viernes, diciembre 18

Una dulce enfermedad

No espero un cáncer para empezar a observarme. Estoy metido hasta la médula en mi propio carcinoma falso. Estoy a punto de algo que no llega, algo que me mata de a poco, que elige dolores en sitios extraños, extrañados de mi cuerpo que no se reconoce no impera en el espacio de la habitación ni del mundo que alcanza a percibir.

No estoy hecho para que las células salten de contento. Mis tejidos se inflaman al contacto con la sangre contaminada. Mi enfermedad no tiene la plusvalía del prestigio. Es una enfermedad curable con voluntad, una enfermedad que ataca por falta de voluntad.

No hay lógica en este encerrarse en el cuerpo. Mi cuerpo que no reconozco, que nunca conocí, que se ha ido devastando con cada resurrección, cada intentona de tomar fuerzas de la nada. La nada es impulso, la nada es mi cuerpo, mi cuerpo-nada. No estoy aquí, no he pedido estar aquí y de cualquier modo las uñas me crecen, la nariz me sangra sin aviso, mis vasos sanguíneos se han ido debilitando por la gracia de un enemigo terrible: la dulzura de mi sangre.

Lo peor de esta muerte son sus pasos invisibles. Lo único verdadero es lo que resulta de sus golpes imperceptibles. Se sienten después de un rato: los riñones, el hígado, los vasos sanguíneos que antes deseaban azúcar hoy buscan, por supervivencia, amargura. Té amargo por la mañana. Un sabor en la lengua, en la garganta a todo aquello que quería evitar.

Mi enfermedad no es seria. El dulce que se ha unido a mi sangre es como la risa que acompaña, risa en exceso que termina por matar las células, por destruir las proteínas. Risa en la sangre, risa desbordada, capaz de debilitar las paredes de las venas, de introducirse en los tejidos, debilitarlos. Mis amigos han muerto de cáncer. Yo camino lentamente a una muerte por risa loca, esperpéntica en órganos incapaces de no soltar la carcajada.


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