Welcome to
the jungle
We got fun and games
We got everything you want
Honey, we know the names
Cerramos
el portón de madera con una llave de hierro que asomaba la oreja de la bolsa de
mi pantalón como si no quisiera perderse nada de lo que dijéramos y nos encaminamos orondos a la conquista de la cascada en El Salto. José no daba
crédito a que nos bajáramos de la banqueta para dar lugar a la fila india de
vacas que mugían rumbo a los pastizales de la presa, un poco más cerca de donde
pensábamos pintar con spray nuestra firma de conquistadores. Atinó a
compartirnos Welcome to the jungle a todo volumen desde una grabadora LG
de un negro deteriorado que cargaba en el hombro derecho mientras caminaba como
solía hacerlo: a trancos, balanceándose de un lado a otro como si fuera una
lancha abriendo las calles al ritmo de sus aguas. Las vacas, que movían
sus orejas hacia atrás y hacia delante inmunes al desparpajo de Axel Rose ─y al de los Pepsimaniacos, que ensayábamos instrumentos de aire para seguirle el juego─ avanzaban con un mesurado ritmo y un
brillo sabio en los ojos cada vez más pequeños a nuestras espaldas.
Mi
primo Javier se posicionó a la vanguardia, seguido de un Noé ansioso por
demostrarnos su pericia con la resortera contra envases vacíos de cerveza y
ramas que se extendían como brazos de momias disecadas, sin más resultado que
dos o tres conguitas abandonando las copas de los árboles. Cruzamos maizales,
casas de campo abandonadas, campesinos a caballo seguidos de sus perros,
camionetas con música de banda a todo volumen, repletas de muchachos que
pasarían la tarde en los márgenes de la presa.
Nosotros
íbamos mucho más allá. Hacia la cuchilla que partía en dos la montaña.
Acordamos
detenernos de vez en cuando para que José descansara y tomara fotos con su
Canon de dos o tres mezquites trespeleques y los buitres que circulaban el
cielo. Noé y Alex les tiraron un par de chicles masticados, sin resultado
alguno. Charly pisó la caca fresca de una vaca y se la pasó renegando el resto
del camino, además de propiciar nuestro distanciamiento involuntario.
Cruzamos
lienzos de piedras y cercos de alambres de púas, guardaganado y animales
pudriéndose, desparpajados entre matorrales. Los huizapoles se adhirieron a
nuestros calcetines como velcro, con el añadido de sutil tortura. Subimos por
entre rocas grises y afiladas, algunas resbalosas. Hasta que por fin, cuando
menos lo esperábamos, Javier se irguió en lo alto del cerro: parecía invitarnos
a alzar la bandera de Iwo Jima. Apenas si arribamos, ya bofos y respirando como
fuelles.
Nos
sentamos entre las piedras que rodeaban los pequeños hilos de agua que llamaban
cascada allá abajo, en el conglomerado de cuadritos extendido como sábana a lo
largo del valle. De frente, en una colina, el antiguo Templo de la Cruz. Las
hélices del molino de viento oxidado, en el atrio que hacía las veces de
mirador, giraban y era como si un alegre anciano nos saludara desde lejos
agitando el sombrero.
Se
trataba de alejarnos de Guadalajara todo lo que permitiera nuestra exigua
economía ─sentía
un gran placer interno al utilizar las palabras que iba descubriendo en el
diccionario como si ya las hubiera asimilado con naturalidad─. Cinco adolescentes en busca de una
aventura, de libertad ─comenté,
todavía aturdido por la caminata cerro arriba.
─Después de la última ocasión ─me interrumpió Alex, para disipar el
tono a novela barata─ en que
jugamos póker en mi casa, lo mejor era huir de nuestras madres. Qué gracioso
fue, Charly, cuando tu mamá tocó a mi puerta a las tres de la mañana para
preguntar por ti. Habías ganado, con tu montoncito de frijoles, veinte míseros
pesos y estabas feliz como si hubieras sobrevivido a la ruleta rusa.
─No, no ─terció Noé─, eso no fue lo mejor de la noche,
sino cuando tu mamá, sin decir palabra, hizo que la siguieras dejando en la
mesa tus ganancias.
─"¡Mamá! Yo te sigo", le
repetías como si tuviera los oídos tapados, media cuadra detrás de ella ─completé,
ocasionando un coro de risotadas.
─¡Cómo me hubiera encantado presenciar
la escena! ─gritó
José, salpicando los rostros de todos con trozos de tostada y atún que todavía
no había masticado.
─Hubiera sido memorable, si te dignaras a salir de tu cuarto más seguido.
─En realidad, nadie se ha salvado de
semejante cuadro. Nomás me quieren dejar malparado ─replicó Charly, con un tono entre
irónico y altanero.
─¡O malparido! ─corrigió alguien desde el anonimato.
El
paraíso podía llamarse jugar póker sin que nuestras madres tocaran a la puerta
del anfitrión en turno —aquel con los papás de viaje— a las 3 de la
mañana para llevarnos a empellones a casa. Eso sí que era vergonzoso, pero a
todos nos había ocurrido, como si cada vez que nos escapáramos para apostar
veinte míseros pesos con frijoles como moneda de cambio nos la jugáramos en la
ruleta rusa de la vergüenza fraternal.
