viernes, diciembre 25

Para escribir un poema verdadero

deletrea la palabra luz

seguida de manantial, fuente, río

—por lo bajo, lo alto y lo medio— 

y contrasta con sombra, herida, pájaro.

Si no están a la mano poco importa,

el aura de la poesía cubre palabras como 

voz, resplandor, fugaz, mirada y transitar.

Un buen poeta mexicano cita a López Velarde

cuando prepara su antología, pone a Octavio Paz

a hablar en su nombre, mal imita a Sabines,

parece haber leído a Papasquiaro

y hace una fiesta con su retahíla de frases

salpicadas de fisura, sueño y viaje

que viene a colgar en la sala del Poema.

No te preocupe si faltan palabras:

la palabra palabras te sacará de apuros

—recinto, silencio, agua y cauce

no tienen desperdicio.

No te limite la palabra desierto

ni laberinto ni estrella,

mucho menos fuego: irás

guiado por revelaciones.

miércoles, diciembre 23

Así

Huesos y músculos se me han atrofiado
como un automóvil sin uso, una cafetera
mal calibrada. A toda hora finjo estar
donde se supone que debiera, y más bien
soy una ausencia de viento,
un fantasma en su anhelo de ser
otro que ya ha sido y no volverá
aunque viviera exactamente lo mismo.


viernes, diciembre 18

Una dulce enfermedad

No espero un cáncer para empezar a observarme. Estoy metido hasta la médula en mi propio carcinoma falso. Estoy a punto de algo que no llega, algo que me mata de a poco, que elige dolores en sitios extraños, extrañados de mi cuerpo que no se reconoce no impera en el espacio de la habitación ni del mundo que alcanza a percibir.

No estoy hecho para que las células salten de contento. Mis tejidos se inflaman al contacto con la sangre contaminada. Mi enfermedad no tiene la plusvalía del prestigio. Es una enfermedad curable con voluntad, una enfermedad que ataca por falta de voluntad.

No hay lógica en este encerrarse en el cuerpo. Mi cuerpo que no reconozco, que nunca conocí, que se ha ido devastando con cada resurrección, cada intentona de tomar fuerzas de la nada. La nada es impulso, la nada es mi cuerpo, mi cuerpo-nada. No estoy aquí, no he pedido estar aquí y de cualquier modo las uñas me crecen, la nariz me sangra sin aviso, mis vasos sanguíneos se han ido debilitando por la gracia de un enemigo terrible: la dulzura de mi sangre.

Lo peor de esta muerte son sus pasos invisibles. Lo único verdadero es lo que resulta de sus golpes imperceptibles. Se sienten después de un rato: los riñones, el hígado, los vasos sanguíneos que antes deseaban azúcar hoy buscan, por supervivencia, amargura. Té amargo por la mañana. Un sabor en la lengua, en la garganta a todo aquello que quería evitar.

Mi enfermedad no es seria. El dulce que se ha unido a mi sangre es como la risa que acompaña, risa en exceso que termina por matar las células, por destruir las proteínas. Risa en la sangre, risa desbordada, capaz de debilitar las paredes de las venas, de introducirse en los tejidos, debilitarlos. Mis amigos han muerto de cáncer. Yo camino lentamente a una muerte por risa loca, esperpéntica en órganos incapaces de no soltar la carcajada.


