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miércoles, diciembre 18

Cosas peores que la muerte



                                                                                                            a Margaret Randall

Me cuentas de Chile,
de la mujer secuestrada
con su marido y su hijo de cinco años.
Cómo los guardias torturaron a la mujer, al hombre, al niño,
uno delante del otro,
“como a ellos les gusta”.
Cosas peores que la muerte.
Puedo verme tomando el cabello rubio cenizo de mi hijo entre mis dedos,
inclinando su cabeza hacia atrás antes de que sepa lo que está pasando,
cortándole la garganta, cortando mi propia garganta
para salvarnos. Cosas peores que la muerte:
esta nueva idea irrumpe en mi vida.
El guardia se mete en mi vida, los desechos líquidos de su cuerpo,
“como a ellos les gusta”. Los ojos del niño de cinco años, Dago,
mirándolos con su madre. Los ojos de su madre
mirándolos con Dago. Y en mi sala de estar, como un niño,
la palabra, Dago. Y nada de lo que experimenté me hirió de muerte,
la vida era bella como nuestra sangre sobre las baldosas
para salvarnos de eso –los ojos de mi hijo en mí,
mis ojos en mi hijo– el carnero-jabalí en nuestros cuerpos
obligándonos a voltear hacia nuestro viejo enemigo y darle la bienvenida,
amable y eterna muerte
que nos da una salida.

Sharon Olds
(versión mía)

Sexo sin amor



¿Cómo lo hacen, aquellos que hacen el amor
sin amor? Hermosos como bailarines,
deslizándose uno en otro como patinadores
sobre hielo, los dedos engarzados
al cuerpo del otro, los rostros
rojos como bistecs, como vino, mojados
como niños recién nacidos que sus madres biológicas
van a regalar. ¿Cómo es que si ellos
vienen   vienen   a Dios,   vienen
a las aguas tranquilas, no aman
a quien los trajo consigo, luz
que asciende lenta como vapor a su propia
piel? Estos son los verdaderos religiosos,
los puristas, los profesionales, aquellos que no
aceptarán un falso Mesías, ni amarán
al sacerdote en lugar de a Dios. Ellos no
confunden al amante con su propio placer,
son como grandes corredores: saben que están solos,
expuestos al camino, al frío, al viento,
al amarre de sus zapatos, a su salud cardio-
vascular –sólo factores, como el compañero
en la cama, y no la verdad, porque el
simple cuerpo se halla solo en el universo
contra ésta, su propia mejor marca.


Sharon Olds
(versión mía)

martes, diciembre 17

La muerte de Marilyn Monroe



Los paramédicos palparon su frío
cuerpo, lo cargaron, pesado como el hierro,
a la camilla, hicieron el intento de cerrarle
la boca, le cerraron los ojos, ataron
sus brazos a ambos lados, le apartaron un mechón
de cabello enredado, como si esto importara,
miraron la forma de sus pechos, planos
por la gravedad bajo la sábana,
se la llevaron, como si realmente fuera ella,
escaleras abajo.

Estos hombres ya no eran los mismos. Al salir
del trabajo, como siempre,
fueron a beber uno o dos tragos,
pero no podían verse a los ojos.

Sus vidas dieron
un giro –uno padecía pesadillas, extraños
dolores, impotencia, depresión. Otro
despreciaba su trabajo, su esposa lo miraba
diferente, sus hijos. Incluso la Muerte
notó algo distinto en él –un lugar donde ella
estaría esperando,

y otro más se halló a sí mismo, de pie en la noche
ante la puerta de un dormitorio, escuchando
la respiración de una mujer, sólo la respiración
de una mujer
ordinaria.


Sharon Olds
(versión mía)