Sostiene Martha en sus manos suaves un ejemplar de La
casa que arde de noche. Estaba arrumbado en el cajón de un buró de madera
rancia pintada de amarillo que Carlos había traído de la casa de su tío Neo,
hermano de su abuela. Lo había rescatado de las tías, y particularmente del
esposo de una de ellas que andaba como alma que persigue al diablo: escarbando
por todos lados la casa que perteneció al tío, pero antes a la tatarabuela
Petra. Raspaba y escarbaba y raspaba y esculcaba las paredes, le había contado Carlos, y
además se había comprado una máquina para buscar tesoros con la que ya había desenterrado una moneda de cobre, rectangular, de 1810. Una moneda de Cocula. Los únicos tesoros
que hemos ido descubriendo, le contestaba Martha a Carlos, son aquellas vivencias que podemos revisar como cubos de Rubik, aquellos a los que podemos coleccionar
llenos de colores entreverados y sin haber resuelto el acertijo. Hablando de esos
momentos, el nombre de Esperia le llena los oídos a Martha con un efecto sonoro imprevisto
y se sumerge en su monólogo como quien
espera en una habitación con las sábanas revueltas, el cigarrillo Marlboro a
medio consumir sobre un cenicero de cristal cortado en un buró desvencijado y
una copa rebosante de vino tinto barato en una mano mientras que en la otra las páginas amarillentas giran como
un rehilete lento.
(Mario)
***
No hay comentarios.:
Publicar un comentario