lunes, julio 13

Los perros - Gaby monologa sobre José

No esperaba que mi Josesito me dejara como novia vestida y sin alboroto. Como novia es un decir, por aquello de la fiesta. Tan amable que ha sido conmigo. Me consiguió una habitación dónde quedarme en casa de la mamá de Alex. Me recibió en su casa, en su casota, con credencial de miembro plus entre sus amistades, casi tan raras como él. Sus amigos los ex pepsimaniacos me parecían graciosos, mientras que Iván me intimidaba con sus extrañas sugerencias: de que me acompañaba a tal o cual lado por mi protección, de que me daba de su Pepsi o que me invitaba a probar cerveza artesanal en un bar al que es asiduo. Así son estos amigos, quieren protegerme hasta de mí misma, darme a conocer que el mundo es ancho y ajeno.

A mí me late escuchar cómo Iván denigra a sus subalternos en la empresa donde asesora el proceso de producción. Nunca he sabido de qué: tal vez televisores, o robots… lo cierto es que los trabajadores a su cargo reciben en estas charlas el apelativo de monos o changos, pero lo que más risa le da a Josesito es la palabra macacos. Entonces cita a Carl Sagan en Los dragones del Edén para ensayar un discurso en broma arguyendo que solo se trata de animalitos en proceso de evolución a las órdenes de Iván, a quien le adjudica el epíteto de Terrible. Al menos eso es lo que este peruano que José conoció en la universidad ─mientras cursaba la carrera de ingeniería luego de abandonar la de física─ otorgaba a las conversaciones: un sentido irónico del mundo capitalista al que José pertenecía en uno de los estratos cercanos al pico de la pirámide por derecho natural. No es que negara las bases de la pirámide, sino que pensaba que formaban parte de la maquinaria con que la mansión de sus padres despegaba hacia la exploración de cada día. Yo lo único que deseaba er un lugar en el mundo, en su mundo. José no era un hijo de papi cualquiera. Había estudiado la prepa abierta y aprendido inglés por su cuenta para aprovechar el tiempo, y se había hecho de un gusto por todo aquello que alimentara su cerebro. Quizá el momento más preciado en la secundaria fue aquel en que su papá le regaló un ejemplar gigante de Cosmos. No era un ocioso. A sus treinta años, aunque vivía con sus padres en Jardines Universidad, tenía una total independencia. El papel tapiz que simulaba el mural de La Creación de Miguel Ángel que cubría unos tres metros cuadrados sobre el dintel de la puerta de la entrada sintetizaba aquello que sus amigos sentíamos con su amistad: como un Adán en espera ansiosa de ese toque divino de conocimiento…

Queríamos la aceptación de este Josesito que se había hecho a sí mismo. Su cuestionamiento a los valores asumidos por las ovejitas católicas, como nos calificaba mostrándonos los subrayados en su ¿Por qué no soy cristiano? de Bertrand Russel, o su Anticristo de Nietszche. Yo solo había leído Demian por ser una novela proscrita por mis familiares. Las reuniones eran toda una ceremonia: mirábamos alguna peli que José tuviera ya entre sus selecciones amorosas, como Indiana Jones en busca de… y luego la comentábamos entre palomitas con chile o pizza de Pizza Hut, o hamburguesas que había traído su mamá de Carl's Juniors. Lo curioso es que su mamá y su papá, aunque se encontraban en alguno de los niveles de la casona, evitaban fácilmente el encuentro con cualquiera de nosotros. Los imaginaba como personajes de utilería.

Mi cumple ya se acercaba y a Josesito se le ocurrió hacerse cargo de mi festejo. Obvio, como yo no conocía a nadie y no tenía ganas de hacer fiesta con mis alumnos sordomudos, me puse, como un dócil Adán, en sus manos. Este adorador de Star Wars tenía un auto gracisoso. Un Grand Marquis que había pertenecido a su padre en la juventud y que ahora estaba tan destartalado como el Halcón Milenario, como le solía llamar. A mí me emocionaba que Josesito, con todo y su inteligencia y su singular personalidad que ya quisieran sus amigos, se hubiera dignado descender a mi humilde mundo para organizarme una celebración. ¿Quién era yo para negarme? Además, lo admiraba porque había aprovechado el ocio inherente a su clase social a su favor: era un erudito de la ciencia y la literatura sin obligaciones. Su única preocupación era ahorrar un porcentaje considerable de su mesada para viajar dos o tres veces al año a San Francisco y a Nueva York, dos ciudades en las que había invertido sus ilusiones, aunque de por medio tuviera que hacer escala en la horrorosa Tijuana para visitar a su amigo y antiguo vecino y pepsimaniaco Pepo.

