Mostrando las entradas con la etiqueta Mario. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mario. Mostrar todas las entradas

sábado, agosto 1

Los perros – Mario - prepa - cementerio

"¡Azucena!", lee Mario atónito, como en un susurro, las letras doradas recién pintadas en la lápida. Se queda estático, con el rostro desencajado bajo las luces de los faroles que titubean rodeados de mosquitos. Intenta, infructuosamente, armar un cigarro vertiendo tabaco cubano en un trozo de papel arroz, pero su mano temblorosa le hace una mala jugada y lo dispersa en el suelo cubierto de flores de santamaría.
Mayra fue la primera en enterarse de su muerte. El rumor había comenzado a extenderse en la prepa y, para cuando terminó el recreo, ya nos habíamos reunido en la biblioteca de la Zuno. Mario llegó corriendo, aturdido por la noticia, y se sentó pensativo, fuera de sí, entre Alex y Martha, quien lo rodeó con su brazo derecho y acercó su cabeza hacia su pecho. Con la mirada baja y los puños apretados, Mario se negaba a creer que Azucena era incapaz de respirar. A-zu-ce-na, repitió varias veces para sí en voz bajita, como si no quisiera que el nombre se le escapara entre los dientes.
Nos enteramos también, por algunas compañeras cercanas a Azucena, tan cercanas como podrían serlo de una muchacha a la que no le gustaba entablar una conversación con casi nadie, que la habían velado el viernes pasado y que para este lunes ya hasta habían colocado una losa sobre su ataúd. La última expresión de Azucena, al menos aquel rictus final que le había preparado algún maquillista, había sido tan secreta como su propio andar por el patio.
Como ya el sol se había debilitado, sobornamos al policía que guarecía la entrada con algunos libros hurtados de la biblioteca y nos amontonamos con guitarra y flauta y algunos otros instrumentos que tomamos prestados de la sala de música en el Rambler de Carlos. Nos acomodamos como pudimos, embarrándonos unas y unos en otras, apiñados como las almas de los condenados de Signorelli, una imagen que colgaba de uno de los muros en la capilla de la escuela.


**



martes, julio 28

Los perros - Mayra - a Mario

Querido Mario, he recolectado para ti una colección de escarabajos para que te regodees con tus conocimientos sobre esa obra de Edgar Allan Poe que no has dejado de alabar las últimas semanas. De niño la leíste en su versión de novela gráfica, así que retienes la impresión de su dibujo con una nitidez que hasta a mí me has transmitido. Al investigar en mi manual de entomología me encontré que el más parecido a su imaginación sería uno del género Chysina, en particular la familia de los llamados en inglés golden scarabs, cuyo brillo refiere al de ese metal tan añorado por los alquimistas. Como no existen realmente escarabajos con la figura de una calavera en su tórax, Poe añade al amuleto una característica que en la vida real corresponde a una mariposa africana, una Lepidoptera también llamada esfinge calavera o esfinge de la muerte: la Acherontia atropos.1 Su patrón de escamas produce un efecto visual antropomorfo, una figura solo de interés para los humanos porque refiere a nuestro cráneo. También podría ser la calavera de un perro ─o de una perra─ si el observante fuera un canino con el mínimo interés de espejearse. Por suerte, a los Canis lupus les da lo mismo esta especie que vive entre dos y ocho semanas y llega a alcanzar los 13 centímetros y hasta los 3.5 gramos, lo que la convierte en una de las polillas más pesadas del mundo. En eso se asemeja a ti, Mario, que eres uno de los coleópteros más pesados que he conocido. ¿Todavía escupes frases en alemán a diestra y siniestra, mientras juegas al póker con los otros perros? Me han dicho que es así como te delatas con una buena combinación, pero comprendo que para ti sería un desperdicio perder la oportunidad de citar a Goethe.
La superstición sobre su poder de presagiar una tragedia no solo ha fascinado a escritores como Poe, también ha incidido en la iconografía del mundo cinematográfico si consideramos el cartel de El silencio de los inocentes, donde esta peculiaridad se exagera en aras del diseño gráfico. Es una tontería tomar esta imagen sugestiva como un elemento del mal agüero. Si es que representa a los muertos bien podríamos interpretar su aparición como un simpático guiño de nuestros ancestros: ¿por qué no sentirnos honrados de recibir un mensaje del más allá? Pero nuestras posibilidades de observación se reducen drásticamente porque aquí no estamos ni en las márgenes del Hudson ni en África ni en la selva amazónica. De cualquier manera, quizá Poe consideró que la calavera de esta polilla bien podría dibujarse en su escarabajo dorado para otorgarle un elemento simbólico y al mismo tiempo circunstancial, sin obligación de atenerse a otra normatividad que la evocada por la fantasía. Tratando de informarme más, descubrí que Maureen C. Mabbot, un gran especialista en Poe, encuentra una relación sugestiva entre el escarabajo de oro y la Acherontia atropos,1 el enigma central de "La esfinge", un relato breve y poco conocido del romántico norteamericano. Como en la literatura, he aquí que cada quien es agente de su diégesis o, para decirlo en términos que entiendas: su entorno de ficción. Estoy casi segura de que concordarás conmigo en que lo de menos son los hechos verificables, si me baso en ese juego infantil con que suelen retarse Carlos y tú al ensayar versiones de lo mismo.
Prefiero no extraviarme en el laberinto de las influencias. Solo quería quedar bien contigo que te las das de erudito. Sé que te encantará mi colección de escarabajos recolectados en El Palomar porque el de Poe te transfiguraba la expresión hasta lo sublime cuando lo nombrabas (¿Te gustó mi alusión romántica, literato? Sé que no te late que te digamos así porque suena impostado, pero te lo digo ahora mismo porque, aunque esté feliz gracias a ti, también tengo reclamos que hacerte por lo distante que te has comportado la última semana.). Seguramente por todo lo que lo rodeaba: la aventura, el enigma, el desciframiento a medias.
En El Palomar (adonde no has querido acompañarme por temor a que mis padres sepan de tus intenciones eróticas, descubran que no tienes ni un centavo y que, para colmo, estudias Letras) no hallé muestras de la esfinge calavera, porque ya he dicho que no forma parte de la fauna local, pero, en cambio, me hice de un magnífico ejemplar de Strategus aloeus, coloquialmente llamado escarabajo rinoceronte por su evidente parecido con este animal africano. Pero no, disiento: el mamífero Ceratotherium simum y sus derivados son, al contrario, reflejos imperfectos de este insecto fenomenal. Y ese eres tú, querido amigo, nada menos que un insecto que con la lengua embiste, aunque para mí tu lengua es una cosita que va más allá de los idiomas y tus dardos verbales: conmigo se vuelve ligera y húmeda.
Mario, no tienes idea de lo contenta que me siento con el kit para atrapar bichos que enviaste a mi casa. No me importa que sea para niños y venga en color verde olivo. La red y los sujetadores han sido especialmente útiles con las mariposas, y ciertamente con los escarabajos. Sé que fuiste tú quien lo envió, aunque carece de remite. Debe ser una de tus jugarretas cuyo único propósito es movernos el piso. Me recuerdas aquella ocasión no muy lejana en que recibí telegramas todos los días. No eran más que citas de libros que yo les había comentado haber leído. De verdad que te pasas, Strategus aloeus, con tus puntadas.