martes, diciembre 8

El monstruo anónimo

Su problema: no era tan famoso como Frankenstein. Y eso que a él lo habían armado primero. ¿O a poco creían que el doctor atinó en su inicial experimento? Frankenstein al menos tomó de su creador el nombre. Él, por su parte —sus partes—, no tenía mas que el mote de monstruo. Sus fragmentos provenían de las mismas fuentes, habían sido desenterrados de las mismas tumbas y pagados a precio de descuento en las mismas morgues. Si el original —¡qué palabra tan cruel!— miraba con el ojo de un asesino en serie, él tenía el otro ojo, con cataratas. Si el grandulón había heredado largas y poderosas piernas de un antiguo transportista de fármacos ilegales, a él lo sostenían dos fideos de un contador corrupto y solo le había tocado la clavícula derecha del fortachón, puesto que el resto de los miembros se habían incinerado. Frankenstein se erguía como la obra prima del médico desafiante, pero el monstruo sin nombre solo estaba ahí para que sus órganos sirvieran de repuesto ante los posibles desperfectos que enfrentara la ingente bestia. Ese era su propósito: suplir en la banca, desde los pies hasta la cabeza, al jugador estrella de la gran final. Incluso alguien había escrito un libro con su historia, añadiendo detalles heroicos y exquisitamente perversos, lo cual, a su gusto, rayaba en la indignación. Cuando persiguieron a Frankenstein con antorchas a la cúspide del molino, nuestro monstruo anónimo los seguía de cerca, pensando en cuáles de sus miembros tendría que echar de menos —temporalmente, mientras se encontraban otros más adecuados— para curar al gigantón que le llevaba ventaja en el orgullo de su creador. Por eso nadie supo de este modelo armado con las piezas menos eficientes de cuerpos olvidados. Y se debatía en las sombras húmedas y mohosas del laboratorio, consumido por la rabia de un condenado al cadalso, la inteligencia desperdiciada de un ladrón de bancos y la paciencia inútil de un desfalcador. Ya no deseaba el nombre del doctor, ni por asomo. Y cuando vio completo el rompecabezas de esa mujer destinada a cumplir los caprichos del privilegiado golem de carne y huesos, se conmovió al verla reducida a cenizas. Él nunca había pedido nada, ni siquiera un nombre, si bien todos aquellos que lo conformaban se desgañitaban por un poco de atención. Era difícil establecer la concordia, el acuerdo entre asesinos y delincuentes de diversa estirpe, entre ladrones de cuello blanco y negro, y, quizá, solo quizá, el corazón de un niño abandonado.


lunes, diciembre 7

Vaca gato

Hubo un tiempo en Cocula que la gente se bajaba de la banqueta para dar paso a las vacas. Eran buenos tiempos, ahora no se ven vacas por ningún lado. En aquella época invité a mis amigos a pasar un fin de semana en el pueblo donde mi genealogía se extiende como roble milenario. Se trataba de alejarnos de Guadalajara todo lo que permitiera nuestra exigua economía. Cinco adolescentes en busca de una aventura, de libertad. El paraíso podía llamarse jugar póker sin que nuestras madres tocaran a la puerta del anfitrión en turno —aquel con los papás de viaje—  a las 3 de la mañana para llevarnos a empellones a casa. Eso sí que era vergonzoso, pero a todos nos había ocurrido, como si cada vez que nos escapáramos para apostar veinte míseros pesos con frijoles como moneda de cambio nos la jugáramos en la ruleta rusa de la vergüenza fraternal.

—¡Mamá! —replicaba, Charly— Yo te sigo.

Y lo hacía, media cuadra detrás.

Éramos vecinos, nos conocíamos desde niños. No nos separábamos desde el kínder, cuando defendimos a Édgar de unos abusadores de primero que reclamaban una banca del patio. Les hicimos la guerra sin descartar inevitables trompadas. En realidad, Édgar cursaba segundo, pero igual nos la rifamos por el que sería nuestro amigo más abismado. No tardó en reprobar un par de años con el solo propósito de contarse entre nuestra generación.

Ahora, ya adolescentes, nos habíamos apaciguado. Las estadísticas del INEGI nos agrupaban en números que significaban mi papá era contador y aseguraba que los números hablan mejor que las palabras empleos inciertos en un mundo incierto. Estábamos a punto de entrar a la preparatoria y el futuro se nos mostraba como los cristales cambiantes de un caleidoscopio.

Alex dudaba entre ser periodista o explorador desde que vio la película de Los Goonies. Nos entrevistó en el autobús, aunque había olvidado las pilas de la grabadora. Charly acariciaba la idea de ser piloto aviador: si se cortaba el cabello al ras era para acostumbrarse cuando lo aceptaran en la academia. Édgar albergaba el sueño de divulgar la ciencia al estilo Carl Sagan. Noé no tenía ni idea y yo quería ser un escritor de cuentos fantásticos.

