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martes, diciembre 10

Amor por los animales



Crónica de la visita de Fernando Vallejo a la FIL de Guadalajara 2013


De sobra es conocida la postura de Fernando Vallejo respecto del mundo en que vivimos, su incredulidad, desapego y crítica feroz contra autoritarismos, ignorancias e ideologías, y en sí todo aquello que termine dañando a los animales.
A diferencia de Yves Bonnefoy cuando charló también con unos mil jóvenes en el mismo Salón Juan Rulfo hace dos días, no parecía despertar en muchos de ellos los más tiernos sentimientos ante sus canas. En el centro del escenario, un delgado Vallejo de amplia frente habla sobre el origen del universo y continúa, con apenas breves pausas en las que se concentra de nuevo para hilar su discurso, con una astringente crítica a los distintos cristianismos y otras religiones como el islam y el budismo.
No tardó ni 15 minutos en salir el primer contingente de adolescentes, unos cinco o seis, sorprendidos e indignados de que llamara al catolicismo una mitología más, un invento de Roma, y que despotricara contra Juan Pablo II acusándolo de ser una alimaña inconsciente de la sobrepoblación: “No le recen porque no sirve, está en el infierno, que si no yo le pediría que me consiguiera un amorcito”.
Entre Fernando Vallejo y un público dividido en opiniones, sólo media un inofensivo micrófono convertido en arma letal. La Biblia entera —excepto algunos versos del Libro de Job y del Eclesiástico—, el papa Bergoglio, dictadores… todos desfilan hacia el matadero de las descalificaciones entre risas nerviosas y más y más recuas de adolescentes que continúan abandonando asientos que no tardarán en ser ocupados de nuevo por quienes escuchaban de pie o querían aproximarse.
“¿Cómo es posible que Cristo haya mencionado a los cerdos y las víboras para ofender a sus enemigos?”, cuestionaba Vallejo. “De entre los animales domesticados, sobre todo los perros y los cerdos son mis hermanos”. “¿Por qué Bergoglio, jesuita, no escogió el nombre de Ignacio en lugar de Francisco? San Francisco, que llamaba hermano a un lobo pero también a la luna, una materia inerte”.
Los dientes apretados abundan a uno y otro lado del salón, y Vallejo parece contento de escandalizar a gran parte de los asistentes a su charla en uno de los históricamente bastiones cristeros del país. Aquí y allá, sonrisas nerviosas o francas risotadas ante las opiniones del autor de La virgen de los sicarios. No habla de literatura, ni de cine, ni de música —algunas otras de sus pasiones—. “Eso aquí no les importa. Vengo a exhortarlos a amar a los animales y, si no son capaces de hacerlo, al menos respetarlos”, sentenció antes de despedirse derrochando elogios a la FIL de Guadalajara.

Publicada en “El Informador”

domingo, marzo 24

La conversación es un juego de billar



(encuentro con Martín Gambarotta y March en el bar San Bernardo)

Las ideas van de un lado a otro, buscan su punto de reposo. La tentación estriba en enumerar los hechos de mi estancia en Buenos Aires uno a uno, abrigar con la memoria los detalles sin excepción, es la tentación funesca. Más bien me gustaría ceder mi tiempo de revivencia, de escritura, al simple acto de tejer palabras, entramar frases, a la manera de mi abuela María, que se dedicaba a la costura.

