lunes, marzo 1

¿Qué recuerdo?

Perderme en los baldíos de la colonia, las casas a medio construir. Las fogatas, las peleas de hormigas rojas, los Borrachitos que tanto me encantaban. Una vez me escondí en un baldío para comerme una bolsita de papel estraza llena de estos caramelos que amé religiosamente. Ah, las Canelitas con Coca en el patio del recreo. Las vueltas en bici, cuando entre todos hacíamos enojar –solo de pasada—al Rocky, un bulterrier que nos perseguía sin alcanzar nunca nuestros pedaleos. Qué nervios. Los carritos en los prados, las carreras de estos bólidos empujados por nuestros dedos, o las canicas. Más que jugar con ellas me apasionaba coleccionarlas, me parecían pequeños mundos de una transparencia enigmática, siempre guardaban figuras coloridas que podrían ser fuentes de poder, continentes o galaxias. Ah, cuando jugaba futbolito con mis primos en Cocula, el pueblo de mis abuelos. Las ferias en que nos retaban y salíamos ilesos, triunfantes de goles. La vez que me le declaré a Laura, una güerita de ocho años que vivía enfrente de mi casa, escoltada por seis hermanos. Me hinqué en su cochera, le regalé una paleta de mango con chile y tres chicles de bolita, pero mi amigo Manuel ya le había dado una caja entera de paletas. Los corazones con sus nombres pintados en los postes de cemento y de madera. Cuando peleábamos por el territorio de la cuadra y cómo después todos jugábamos futbol con ladrillos que marcaban las porterías y vecinos que nos ponchaban las pelotas. Las tardes de tae kwon do y cuando de una patada me sacaron la mandíbula en un torneo, pero gané el segundo lugar. Mi maestro coreano, al que luego le dispararon unos sicarios. Cuando a los doce tomé el camión por primera vez para conseguir mis primeros libros en la Gonvill de Plaza México. Frankenstein, El doctor Jekyll y Mr. Hyde, La cabaña del tío Tom y otros que todavía guardo a punto del deshoje en mi clóset. La primera vez que leí a Asunción Silva o la fábula de Polifemo y Galatea. Las tardes de Sandokan y de Combat y Asteroid en el Atari que no he vuelto a encontrar.


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