viernes, octubre 31

El aullido y la grúa

Pensaba en la grúa inmóvil. Cada vez que me asomaba por la ventana de mi habitación, en el recuadro delineado por el alambrado y las bardas blanco sucio de los otros departamentos, con sus ventanas negadas a la curiosidad, estaba ahí, extendiendo su enorme brazo de varillas metálicas de un lado a otro de la avenida López Mateos. Entonces ignoraba que cruzaba esa arteria con ínfulas de embotellamiento; me enteré porque regresaba en coche y entonces reconocí esa gran estructura. Desde mi habitación no había calculado su extensión: prácticamente los seis carriles de la avenida y quizá más. Llegué a pensar, además, que la construcción del edificio estaba detenida, congelada en algún punto de sus inversiones. Pero no: la grúa de pronto, una tarde, apuntaba hacia otro lado. Como a veces sucede con el tren, que va en una dirección o en otra. El silbato de ese monstruo de hierro suele penetrar las ventanas cerradas, como si se auto-inmolara entre las paredes, como si se estrellara en todas a un mismo tiempo con un aullido desesperado. Al principio este ruido imponente causaba estragos en mi cuerpo antes de que me diera cuenta de que se trataba de la máquina que atraviesa la ciudad a cuadra y media. Mi sobresalto daba lugar a un sentimiento que poco a poco se instalaba en la pasividad de la grúa, como si me extendiera su brazo solidario. Inmóvil, aparentemente.


(Cualquiera)


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domingo, octubre 5

Conversación en la barra de un bar

Igual que tú, Tínico de Calcis,
alabado por muchos, recitado en los banquetes
y alojado en festejos de amigos poderosos
como un guerrero que en la batalla decisiva
una sola vez dio en el blanco, Er el Armenio presume
haber escrito un buen poema.
No está en sus libros
o las revistas donde ha publicado.
No en la servilleta con jeroglíficos
plisada por su cuaderno de pastas duras, ni
esbozado entre las arduas palabras de la pared
sobre la que escribe mientras deambula por el pasillo
rechinando sus débiles articulaciones
e imágenes de otra vida.
Seguramente
lo perdió con los papeles tirados
mientras aseaba la habitación.