lunes, julio 20

Los perros - 20 07 2026 - Carlos 20 años después casa

Tengo la rara sensación de haber escrito esto antes, mucho antes que en este momento. Pero también la impresión de haberme encontrado con esta fachada de verde desteñido y descascarado mucho antes, con este salitre que asoma como la espuma del hocico rabioso de un perro. La herrería de las ventanas está hecha a la antigua y, hay que decirlo, permanece, como todos aquellos trabajos realizados por oficiantes. Las ventanas que podrían estar tapiadas debido al abandono y en su lugar simplemente están cerradas, por cuyos motivos florales y translúcidos de sus vidrios puede adivinarse el amontonadero de papeles y de objetos fantasma. La puerta negra de hierro, donde seguramente en otro tiempo remoto hubo un portón de mezquite, deja ver lengüetazos de óxido lanzados hacia los transeúntes que, como yo, de pronto nos detenemos para averiguar si esta construcción todavía soporta estar de pie.

Rompo con la llave uno de los vidrios de la puerta y, sin importar el filo y el posterior sangrado, fuerzo la cerradura, levanto sigue teniendo su maña el hierro y empujo: la casa está abierta. La recuerdo entonces. No como ahora, sino como en aquellos tiempos en que nombrar al siglo xxi era una especie de clamor en el vacío. No importaba el siglo xxi, no existía más que en un futuro inasequible para los perros que todavía no éramos y comenzamos ser al husmear estas paredes, sus libreros atestados de volúmenes antiguos e inconseguibles, sus habitaciones altas, la cocineta y el patio cuadrado. Una casa de adobe ni muy grande ni muy pequeña, lo suficientemente amplia como para que se entrelazaran las vivencias que aquí tuvimos hace ya, creo, treinta años, quizá más, quizá menos.

Me han dicho que comenzar un párrafo con el verbo conjugado: recuerdo, trae consigo una serie de imágenes que empieza como un hilito insignificante y termina en una riada, en un aluvión. Pero yo no sé si acaso quiero recordar. ¿A quiénes? ¿A qué?

Las paredes de la casa parecen estar tapizadas de letras informes, con renglones que no siguen una lógica. De pronto las líneas manuscritas forman incluso constelaciones: espirales, cuadrados, círculos. Parece ser que los que aquí habitaron solo deseaban cubrir con tinta y carbón los muros salitrosos. También hay papeles manuscritos en el suelo, papeles sueltos, arrugados, pilas de papel bond con páginas impresas y corregidas con tinta sepia hasta que no queda nada sin reescribir… cuadernos de pastas duras aquí y allá, murales que en otro tiempo debieron cubrir tal o cual pared de la sala, de la cocina, de alguna de las cuatro habitaciones. Parece como si la casa hubiera vomitado tintas: verde, roja, azul, negra, marrón… y en las escrituras, rostros, máscaras. Una vez que hago a un lado las telarañas, encuentro más escrituras. Regresar es recordar, supongo. Lo copio todo, lo recopilo en fotos, en folders. Las cajas, que parecían parte de una mudanza, están repletas de páginas que alguien abandonó. Todo lo recopilo, todo. La escritura en la cabecera de las camas, la escritura en los cajones, en las inmediaciones de las puertas. Hay  mini casetes tirados, diálogos ensayados, todo aquí me parece fragmentario. Como si lo importante fuera solo escribir, escribirse, soltar las palabras, dejar que arañen las esquinas, los rincones, que tapien de una vez por todas los huecos. Nada hay aquí que no cuente su historia, que no evoque…

 

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