domingo, julio 12

Los perros 12 07 2026 - por Mario

Sostiene Martha en sus manos suaves un ejemplar de La casa que arde de noche. Estaba arrumbado en el cajón de un buró de madera rancia pintada de amarillo que Carlos había traído de la casa de su tío Neo, hermano de su abuela. Lo había rescatado de las tías, y particularmente del esposo de una de ellas que andaba como alma que persigue al diablo: escarbando por todos lados la casa que perteneció al tío, pero antes a la tatarabuela Petra. Raspaba y escarbaba y raspaba y esculcaba las paredes, le había contado Carlos, y además se había comprado una máquina para buscar tesoros con la que ya había desenterrado una moneda de cobre, rectangular, de 1810. Una moneda de Cocula. Los únicos tesoros que hemos ido descubriendo, le contestaba Martha a Carlos, son aquellas vivencias que podemos revisar como cubos de Rubik, aquellos a los que podemos coleccionar llenos de colores entreverados y sin haber resuelto el acertijo. Hablando de esos momentos, el nombre de Esperia le llena los oídos a Martha con un efecto sonoro imprevisto y se sumerge en su monólogo como quien espera en una habitación con las sábanas revueltas, el cigarrillo Marlboro a medio consumir sobre un cenicero de cristal cortado en un buró desvencijado y una copa rebosante de vino tinto barato en una mano mientras que en la otra las páginas amarillentas giran como un rehilete lento.

(Mario)


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