Édgar, el ala científica del grupo, miraba por la ventana del autobús los sembradíos de maíz y de caña al pasar por Villa Corona. El viento caliente  del verano le golpeaba la cara como a uno de los perritos maltés que la mamá de Charly cargaba a todos lados. Nuestro cachirul nunca había visitado un pueblo. Su papá poseía una clínica psiquiátrica en el barrio de Santa Tere. Era muy protector, pero había aceptado que su hijo saliera el fin de semana con nosotros para que no presenciara el acoso de la prensa por habérsele fugado uno de sus inquilinos. Uno especialmente peligroso. Las paredes de su cuarto —en el ático de su mansión— estaban repletas de mapas de Nueva York y San Francisco, aunque por ahora se contentaba con visitar el pueblo de mis abuelos. Preparó una secuencia heavy metalera en un casete para su walkman, al que conectó una bocina portátil en el momento en que pasamos debajo del arco de bienvenida al pueblo. Se irguió orgulloso en su asiento por semejante tino: coreamos desafinados Welcome to the Jungle.

La casa de adobe se ubicaba en el centro del pueblo, al que mis familiares insistían en llamar ciudad. Pequeña pero confortable, incluía lo básico: dos enormes habitaciones con camas, baño y cocina sin alimentos. Nuestra misión era caminar hacia El Salto, una cascada que se avistaba en el rectángulo que el patio recortaba del cielo: un delgado hilo dental colgaba de lo alto del cerro.

Jugamos cartas la noche entera, con Eric Clapton y Dire Straits como soundtrack del despojo hasta que no pudimos más sostener los párpados.

Muy de mañana, heroico como solía, Noé se levantó para hacer yoga y el desayuno. Le echamos carrilla no sin ensayar lo mejor de nuestra ironía: aquello que llamábamos retortijones de indigesto, nos respondió muy serio, eran vaca-gato, dos posturas complementarias que nos harían sentir de perlas si queríamos sumar energía al camino de tres horas que nos llevaría al cerro. Hicimos las posturas con él, ensayando gestos burlescos. Un gato pinto nos observaba, recostado sobre la pared del patio.

Para entonces ya había contactado a mi primo Javier, quien sería nuestro guía en la excursión. Chicos citadinos, después de todo, no queríamos arriesgarnos a algún sobresalto.

Después de recorrer el pueblo y darme cuenta de que no podíamos visitar local alguno, tienda, expendio, panadería, puesto de nieve o birriería donde no me saludara al menos un familiar, nos enfilamos a casa para preparar los atunes y bebidas que cargaríamos en las mochilas.

Cerramos el portón de madera con una llave de hierro que asomaba la oreja de la bolsa de mi pantalón y nos encaminamos orondos a la conquista del Salto. Édgar no daba crédito a que nos bajáramos de la banqueta para dar lugar a la fila india de vacas que mugían rumbo a los pastizales de la presa, un poco más cerca de donde pensábamos pintar con spray nuestra firma de conquistadores. Escuchábamos Master of Puppets de Metallica. Las vacas avanzaban con un mesurado ritmo y un brillo sabio en los ojos cada vez más pequeño a nuestras espaldas.

Mi primo Javier se posicionó a la vanguardia, seguido de un Noé ansioso por demostrarnos su pericia con la resortera contra envases vacíos de cerveza y ramas que se extendían como brazos de momias disecadas, sin más resultado que dos o tres conguitas abandonando las copas de los árboles. Cruzamos maizales, casas de campo abandonadas, campesinos a caballo seguidos de sus perros, camionetas con música de banda a todo volumen, repletas de muchachos que pasarían la tarde en los márgenes de la presa.

Nosotros íbamos mucho más allá. Hacia la cuchilla que partía en dos la montaña.

