martes, octubre 27

Destruir, construir

Alguien pica ladrillo. Se oye el cincel junto a mi casa, pero también más allá, quién sabe dónde. A veces se escucha detrás de la pared de mi estudio. Un concierto bufo de sierras y golpeteos en la piedra. Y todavía más lejos, ¿martillazos? ¿Quién quiere destruir, desarmar su casa este mediodía? Comprendo que echar abajo sea el preámbulo para edificar. Que edificar sea un verbo positivo, heredero de una reconocida familia semántica. Como si todo lo que se edificara fuera edificante. Como si todo lo edificante fuera bienvenido. Para el hinduismo, Shiva, un ente destructor, contribuye así a la creación constante del universo. ¿Por qué destruir es más ruidoso que construir?


27 10 2020


lunes, octubre 19

La maestra de yoga

Lo miró de reojo mientras daba un curso de filosofía yóguica, justo en el instante en que explicaba esos casos en que los alumnos se enamoran de sus maestras. A Juan no le pareció extraño. Esto que sentía por Inés cada tarde iba más allá del yoga. Su cabello rubio y alborotado, su juventud y energía vital para cuanto tenía que ver con avanzar en los peldaños espirituales de la práctica, con asanas que le gustaba ejemplificar con su cuerpo dominante y neumático, le hacían comprender a Juan que carecía del suficiente avance espiritual como para sugerirle una clase particular, ya no digamos ir al cine. Se perdía en los mechones grises mezclados con los abundantes amarillos, en tanto Inés explicaba como nadie los sutras de Patanjali. Con serenidad, ojos brillantes y ademanes sexys, pensaba el inexperto yogui, aunque esto implicaba una traición al Brahmacharya, el control de sus sentidos que había ensayado durante la última semana. Inés además dirigía obras de teatro con mujeres de la prisión como actrices, estudiaba letras, albergaba el sueño de hacer una carrera de dramaturga en Chile y, solo en sentido figurado, lo tenía de cabeza —un asana en realidad todavía fuera de su alcance. Día a día Juan practicaba en la azotea del edificio el saludo al sol y un consciente vinyasa para entender cómo lo mejor de su mundo se había vuelto de revés, pero su sempiterno desequilibrio emocional y físico, con el correspondiente efecto en su sobrepeso abdominal, le jugaban una mala pasada. Diablos. Si tan solo pudiera hablar con ella sin ocultarle las ganas de engullir papitas y Pingüinos, cualquier comida chatarra que paliara su ansiedad. La única forma de llegar a Inés, estaba seguro, era practicando cada vez más asanas, estudiando a Krishnamacharya, a Indra Devi y el mayor sánscrito posible, optar por la dieta vegana que tanto presumía su amigo el músico. Se sorprendía, durante la clase, observando cómo resplandecían bajo sugestivas serpientes Led los delgados vellitos que ondulaban casi imperceptibles en los brazos de Inés, los granitos de su cuello, sus labios naranja. Esto no era para nada espiritual. Entonces se avergonzaba de sí mismo, de su imagen y de su descarada y malversada manera de afrontar la atracción que su maestra ejercía sobre él. Sospechaba que Inés era consciente de su apego, que su elegante indiferencia a los elogios era una máscara no Inés había residido un año en Japón— carente de emociones. Los celos le recorrían como tijerillas a punto de picar con sus tenazas cuando corregía la postura de Alejandro, cuando elogiaba la elasticidad de Oswaldo, incluso al darle palmaditas en el hombro a Susana. Puede que haya algo ilegítimo en que una maestra se fije siquiera en uno de sus estudiantes, pero ¿y si es al contrario? ¿No es comprensible sentir admiración por aquella persona que irradia una contagiosa satisfacción consigo misma? Todo esto la hacía aparecer más linda a los ojos de Juan. La sonrisa de Inés acontecía frente a la audiencia como un avión que ignora a la ciudad dejada atrás. Juan cerró la aplicación en la pantalla de su iPad y salió a la tienda a comprar palomitas, Pepsi y un chocolate sin azúcar para ver su serie de superhéroes en Netflix.


domingo, octubre 18

El hambre de un zombi

Y no uno cualquiera en esta ciudad de inadaptados, de gente cortés de primera instancia y chismosa por lo bajo. Este zombie se llamaba Julián, al menos así lo habían bautizado en otra vida. No estaba seguro de querer un nombre ahora. Le parecía innecesario, pues ya no lucía como antes, impelido como estaba por un ansia invencible de comer carne humana. Consciente del ecosistema, solo cazaba para saciar su hambre. No se le antojaban los nervios: tenía que mascarlos más de lo conveniente. En cambio, le encantaba pulir los huesos, pero más que nada tragar cabellos. Sí, cabellos largos, rubios o trigueños, de hombre, de mujer, de género indeterminado. Los apartaba del cráneo con sus largas uñas afiladas y pútridas, los colocaba en un plato hondo porque no quería abandonar su civilidad, y los engullía como antes hiciera con el espagueti a la boloñesa. Unos trocitos de carne  entreverados otorgaban al platillo un sabor que le habría gustado percibir si todavía conservara la lengua. Sentía gran placer cuando los cabellos se atoraban en su hueso hioides, se deslizaban por la tráquea acariciándole partes del esternón y costillas falsas, hasta que los sacaba por un orificio que cada vez se iba ensanchando más en su esófago. Los cabellos le aliviaban cierta comezón en los órganos internos que habían aprendido a sobrevivir. Bastaba con sentirse satisfecho por unas horas, luego se tornaba otra vez ansioso, terriblemente hambriento. Entonces salía a la calle y se unía a la horda de zombies que habían olvidado sus nombres.