Llegó el día de la reunión. Josesito eligió un lugar que le habían recomendado Martha y Carlos: el Barbanegra, donde al parecer cada sábado por la noche toca La Fachada de Piedra, un grupo de rock que esos perritos, como suelen calificarse estos nada finos como los pepsimaniacos, veneran… No sé qué les ve Josesito, supongo que como Carlos era amigo de la cuadra de Alex, se vio envuelto en la mesiánica labor de ilustrarlos un poquito con un baño de Feynman o de Zwicky. Pero bueno, los pepsimaniacos eran cosa de la secu, y ahora Josesito busca ya no pares, sino a quienes orientar en esta ciudad, porque si algo le ha sorprendido son los niveles de necesidad de la casa donde se juntan esos caninos, en un sector que ni debiéramos pisar gente como nosotros. De hecho, yo solo he ido para acompañar a Josesito en su Halcón Milenario y, en cuanto pisamos ese piso mugroso le ruego que regresemos a Jardines Universidad a la velocidad de la luz.

Pero bueno, aquí están esos perros: Martha y Carlos lamen sus Coronas ligh con sonrisas ansiosas. Algo se traen esos dos, como que se atraen en un segundo y, todo lo indica, al siguiente se repelen como la tierra y el cielo. Obvio que Marthita es el cielo, una lunática que me hace temblar de solo tenerla cerca. Hasta mis vellitos de los brazos indican su proximidad. Pienso que quizá me guste un poquito, pero no tanto como se gusta ella misma. Y eso que a mí quien me late es Josesito. No de una manera erótica: yo creo que su figura tutelar le gana a cualquier otra cosa que pueda sentir por él. De todas maneras, José no tiene más ojos que para la zorra de Irene, o bien, para esa otra buscona que suele filmar a escondidas en la carrera de ingeniería, Selena, y que nos muestra a mí y a Iván cuando hace una pausa en los disparos mientras jugábamos Metal Gear Solid en su PlayStation. Yo no muestro interés, aunque me agrada que Josesito me trate como vato, como un cómplice en su travesura. Iván y él la miran con una atención desmedida, como si quisieran extraerle jugo a sus costillas. Discuten acerca de su vestimenta, sus ademanes, hasta sobre la manera como se muerde el labio inferior cuando se recarga pensativa en el barandal del segundo piso. Por supuesto que no era acoso, porque Josesito es una persona ética. Solo la estaba estudiando para invitarla a salir. Nadie que admire a la princesa Leia y tenga por amigo Iván el Terrible, alias Chubaca, puede siquiera experimentar malas intenciones. Josesito me consiguió dónde vivir, un grupo de amigos que como yo nos refugiamos en su mansión, en su música, en sus series y en el jardín que linda con una misteriosa frontera selvática, de donde Josesito nos dice que podría salir cualquier loco. Quizá uno de los fugados de la clínica de su papá, como bromea para que no nos internemos en esa selva.

Yo únicamente espero que Josesito llegue acompañado de Selena, quien le prometió ser su cita. Lo imagino entrar a este ruidoso bar abrazado de su amor platónico como una dona a su vacío. ¡Welcome to the Jungle, Josesito!