Acordamos detenernos de vez en cuando para que Édgar descansara y tomara fotos con su Canon de dos o tres mezquites trespeleques y los buitres que circulaban el cielo. Noé y Alex les tiraron un par de chicles masticados, sin resultado alguno. Charly pisó la caca fresca de una vaca y se la pasó renegando el resto de la caminata.

Cruzamos lienzos de piedras y cercos de alambres de púas, guardaganados y animales pudriéndose, desparpajados entre matorrales. Los huizapoles se adhirieron a nuestros calcetines como velcro, con el añadido de sutil tortura. Subimos por entre rocas grises y afiladas, algunas resbalosas. Hasta que por fin, cuando menos lo esperábamos, Javier se irguió en lo alto del cerro: parecía invitarnos a alzar la bandera de Iwo Jima. Apenas si arribamos, ya bofos y respirando como fuelles.

Nos sentamos entre las piedras que rodeaban los pequeños hilos de agua que llamaban cascada allá abajo, en el conglomerado de cuadritos extendido como sábana a lo largo del valle. De frente, en una colina, el antiguo Templo de la Cruz. Las hélices del molino de viento oxidado, en el atrio que hacía las veces de mirador, giraban y era como si un alegre anciano nos saludara desde lejos agitando el sombrero.

El agua de la presa se amontonaba allá abajo, reflejando las nubes y nuestro triunfo. Se escucharon unos disparos que hicieron eco en la montaña y luego nada. Para los seis chicos que estábamos allí sentados todo formaba parte del juego de la aventura.

Comimos los atunes con rancias tostadas y agua de limón. Alex nos platicó de grupos de excursionistas desaparecidos, Noé se paró de cabeza en una roca, Édgar sacó su mini-consola portátil para jugar Pole Position, Charly practicó tiro al blanco con un cuchillo de Rambo en la corteza de un mezquite, Javier leyó su cómic de Archie y las Pussycats y yo me quedé dormido.

Cuando menos lo esperábamos habían transcurrido varias horas y el sol se tornó naranja. Nos dispusimos a regresar, pero apenas bajábamos por la ladera, haciendo equilibrio en las húmedas lajas, el crepúsculo se desparramó como un animal herido por una bala perdida y al fin nos envolvió la oscuridad con su denso abrazo. Nos imaginé en la primera escena del Séptimo sello.

Mi primo Javier, que antes iba adelante, ahora nos seguía como una lechuza a su perdidiza presa: no entendía cómo volver a casa sin ver ni las palmas de sus manos. El descenso se volvió un martirio. Nos tocábamos las espaldas a tientas, excepto cuando resbalábamos al pisar arena suelta.

Se nos ocurrió bordear el cauce del río, hasta que nos topamos con la huella en el lodo fresco de un gato montés. Al menos eso sí lo sabía mi primo, pero su conocimiento de la icnología acentuó nuestra preocupación. Alex consultaba su brújula: daba igual. Tampoco podíamos detenernos. No queríamos que nos confundiera algún cazador furtivo de venados. Édgar ya extrañaba su póster de San Francisco y nos compartió su sospecha de que había visto al loco escapado de la clínica mental de su padre en el autobús.

—Me fijaba sus ojos de loco, seguro que era él. Además mi papá hace experimentos ilegales con sus cerebros —nos confesó.

Noé ignoraba qué postura yogui nos podía librar de la desorientación, Alex solo pensaba en estadísticas de extraviados y víctimas de enfermos mentales, Charly se había amarrado un trapo a la frente con el símbolo de Karate Kid y sostenía con fuerza su cuchillo por si nos atacaba el felino de la huella o un depredador más feroz, Javier alucinaba contándonos de su última excursión a la matiné del cine Imperial en el pueblo: la quinta entrega de Viernes 13.

