lunes, diciembre 7

Vaca gato

Welcome to the jungle
We got fun and games
We got everything you want
Honey, we know the names


Cerramos el portón de madera con una llave de hierro que asomaba la oreja de la bolsa de mi pantalón como si no quisiera perderse nada de lo que dijéramos y nos encaminamos orondos a la conquista de la cascada en El Salto. José no daba crédito a que nos bajáramos de la banqueta para dar lugar a la fila india de vacas que mugían rumbo a los pastizales de la presa, un poco más cerca de donde pensábamos pintar con spray nuestra firma de conquistadores. Atinó a compartirnos Welcome to the jungle a todo volumen desde una grabadora LG de un negro deteriorado que cargaba en el hombro derecho mientras caminaba como solía hacerlo: a trancos, balanceándose de un lado a otro como si fuera una lancha abriendo las calles al ritmo de sus aguas. Las vacas, que movían sus orejas hacia atrás y hacia delante inmunes al desparpajo de Axel Rose y al de los Pepsimaniacos, que ensayábamos instrumentos de aire para seguirle el juego avanzaban con un mesurado ritmo y un brillo sabio en los ojos cada vez más pequeños a nuestras espaldas.
Mi primo Javier se posicionó a la vanguardia, seguido de un Noé ansioso por demostrarnos su pericia con la resortera contra envases vacíos de cerveza y ramas que se extendían como brazos de momias disecadas, sin más resultado que dos o tres conguitas abandonando las copas de los árboles. Cruzamos maizales, casas de campo abandonadas, campesinos a caballo seguidos de sus perros, camionetas con música de banda a todo volumen, repletas de muchachos que pasarían la tarde en los márgenes de la presa.
Nosotros íbamos mucho más allá. Hacia la cuchilla que partía en dos la montaña.
Acordamos detenernos de vez en cuando para que José descansara y tomara fotos con su Canon de dos o tres mezquites trespeleques y los buitres que circulaban el cielo. Noé y Alex les tiraron un par de chicles masticados, sin resultado alguno. Charly pisó la caca fresca de una vaca y se la pasó renegando el resto del camino, además de propiciar nuestro distanciamiento involuntario.
Cruzamos lienzos de piedras y cercos de alambres de púas, guardaganado y animales pudriéndose, desparpajados entre matorrales. Los huizapoles se adhirieron a nuestros calcetines como velcro, con el añadido de sutil tortura. Subimos por entre rocas grises y afiladas, algunas resbalosas. Hasta que por fin, cuando menos lo esperábamos, Javier se irguió en lo alto del cerro: parecía invitarnos a alzar la bandera de Iwo Jima. Apenas si arribamos, ya bofos y respirando como fuelles.
Nos sentamos entre las piedras que rodeaban los pequeños hilos de agua que llamaban cascada allá abajo, en el conglomerado de cuadritos extendido como sábana a lo largo del valle. De frente, en una colina, el antiguo Templo de la Cruz. Las hélices del molino de viento oxidado, en el atrio que hacía las veces de mirador, giraban y era como si un alegre anciano nos saludara desde lejos agitando el sombrero.
Se trataba de alejarnos de Guadalajara todo lo que permitiera nuestra exigua economía sentía un gran placer interno al utilizar las palabras que iba descubriendo en el diccionario como si ya las hubiera asimilado con naturalidad. Cinco adolescentes en busca de una aventura, de libertad comenté, todavía aturdido por la caminata cerro arriba.
Después de la última ocasión me interrumpió Alex, para disipar el tono a novela barata en que jugamos póker en mi casa, lo mejor era huir de nuestras madres. Qué gracioso fue, Charly, cuando tu mamá tocó a mi puerta a las tres de la mañana para preguntar por ti. Habías ganado, con tu montoncito de frijoles, veinte míseros pesos y estabas feliz como si hubieras sobrevivido a la ruleta rusa.
No, no terció Noé, eso no fue lo mejor de la noche, sino cuando tu mamá, sin decir palabra, hizo que la siguieras dejando en la mesa tus ganancias.
"¡Mamá! Yo te sigo", le repetías como si tuviera los oídos tapados, media cuadra detrás de ella completé, ocasionando un coro de risotadas.
─¡Cómo me hubiera encantado presenciar la escena! gritó José, salpicando los rostros de todos con trozos de tostada y atún que todavía no había masticado.
─Hubiera sido memorable, si te dignaras a salir de tu cuarto más seguido. 
En realidad, nadie se ha salvado de semejante cuadro. Nomás me quieren dejar malparado replicó Charly, con un tono entre irónico y altanero.
¡O malparido! corrigió alguien desde el anonimato.
El paraíso podía llamarse jugar póker sin que nuestras madres tocaran a la puerta del anfitrión en turno —aquel con los papás de viaje—  a las 3 de la mañana para llevarnos a empellones a casa. Eso sí que era vergonzoso, pero a todos nos había ocurrido, como si cada vez que nos escapáramos para apostar veinte míseros pesos con frijoles como moneda de cambio nos la jugáramos en la ruleta rusa de la vergüenza fraternal.
