Un ángel es tan solo
un ave confundida.
Se queda inmóvil en un punto incierto,
la mirada perdida, masculla su miseria,
hace como que no me oye, me ningunea.
Es una estatua en la cima de un monte,
un dije de plata en el cuello del asesino,
un rostro barbudo en una pared orinada,
un sándwich en la basura, un lavabo sucio.
No me habla, y lo que murmura me traspasa
como al viento invisible, sin daño alguno.
Sigue apoltronado, sin mí como un pastor
que ha dado su oveja por perdida.
Cristo me ha negado más de tres veces
porque mi fe es un perro enjaulado
que ladra y no muerde, un álamo podrido,
una profecía falsa, una enfermedad
degenerativa. Cristo no me oye:
está embelesado con los buenos,
con las moscas muertas que todavía
no lo saben. No me atiende, aunque
toco a su puerta como un niño
disfrazado, con mi bolsa de dulces
en la mano tendida. Si no me abre,
tiraré la puerta a patadas, lanzaré
huevos hediondos a su ventana.
Cristo no quiere oírme, pero no me odia:
es solo que está crucificado.
Para Amaranta
Hay en una ciudad entre las montañas
un Cristo con las costillas rotas:
pertenecieron a alguien que bebió
y partió el pan como cualquiera.
La madera del Cristo es preciosa
en el mismo grado que su dolor:
su torso enjuto, la boca torcida
por los pecados que hemos coleccionado
quienes no atendemos aquello de la culpa.
Un Cristo astillado besa el suelo
con sus huesos: los moretes de su rostro,
desencajan el viento claro de un templo
bajo la custodia de San Martín de Porres
y San Francisco de Asís, que amaban
y eran amados por animales.
Un atribulado Cristo mal comprendido.
Un sucio Cristo azorado de su divinidad.
Ando por el mundo
como una mosca
que regresa
al mismo lugar
donde una mano
desenfadada
la espanta.
Hoy has conocido a varios poetas extranjeros,
has tomado la copa, se han regalado libros.
Cualquiera diría que el tiempo fue aprovechado,
pero te sientes verdaderamente vacío.
Es como si en lugar de pulmones hubiera
una habitación sin pintar y con ecos,
algunas arañas muertas.
No sé si la poesía sea sagrada, como ha dicho
un amigo. No sé si haya que resguardarla
de charlas improvisadas. Aunque seguro
está donde la gente se divierte.