La grieta

Aunque había intentado aspirarlos sin dejar rastro la noche anterior, restos blancos de polvo permanecían en la mesita y el popote improvisado de una pluma Bic. Las sábanas beige colgaban de la cama de hotel, las almohadas se apilaban sin funda ni forma, como si en ese rectángulo se hubiera fraguado una lucha cuerpo a cuerpo. Quizá contra sus propios demonios. Todavía el amanecer no entraba de lleno por los resquicios, apenas amenazaba con su halo de luz tenue. No solo la cama era un aluvión: ropa tirada, papeles arrugados sobre la alfombra, cenizas y, en la pared, unas gotas marrón que habrían podido ser sangre si no recordara haber lanzado el plato de la cena en un momento desesperado. Su celular comenzó a vibrar. No estaba sobre el tocador; se asomó debajo de la cama como a un abismo. El tono de la marcha imperial de Star Wars le quitó todo indicio solemne a este instante en que deslizó su índice derecho, no sin dudarlo, hacia el ícono verde. Era su madre. Contestó con sílabas afirmativas y distraídas cuanto pudo. A sus 45 años, una calvicie eminente y patas de gallo que irradiaban de sus ojos como de soles muertos, todavía su debilidad era la voz de este ser que se le antojaba dominante, invasivo. En cierto modo, agradecía que alguien se acordara de su cumpleaños, así fuera la misma persona que lo había arrojado bañado en líquido amniótico a este mundo deforme. Colgó. En la pantalla de cristal apareció la máscara de un estoico Darth Vader mirando al vacío. La soledad le rodeó como perros curiosos. Sus recuerdos lo sumieron en un lugar oscuro. La mujer que había invitado le abandonó a media noche, no sin exigir la transferencia acordada. A él esto le tenía sin cuidado. Intensificar la vida, verla explotar para luego adentrarse en sí mismo, libre de toda memoria. En el techo había una grieta. Cuando se sumergía en la mujer como un barco con la quilla destrozada, ella la señaló y le dijo que ese era su futuro. El hombre no creía en símbolos improvisados, pero en el fondo sabía que la mujer habría encontrado ese u otro para proyectar su inquietud. La idea de pagarle fue, finalmente, suya. Habían sido amantes desde hacía cuatro meses, cuando ella pasaba por un proceso de divorcio. Entonces el sexo fortuito, a escondidas, era su lenguaje mutuo. Hasta que empezaron a pensar. Ella en sus hijos, él en nada. Fue la manera como la mujer ideó la despedida. Una grieta de apenas nueve centímetros. El hombre miró el techo y se abandonó en la contemplación, pero luego le pareció insensato, absurdo detenerse en esa línea que dejaba entrever sus entrañas grises, que el personal del hotel había descuidado. En cuanto se vistiera y bajara al recibidor, notificaría a la administración del exabrupto. No podría decirles que esta grieta había terminado con toda esperanza de seguir siendo quien había sido durante meses frenéticos, que la pequeña grieta había dado un final abrupto, y lo peor, simbólico, a su inesperada relación con esta mujer nueve años menor que había conocido en una fiesta aburrida en su casa, para celebrar la presentación del libro de un amigo poeta. No entendía por qué había señalado la grieta. ¿Qué podía esperar de un after con amantes de la poesía? Le había llamado la atención esta mujer de ojos verdes, largas pestañas y cabello negro y ondulado que parecía tener una pregunta para todo. Una pregunta que no esperaba respuesta. La grieta era la imagen definitiva del abandono. ¿No será una alegoría de nosotros? Y… págame. Despidámonos como dos desconocidos. ¿Si la grieta no hubiera aparecido, estarían a la espera de su próximo encuentro? Debía ser enérgico con la administración del hotel. Estos descuidos suelen provocar tragedias.

domingo, octubre 11

Ítaca es un vacío

Lo que importa al vagar por el hiperespacio
es regresar a casa, da igual
si por un agujero de gusano, un hoyo negro,
un salto cuántico: no ven los pasajeros
la hora de arribar a esa tierra ajena
que nunca conocieron sino por postales,
videos maltrechos, audios de archivo
confiados a humanoides laxos
en un vacío de mitologías, de seres mágicos,
pues el silencio helado que sostiene a las estrellas
es la hidra más rapaz
para el que ataca con preguntas.

domingo, octubre 4

No espero nada

Ni del día con luna llena, ni de la noche
iluminada hasta el arrebato cursi.
Sigo a mi propia sombra como el gato
a una madeja de hilo, a un alacrán.
En la nada se pierde la espera,
entre ola y ola de tráfico, 
el ruido del tren que suele significar algo
para el que está a punto de ahogarse
y se aferra como un molusco

al vidrio de la pecera.
Intentaré dormir
ahuyentando mosquitos
que de todas maneras hallarán la forma

de picarme.