Éramos vecinos, nos conocíamos desde niños. No nos separábamos desde el kínder, cuando defendimos a José de unos abusadores de primero que reclamaban una banca del patio. Les hicimos la guerra sin descartar inevitables trompadas. En realidad, José cursaba segundo, pero igual nos la rifamos por el que sería nuestro amigo más abismado. No tardó en reprobar un par de años con el solo propósito de contarse entre nuestra generación.
Ahora estábamos a punto de entrar a la preparatoria y el futuro era moldeable como un par de calcetines. Alex dudaba entre ser periodista o explorador desde que vio la película de Los Goonies. Nos entrevistó en el autobús hacia Cocula, aunque había olvidado las pilas de la grabadora.
A mí me late ser piloto aviador le contestó Charly para iniciar el juego.
¡Así que por eso te cortaste el cabello al ras!
No, eso fue porque tenía piojos…
Ya quisieras, ando a rapa como los hombres, y pronto tendré uniforme, si me aceptan en la academia.
Es más factible que vueles por los aires…
El que se lleva se aguanta…
Me refiero a que tu plan tiene más posibilidades que el de José, porque eso de ser físico no creo que dé dinero.
¿Así que ahora hablamos de mí?
De ti y de tu santo patrono Carl Sagan.
Ah, eso sí, pero de santo no tiene nada. Ya les contaré de Richard Feynman.
Pero miren a Noé, no tiene idea. Lo más seguro es que termine siendo arquitecto… o vendedor de seguros.
Pues mira, Carlos, si sigues así vas a ser escritor de cuentos fantásticos, y de los malos.
O sea, de los que ganan una fortuna…
Sí, claro, de esos que tienen por tótem el viaje del héroe…
Me inclino más bien porque la hidra lo despedace... al no héroe…
¿Ya ves?
José miraba por la ventana del autobús los sembradíos de maíz y de caña al pasar por Villa Corona. El viento caliente del verano le golpeaba la cara como a uno de los perritos maltés que la mamá de Charly cargaba a todos lados. Nuestro cachirul nunca había visitado un pueblo. Su papá poseía una clínica psiquiátrica en el barrio de Santa Tere. Era muy protector, pero había aceptado que su hijo saliera el fin de semana con nosotros para que no presenciara el acoso de la prensa por habérsele fugado uno de sus inquilinos. Uno especialmente peligroso. Las paredes de su cuarto —en el ático de su mansión— estaban repletas de mapas de Nueva York y San Francisco, aunque por ahora se contentaba con visitar la tierra de mis abuelos. Preparó una secuencia heavy metalera en un casete para su walkman, al que conectó una bocina portátil en el momento en que pasamos debajo del arco de bienvenida, salpicado de relieves mariacheros en la cantera gris. Se irguió orgulloso en su asiento por semejante tino y por primera vez en el día coreamos desafinados Welcome to the Jungle.
La casa de adobe se ubicaba en el centro del pueblo, al que mis familiares insistían en llamar ciudad. Pequeña pero confortable, incluía lo básico: dos enormes habitaciones con camas, baño y cocina sin alimentos. Nuestra misión era caminar hacia El Salto, una cascada que se avistaba en el rectángulo que el patio recortaba del cielo: un delgado hilo dental colgaba de lo alto de un cerro al que parecía cortar en dos.
Esa noche jugamos cartas hasta la madrugada, con Eric Clapton y Dire Straits como soundtrack del despojo, hasta que no pudimos más sostener los párpados. Muy de mañana, heroico como solía, Noé se levantó para hacer yoga y el desayuno. Le echamos carrilla no sin ensayar lo mejor de nuestra ironía: aquello que llamábamos retortijones de indigesto.
Son vaca-gato, dos asanas que les harían sentir de perlas si quisieran sumar energía al camino de tres horas hacia el cerro nos contestó con aire molesto, hasta que suspiró profundamente y terminó por resignarse con una mueca compasiva.
Terminamos por hacer las posturas con él, ensayando gestos burlescos. Un gato pinto nos observaba, recostado sobre la pared del patio.
Para entonces ya había contactado a mi primo Javier, quien sería nuestro guía en la excursión. Chicos citadinos, después de todo, no queríamos arriesgarnos a algún sobresalto.
El agua de la presa se amontonaba allá abajo, reflejando las nubes y nuestro triunfo. Se escucharon unos disparos que hicieron eco en la montaña y luego nada. Para los seis chicos que estábamos allí sentados todo formaba parte de una lúdica aventura.
