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viernes, junio 12

Publicidad cero

La crisis económica puso a la "industria" a caminar con un pie, y el del H1N1 ha terminado por hacer resbaladizo el piso. Los copys --como les llaman en Guanatos a esta mezcla de redactor publicitario y corrector--, que no generan riqueza (nunca me compré un auto nuevo), son los primeros en atorarse en la puerta abierta de par en par al huir con la estampida.
Recorte de personal, le llaman como si fuera una tarea escolar, o escolástica: las empresas más fuertes redujeron su presupuesto más del 50 por ciento y tomaron otras medidas preventivas o extremas, una especie de Popeye sin espinacas haciendo ejercicio de brazos entre las mandíbulas de un cocodrilo -la lengua como caminadora fija a alta velocidad. Como era de esperarse, editar la revista interna de la agencia era un lujo imposible de sostener, así que fui uno de los candidatos más fuertes para echar a volar.
Extraño ese estira y afloja que me significaba idear nuevas frases fáciles. Pero qué hacer, el microbús de la cotidianidad sigue en marcha pese a todo y más vale no quedarse atorados en un alto inesperado.
Al frilanceo, a escribir libros que otros firmarán (otra vez), a corregir libros de la tonta academia, a hacerla de espectro volátil para pagar la renta.
Punto final al dilema publicitario.

N 12 06 09

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jueves, abril 23

Mi vida se ha convertido en una historieta

No es que uno no crea en lo que hace. La publicidad ha ido gustándome poco a poquito, ha logrado que me interese en algunos efectos lingüísticos que más adelante podría aplicar a la escritura de poemas. Aquí se les llama creativos a los que no necesariamente aportan las ideas, más bien las modifican o de plano las calcan. Tiene su mérito estar informado... de lo que hizo otro. O sea que no siempre son tan creativos. Reactivo es un adjetivo que aunque no me entusiasma me gustaría más para el efecto. En realidad uno que otro u otra es más bien, según las variables, creadivo o creadiva, dependiendo de su autocomplacencia.
Hay en publicidad varios fenómenos dignos de estudio. Uno de ellos, por ejemplo, es que siempre se busca un efecto concreto en el espectador, un "beneficio único a comunicar".
Ser publicista es saber hacer negocios, hacerle creer al destinatario que elevará su status quo al volante de tal o tal coche, convencerlo de que debe tirar aquella lámpara vieja y sustituirla por una más moderna e insensible ... La publicidad es, ¿manipulación? No, no precisamente. Eso depende de los receptores, que ni son tontos ni tendrían por qué seguir las migajas que les prometen librarse del laberinto, lo que se les dice que hagan.
Ya ni se les sugiere qué deben comprar, se les muestra cómo el producto forma parte de sus historias de vida. En ese contar historias está el arte, o bien, contar historias da resultados hoy como antes, porque las historias nos recuerdan nuestra propia sucesión de hechos cotidianos y triviales y por eso irrepetibles, por lo que el mejor publicista ha de ser también un excelente narrador y por tanto un buen observador de la vida, del arte, de todo. Ser, en el caso mejor, como algunos dirían, un sibarita. Un viajero a la dimensión desconocida del otro. Todo mientras su propia vida no se convierta en historieta. (Aunque, pensándolo bien, no suena mal la idea.)

N 23 04 09

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viernes, mayo 23

Publicidad y sentido


La poesía da sentido, la publicidad lo simula. ¿O es al revés?

Nota-apéndice: escribir poesía

Tal parece que se escribe poesía no solamente para decir algo, sino para decir algo que nos diga. Que diga lo que somos, quiénes somos: o lo que no seremos. ¿El poeta sabe lo que dice? Ni siquiera tiene control sobre lo que hará las próximas 23 horas, ¿o eran catorce? Sabe que dice, que algo dice, y lo desdice. Con toda su atención, se deja llevar.