Sé que de pronto, si continúo por el camino de las benevolentes noches en distintos bares de la ciudad, corro el riesgo de abominar yo mismo de ese machacar un acto repetido por mera necesidad biológica: el bar es el sitio para conversar con amigos que con suerte lo son una vez que uno se despide y traspone la puerta de salida, el espacio para poner en contradicción personalidades de tonalidades diversas y sacar provecho al tiempo intensificando los segundos.
La tentación sería, por ejemplo, escribir una fecha: 16 de marzo de 2013. Una cita: Martín Gambarotta, su novia March. Un sitio de encuentro: el bar San Bernardo. Y, el dato final: 23 horas. Quise tomar el colectivo 93 en Carranza para de ahí bajarme en Corrientes y caminar rumbo a la calle Acevedo. De haber llegado dos segundos más temprano a la parada y no demorar cinco verificando si tenía la llave en el bolsillo y la hora, habría arribado el autobús en lugar de ver su trasero alejarse Carranza arriba.
Me decidí por un taxi. El chofer me explicó que la preferencia de las calles era nula… avanzaba el primero que había metido la defensa. Por supuesto que ya me había dado cuenta de manera experimental.
No había anotado en mi cuaderno ni el nombre del bar ni el cruce de calles donde lo encontraría, confiándome –válgame– a mi memoria. Llegué unos quince minutos más temprano de lo acordado, me enfilé a buscar el bar, caminé por Acevedo, pregunté a los vecinos; un anciano de cabello largo y canoso me señaló la primera pizzería que se le ocurrió en una esquina. No, no era en Acevedo, unos muchachos me enviaron a Corrientes.
Fue el momento en que por fin la información me cayó como un veinte en la ranura del cerebro: ¿San Bernardo? ¿Un bar con nombre de santo? Debía haber alguna equivocación, me confié demasiado en mi memoria a corto plazo, la peor de todas –suelo tener un control mayor de los acontecimientos lejanos, tal vez porque la ficción cubre las lagunas de datos útiles.
Sin el nombre en la fachada, un bar con unas quince mesas de billar. Al entrar, un piso roto y descuidado que me recordó a ciertas cantinas en Guadalajara, al café Madoka –al que Rulfo era adicto. Pero esto era Buenos Aires, y el letrero mal que bien pintado sobre la barra, inequívoco: bar San Bernardo.
Me preguntaba por qué Martín Gambarotta me había citado casi a media noche. Pronto me di cuenta. Estaba embebido con el juego de billar de unos jóvenes como de dieciocho a veinticinco años, el chocar de los palos contra las pelotas, las pelotas unas contra otras o las paredes de las mesas. El mesero, un adusto buldog, me ignoraba. Yo, contento. Incluso usé una de las computadoras polvosas que tenían en un rincón para confirmar en internet los datos de la cita. No tomé la precaución de buscarlos en Google o Facebook para identificarlos, por lo que interferí algunas charlas para averiguar si Martín se hallaba entre los presentes: Martín y su novia estaban demorados.
No tardó mucho en llegar March, quien debió saber que se trataba de mí enseguida por mi facha impaciente. Nos saludamos emotivos: ella, por medio de la poeta Minerva Reynosa, me había guiado en mi búsqueda de alquiler en Buenos Aires, eso bastaba para dar al encuentro una nota de familiaridad.
March apenas había salido de trabajar, es periodista del diario Clarín, en la sección de Cultura. Y Martín, jefe de información en un diario que se publica en inglés… es decir, el tiempo no era algo que pudieran controlar. Me sorprendí de que el buldog que servía los tragos respondiera a su llamada con amabilidad. March pidió un fermet con Coca, una bebida un tanto de moda originada en la provincia de Córdoba, y yo una cerveza… el mesero trajo una Quilmes de a dos litros.
Conversamos hasta que no mucho después llegó Martín con rostro distraído. Se sentó un poco de lado, como estableciendo una distancia crítica entre ambos. En alguna charla con algunos nacidos en los ochenta, me decían que era uno de sus dioses tutelares junto con Fabián Casas, Washington Cucurto, Juan Desiderio, Alejandro Rubio y Daniel Durand.
Martín llegó con bastante hambre, así que pidió un sándwich al momento. Me preguntó si deseaba algo y ante mi negativa se dedicó a devorar el platillo que no tardaron en llevar a la mesa. Nuestra charla versó pronto sobre la vida cultural en México y Argentina. Anotó en la dedicatoria que me escribió en su libro Punctum: “Para Carlos, mítico editor de Metrópolis”.
La plática con Martín y su novia pronto tomó un cariz ameno. Desfilaron autores, personajes, anécdotas de su visita a México hacía dos años y de mi estadía en Baires ocho años atrás. Al final estábamos de acuerdo en que el chileno “Francisco” Zurita era el papa de los poetas y Gerardo Deniz un autor ineludible. Son pocas las mesas para quienes desean beber. El secreto es que en realidad todas y cada una son para el billar, así el juego sea la conversación.
Pero no quiero repetirme. No quiero terminar con alguna frase contundente cual martillazo de subasta que indique al último párrafo como vendido. No quiero decir que esa noche regresé a las cuatro de la mañana pensando en un próximo encuentro, ahora con uno de los tequilas que cargué en la maleta desde México. No quiero decir que fue una de las más entrañables conversaciones que tuve en Buenos Aires, con March y el autor de versos como estos (cito con maña e improvisación):

