No esperaba que mi Josesito me dejara como novia vestida y sin alboroto. Como novia es un decir, por aquello de la fiesta. Tan amable que ha sido conmigo. Me consiguió una habitación dónde quedarme en casa de la mamá de Alex. Me recibió en su casa, en su casota, con credencial de miembro plus entre sus amistades, casi tan raras como él. Sus amigos los ex pepsimaniacos me parecían graciosos, mientras que Iván me intimidaba con sus extrañas sugerencias: de que me acompañaba a tal o cual lado por mi protección, de que me daba de su Pepsi o que me invitaba a probar cerveza artesanal en un bar al que es asiduo. Así son estos amigos, quieren protegerme hasta de mí misma, darme a conocer que el mundo es ancho y ajeno.
A mí me late escuchar cómo Iván denigra a sus subalternos en
la empresa donde asesora el proceso de producción. Nunca he sabido de qué: tal
vez televisores, o robots… lo cierto es que los trabajadores a su cargo reciben
en estas charlas el apelativo de monos o changos, pero lo que más risa le da a
Josesito es la palabra macacos. Entonces cita a Carl Sagan en Los
dragones del Edén para ensayar un discurso en broma arguyendo que solo se
trata de animalitos en proceso de evolución a las órdenes de Iván, a quien le
adjudica el epíteto de Terrible. Al menos eso es lo que este peruano que José
conoció en la universidad ─mientras cursaba la carrera de ingeniería luego de
abandonar la de física─ otorgaba a las conversaciones: un sentido irónico del
mundo capitalista al que José pertenecía en uno de los estratos cercanos al pico
de la pirámide por derecho natural. No es que negara las bases de la pirámide,
sino que pensaba que formaban parte de la maquinaria con que la mansión de sus
padres despegaba hacia la exploración de cada día. Yo lo único que deseaba er un
lugar en el mundo, en su mundo. José no era un hijo de papi cualquiera. Había
estudiado la prepa abierta y aprendido inglés por su cuenta para aprovechar el
tiempo, y se había hecho de un gusto por todo aquello que alimentara su
cerebro. Quizá el momento más preciado en la secundaria fue aquel en que su
papá le regaló un ejemplar gigante de Cosmos. No era un ocioso. A sus
treinta años, aunque vivía con sus padres en Jardines Universidad, tenía una
total independencia. El papel tapiz que simulaba el mural de La Creación de
Miguel Ángel que cubría unos tres metros cuadrados sobre el dintel de la puerta
de la entrada sintetizaba aquello que sus amigos sentíamos con su amistad: como
un Adán en espera ansiosa de ese toque divino de conocimiento…
Queríamos la aceptación de este Josesito que se había hecho
a sí mismo. Su cuestionamiento a los valores asumidos por las ovejitas
católicas, como nos calificaba mostrándonos los subrayados en su ¿Por qué no
soy cristiano? de Bertrand Russel, o su Anticristo de Nietszche. Yo
solo había leído Demian por ser una novela proscrita por mis familiares.
Las reuniones eran toda una ceremonia: mirábamos alguna peli que José tuviera
ya entre sus selecciones amorosas, como Indiana Jones en busca de… y luego la
comentábamos entre palomitas con chile o pizza de Pizza Hut, o hamburguesas que
había traído su mamá de Carl's Juniors. Lo curioso es que su mamá y su papá,
aunque se encontraban en alguno de los niveles de la casona, evitaban fácilmente
el encuentro con cualquiera de nosotros. Los imaginaba como personajes de utilería.
Mi cumple ya se acercaba y a Josesito se le ocurrió hacerse
cargo de mi festejo. Obvio, como yo no conocía a nadie y no tenía ganas de
hacer fiesta con mis alumnos sordomudos, me puse, como un dócil Adán, en sus
manos. Este adorador de Star Wars tenía un auto gracisoso. Un Grand Marquis que
había pertenecido a su padre en la juventud y que ahora estaba tan destartalado
como el Halcón Milenario, como le solía llamar. A mí me emocionaba que Josesito,
con todo y su inteligencia y su singular personalidad que ya quisieran sus
amigos, se hubiera dignado descender a mi humilde mundo para organizarme una
celebración. ¿Quién era yo para negarme? Además, lo admiraba porque había
aprovechado el ocio inherente a su clase social a su favor: era un erudito de
la ciencia y la literatura sin obligaciones. Su única preocupación era ahorrar
un porcentaje considerable de su mesada para viajar dos o tres veces al año a
San Francisco y a Nueva York, dos ciudades en las que había invertido sus ilusiones,
aunque de por medio tuviera que hacer escala en la horrorosa Tijuana para
visitar a su amigo y antiguo vecino y pepsimaniaco Pepo.
