Aunque había intentado aspirarlos sin dejar rastro la noche anterior, restos blancos de polvo permanecían en la mesita y el popote improvisado
de una pluma Bic. Las sábanas beige colgaban de la cama de hotel, las
almohadas se apilaban sin funda ni forma, como si en ese rectángulo se hubiera fraguado una lucha
cuerpo a cuerpo. Quizá contra sus propios demonios. Todavía el amanecer no
entraba de lleno por los resquicios, apenas amenazaba con su halo de luz tenue.
No solo la cama era un aluvión: ropa tirada, papeles arrugados sobre la alfombra,
cenizas y, en la pared, unas gotas marrón que habrían podido ser sangre si no
recordara haber lanzado el plato de la cena en un momento desesperado. Su
celular comenzó a vibrar. No estaba sobre el tocador; se asomó debajo
de la cama como a un abismo. El tono de la marcha imperial de Star Wars le
quitó todo indicio solemne a este instante en que deslizó su índice derecho, no
sin dudarlo, hacia el ícono verde. Era su madre. Contestó con sílabas
afirmativas y distraídas cuanto pudo. A sus 45 años, una calvicie eminente y
patas de gallo que irradiaban de sus ojos como de soles muertos, todavía su
debilidad era la voz de este ser que se le antojaba dominante, invasivo. En
cierto modo, agradecía que alguien se acordara de su cumpleaños, así fuera la
misma persona que lo había arrojado bañado en líquido amniótico a este mundo
deforme. Colgó. En la pantalla de cristal apareció la máscara de un
estoico Darth Vader mirando al vacío. La soledad le rodeó como perros curiosos.
Sus recuerdos lo sumieron en un lugar oscuro. La mujer que había invitado le
abandonó a media noche, no sin exigir la transferencia acordada. A él esto le
tenía sin cuidado. Intensificar la vida, verla explotar para luego adentrarse
en sí mismo, libre de toda memoria. En el techo había una grieta. Cuando se
sumergía en la mujer como un barco con la quilla destrozada, ella la señaló y
le dijo que ese era su futuro. El hombre no creía en símbolos improvisados,
pero en el fondo sabía que la mujer habría encontrado ese u otro para proyectar
su inquietud. La idea de pagarle fue, finalmente, suya. Habían sido amantes
desde hacía cuatro meses, cuando ella pasaba por un proceso de divorcio.
Entonces el sexo fortuito, a escondidas, era su lenguaje mutuo. Hasta que
empezaron a pensar. Ella en sus hijos, él en nada. Fue la manera como la mujer
ideó la despedida. Una grieta de apenas nueve centímetros. El hombre miró el
techo y se abandonó en la contemplación, pero luego le pareció insensato,
absurdo detenerse en esa línea que dejaba entrever sus entrañas grises, que el
personal del hotel había descuidado. En cuanto se vistiera y bajara al
recibidor, notificaría a la administración del exabrupto. No podría decirles
que esta grieta había terminado con toda esperanza de seguir siendo quien había
sido durante meses frenéticos, que la pequeña grieta había dado un final
abrupto, y lo peor, simbólico, a su inesperada relación con esta mujer nueve
años menor que había conocido en una fiesta aburrida en su casa, para celebrar
la presentación del libro de un amigo poeta. No entendía por qué había señalado
la grieta. ¿Qué podía esperar de un after con amantes de la
poesía? Le había llamado la atención esta mujer de ojos verdes, largas pestañas
y cabello negro y ondulado que parecía tener una pregunta para todo. Una
pregunta que no esperaba respuesta. La grieta era la imagen definitiva del
abandono. ¿No será una alegoría de nosotros? Y… págame. Despidámonos como dos
desconocidos. ¿Si la grieta no hubiera aparecido, estarían a la espera
de su próximo encuentro? Debía ser enérgico con la administración del hotel.
Estos descuidos suelen provocar tragedias.