No me molesta que la vida de Josesito sea una utopía del derroche. Una utopía como los mortales como nosotros, carentes de su chispa divina. Este pensamiento me hace sonreír un tanto maliciosamente, porque me recuerda cómo en nuestras charlas con una Pepsi bien fría Josesito se refiere en términos abominables acerca de las novias de sus amigos. Ha dicho una y otra vez que su amabilidad para con ellas es solo utilitaria, ya que debe soportarlas para continuar viendo a los pepsimaniacos de vez en cuando. Como a la tal Regina, a la que odia con todas las palabras que en su gran boca caben: de tonta no la baja, mientras que ella, la pobre, lo tiene en un altar de espectáculo. Para Regina, que para sorpresa de Josesito estudia medicina, piensa atinadamente que él es lo máximo. Y Josesito, que no es nada tonto, la ha recibido con bombo y platillo para que no se interponga en su amistad con Alex, su compañero de aventuras en aquellos tiempos adolescentes. Han pasado años, quizá el doble de los que tenían entonces, pero Josesito quisiera que el tiempo no se deshiciera como el hielo que sobresale de su vaso con refresco de cola. Por supuesto que Iván y Josesito se mueren de la risa de solo pensar que esa rubia oxigenada podría ser capaz de atinarle al corazón de un cadáver con su bisturí, pero qué pueden hacer si Alex la necesita tanto como a ellos, los domadores de monos. Pero bueno, para ella Josesito es el amiguito soñado, con toda razón. Todo esto vaga en mis neuronas mientras recargo los codos en la barra del Barbanegra e intento escuchar lo que cuchichean Carlos y Martha. Además, ya llegaron Mayra y Eloy. No los conozco más que superficialmente. Sé que solo han respondido al llamado de la selva de José, que quiere consentirme y mostrarme lo que significa tener amigos inteligentes, aunque nunca tanto como él.

Cuando llegó Josesito al Barbanegra, se le veía encabronado. No atinó a felicitarme, el pobrecito, porque estaba preocupadísimo. Su amor platónico, la tal Selena que le provoca meterse la mano del pantalón mientras la contempla al hacer pausa en sus videos cuando cree que no lo veo, esa misma Selena que le ha provocado insomnio de solo pensar en sus detalles estéticos, le había dicho que asistiría a mi cumpleaños, pero la muy perra ahora resulta que se echó para atrás. No la entiendo, si Josesito le ha dedicado tanto… por supuesto que es de lo más justificable que se acercara al grupo sin grupo que estábamos en un cabo de la mesa larga de madera para avisarnos: la reunión había llegado a su fin. No tenía caso si Selena lo había rechazado. Yo lo comprendí, quizá fui la única que lo hizo, porque los llamados perros, que de eso nada tienen para presumir, se notaban ofuscados, como si les ofendiera dejar de escuchar ese ruidajal que en nada se asemeja a Eric Clapton. Automáticamente di un salto y me puse a las órdenes de José, como un minino dispuesto a lamerse las heridas. Además, me sentía fuera de lugar con estos tipos. Yo solo quería estar con José y, en el fondo, una lucecita de esperanza había aparecido: Irene ya no era un problema, y ahora Selena había dado un paso hacia fuera de la visión de José, así que allí esta yo para consolarlo. Quería deshacerme de los cuatro entrometidos a los que invitó a mi cumple, pero Carlos y Martha se pegaron porque querían rait, aunque en realidad querían acompañar a José en su pena, sin darse cuenta de que me estaban estorbando. Por eso comprendo que, cuando llegamos a la casa donde me hospedo, Josesito abrió la puerta trasera de su Halcón Milenario y me echó afuera con ese desprecio que Han-Solo fingía para apoderarse del deseo de la Princesa Leia. Yo sabía que José solo estaba llamando mi atención, así que obedecí y salí aprisa de su nave, como un torpedo disparado por Chubaca. Ya no supe de Carlos ni de Martha, quienes le importunaban con reclamos de que por qué me hacía esto, que no fuera egoísta, que era mi cumple… pero ellos son unos extraños, no lo conocen como yo. Los vi alejarse desde la ventana de mi habitación, en el segundo piso y, a la mañana siguiente, a primera hora, le hablé por teléfono a Josesito para saber cómo se sentía por el rechazo de ese espécimen de otro planeta que lo había embaucado, porque eso era, una cosa rara del mismo planeta que Haba de Hut. Josesito me contó cómo la tal Selena se había negado a asistir en el último momento porque debía visitar a su hermana en el hospital, pero que ya celebraríamos otro día mi cumple. Asentí y le prometí que yo no pondría ningún pretexto y que podía contar conmigo, nomás que ya no invitara a extraños que ni siquiera le mostraban el respeto debido.

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