sensación experimentada e inexplicable. Quizá hace mucho descubrí a un David Bowie improvisar ante un micrófono radial de la BBC, en una colección difícil de conseguir. O los acordes y silencios de Mark Knopfler al interpretar “Private Investigations”, en los comienzos de mi adolescencia. Pero al recordar, el tiempo parece contraerse y borrar la noción de lejanía, las distancias que se oponen a lo vivido –atentamente vivido, como proponía Xirau. No lo sé. De lo que sí estoy seguro es que ciertos nombres son algo más que rótulos y su sola mención es capaz de devolvernos aquello de lo que alguna vez perdimos una intensidad que era necesario recobrar, aunque fuera sólo como el mero atisbo de un fragmento o astilla de eternidad bosquejada mediante el ejercicio de la nostalgia.

jueves, agosto 31

Viajar

Viajar es respirar con un ritmo diferente al habitual y, por tanto, pensar en otra frecuencia. Sentir también, si tomamos en cuenta la muy oriental actitud de sentir lo que se piensa y pensar lo que se siente. Yo creo que pensar y sentir, en sus mejores momentos, son una misma cosa. Viajar, pensar: ver, conocer, desplazarse hacia un espacio por habitar, ajeno por principio, al menos hasta que tanto nos reconocemos en él que urge otro desplazamiento. Hay quien viaja al detenerse en los arabescos y oleajes de una alfombra, improvisados sucedáneos o atajos herbarios aparte. Hay quien, aunque se dirija a un lugar ignoto, nunca se ha apartado de sus propios pensamientos (¿sentires?). Cuando se viaja no se sabe nada. Al menos yo no sé nada. Uno olvida todo aquello que antes leyó o le dijeron debía visitar o tener en cuenta una vez que ya está ahí o en lugares de los que nadie le habría sabido decir nada. Se deja llevar, que el paisaje lo descubra. Viajar, pienso, es contemplar, es templar un tiempo no nuevo (¿pues qué tiempo no lo es?), sino más bien consciente y, así, concebir ese ritmo al que antes aludimos, escuchándolo con el cuerpo entero, poco importa qué tan lejos vayamos o cuántas veces. Nunca vamos a donde mismo. O sea, lo que ningún viajero ignora: viaje es destino. Lo más elemental quizá sea incomunicable. Viajar es, también, convocar: un niño frenético y descuidado choca contra mis piernas en una calle subterránea de Shangai, cinco adolescentes en camiseta juegan basquetbol de noche, rebotando su balón contra los muros de una antigua fortaleza china en Jinan... Una mujer joven, de cabello largo y rubio, vestida de gabán, camina bajo un cielo nublado para atravesar la calle del Norte hacia Corrientes en Buenos Aires, sonriendo para sí, como tantas más en esa ciudad… Otra muchacha indígena, de piel broncínea y pies descalzos, recorre, a media mañana, con la cabeza erguida y la cabellera lacia, bruna, junto con su madre, pequeñísima y apurada, una carretera que desemboca en la ciudad de Guatemala… No hay significados más allá de los hechos, de sus detalles, inventados o no. Pienso, siento: todo es real, aun lo irrealizable. Viajar o inventar, da lo mismo, dan algo más que lo mismo: imaginar, vivir o hacer como que se vive, viviendo. El gerundio es importante. La experiencia se estira, se apropia o retiene (dejándola ir luego con suavidad) al igual que la pronunciación de la ene y la de contra el paladar… nos desembaraza de todo lo que ella no sea, trayendo consigo, si de verdad ha habido desplazamiento, lo inesperado.

