Tomé las llaves de la casa y del
auto y salí a la calle sin demasiada prisa, esperando encontrar la fila del
banco desierta. Una mera tensión del cuello amenazaba con tortícolis. Intenté no voltear la cabeza bruscamente al sentarme y retirar el
parasol, demasiado grande respecto a las dimensiones de mi coche. Lo torcí en espiral
para guardarlo en el bolso trasero del asiento. Me coloqué el cinturón de seguridad, encendí la marcha, verifiqué los espejos laterales, ajusté el retrovisor a su posición de día. El reloj digital marcaba las doce de la tarde en punto. Los hules y plásticos del tablero y la palanca del automático emanaban un vapor caliente que distorsionaba sus siluetas. Accioné el aire acondicionado en el 2, abrí la ventana del conductor girando la perilla y esperé a
que saliera la pesadez contenida. Revisé la guantera, donde guardo una 22 en buen estado para emergencias y el montón de facturas y multas que no he pagado el último año de aislamiento obligado. Cargada, pulida, el cañón impecable. En eso olvidé el cuidado que había puesto en
no hacer movimientos bruscos y, con un instinto idiota, sacudí mi cuello como a una honda: mi cabeza quedó inmóvil, petrificada. Ya solo pude mirar hacia el frente y a la izquierda,
jalonado por un alambre aguerrido en lugar de mi músculo
angular. Cuando llegué al banco, me sorprendí de que hubiera un lugar libre en
el estacionamiento que da a la avenida (los clientes de los negocios vecinos suelen abarrotar los lugares disponibles). Con ademanes robóticos, tomé el celular,
la cartera y metí los lentes con todo y estuche en mi bolsa del pantalón. Saqué de la guantera lo necesario. Nada faltaba. Accioné la alarma y, al subir la escalinata, por poco y tropiezo con un empleado flaco y gomoso mientras colocaba en un atril
de hierro el letrero impreso: “El sistema de ventanillas está fallando”. Pienso que soy yo
el responsable. No el autor, un tipo flojo que quiere proyectarse en mi experiencia y no sabe continuar su historia. No: pasa que no dormí bien y me levanté tarde. El universo es vengativo.