domingo, octubre 18

El hambre de un zombi

Y no uno cualquiera en esta ciudad de inadaptados, de gente cortés de primera instancia y chismosa por lo bajo. Este zombie se llamaba Julián, al menos así lo habían bautizado en otra vida. No estaba seguro de querer un nombre ahora. Le parecía innecesario, pues ya no lucía como antes, impelido como estaba por un ansia invencible de comer carne humana. Consciente del ecosistema, solo cazaba para saciar su hambre. No se le antojaban los nervios: tenía que mascarlos más de lo conveniente. En cambio, le encantaba pulir los huesos, pero más que nada tragar cabellos. Sí, cabellos largos, rubios o trigueños, de hombre, de mujer, de género indeterminado. Los apartaba del cráneo con sus largas uñas afiladas y pútridas, los colocaba en un plato hondo porque no quería abandonar su civilidad, y los engullía como antes hiciera con el espagueti a la boloñesa. Unos trocitos de carne  entreverados otorgaban al platillo un sabor que le habría gustado percibir si todavía conservara la lengua. Sentía gran placer cuando los cabellos se atoraban en su hueso hioides, se deslizaban por la tráquea acariciándole partes del esternón y costillas falsas, hasta que los sacaba por un orificio que cada vez se iba ensanchando más en su esófago. Los cabellos le aliviaban cierta comezón en los órganos internos que habían aprendido a sobrevivir. Bastaba con sentirse satisfecho por unas horas, luego se tornaba otra vez ansioso, terriblemente hambriento. Entonces salía a la calle y se unía a la horda de zombies que habían olvidado sus nombres.


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