“…no hubo, no hay, mejor serie que Kojak,
ni máscara más concreta
que estas antiparras de soldador
para pasar la poda de la noche
neutra, no hubo, noche
neutra ni clara, no hay martillo
neutro ni pesado, no, que martille
agarrando el mango del martillo
para martillar con el martillo
la madera de los hechos, no hubo,
no hay…”.

Domingo 17 de marzo de 2013, Buenos Aires

Entre prensas y chapitas en el barrio Balvanera


Carta de Facebook a una amiga en Guadalajara
para Adriana Navarro

No sé cómo comenzar a describirte cómo me ha ido en Buenos Aires. Tengo ya una semana aquí y sería difícil revivir las distintas experiencias que me repito por la noche para no olvidar, o que medio describo en mi diario, a sabiendas de que muchos detalles me evaden. La terraza del departamento que alquilo en el barrio de Palermo, la calle Paraguay casi esquina con Carranza, enmarca las ramas de un cedro que no puedo dejar de contemplar y me tranquiliza. Cubre toda mi visión hacia el patio trasero del edificio mientras bebo abundante café y te escribo.
He estado paseando sin rumbo preestablecido por las calles de Baires (poco a poco me gano el derecho a llamarla así), acostándome tardísimo, durmiendo bastante y leyendo. Conseguí en un par de librerías de viejo de la avenida Corrientes unos relatos sobre viajes de Eugenio Montale, “Fuera de casa”; una novelita de José Bianco, “Las ratas”, que espero terminar hoy antes de ir en la noche por unas cervezas, y “El dueño del átomo” de Ramón Gómez de la Serna, un libro que me costó 20 pesos argentinos, con un aspecto que añeja, en el mejor de los sentidos, un título con pretensiones de actualidad: de color ámbar sucio, olor penetrante –firma el exlibris con letra manuscrita y sepia un tal Antonio en 1952.
También he visto a algunos amigos, entre ellos al poeta Daniel Durand. Para darte una idea de lo que hace, te transcribo de su libro “Ruta de la inversión” un poema entrañable que publicó en una revista tapatía que conoces:

Luz y oscuridad

Llego, entro, prendo la luz de la cocina
y sorprendo a las hormigas coloradas
puliendo los platos y cargando
todos los restos de comida.
No me molestan, pero mentalmente
las advierto sobre la superpoblación:
hasta ahora el ecosistema se mantiene.
Sin embargo, si consigo trabajo,
comeré más, vendrán amigos y mujeres,
habrá más restos, ustedes crecerán
y tendré que echar insecticida.
Sólo esta pobreza puede mantenernos
delicadamente unidos.