Cuando terminamos de engullir los atunes embarrados en rancias tostadas y refrescarnos con agua de limón, Alex sacó a la plática el tema de los grupos de excursionistas desaparecidos, Noé se paró de cabeza en una roca, José sacó su mini-consola portátil para jugar Pole Position, Charly practicó tiro al blanco con un cuchillo de Rambo en la corteza de un mezquite, Javier leyó su cómic de Archie y las Pussycats y yo me quedé dormido.
Sin sentirlo, habían transcurrido varias horas y el sol se tornó naranja. Nos dispusimos a regresar, pero apenas bajábamos por la ladera, haciendo equilibrio en las húmedas lajas, el crepúsculo se desparramó como un animal herido por una bala perdida y al fin nos envolvió la oscuridad con su denso abrazo. Nos imaginé en la primera escena del Séptimo sello.
Mi primo Javier, que antes iba adelante, ahora nos seguía como una lechuza a su perdidiza presa: no entendía cómo volver a casa sin ver ni las palmas de sus manos. El descenso se volvió un martirio. Nos tocábamos las espaldas a tientas, excepto cuando resbalábamos al pisar arena suelta.
Se nos ocurrió bordear el cauce del río, hasta que nos topamos con la huella en el lodo fresco de un gato montés. Al menos eso sí lo sabía mi primo, pero su conocimiento de la icnología según el diccionario de bolsillo en mi mochila: estudio de las huellas acentuó nuestra preocupación. Alex consultaba su brújula: daba igual. Tampoco podíamos detenernos. No queríamos que nos confundiera algún cazador furtivo de venados. José ya extrañaba su póster de San Francisco y nos compartió su sospecha de que había visto al tipo escapado de la clínica de su padre en el autobús.
—Fijaba sus ojos de loco en los míos, seguro que era él. Seguro, porque mi papá hace experimentos ilegales con sus cerebros —nos confesó con una sonrisa irónica.
Noé ignoraba qué postura yogui nos podía librar de la desorientación, Alex solo pensaba en estadísticas de extraviados y víctimas de enfermos mentales, Charly se había amarrado un trapo a la frente con el símbolo de Karate Kid y sostenía con fuerza su cuchillo por si nos atacaba el felino de la huella o un depredador más feroz, Javier alucinaba contándonos de su última excursión a la matiné del cine Imperial en el pueblo: la quinta entrega de Viernes 13.
En eso avizoré una huella más grande y perfectamente reconocible: la de una vaca. El rastro del felino nos había llevado a la del bóvido rumiante, así fuera por miedo a su ataque. Alex me iluminó el rostro con un cerillo y luego a la huella: a esa huella siguió otra, y otra más adelante. Por fin dimos con un rebaño de vacas rezagadas. Por lo visto algún acomedido les había cerrado una cerca y la única salida disponible la impedía un guardaganado. Dos o tres vacas nos miraron inquietas, quizá a punto de embestirnos. Noé abrazó con cariño el lomo de una pinta y las demás se tranquilizaron. Si el gato montés nos acechaba, o incluso el loco de la clínica con aire de extrañar un ojo o un riñón, lo más seguro es que sus mugidos nos prevendrían del peligro.
Decidimos trabajar en conjunto, a cierta distancia de Noé y los ojos brillantes de las vacas que no nos perdían de vista. La gente suele tirar basura en el campo, por lo que no fue difícil hallar unos tablones de madera podrida. Algunos todavía aguantaban. Charly les quitó los clavos con su cuchillo de batalla y los colocamos sobre las rejas a pie de piso. Las vacas, como si muy en el fondo de su ser supieran que de algún modo u otro saldrían del atolladero, como si en realidad solo nos hubieran estado esperando para proseguir a la Ítaca polvorienta de sus corrales, cruzaron ondulando sus colas como anticuados relojes de péndulo.
Fue así que llegamos a la panadería de mi tío Chuy, quien ya había reunido a un contingente de inevitables familiares para buscarnos con antorchas y lámparas de mano.
José ya no volvió a protestar porque las vacas transitaran por las banquetas, aunque empezó a reunir sus ahorros para costearse un viaje a San Francisco el próximo verano. Javier pretextó que de noche nunca salía de casa porque el cura decretaba toque de queda. Alex escupió un discurso para aleccionarnos de cómo había encendido la chispa que nos daría la primera pista a la libertad. Charly guardó un trozo de madera podrida como trofeo en su mochila. Noé permanecía con el gesto extático de un iluminado. Yo no sabía qué pensar. Ni se nos ocurrió contarles que habíamos invocado muy temprano, como a nahuales impredecibles, a las vacas gato que nos llevarían de regreso a casa.

1 comentario:

Unknown dijo...

Sin duda una gran aventura que a la poca experiencia no se miden riesgos, ya pasaron muchos años de algunos ya no nos volvimos a ver, pero de otros si y fue grato saber que Charly siempre siguió con su espíritu de protección, gracias primo por tan bonitos recuerdos

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