Llegó el día de la reunión. Josesito eligió un lugar que le
habían recomendado Martha y Carlos: el Barbanegra, donde al parecer cada sábado
por la noche toca La Fachada de Piedra, un grupo de rock que esos perritos,
como suelen calificarse estos nada finos como los pepsimaniacos, veneran… No sé
qué les ve Josesito, supongo que como Carlos era amigo de la cuadra de Alex, se
vio envuelto en la mesiánica labor de ilustrarlos un poquito con un baño de
Feynman o de Zwicky. Pero bueno, los pepsimaniacos eran cosa de la secu, y
ahora Josesito busca ya no pares, sino a quienes orientar en esta ciudad,
porque si algo le ha sorprendido son los niveles de necesidad de la casa donde
se juntan esos caninos, en un sector que ni debiéramos pisar gente como
nosotros. De hecho, yo solo he ido para acompañar a Josesito en su Halcón
Milenario y, en cuanto pisamos ese piso mugroso le ruego que regresemos a Jardines
Universidad a la velocidad de la luz.
Pero bueno, aquí están esos perros: Martha y Carlos lamen sus
Coronas ligh con sonrisas ansiosas. Algo se traen esos dos, como que se atraen
en un segundo y, todo lo indica, al siguiente se repelen como la tierra y el
cielo. Obvio que Marthita es el cielo, una lunática que me hace temblar de solo
tenerla cerca. Hasta mis vellitos de los brazos indican su proximidad. Pienso
que quizá me guste un poquito, pero no tanto como se gusta ella misma. Y eso
que a mí quien me late es Josesito. No de una manera erótica: yo creo que su
figura tutelar le gana a cualquier otra cosa que pueda sentir por él. De todas
maneras, José no tiene más ojos que para la zorra de Irene, o bien, para esa
otra buscona que suele filmar a escondidas en la carrera de ingeniería, Selena,
y que nos muestra a mí y a Iván cuando hace una pausa en los disparos mientras
jugábamos Metal Gear Solid en su PlayStation. Yo no muestro interés, aunque me
agrada que Josesito me trate como vato, como un cómplice en su travesura. Iván
y él la miran con una atención desmedida, como si quisieran extraerle jugo a
sus costillas. Discuten acerca de su vestimenta, sus ademanes, hasta sobre la
manera como se muerde el labio inferior cuando se recarga pensativa en el
barandal del segundo piso. Por supuesto que no era acoso, porque Josesito es
una persona ética. Solo la estaba estudiando para invitarla a salir. Nadie que
admire a la princesa Leia y tenga por amigo Iván el Terrible, alias Chubaca, puede
siquiera experimentar malas intenciones. Josesito me consiguió dónde vivir, un
grupo de amigos que como yo nos refugiamos en su mansión, en su música, en sus
series y en el jardín que linda con una misteriosa frontera selvática, de donde
Josesito nos dice que podría salir cualquier loco. Quizá uno de los fugados de
la clínica de su papá, como bromea para que no nos internemos en esa selva.
Yo únicamente espero que Josesito llegue acompañado de
Selena, quien le prometió ser su cita. Lo imagino entrar a este ruidoso bar abrazado
de su amor platónico como una dona a su vacío. ¡Welcome to the Jungle,
Josesito!
