En México corremos el riesgo de que las antologías poéticas sean, aun de rebote, otros tantos instrumentos
de terrorismo cultural. Saltan a primera vista las exclusiones y los excesos,
el egocentrismo y el autorreconocimiento. Hay una gran tradición que asimilar y es natural que surjan
preferencias en tal o cual sentido cuando integramos esas bibliotecas
personales que compartimos a un público esperemos amplio. Es esta noción de la poesía
y de su publicación y reunión para el goce la que interesa, la razón de
que, en el intento de esquivar pretensiones, algunas antologías asuman su rol
con desenfado y se reconozcan a sí mismas reflejadas en un espejo quebrado o
incompleto. De ahí que, aun cuando sean dispositivos de lectura gregarios y de exclusión, pongan en la perspectiva de quienes
se aventuran a leerlas su esencia temporal, limitada, tal vez instantánea, mediante
la autocrítica y la honestidad intelectual. Se
agradece contar con poemas cuya lectura de otro modo estaría
fuera de nuestro alcance. Poemas que de sí ya desbordan cualquier sentido de elección: aquellos que más bien seleccionan a su lector, su escucha o
espectador. Después de
todo, la poesía es por mucho una actitud reactiva del lenguaje. Y claramente ignora dictaduras.
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PRUEBA
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