Fui al departamento de Daniel porque me convidó a cenar, allá por La Rioja y Venezuela. Aunque de origen provinciano –en Argentina, a diferencia de México, el adjetivo “provinciano” no suele usarse en tono despectivo por los de la capital–, en Concordia en el 64, pero al parecer vive desde hace mucho en Buenos Aires. Como es mi costumbre, me perdí un poco antes de llegar a su depa, así que pude deambular y observar las fachadas antiguas del barrio –entre papeles tirados, cáscaras de fruta y bolsas de plástico–, rodear algún par de hombres en harapos sentados con desparpajo en el suelo, botella en mano y cargando un diálogo contra seres imaginarios frente al hospital. Curiosamente, el kiosko-locutorio desde el que le hablé por teléfono para orientarme estaba justo frente a su domicilio.
Una vez traspasando la reja de la entrada –tomé una foto a sus detalles afrancesados– para llegar al departamento de Daniel hay que atravesar un pasillo largo, de unos veinte metros, tipo túnel del subte pero más estrecho, subir unas escaleras y toparse, en el rellano que sirve de pequeño vestíbulo, con una enorme prensadora de libros. Ya eso empieza a decir mucho de un poeta que se ha dedicado a publicar títulos memorables sin tener que tocar las puertas de ninguna editorial comercial.
Conversamos sobre sus impresiones de poetas argentinos y sobre México, de cómo lee tanto a amigos como a enemigos, y la gran cantidad de becas que hay en nuestro país para los artistas, algo muy poco común en el sur. Ah, y me dio un dato que no debe olvidárseme: acaba de publicar aquí Miguel Ángel Petrecca una antología de poetas chinos contemporáneos que he de conseguir a toda costa. El mismo Daniel ha estudiado algo de chino, y por cierto que hay chinos por dondequiera, haciendo negocios –de cualquier modo, lo que más abunda en su barrio de Balvanera son peruanos y paraguayos.
Bajamos al kiosko de enfrente para comprar unas Quilmes de a litro y en las noticias aparece la efigie del presidente venezolano Hugo Chávez. Daniel me pregunta:
–¿Sabías que había muerto? Yo apenas me entero.
Apenas si nos miramos, guardamos silencio por cinco segundos, pagamos y subimos a cenar.
Le conté entonces de mi viaje a China, de cómo me extravié en el Hupong o barrio antiguo, y él me habló de que uno de los poetas que más lo han emocionado, además de Wang Wei y Li Po, es Tu Fu, de allá por el año 800, a quien intentó traducir enfrascándose en una empresa poco redituable con un grupo de comensales dispuestos a identificar caracteres extraños en el océano infinito del diccionario –en dos o tres sesiones lograron descifrar cinco ideogramas de un verso. El resultado, a la larga: esa antología de poetas chinos contemporáneos preparada por uno de sus amigos y de la que platiqué más atrás, “Un país de metal”. Daniel tiene una excelente memoria sincrónica: sitúa los poetas que admira respecto al tiempo en que vivieron, estableciendo fronteras temporales entre ellos y en contraste con la actualidad. No suele leer novelas.
Como parte de las Ediciones del Diego que hace este poeta, leí hace años un libro pequeñito, “La zanjita” de Juan Desiderio. Ahora –me comenta mientras bebemos unas Quilmes de dos litros y un ceviche peruano que daría hasta para otro par de invitados– se dedica a su colección Chapita. No está de más contarte la curiosa forma que le llevó a llamarla así. Resulta que los argentinos llaman chapita a lo que en México conocemos como corcholata, y en una ocasión cierta chapita se coló en la máquina y quedó prensada en la portada de un libro. A Daniel y a sus talleristas les encantó, y así inició una colección singular con gran variedad de chapitas en sus portadas.
Me dice –en tanto miro las distintas máquinas de prensa antiguas dispersas en rincones estratégicos de su depa, una vasta colección de tipografías de madera y de metal, impresoras y lingotes de prensa– que no sale a ningún lado, es un ermitaño que sólo recibe visitas de vez en vez. Le agrada hacerse cargo del proceso editorial de principio a fin, desde la escritura o su revisión hasta el armado final a mano y la distribución entre allegados. Así pasaron un par de horas, hasta que salimos a la azotea que sirve de terraza a su depa, fumamos, miramos las estrellas –Daniel es un gran conocedor de constelaciones– y recordé que debía regresar antes de que la ruta 41 dejara de pasar.
No hubo más remedio, al final tomé en La Rioja un taxi a Palermo y dormí como lirón apenas cayó mi cabeza sobre la almohada.


