viernes, julio 28



Acusaron a un poema
leído entre cervezas
de acartonado.

Un poema de cartón:
me agrada,
es reciclable.


jueves, julio 20

Los árboles

¿Qué dicen los árboles?
Por más que he intentado
escuchar sus balbuceos
con mis oídos ruidosos,
termino por recargarme en uno de ellos
llamado ailanto, o ceiba, o naranjo.
Me llaman con las claves extrañas
que lleva el viento en sus manos roñosas,
con sus hojas que me rozan un hombro
o se clavan en una espina
de sus propias ramas o ajenas.
O al menos yo presiento que me llaman
y no sé si todo ocurre dentro de mí,
como el espacio y el tiempo.
No hay nada que agregar al lenguaje
de los árboles enfermos.


miércoles, julio 19

HBO+

En busca de una serie
tropiezo con Gregory House.
Patina por el pasillo
como un niño
pensando en otra cosa.
Los dos caemos,
mi boca besa el piso.
El doctor me da una palmada
en el hombro
desde el que se apalanca
para incorporarse:
me deja tirado,
como a un automóvil
con la marcha
averiada.


lunes, julio 10

Escribo

No tengo cuidado de mí,
me importa nada si me rasuro,
si mi barba tiene un crecimiento volcánico
o se vuelca en breves retoños
que apenas asoman curiosos
son decapitados.


Soy el amo de la idea.


domingo, julio 9

Como fantasmas escabullidos de mis sienes

Una mula de hoja de maíz
me mira como si quisiera
saber qué estoy pensando.
Un venado aúlla sin cuernos,
un venado de flores y de peyote y de vacíos
pequeñitos
que ya se fueron en mi mente a un sitio
al que posiblemente no regresaré a menos
de que sea necesario.
El camino del venado no es mi camino.
Tampoco el silencio del robot
que desde el lugar donde debiera haber un corazón
lanza luces amarillas.
Ni el del tren que ya no avanza
porque se caería del librero.
Quizá esté más cerca de ese gordo de tinta
que agoniza mientras lo miran los perros,
babean.
Estoy atrapado entre libros
y sillas.


sábado, julio 8

Si me enseñaras qué es el verde claro…

Estaría dispuesto a socavar mis relojes
tirando de una cuerda
hasta que caigan árboles secos,
pasionarias, el animal destripado en la carretera
donde mi voz tartamudea
al paso de rayas intermitentes.
Si me enseñaras a no ensañarme con el verde,
a liberar el acelerador
y olvidar que un auto contra el abismo
es un héroe incompleto.
Si me enseñaras a sacudirme el peltre
de la ropa, la pólvora de los dedos,
las ranas que saltan por las nubes
a punto de llover biznagas.
Si me enseñaras a transformar
el pan en la misa de las gallinas
que corren alrededor de una serpiente.
Si me enseñaras a descubrir
lo que sobra debajo de la lengua
cuando se está callado tanto tiempo
por hablar sólo con los árboles
mientras amarillean limones
y es tan fácil tocarlos para que caigan
con un pequeño ruido como de pasos
que no van a ninguna parte.
Si me enseñaras a convertir el agua de Jamaica
en el olor del vino con sus violetas
al centro de mi frente.
Si me enseñaras a volver atrás, al tiempo
de las raíces abrazadas con fervor a una piedra,
a un ave lenta, a los restos de una vaca
que alguna vez miró el lienzo de piedra
como si no pensara
más que en automóviles.

 

Antihéroe

No sólo no tengo corazón de superhéroe,
tampoco quiero serlo.
Quizá más bien descubrí
que es imposible
traspasar los límites de una idea
sin sufrir pérdidas, grandes sacrificios
en lo profundo de la mente,
en ese revoltijo de trapos viejos
y joyas de utilería.
Otro piensa en mi lugar
detrás de la máscara, yo soy sólo
este cascarón de mueca feliz
con dos hoyitos
a través de los cuales mira
el mundo arder
como una hoja de papel
con un mensaje de amor
que ya no le sirve a nadie.