N 23 05 08

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martes, mayo 6

Más sobre publicidad y arte

Mi reflexión sobre la publicidad y el arte quizá resulte muy abstracta para muchos que la hayan leído, pero es para mí una práctica a la que me enfrento a diario en la agencia. Hay convergencias, sin duda, entre esto de tararear poemitas y el hacerle a la publicidad. Pero en cuanto lo pienso, vienen a mi cabeza las grandes divergencias. Cuando se hace un poema, por ejemplo, nunca se sabe en qué acabará. En cambio, en publicidad ha de saberse siempre hacia dónde se dirige uno. De otra manera estaría destinada al fracaso. Es decir, la publicidad busca el éxito; la poesía destruye, entre otras cosas, esa imagen estúpida del éxito. La poesía se desenvuelve en un espacio contra lo fraudulento, arma un entramado verosímil de una realidad que comienza y termina en el poema.
Por cierto, extraordinarios jingles forman parte ya de nuestra común imaginería, como aquel que creara Fernando González Oviedo en el espacio de la W Radio, "Mejor, mejora Mejoral", o esos versos macabros que irrumpieron en la televisión de los sesenta anunciando puré de tomate: "Estaban los tomatitos / muy contentitos / cuando llegó el verdugo / a hacerlos jugo. // 'Qué me importa la muerte', / dicen a coro, / 'si muero con decoro / en los productos Del Fuerte'”. Al menos esa fue la primera versión, antes de que la gente cayera en la cuenta de que se trataba de algo más que de una agradable tonadita con dibujos animados. La versión de los setenta se encargaría de medio corregir el exabrupto. Claro, esta versión es más poética: traiciona perfectamente a su finalidad publicitaria y no me parecería extraño que entonces funcionara.
No ocurre lo mismo con otros oficios. Corrector que he sido, puedo decir que la convivencia como hacedor de versos y maquillador (en el mejor de los casos) de textos ajenos es sencilla: la corrección es un oficio de escritura, un asunto de higiene del lenguaje; a la poesía esa noción de limpieza escritural a la RAE le es extraña si no va con sus intenciones, o incluso puede partir de ella para sus propios fines. Entre esos escritores que gustan o gustaron de zambullirse en las reglas y a la vez se movieron o mueven como peces en el agua de la poesía, están, digamos, Arreola, Monterroso, o aquel "maxmordón" (como él diría) Gerardo Deniz, ese poeta, como muchos de los mejores, incomprensible.
Para el periodista (que lo fui y sigo siendo, de alguna forma), la visión de la misma realidad se agota en referencias informativas... Puaf: en definitiva, la experiencia poética es su antítesis. Me agradan los poemas-simulacro, máscara, fiesta de disfraces: son más verdaderos o... verosímiles. Y lo mejor: son capaces de ponerle un puntapié incluso a la verosimilitud. El periodismo, finalmente, es un oficio que unos y otros hacen con más o menos arte.
Y la publicidad... ah, esa engañosa prostituta... también entraña sus placeres. Díganlo si no.

N 06 05 08

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viernes, mayo 2

Arte y publicidad

Extraña relación la de publicidad y arte, si es que esa relación no entraña una guerra más o menos encubierta. El fenómeno de la comunicación es lo que el arte parece compartir con la publicidad, pero en cuanto empiezan a surgir las particularidades, esas que hacen al arte, la publicidad sale huyendo: las particularidades le importan en la medida que no son individuales.
La publicidad es el lugar común para lo colectivo, está al servicio de lo que la mayoría quiere ver y escuchar; después de todo se persigue al público. El arte puede o no ir en busca de público; en todo caso, desintegra a ese público en individualidades. Más bien suele hacerse el perdidizo. En cambio, la publicidad piensa en grande y facilita a un grado primario el canal comunicativo; el arte es minucioso al imaginar. La imaginación es sustancia del arte; para la publicidad, un instrumento.
¿Hay arte en la publicidad? ¿Vale la pena hacer público el arte? Las dos cosas. En la publicidad a veces hay arte y es raro que llegue a serlo... es un método colectivo que busca una respuesta colectiva, concreta únicamente en cuanto a que su finalidad es vender un producto. El arte, que se hace público (se expone, se publica, se representa o interpreta), toca al individuo, lo descoloca, no lo disuade: tiene sentido.

N 02 05 08

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