martes, marzo 23

Invasión silenciosa

Por la noche las cucarachas se adueñan

de la cocina. Mi madre las extermina

dándoles veneno, insecticida, azúcar

para que se inflen y exploten

como vacas perdidas en el desierto.

Eso quiere mamá, que desaparezcan

de la casa, pero no sabe que han colonizado

el planeta. Las cucarachas anegan

los partidos políticos, las transnacionales,

el buró de crédito y la bolsa.

Su verdadera intención es combatir

el exceso poblacional, poner a prueba

su resistencia: las cucarachas que logran sobrevivir

a las acechanzas en la cocina

se integran a las grandes huestes

de fanáticos de las fake news, practican el TikTok

o hacen un viaje iniciático a las estrellas

en su nave espacial.

Regresan más convencidas que nunca

de que estás para servirles.


sábado, marzo 13

He-Man

Encuentro en el cemento un brazo de plástico. De He-Man ha de ser. Me recuerda al que tuve. Cuánto habrá pasado para estar entre mis dedos. No hay manera de averiguar su pasado, sus gestas o aquel momento en que fue vencido. ¿Fue vencido? Quizá tuvo que deshacerse de este brazo para sobrevivir a los dientes de un niño, de una mascota furiosa o de una puerta despistada. Meras suposiciones, lástima que no haya estudios forenses para héroes de plástico. ¿O me equivoco? Pudo haber sido traficante de miembros de otros monitos, ladrón de joyas de fantasía o explorador de ventanas ajenas. Nunca lo sabremos. Lo vuelvo a colocar en la banqueta, junto a un popote y una rama de naranjo seca. No me serviría de nada llevarlo a casa. No hay quien lo necesite.


lunes, marzo 1

¿Qué recuerdo?

Perderme en los baldíos de la colonia, las casas a medio construir. Las fogatas, las peleas de hormigas rojas, los Borrachitos que tanto me encantaban. Una vez me escondí en un baldío para comerme una bolsita de papel estraza llena de estos caramelos que amé religiosamente. Ah, las Canelitas con Coca en el patio del recreo. Las vueltas en bici, cuando entre todos hacíamos enojar –solo de pasada—al Rocky, un bulterrier que nos perseguía sin alcanzar nunca nuestros pedaleos. Qué nervios. Los carritos en los prados, las carreras de estos bólidos empujados por nuestros dedos, o las canicas. Más que jugar con ellas me apasionaba coleccionarlas, me parecían pequeños mundos de una transparencia enigmática, siempre guardaban figuras coloridas que podrían ser fuentes de poder, continentes o galaxias. Ah, cuando jugaba futbolito con mis primos en Cocula, el pueblo de mis abuelos. Las ferias en que nos retaban y salíamos ilesos, triunfantes de goles. La vez que me le declaré a Laura, una güerita de ocho años que vivía enfrente de mi casa, escoltada por seis hermanos. Me hinqué en su cochera, le regalé una paleta de mango con chile y tres chicles de bolita, pero mi amigo Manuel ya le había dado una caja entera de paletas. Los corazones con sus nombres pintados en los postes de cemento y de madera. Cuando peleábamos por el territorio de la cuadra y cómo después todos jugábamos futbol con ladrillos que marcaban las porterías y vecinos que nos ponchaban las pelotas. Las tardes de tae kwon do y cuando de una patada me sacaron la mandíbula en un torneo, pero gané el segundo lugar. Mi maestro coreano, al que luego le dispararon unos sicarios. Cuando a los doce tomé el camión por primera vez para conseguir mis primeros libros en la Gonvill de Plaza México. Frankenstein, El doctor Jekyll y Mr. Hyde, La cabaña del tío Tom y otros que todavía guardo a punto del deshoje en mi clóset. La primera vez que leí a Asunción Silva o la fábula de Polifemo y Galatea. Las tardes de Sandokan y de Combat y Asteroid en el Atari que no he vuelto a encontrar.