lunes, diciembre 20

Cristo no me habla

Se queda inmóvil en un punto incierto,

la mirada perdida, masculla su miseria,

hace como que no me oye, me ningunea.

Es una estatua en la cima de un monte,

un dije de plata en el cuello del asesino,

un rostro barbudo en una pared orinada,

un sándwich en la basura, un lavabo sucio.

No me habla, y lo que murmura me traspasa

como al viento invisible, sin daño alguno.

Sigue apoltronado, sin mí como un pastor

que ha dado su oveja por perdida.

Cristo me ha negado más de tres veces

porque mi fe es un perro enjaulado

que ladra y no muerde, un álamo podrido,

una profecía falsa, una enfermedad

degenerativa. Cristo no me oye:

está embelesado con los buenos,

con las moscas muertas que todavía

no lo saben. No me atiende, aunque

toco a su puerta como un niño

disfrazado, con mi bolsa de dulces

en la mano tendida. Si no me abre,

tiraré la puerta a patadas, lanzaré

huevos hediondos a su ventana.

Cristo no quiere oírme, pero no me odia:

es solo que está crucificado.


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