M 31 08 06

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viernes, octubre 21

El principio de la locura

Descontextualización quizá sea la palabra necesaria para señalar el principio de la locura (la locura como principio universal), una locura que como todo defecto remarcado y llevado a niveles suficientes de necedad e insistencia, a fuerza de tesón lograría adjudicarse, con razón, por paradójico que suene, el título de virtud. Y es que esa posición al margen hace de la autoexclusión un mensaje, sin pretensión de serlo, y mejor dicho un fenómeno constituido en mensaje (visto así desde fuera, desde la supuesta cordura) contra la misma línea que le define como tal, un mensaje o balbuceo que entroniza la lógica de la ilógica, opuesto a toda gramática fija del comportamiento. La locura, razonablemente, no carece de nada, ni siquiera de razón, puesto que no aspira a ella (ni a algo en particular), de allí que siempre logre sus objetivos, que tal vez debiéramos llamar subjetivos, para precisar. Pero la locura del lenguaje –limitándonos a un campo particular–, como el juego (esa locura bien legitimada en ciertos contextos, no en todos, y atacada como tal en otros), obedece a una disciplina de la reglamentación, unos principios básicos convenidos con la propia conciencia. Cada loco con su tema, solemos decir, y los poetas lo oyen sobre sí sin inmutarse, con cierto orgullo del incomprendido por firme decisión personal, y apenas medianamente entendido, no sin esfuerzo. Si nos atenemos a las funciones del lenguaje sugeridas por Jakobson, de verdad que a la poesía bien le valdría nombrarse así, como la locura del lenguaje. Y los lectores, buenos o malos intérpretes de la conciencia, receptores de una sensación placentera para todo iniciado en las artes de la simbolización, cómplices a la escucha desde su diván de lectura. La poesía impone el reto de ser comprendida sin ser entendida, o al menos, de comprenderse a pesar de haberse entendido. Porque el loco es emocionalmente comprensible y tedioso de entender a menos de que se llegue a partir de la desviación, del laberinto en el lenguaje que raya en el aparente atajo, a una mejor complicidad. Descontextualización, se dijo, y se quiso decir más bien transcontextualización. Juego, divertimento. Una rebeldía contra la irrealidad de la realidad, contra la objetividad, o sea, la legitimación de una nueva realidad que hace vibrar los cimientos de la seguridad, que aborda el riesgo de desplazarse en el vértigo de la incertidumbre. La locura del lenguaje, y en su corporeización indispensable, el poema, es una máscara que, al proveer a su portador de un régimen de conciencia que le sobrepasa, le dota además de cualidades universales, de la probabilidad de ser otro, todos y ninguno, nadie. Cuestionamiento más plenamente que afirmación, o afirmación no de la duda sino del misterio que encarna al fin el deambular por eso que llaman realidad y termina siendo otra cosa inabarcable, nunca sólo aquello, esto. Sobre todo, enfermedad que sana al lenguaje, con esa su capacidad histriónica que a veces llaman ficción o mentira, de la verdad, y le descubre muchas de sus verdades, o como dirían algunos, le saca sus trapitos al sol, sin apenas percatarse de ello.

(Publicado en Parque Nandino núm. 4)

martes, septiembre 20

Nota

He aquí el libro que poco a poco armé mientras colaboraba cada semana en El Informador con una columna titulada "Temporal". Finalmente decidí juntar todos los artículos y seleccionar aquellos de entre los menos peores, a instancias de León Plascencia Ñol. Y como en el mundo editorial al parecer lo que más hay que educar es el sentido de la paciencia, pues me conformo, por ahora, con poner el librito aquí, completo. La mayoría de los artículos fueron leídos como colaboraciones para el programa "Señales de Humo", de Radio UdeG, el año pasado. Para quienes les sobre tiempo y ganas, dejo De la música el silencio, dedicado a la memoria de mi primo Toño.

viernes, enero 17

Reconstrucciones

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Es el silencio la transparencia del tiempo. Algunos llegan a él haciendo poemas, otros creando espacios arquitectónicos o mediante la música. Hay quienes pintan con la esperanza de atraparlo en cada pincelada. No basta todo el tiempo para retenerlo. Mientras tanto, es bueno saber que lo sostenemos por unos instantes que parecen eternos en nuestras vidas. Es bueno saber que llega un momento en que el silencio es absoluto.

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La angustia: una opresión en el pecho que descentra, una sumisión a la desesperanza. Carencia de voz, de aliento, experiencia de inmovilidad, juego de espejos que reflejan puertas cerrándose por todas partes adonde se mire: se trata de una de las más intrigantes argucias del miedo, es un temor al transcurso del tiempo y a lo que en el tiempo espera.

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El arte redime los demás tiempos, los dejados atrás, los posibles y los venideros, en una presencia total, sugerida, realizada, a partir de materiales temporales.

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Se niega la angustia a ver el sentido del tiempo. No obstante sí ocupa un lugar entre los niveles de percepción del arte: nos vuelca a la búsqueda de aquel tiempo en el que antes podíamos sumergirnos con fe.

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Si hay quienes huyen de la hoja en blanco aterrorizados por el vacío que experimentan, también hay quienes se aventuran por los rincones de su existencia hasta lograr ser ese vacío de la hoja en blanco.