En eso avizoré una huella más grande y perfectamente reconocible: la de una vaca. El rastro del felino nos había llevado a la del bóvido rumiante, así fuera por miedo a su ataque. Alex me iluminó el rostro con un cerillo y luego a la huella: a esa huella siguió otra, y otra más adelante. Por fin dimos con un rebaño de vacas rezagadas. Por lo visto algún acomedido les había cerrado una cerca y la única salida disponible la impedía un guardaganados. Dos o tres vacas nos miraron inquietas, a punto de embestirnos. Noé abrazó con cariño el lomo de una pinta y las demás se tranquilizaron. Si el gato montés nos acechaba, o incluso el loco de la clínica, lo más seguro es que sus mugidos nos prevendrían del peligro.

Decidimos trabajar en conjunto, a cierta distancia de Noé y los ojos brillantes de las vacas que no nos perdían de vista. La gente suele tirar basura en el campo, por lo que no fue difícil hallar unos tablones de madera podrida. Algunos todavía aguantaban. Charly les quitó los clavos con su cuchillo de batalla y los colocamos sobre las rejas a pie de piso. Las vacas, como si muy en el fondo de su ser supieran que de algún modo u otro saldrían del atolladero, como si en realidad solo nos hubieran estado esperando para proseguir a la Ítaca polvorienta de sus corrales, cruzaron ondulando sus colas tal péndulos pacientes.

Fue así que llegamos a la panadería de mi tío Chuy, quien ya había reunido a un contingente de inevitables familiares para buscarnos con antorchas.

Édgar ya no volvió a protestar porque las vacas caminaran por las banquetas, aunque empezó a ahorrar para viajar a San Francisco el próximo verano. Javier pretextó que de noche nunca salía de casa porque el cura decretaba toque de queda. Alex contó cómo había encendido la chispa que nos daría la primera pista a la libertad. Charly guardó un trozo de madera podrida como trofeo en su mochila. Noé hacía el gesto de un iluminado. Yo me quedé pensativo. Ni se nos ocurrió contarles que habíamos invocado muy temprano, como a nahuales impredecibles, a las vacas gato que nos salvarían en el oscuro regreso a casa.


domingo, diciembre 6

Medito

No tiene caso mirar un punto fijo,

una vela, nubes inconformes.

Medito sobre mis zapatos viejos,

la escalera herrumbrosa, el robot

eléctrico que ya no funciona.

Medito sobre lápices de colores,

maquillaje con puntitos plateados.

Medito sobre el vacío, la muerte,

lo que dé dinero fácil.

Medito de cabeza, en torsión,

arqueando el cuerpo entero

como un popote de plástico.

Medito sobre este pedazo de basura,

la hoja donde alguien

escribió una nota suicida

que terminó siendo

un mal poema.

Medito que las puertas se abren,

también se cierran o nunca se abren

ni se cierran.


jueves, diciembre 3

Mujeres africanas

Me robé de la biblioteca marista El Principito y un libro de tribus africanas. Al Principito le taché con plumón los sellos marianos y al libro verde con mujeres negras de grandes senos y tetas oscuras lo escondí en el patio trasero de la casa, donde nadie lo vería porque ahí arrejolan mis papás cuanto desean desaparecer.

Las viejas enciclopedias y los libros de tercero, cuarto y quinto que mis hermanos y yo dejamos atrás sobrevivían en los estantes aunque al lado hubiera ropa tendida, estilando. Mi libro de mujeres africanas estaba bien acompañado. De tribus, pero a mí lo que me interesaba eran esas mujeres exóticas. Sus cuellos alargados con collares, sus labios inferiores agrandados por aros, sus senos caídos hasta la cintura, su piel canela y azabache, el sexo sin pudor.

Es mi último año en la primaria. En los grados anteriores no hice ningún amigo, tal vez porque llegué a este colegio en segundo y nunca me adapté al acoso. Me gritaban el apodo que me ha acompañado hasta ahora: Pinocho. Y una variante imbécil: Pinochet. Ese nombre aparece en las noticias que ven mis papás, es un militar condecorado, pero a mí no me cae nada bien y me fastidia que asocien su nombre conmigo. Y yo iba y los perseguía, y cuando los alcanzaba no sabía qué hacer. ¿Por qué les iba a hacer daño? Dejé de ir tras ellos una vez que salí corriendo tras Rodolfo, un güero chino que, al alcanzarlo, se detuvo y me golpeó la tráquea con el puño. Caí al piso ahogándome, sin poder respirar. Me repuse y conocí el odio.

