Tengo la rara sensación de haber escrito esto antes, mucho
antes que en este momento. Pero también la impresión de haberme encontrado con
esta fachada de verde desteñido y descascarado mucho antes, con este salitre
que asoma como la espuma del hocico rabioso de un perro. La herrería de las ventanas
está hecha a la antigua y, hay que decirlo, permanece, como todos aquellos
trabajos realizados por oficiantes. Las ventanas que podrían estar tapiadas
debido al abandono y en su lugar simplemente están cerradas, por cuyos motivos florales
y translúcidos de sus vidrios puede adivinarse el amontonadero de papeles y de objetos
fantasma. La puerta negra de hierro, donde seguramente en otro tiempo remoto
hubo un portón de mezquite, deja ver lengüetazos de óxido lanzados hacia los
transeúntes que, como yo, de pronto nos detenemos para averiguar si esta
construcción todavía soporta estar de pie.
Rompo con la llave uno de los vidrios de la puerta y, sin importar
el filo y el posterior sangrado, fuerzo la cerradura, levanto ─sigue teniendo su maña─ el hierro y
empujo: la casa está abierta. La recuerdo entonces. No como ahora, sino como en
aquellos tiempos en que nombrar al siglo xxi era una especie de clamor en el
vacío. No importaba el siglo xxi, no existía más que en un futuro inasequible
para los perros que todavía no éramos y comenzamos ser al husmear estas
paredes, sus libreros atestados de volúmenes antiguos e inconseguibles, sus
habitaciones altas, la cocineta y el patio cuadrado. Una casa de adobe ni muy
grande ni muy pequeña, lo suficientemente amplia como para que se entrelazaran
las vivencias que aquí tuvimos hace ya, creo, treinta años, quizá más, quizá
menos.
Me han dicho que comenzar un párrafo con el verbo conjugado:
recuerdo, trae consigo una serie de imágenes que empieza como un hilito
insignificante y termina en una riada, en un aluvión. Pero yo no sé si acaso
quiero recordar. ¿A quiénes? ¿A qué?
Las paredes de la casa parecen estar tapizadas de letras
informes, con renglones que no siguen una lógica. De pronto las líneas
manuscritas forman incluso constelaciones: espirales, cuadrados, círculos. Parece
ser que los que aquí habitaron solo deseaban cubrir con tinta y carbón los
muros salitrosos. También hay papeles manuscritos en el suelo, papeles sueltos,
arrugados, pilas de papel bond con páginas impresas y corregidas con tinta
sepia hasta que no queda nada sin reescribir… cuadernos de pastas duras aquí y
allá, murales que en otro tiempo debieron cubrir tal o cual pared de la sala,
de la cocina, de alguna de las cuatro habitaciones. Parece como si la casa
hubiera vomitado tintas: verde, roja, azul, negra, marrón… y en las escrituras,
rostros, máscaras. Una vez que hago a un lado las telarañas, encuentro más
escrituras. Regresar es recordar, supongo. Lo copio todo, lo recopilo en fotos,
en folders. Las cajas, que parecían parte de una mudanza, están repletas de
páginas que alguien abandonó. Todo lo recopilo, todo. La escritura en la
cabecera de las camas, la escritura en los cajones, en las inmediaciones de las
puertas. Hay mini casetes tirados, diálogos
ensayados, todo aquí me parece fragmentario. Como si lo importante fuera solo
escribir, escribirse, soltar las palabras, dejar que arañen las esquinas, los
rincones, que tapien de una vez por todas los huecos. Nada hay aquí que no
cuente su historia, que no evoque…
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