Crónica publicada en El Informador:

http://www.informador.com.mx/suplementos/2013/453908/6/entre-prensas-y-chapitas-en-el-barrio-balvanera.htm

domingo, marzo 17

El cardenal Bergoglio gana la Copa del Mundo




En una de las multitudinarias fotos retocadas que se dispersaron por las redes sociales, aparece el cardenal Jorge Bergoglio, hoy Francisco, sosteniendo, en lugar de la característica, la copa del mundial de futbol, con rostro de campeón.

Y no sólo esa foto hace sonreír a más de uno, pero con cierta religiosidad futbolística –que es también patriótica– en Buenos Aires. Otra imagen destaca la trilogía divina del gran Maradona como el padre, Messi como el hijo y Bergoglio como el espíritu santo. Otra más a Maradona vestido de cardenal junto al nuevo papa, tocándole el hombro con la mano de Dios, aquella misma que diera el gol a Argentina frente a la Gran Bretaña que les jugó mal en las Malvinas.

Un comentarista del canal 26 dice al aire:

–Somos los mejores del mundo y nos gusta bromear con ello. A nosotros nos causan mucha gracia estas puntadas, pero he sabido que no a los habitantes de otros países.

Transmiten por la televisión local una entrevista con Abraham Skorka, el rabino amigo de Bergoglio, representante de una de las comunidades más numerosas de judíos en América, radicada en esta ciudad porteña; “el fin del mundo”, diría Bergoglio.

Un taxista se quejaba conmigo amargamente cuando llegué a esta urbe de ocho millones, mientras avanzábamos lentamente a través de la densidad del tráfico:

–Esta escuela que vamos pasando es judía (íbamos en el cruce de las calles Israel y Palestina). Si tú te quieres estacionar en uno de esos lugares sin ser judío, te quitan al instante.

Jorge Bergoglio era ya considerado uno de los hombres más poderosos de la Argentina. Se sabe de sus relaciones tensas con el ex presidente Néstor Kirschner, quien lo consideraba el verdadero poder de la oposición concentrada en un solo hombre, y que la presidenta Cristina evitaba cualquier contacto con él desde 2010.

Cuando supe de la noticia era el primer día de frío otoñal en la ciudad, miércoles, alrededor de las seis de la tarde. Tomaba refresco con una amiga en un café situado en diagonal al Congreso, justo donde termina la avenida Entre Ríos y comienza Yrigoyen. Le llamaron por celular a Anita para darle la noticia:

–¿En serio? ¿Ganó Bergoglio? ¿Pero cómo puedes decir que eso es bueno para la Argentina? Yo creo todo lo contrario. –Su expresión es de suma sorpresa. Cuelga para no dejarme esperando, y como si continuara la conversación telefónica, ahora conmigo, me explica:

–El nuevo papa es el cardenal de Buenos Aires. Mi amiga cree que es una buena noticia, pero es conservador. Y a mí me cae muy bien Cristina, es mi ídolo. Soy peronista.

–¿Y en qué consiste ser peronista?  –pregunto.

–Mmm, eso sería muy difícil de explicar, es muy complejo.

Anita me habló con pelos y señales de la historia argentina, donde son ineludibles los sufrimientos por las dictaduras.

Se leía en la prensa que los sermones del cardenal Bergoglio le causaron un distanciamiento considerable con la cúpula política del país. Atacó la corrupción desde el púlpito con energía, aunque también se opuso a la legalización del matrimonio gay en el país.