Ya estoy grande y el próximo año entraré a la secundaria. Este no es un paraíso. Me he pasado los recreos año con año circulando el patio, caminándolo como si no esperara nada. A veces me compro churros empapados en limón y salsa Valentina. O mi banquete preferido: Coca-Cola y Canelitas. Miro a los demás niños jugar futbol, básquet, y no me atrae hacer lo mismo. Por eso descubrir la biblioteca ha sido revelador. Me pregunto si se habrán dado cuenta de que me llevé estos dos libros. Si me cachan con el del Principito, seguro que no lo reconocen porque pinté los sellos con plumón negro. Los dibujos a color me parecen encantadores. Ese de la boa que se come al elefante me ha seguido el día entero. Quisiera que una boa se tragara a mis compañeros de clase. Lo puedo representar en mi mente.

Me pregunto cómo las mujeres africanas pueden vivir de esta manera, en la selva, entre animales salvajes, acarreando pesados baldes de agua, despiojando a los niños, cazando, bailando alrededor de una fogata. Es algo asombroso… y real. Porque son fotos. Estas mujeres de senos blandos y —leí en el libro— elongados viven como yo o como cualquiera. Y a nadie parece molestarle. Andan tan campantes.

Cada día, antes de ir a la escuela, mi mamá me prepara un chocomilk que, para cuando llego a la cocina, luego de que me desperezo, me peino y me cambio, se ha separado en sus componentes: leche y chocolate, una base de azúcar al fondo. La espuma se adhiere al vaso y no me dan ganas de tomármelo. Sueño que es África vista desde un aeroplano. Luego lo bato para que la fórmula funcione en mi paladar.

El colegio es de puros hombres. Cada salón contiene al menos a cincuenta de nosotros. Es una energía difícil de controlar. Se trata de demostrar quién es el más fuerte, el más chingón. Quién gana cuando bajamos corriendo en tropel por la escalera en el recreo. Quién patea mejor el bote de Frutsi en los pasillos, como si fuera un balón sin portería. Quién hace girar más veces el spirol con un amañado golpe de fuerza. Quién burla a los jugadores para meter más canastas, más goles. De quién se burlan todos.

Tengo nariz aguileña, puntiaguda, y orejas grandes. Soy pequeñito y flaco. Además, salto de enojo ante cualquier provocación. Soy el blanco perfecto. Si le respondo a uno con un puñetazo, él y tres más me esperan a la salida, me montonean.

El Principito encontró en otros planetas a personajes inolvidables, pero al final regresó con su rosa y su borrego. Por la forma misteriosa en que viajó, da la sensación de que siempre permanecerá en el desierto. Ahora que observo mejor, los sellos de la biblioteca alcanzan a transparentarse. Más vale que no me lleve este libro al colegio. Me paso los días en la biblioteca y dando vueltas al patio. Doy vueltas y vueltas, ya ni veo a nadie, solo me concentro en mi propio mundo. Es como si lo delimitara con mis vueltas.

Creo que este patio sería divertido si fuera una selva con tribus africanas. Mujeres negras y desnudas, de labios más sobresalientes que sus narices, yendo de un lado a otro, cruzándose en mi camino mientras saboreo mis Canelitas con Coca. Nunca había visto el sexo de una mujer. Y estas africanas lo muestran sin tapujos. Parece que les resulta tan natural como un árbol, un pozo de agua. Y es tan misterioso como un árbol, un pozo de agua.

El otro día deambulaba en el recreo cuando de pronto me quedé ciego. Me invadió un tsunami de oscuridad que borroneó el mundo. Me asusté muchísimo. Solo atiné a caminar moviendo mis brazos para no chocar con nadie, hasta que alcancé un poste de básquet. Lo abracé como un náufrago al último trozo de tocino. La gritería, los juegos, niños corriendo, spirols girando, risas, de un momento a otro todo cesó. Solo había silencio, estaba solo con mi oscuridad, mi miedo.

