jueves, julio 2

02 07 2026

Los perros aúllan, los perros. Mario tuerce el hocico llorón como si hiciera muecas con un alambre que dobla sin voluntad. Mario toca la guitarra a la que se le ha roto una cuerda cuando saltamos la reja y nos apostamos, regados entre las tumbas, como esas flores amarillas que crecen en los recovecos de las banquetas, de las tumbas que parecen sonreírnos a través de sus grietas. Mario parece más berrear que decantarse en una canción, parece más sumergirse en la tierra como una tumba más, un bulto que brilla de vez en vez mientras rasga con la uña de plástico las cuerdas restantes. Debajo de un ciprés carcomido, a sus pies, entre las débiles sombras chinescas que forma la proyección titubeante de los faroles, está también Eloy. Amontona tabaco en una pipa, le pone de más y los restos caen al piso de mármol donde se ha apostado y los junta y los huele aspirando profundamente, como si no quisiera abandonar ni una hebra, como si prefiriera que este olor se mezclara con el polvo de los muertos, de lo que se va pudriendo con mayor celeridad que el cemento o la cúpula dorada que brilla con intermitencias en una capilla que más parece una bomba que ha caído aquí por equivocación, arrojada desde un avión en llamas. Yo me quejo exagerando los gestos como si quisiera llamar toda la atención hacia mi herida pobre, mi herida superficial, porque no logré saltar con agilidad la reja terminada en puntas de flecha y una se me clavó en el pantalón que terminó por rasgarse cuando caí de boca contra el pavimento.

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