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En poesía se trata de no tener una imagen de nadie ni de nada en especial, sino que la imaginación por sí misma se descubra conocimiento.

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Si olvidamos la magia en nuestra vida, la vida se olvida de nosotros.

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No es lo mismo tener palabra que tener palabras.

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El que escribe intuye que la vida es más vida en cuanto escribe.

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Escribir es asunto de intimidades públicas.

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Lo que muere es aquello que no nos pertenece.

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Prometer sí empobrece, si no se cumple.

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El tiempo pasa en los poemas, pero no de largo.

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A las palabras se les deja atrás antes de que ellas se nos adelanten.

jueves, diciembre 26

Soñar

Dormir o soñar despierto. Soñar, a fin de cuentas. Dejarse llevar. Los símbolos son sin necesidad de hacerlos conscientes: ellos mismos nos dan conciencia. Y es que los sueños, por sí mismos, son también vida. ¿Habría que buscar explicación a la vigilia en la vigilia y a los sueños en los sueños? Lo cierto es que los sueños pueden regir nuestra vigilia, ser respuestas a preguntas innumerables veces nunca elaboradas del todo. Allí reside una de las convergencias de los sueños con la poesía: hay poemas que son como sueños. Comprensibles o no al primer intento, son un acto de rotunda liberación. No obstante, concuerdo con Vicente Huidobro cuando afirma que en el poema el poeta pone en función –en tensión– su mejor conciencia: su atención. Su imaginación. Los sueños son incontrolables. Igual los poemas, que hacen lo que quieren. ¿Entonces? Bueno, pues que la ensoñación de ciertos poemas nos revela un sentido: sabemos que el lenguaje llegará a algún lado, de algún modo, aun cuando sea para señalar que no existe lugar al cual llegar. Pero ya es algo. Hay que internarse en el lenguaje, dejar que nos envuelva, aguzar el oído. Cabe aclarar, de este modo, que no es lo mismo recordar un sueño que soñar, puesto que el sueño es el hijo rebelde de la memoria. Y en el poema de vez en cuando, valga decirlo, soñamos. La vigilia se vuelve más real cuando se le sueña. Si la vida no es sueño, al menos nos ha sido dado el don de transformarla.

martes, diciembre 3

Escuchar

Dejar de escuchar es dejar de estar en el mundo, es dejar de saber del mundo nuestro de cada día e instante para situarnos en la nada envidiable nada. Si mirar es mirar el alma, una esencia sin tiempo, atemporal, escuchar es oír el ritmo con que el alma participa del concierto a veces desconcertante del mundo. Cada cabeza, nos dicen, es un mundo; cada cabeza es un lenguaje en busca de la comprensión de otros lenguajes, supongo. Los amigos, que tanto ensalman la existencia, lo son por su capacidad de comprender y participar de nuestro lenguaje, de hacer común un lenguaje. Digo esto a sabiendas de que no es fácil escuchar, en la idea de que escribir, también, es un acto rítmico, un acto de oyentes, de comunicación. No hay escritor que no busque ser oído, aunque para esto bien pueda poner sus condiciones. Ni qué decir los músicos, y quizá coincidan pintores y escultores en que la composición de sus cuadros o esculturas expresa el ritmo de una música. Escuchar al otro es reconocerse a uno mismo y es también, entreveo, otra manera de llegar al silencio, un buen silencio: el de aquel que se sabe acompañado. El otro, en el anverso de la moneda, aquel “infierno de silencio”, como le llamaba un amigo, no es sino incomprensión del ritmo de la vida: confusión y miedo devienen de una carencia de lenguaje, de una imagen falsa de sí y de quienes nos rodean. No es que tenga que haber un solo lenguaje, sino que es necesario reconocernos en los múltiples lenguajes que con nosotros se relacionan, o nos buscan (o se dejan hallar) para relacionarse.
Solemos olvidar que escuchar es un acto de amor.

