Arrastras los pies como palabras que ascienden. Arrastras los pies o nos sorprende el ruido de un silencio que no deja de pasar. Asciendes la escalera con la parsimonia del instante, soñando que el líquido mercurial del espejo te sueña. Un paso tras otro luego de cruzar el dintel, un paso detrás de otro, te asedia el recuerdo. El espejo te mira, asciendes a paso lento la escalera y miras al que se deja mirar, sucesivamente, tan solo un instante. La mujer está de espaldas. La mujer te adivina, te miró al entrar y ahora su espalda contrasta con tu mirada. La espalda de la mujer se cierra al contacto pero te habla. La mujer escucha tus pasos arrastrarse en el descansillo de la escalera. La mujer adivina que te miras en el espejo que te mira mirarte. La mujer está consciente de que el misterio se encierra en una palabra, en la bifurcación del SÍ y el NO. La mujer te da la bienvenida al cruzar el dintel de la puerta y dirigirte a la escalera. La mujer te llamó, por eso estás aquí, por eso cargas un maletín con tus instrumentos. La mujer viste de enfermera, tal vez, y se asegura de que la instrumentación esté completa en tu maletín, te lo advierte, te aconseja. La mujer te da la espalda, está absorta en el recuerdo, en deletrear los instantes que se convertirán en recuerdo. Subes pesadamente la escalera, jadeas arrastrando los pies en el rellano, la mente en blanco. La mujer echa tres monedas al aire.