Después de varias horas empecé a ver, poco a poco, de nuevo. No había ni Principito, ni mujeres africanas ni niños ni nada. Mi mente en blanco. Estaba solo. A lo lejos un señor, el intendente, recogía papeles. Muy lejos.

Respiré profundo. Me encaminé tambaleando a mi salón, y entré. Nadie me preguntó ni pío. El maestro daba la clase mirando fijamente al pizarrón mientras los niños se arrojaban papeles y gises. Me senté en el pupitre con la rara sensación de lo inexplicable. Quizá, pensé, un intento del Principito por llevarme a África a conocer mujeres negras y exóticas. Solo que nunca nada sale como se espera.


martes, diciembre 1

Desenterrado

Lo que les voy a contar no es invento. Por favor, sírvanse ustedes mismos. Hay tequila, vodka, whisky, al gusto de cada quien. Ya sabemos que no nos es posible explayarnos con temas que ronden en la situación política y de seguridad que el pueblo padece al extremo desde que se le declaró la guerra al narco. Esa hidra obscena comprobó sus cualidades de regeneración. Ahora los halcones nos tienen cercados, hasta puede haber uno en la familia que nos delate y lo perdamos todo. Con esto mismo que digo arriesgo mi propiedad, apenas un departamento en el centro por el que me hacen pagar protección. Hablo entre gentes de confianza, de larga amistad. Sentados en el huerto de mi padre, anciano ya, con una puerta de madera como mesa sobre ladrillos, con la fogata crepitando, les contaré lo que en realidad ya saben, porque este tipo de chismes rondan por lo bajo las reuniones familiares, incluyendo velorios. Hay un tesoro aquí enterrado. Hace años, cuando mi papá era joven y vivía con mi tío abuelo —su mamá, mi abuela, repartió a los hijos entre los parientes, ya que mi abuelo campesino estaba desaparecido en el norte y eran muy pobres—, escuchó esto mismo. Y observó que de noche un rincón entre el aguacate y la zarzamora resplandecía, signo inequívoco de que una agradable sorpresa le aguardaba. Tenue, la luz parecía un fantasma llamándole a atravesar la densa oscuridad. Mi papá tendría unos 16 años y, como a todo joven, la ambición le ganó. Su tío le dijo que no había perdido nada, así que nada había que buscar. ¿Pero y si alguien se brincaba por la barda, escarbaba y se llevaba el tesoro? Era sabido que el famoso bandido Archibaldo y sus secuaces asolaban el cerro del Huehuentón en el siglo XIX y enterraron sus recompensas a lo largo de este pueblo y los circunvecinos. Como era de esperarse, murió baleado en una emboscada. La costumbre era, a semejanza de las novelas de aventuras, enterrar las monedas de oro con los cadáveres de los testigos encima, echándoles una maldición para que las resguardaran. A mi papá la historia, lejos de darle miedo, le fascinó. Marcó el lugar que emitía un halo de luz amarillento y a la mañana siguiente escarbó con frenesí. El cansancio era lo de menos. Escarbó hasta que topó con algo sólido, tal vez una piedra. Pero no, no podía ser: más bien era un hueso… humano. El radio y el cúbito dieron lugar a un fémur poroso y a metacarpos desperdigados. El cráneo le sonrió con un diente de plata. Estaba exhausto y comenzaba a anochecer, así que colocó los huesos en una caja que guardó bajo su cama para llevarlos al camposanto en la mañana. Después de todo, estaba a tres cuadras de distancia, al final de una pineda extendida a lo largo de la segunda avenida principal del pueblo. Tan fatigado estaba que no tardó en dormir. Soñó con el bandido Archibaldo. El pecho cruzado por carrilleras, el rostro adusto y cruel, de barba negra y desaliñada. Lo vio cabalgando con sus compinches la ladera hasta que se adentraron en un camino sinuoso, donde fueron acribillados por tiradores ocultos entre matorrales, en lo alto del cerro. Cayeron uno a uno. Archibaldo todavía estaba