En el canal 26 entrevistaron al ex embajador argentino en el Vaticano. Zanja el periodista la cuestión, pregunta si Jorge Bergoglio entregó al gobierno de Videla a dos de sus jesuitas para que los torturaran. El cardenal, que era reacio a las entrevistas, en una ocasión lo negó diciendo que, al contrario, los había ayudado. El ex embajador responde:

–¿Le puedo decir algo sin que se moleste, a usted que es un profesional?

–Sí, por supuesto.

–No nos metamos en esas estupideces.

–¿Pero es verdad lo que dicen?

–No lo sé. Pero debemos ver hacia el futuro. Tenemos un papa argentino, ¿ves?

No hubo otra noticia en la televisión más que la vida personal del nuevo papa al que los argentinos no podían, por costumbre, llamar Francisco I. Que si era hincha del San Lorenzo, que si de niño vivió en el barrio de Flores, y una anciana orgullosa en el primer plano mencionaba cómo Jorge le había enviado una carta diciendo que si no se casaba con ella se iría de cura.

Y es el cardenal que tomaba el subte para ir a su Catedral, el que daba misa a los cartoneros en el barrio de la Constitución, el que prefería a los pobres y se había hecho su anillo sacerdotal con el oro que fundió con las pocas joyas de sus padres.

Toda emotividad son las noticias. Sólo una mancha del tamaño de un esférico en el campo de la política nacional causa inquietud, un tumor que si es maligno podría devorarlo todo.

Al siguiente día de los festejos, frente a la Plaza de Mayo y la Casa Rosada donde la presidenta tiene sus oficinas, la prensa de todo el mundo usaba de telón de fondo las columnas de la fachada catedralicia de estilo neoclásico decimonónico. Las comentaristas se peinaban con la mano y esperaban a que el productor les diera permiso de hablar.

En las escaleras de entrada a la Catedral y a los costados, algunos mendigos se cubrían con mantas del frío incipiente, hacían improvisadas casitas de campaña y, azorados, huían de los molestos periodistas que intentaban rascar alguna toma del paisaje una vez que la celebración había llegado a su fin. Las tomas del día después, como si esperaran que los ancianos, niños que vendían estampitas de la Virgen entre vagones, las mujeres en traje sastre y los deportistas volvieran a repetir la toma en que regresan de la Catedral como de un partido de futbol.

Un grupo de turistas alemanas se toma fotos en la Plaza de Mayo, las vallas negras detrás de ellas, con la Casa Rosada de fondo, tienen pintas con frases como: “¿A QUIÉN PROTEGEN ESTAS VALLAS SI LOS MUERTOS SON DEL PUEBLO?”.

Otra pinta en el suelo de la Plaza de Mayo, casi para llegar a la Catedral, en la esquina con Rivadavia, dice: “Fuera la Iglesia pedófila”. Las turistas se abrazan y parecen hablar sobre las camionetas de televisoras que cubren la acera.

Me acerco a la Catedral y veo a unos vendedores de broches con la estampa de Francisco –las tablas que las sostienen están forradas por “remeras” (playeras) de la selección argentina. Compro unos cuatro, con descuento, para mi mamá y mis tías en Cocula. De pronto un joven con una cámara de video me dice “Perdón” y noto por su sonrisa de logro que mi transacción ha sido para él la toma de la noche. Después los vendedores posan y muestran la variedad de broches, entre los que sobresalen los del papa argentino, enmarcados por un círculo azul cielo.

Regreso a casa por la línea verde D, la estación Catedral, entre porteños que atestan el tren, con una expresión de fastidio. Quién sabe si en ese momento, al balancearse los vagones en una curva, les llegue a uno que otro alguna imagen como ráfaga, algún recuerdo del ahora Francisco, el papa argentino, sentado y distraído en uno de esos asientos donde alguien hojea un libro, se sumerge en la música de sus audífonos o consulta entre apretones el mensaje de una novia en su iPhone.


Crónica publicada en El Informador (http://www.informador.com.mx/suplementos/2013/444812/6/el-cardenal-bergoglio-gana-la-copa-del-mundo.htm)