jueves, noviembre 14

Mirar

Nada cuesta más trabajos que mirar a las personas, realmente mirarlas, a los ojos, esas ventanas de nosotros mismos que quisiéramos muchas veces polarizadas, pero no, muestran el interior de la casa, lo querido y lo no querido, lo deseado y lo indeseado, porque mirar es también dejarse mirar. Pocas personas son capaces de semejante transparencia. Nos traspasan hasta la pared de atrás y nos duele ser conocidos no sólo por ellas, también por nosotros mismos, que entonces aprendemos más de lo que podríamos haber imaginado. La poesía, valga decirlo, es mirada. La poesía de la realidad y la realidad de la poesía en el lenguaje. Primero hay que mirarse a sí mismo. No se necesita abrir los ojos para mirar –esto me lo ha enseñado alguien que sabe mirar y mirarse. “El cántaro roto” de Paz es un poema que mira con los párpados cerrados. No se mira nada más con los ojos, aunque no haya, según creo, mejor mirada que ésa. Los oídos, el olfato, las manos, la piel, miran y se dejan mirar. Ello da miedo, es lógico, pues si no cualquiera lo haría y en todo momento. Los poemas nos miran cuando les miramos, nos tocan cuando nos atrevemos a tocarlos, o nos sueñan y por ellos somos capaces de soñar. Lo mejor o lo peor de mirar es que nunca basta con una sola vez. El flujo de la vida, gozosamente, nos invita a descubrir aquello que al fin hemos venido a ser:

jueves, octubre 17

Sentido

Cada palabra poética lleva en su articulación la intuición del momento final, de ese tiempo sin tiempo, sin futuro ni pasado, el sueño de la nada, la otra cara del ser; al reverso de la palabra, de esa vitalidad sin límites, sólo hay silencio. Digo palabra poética por nombrar la carga de sentido del poema. Voz que es carga de silencio porque está destinada a callar. El último punto espera (o su ausencia). Aunque también hay ese homenaje al devenir: allí “Piedra de sol”, digamos; pero ése es tiempo que igualmente muere, que se renueva y renueva, que es sucesión y nunca el mismo, nunca anda los mismos pasos, aun si los da con las mismas palabras, porque ya son otras: las que en un principio leímos o escuchamos, han muerto. “Piedra de sol”, tiempo transcurriendo. ¿Por qué sentimos angustia ante el paso del tiempo? Y sin embargo el silencio embarga todos los sentidos de sentido. Le da tiempo al tiempo.

viernes, agosto 9

Libertad propicia

El enojo, en un primer nivel, y de allí la ira, no respetan niveles ni reglas, provienen de un no tener lugar, una frustración del ego que a gritos pide acomodo en un espacio que es para todos, de todos, y en el que cada uno reclama –si no le es dado– lo suyo. Así, la ira irrumpe luego de haber cedido nuestro íntimo espacio, nuestro espacio social o profesional, por el motivo que sea (que nunca es suficiente para convencernos) a favor al fin de una artera práctica del poder. Un poder que carece de conciencia, que niega o disimula el derecho ajeno, del otro. La ira es una exigencia del ser contra los abusos y artimañas de una voz que detesta ser interpelada y se asombra de tener ante sí la humanidad de un interlocutor. Nombres: Rousseau, Martí, Zapata. Movimientos: el romanticismo, el modernismo, las vanguardias. Las revoluciones. La ira reclama con violencia el derecho de nuestros pulmones de respirar a sus anchas, deja ver el fuego que ya nos quema las entrañas y hemos de sacar a toda costa si no queremos perecer calcinados por el terror de desaparecer tanto del mundo que nada quede de nosotros. Carácter el de un revolucionario, ira ojalá que inteligente. Ira que reclama, cuando todo parece carecer de arreglo por vías alternas, su habitación, su casa, su colonia o país. Su palabra. Esgrimimos así nuestro derecho a ser escuchados y tratados como personas importantes, como cualquiera. Hasta entonces no habíamos sido capaces de atentar contra los artilugios de tal o cual autoritarismo. Esa fuerza rezagada, cada vez más amontonada en el interior y con menos espacio para moverse, ha de manifestarse. El enojo nos avisa, en primera instancia: algo o alguien restringe tu persona, defiéndela, de ti, de otros, de ese algo. Y la ira, erupción, actúa a costa de lo que sea. Lo malo es que puede llegar a tener personalidad propia. Y puede también ser cobarde: desquitarse con los más débiles o indefensos. Pero nos espeta: si no lo haces tú, lo hago yo; si no te das tu lugar, te mostraré que debe hacerse, y a como dé lugar. Si nos hemos menospreciado a nosotros mismos, la ira actúa de igual modo. Si nos hemos respetado, y el menosprecio proviene de fuera, la ira recobra por la fuerza el lugar que se nos ha quitado con sutiles o manifiestas vejaciones, intrigas o la simple y llana indiferencia hacia nuestra existencia, los derechos que nos son propios, nuestra libertad.