vivo cuando su caballo lo arrastró, un pie atorado en el estribo. La cara desangrada, el cuerpo maltrecho como el de un Héctor apócrifo tras la riendas de un vengativo Aquiles. Sus hombres dispersos entre ropa desgarrada y sangre a borbotones. Rematados junto a sus finos caballos. Entonces Archibaldo, al que apodaban el Zanate, acercó el rostro y le clavó sus ojos azabache rodeados de una inquietante aura amarilla, como queriendo desentrañar su identidad. Y despertó porque sintió que su cama se movía como una embarcación de lado a lado, despertó y creyó ver que los cajones de la cómoda y el ropero se abrían y cerraban por manos invisibles. De inmediato se desperezó, impulsado por el pánico: leves hilos de luz lunar se colaban por entre los resquicios de la cortina. Se levantó con el cuerpo aporreado, los pensamientos desperdigados y maltrechos le trajeron de nuevo la imagen de los hombres caídos bajo las balas. Los penetrantes ojos de Archibaldo todavía lo escudriñaban, eran los de un ave a punto de picotear a su presa. Tan acelerado le palpitaba el corazón que sentía que iba a estallar como un revólver con la última bala del tiroteo. Su respiración entrecortada poco a poco fue dando lugar a la calma y luego a la reflexión. Tomó la caja con los huesos y antes de que saliera el sol los enterró entre dos tumbas sin nombre del antiguo cementerio. Más tardó en abrir aquel pozo en el huerto que en echar de nuevo la tierra blanda. Apisonó con la pala y sus botas para que no se notara el lugar en lo que sembraba un limonero, aunque sabía que los tesoros se mueven a voluntad debajo de la tierra. En el desayuno, el tío le palmeó la espalda satisfecho. Si no lo enterraste tú, Vicente, no puede ser tuyo. Esas cosas las cuida el diablo, ahora lo sabes. Mi papá estaba demasiado asustado como para reparar en que ya nunca vería ese resplandor. Solo recordaba los ojos inquisitivos de Archibaldo, sus facciones bañadas en escarlata, el odio incrustado en la expresión adusta. Días después halló una moneda cuadrangular de 1810, acuñada con el nombre de Cocula. Ustedes comprenden que si el tesoro quiere ser encontrado, el fuego fatuo se le presenta como una alternativa. Mi papá se convenció de que desenterrar tesoros no era lo suyo y se fue a la ciudad a probar suerte. De mensajero fue ascendiendo hasta ser gerente de banco a los 21 años. Lo mejor es que pudo mantener a su madre y a su padre, quien regresó del norte años después, con la amargura de haber trabajado de balde porque el gobierno mexicano retuvo sus ganancias y el dinero de todo un contingente de campesinos se dio por perdido. Otro tesoro enterrado bajo una pila de documentos y burocracia. Ah, pero recuerdan la historia de aquel que aquí en el pueblo poco a poco se iba quedando sin dinero para comer. Y gastaba los días y las noches escarbando su propiedad, vuelta de cabeza. Su casa, el corral parecían una colonia de hormigueros, una red de montículos y agujeros. Alguien le había dicho que ahí había un tesoro, se lo creyó y, ya con la salud al límite, el hambre que no perdona, vendió su casa a un precio modesto, dado que tendrían que remodelarla. La nueva dueña, una joven estudiante de medicina que cumplía con su servicio social, clavó un clavo en la habitación principal para colgar su imitación de Picasso y el adobe se derrumbó a sus pies. Por suerte salió ilesa, atónita ante el reguero de monedas amarillas dispersas en el piso de barro. Nadie sabe para quién trabaja. Sírvanse otra, la del estribo, faltaba menos. Lo peor son los delirios que invaden a los buscadores de tesoros. Anden, no estén allí nomás, con su silencio de árboles, va a amanecer y debo barrer las hojas. No digan que aquí estuvimos, hablando como solíamos de niños en los velorios. En nadie se puede confiar.