No me molesta que la vida de Josesito sea una utopía del
derroche. Una utopía como los mortales como nosotros, carentes de su chispa
divina. Este pensamiento me hace sonreír un tanto maliciosamente, porque me
recuerda cómo en nuestras charlas con una Pepsi bien fría Josesito se refiere
en términos abominables acerca de las novias de sus amigos. Ha dicho una y otra
vez que su amabilidad para con ellas es solo utilitaria, ya que debe
soportarlas para continuar viendo a los pepsimaniacos de vez en cuando. Como a
la tal Regina, a la que odia con todas las palabras que en su gran boca caben:
de tonta no la baja, mientras que ella, la pobre, lo tiene en un altar de
espectáculo. Para Regina, que para sorpresa de Josesito estudia medicina,
piensa atinadamente que él es lo máximo. Y Josesito, que no es nada tonto, la
ha recibido con bombo y platillo para que no se interponga en su amistad con Alex,
su compañero de aventuras en aquellos tiempos adolescentes. Han pasado años, quizá
el doble de los que tenían entonces, pero Josesito quisiera que el tiempo no se
deshiciera como el hielo que sobresale de su vaso con refresco de cola. Por
supuesto que Iván y Josesito se mueren de la risa de solo pensar que esa rubia
oxigenada podría ser capaz de atinarle al corazón de un cadáver con su bisturí,
pero qué pueden hacer si Alex la necesita tanto como a ellos, los domadores de
monos. Pero bueno, para ella Josesito es el amiguito soñado, con toda razón. Todo
esto vaga en mis neuronas mientras recargo los codos en la barra del Barbanegra
e intento escuchar lo que cuchichean Carlos y Martha. Además, ya llegaron Mayra
y Eloy. No los conozco más que superficialmente. Sé que solo han respondido al
llamado de la selva de José, que quiere consentirme y mostrarme lo que
significa tener amigos inteligentes, aunque nunca tanto como él.
Cuando llegó Josesito al Barbanegra, se le veía encabronado.
No atinó a felicitarme, el pobrecito, porque estaba preocupadísimo. Su amor
platónico, la tal Selena que le provoca meterse la mano del pantalón mientras
la contempla al hacer pausa en sus videos cuando cree que no lo veo, esa misma Selena
que le ha provocado insomnio de solo pensar en sus detalles estéticos, le había
dicho que asistiría a mi cumpleaños, pero la muy perra ahora resulta que se
echó para atrás. No la entiendo, si Josesito le ha dedicado tanto… por supuesto
que es de lo más justificable que se acercara al grupo sin grupo que estábamos en
un cabo de la mesa larga de madera para avisarnos: la reunión había llegado a
su fin. No tenía caso si Selena lo había rechazado. Yo lo comprendí, quizá fui
la única que lo hizo, porque los llamados perros, que de eso nada tienen para
presumir, se notaban ofuscados, como si les ofendiera dejar de escuchar ese
ruidajal que en nada se asemeja a Eric Clapton. Automáticamente di un salto y
me puse a las órdenes de José, como un minino dispuesto a lamerse las heridas. Además,
me sentía fuera de lugar con estos tipos. Yo solo quería estar con José y, en
el fondo, una lucecita de esperanza había aparecido: Irene ya no era un
problema, y ahora Selena había dado un paso hacia fuera de la visión de José,
así que allí esta yo para consolarlo. Quería deshacerme de los cuatro
entrometidos a los que invitó a mi cumple, pero Carlos y Martha se pegaron
porque querían rait, aunque en realidad querían acompañar a José en su pena,
sin darse cuenta de que me estaban estorbando. Por eso comprendo que, cuando
llegamos a la casa donde me hospedo, Josesito abrió la puerta trasera de su Halcón
Milenario y me echó afuera con ese desprecio que Han-Solo fingía para
apoderarse del deseo de la Princesa Leia. Yo sabía que José solo estaba
llamando mi atención, así que obedecí y salí aprisa de su nave, como un torpedo
disparado por Chubaca. Ya no supe de Carlos ni de Martha, quienes le
importunaban con reclamos de que por qué me hacía esto, que no fuera egoísta,
que era mi cumple… pero ellos son unos extraños, no lo conocen como yo. Los vi
alejarse desde la ventana de mi habitación, en el segundo piso y, a la mañana
siguiente, a primera hora, le hablé por teléfono a Josesito para saber cómo se
sentía por el rechazo de ese espécimen de otro planeta que lo había embaucado,
porque eso era, una cosa rara del mismo planeta que Haba de Hut. Josesito me
contó cómo la tal Selena se había negado a asistir en el último momento porque
debía visitar a su hermana en el hospital, pero que ya celebraríamos otro día
mi cumple. Asentí y le prometí que yo no pondría ningún pretexto y que podía
contar conmigo, nomás que ya no invitara a extraños que ni siquiera le
mostraban el respeto debido.
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