 
1 Poe utiliza la taxonomía del Synopsis of Natural History (1839) de Thomas Wyatt que ayudó a compilar: Sphinx de la familia Crepuscalaria del orden Lepidoptera y de la clase Insecta. 

(Mayra)
 
**

domingo, julio 12

Los perros 12 07 2026 - por Mario

Sostiene Martha en sus manos indulgentes un ejemplar de La casa que arde de noche. Estaba arrumbado en el cajón de un buró de madera rancia pintada de amarillo que Carlos había traído de la casa de su tío Neo, hermano de su abuela. El mueble no había resultado atractivo para quienes se apuntaban como los herederos, comenzando por el cuñado de su papá, obsesionado con escarbar el huerto de cítricos y los rincones de la casa como alma que persigue al diablo. Raspaba y escarbaba y raspaba y esculcaba los cajones, le cuenta Carlos, y además se había comprado un detector de metales con el que desenterró una moneda de cobre que data de 1810. Una moneda de Cocula. Los únicos tesoros que hemos ido descubriendo, reacciona Martha con cierta arrogancia, son aquellas vivencias que ordenamos en papeles como a los colores en un cubo de Rubik, aunque, debido a tu deficiente paciencia tú nunca has resuelto el acertijo, tontito. Pero escucha, en lugar de dolerte por algo que nunca enterraste y que ha de estar maldito, qué nombre tan intencionadamente espurio y a la vez melódico, Esperia: te llena los oídos con un efecto sonoro imprevisto y te sumerge en la placidez exhausta de una habitación con las sábanas revueltas...


(Mario)


**


lunes, julio 6

Los perros 06 07 2026 Palimpsesto

Escribo lo que seguro reescribiré después: un palimpsesto. Tan literaria es esta palabra que la omitiré en lo futuro. Tan simbólica y, a la vez, tan densa y material. Imagino que además alude al cesto de basura donde acabarán la sucesión de borradores. Palimp-sesto. ¿Y qué con el palimp? Es decir, no que lo de sesto tenga el significado que le estoy dando en mi retrógrado acto asociativo, pero, incluso así, con la ignorancia ofuscando mis neuronas, ese palimp semeja una mínima vivencia sonora: ir de la pe a la pe luego de ese lim que bien podría ser un limbo, algo todavía inacabado, algo lo suficientemente inocente para no ir al infierno y lo suficientemente maculado como para no gozar del paraíso, un limbo que no importa ya si alguna autoridad ha desechado o no: es decir, ha hecho de ese concepto un palimpsesto, una reescritura, un borrón y cuenta nueva para inducirnos a los extremos: o al cielo o al infierno, o a la gracia o al desastre eternos. El palimpsesto: el limbo p'al cesto. Está allí, haciendo de las suyas con su combinatoria de fonemas. Al final queda la o: redonda, vacía, imposible como un agujerito.


(Cualquiera)


**