Éramos
vecinos, nos conocíamos desde niños. No nos separábamos desde el kínder, cuando
defendimos a José de unos abusadores de primero que reclamaban una banca del
patio. Les hicimos la guerra sin descartar inevitables trompadas. En realidad, José
cursaba segundo, pero igual nos la rifamos por el que sería nuestro amigo más
abismado. No tardó en reprobar un par de años con el solo propósito de contarse
entre nuestra generación.
Ahora
estábamos a punto de entrar a la preparatoria y el futuro era moldeable como un
par de calcetines. Alex dudaba entre ser periodista o explorador desde que vio
la película de Los Goonies. Nos entrevistó en el autobús hacia
Cocula, aunque había olvidado las pilas de la grabadora.
─A mí me late ser piloto aviador ─le contestó Charly para iniciar el
juego.
─¡Así que por eso te cortaste el
cabello al ras!
─No, eso fue porque tenía piojos…
─Ya quisieras, ando a rapa como los
hombres, y pronto tendré uniforme, si me aceptan en la academia.
─Es más factible que vueles por los
aires…
─El que se lleva se aguanta…
─Me refiero a que tu
plan tiene más posibilidades que el de José, porque eso de ser físico no creo
que dé dinero.
─¿Así que ahora hablamos de mí?
─De ti y de tu santo patrono Carl
Sagan.
─Ah, eso sí, pero de santo no tiene
nada. Ya les contaré de Richard
Feynman.
─Pues mira, Carlos, si sigues así vas
a ser escritor de cuentos fantásticos, y de los malos.
─O sea, de los que ganan una fortuna…
─Sí, claro, de esos que tienen por
tótem el viaje del héroe…
─Me inclino más bien porque la hidra
lo despedace... al no héroe…
─¿Ya ves?
José
miraba por la ventana del autobús los sembradíos de maíz y de caña al pasar por
Villa Corona. El viento caliente del verano le golpeaba la cara como a uno
de los perritos maltés que la mamá de Charly cargaba a todos lados. Nuestro
cachirul nunca había visitado un pueblo. Su papá poseía una clínica
psiquiátrica en el barrio de Santa Tere. Era muy protector, pero había aceptado
que su hijo saliera el fin de semana con nosotros para que no presenciara el
acoso de la prensa por habérsele fugado uno de sus inquilinos. Uno
especialmente peligroso. Las paredes de su cuarto —en el ático de su mansión—
estaban repletas de mapas de Nueva York y San Francisco, aunque por ahora se
contentaba con visitar la tierra de mis abuelos. Preparó una secuencia heavy
metalera en un casete para su walkman, al que conectó una bocina portátil en el
momento en que pasamos debajo del arco de bienvenida, salpicado de relieves
mariacheros en la cantera gris. Se irguió orgulloso en su asiento por semejante
tino y por primera vez en el día coreamos desafinados Welcome to the
Jungle.
La
casa de adobe se ubicaba en el centro del pueblo, al que mis familiares
insistían en llamar ciudad. Pequeña pero confortable, incluía lo básico: dos
enormes habitaciones con camas, baño y cocina sin alimentos. Nuestra misión era
caminar hacia El Salto, una cascada que se avistaba en el rectángulo que el
patio recortaba del cielo: un delgado hilo dental colgaba de lo alto de un
cerro al que parecía cortar en dos.
Esa
noche jugamos cartas hasta la madrugada, con Eric Clapton y Dire Straits como soundtrack del
despojo, hasta que no pudimos más sostener los párpados. Muy de mañana, heroico
como solía, Noé se levantó para hacer yoga y el desayuno. Le echamos carrilla
no sin ensayar lo mejor de nuestra ironía: aquello que llamábamos retortijones
de indigesto.
─Son vaca-gato, dos asanas que les harían sentir de perlas si quisieran sumar energía al
camino de tres horas hacia el cerro ─nos
contestó con aire molesto, hasta que suspiró profundamente y terminó por resignarse con una mueca compasiva.
Terminamos
por hacer las posturas con él, ensayando gestos burlescos. Un gato pinto nos
observaba, recostado sobre la pared del patio.
Para
entonces ya había contactado a mi primo Javier, quien sería nuestro guía en la
excursión. Chicos citadinos, después de todo, no queríamos arriesgarnos a algún
sobresalto.
El
agua de la presa se amontonaba allá abajo, reflejando las nubes y nuestro
triunfo. Se escucharon unos disparos que hicieron eco en la montaña y luego
nada. Para los seis chicos que estábamos allí sentados todo formaba parte de
una lúdica aventura.
Cuando
terminamos de engullir los atunes embarrados en rancias tostadas y refrescarnos
con agua de limón, Alex sacó a la plática el tema de los grupos de
excursionistas desaparecidos, Noé se paró de cabeza en una roca, José sacó su
mini-consola portátil para jugar Pole Position, Charly practicó tiro al blanco
con un cuchillo de Rambo en la corteza de un mezquite, Javier leyó su cómic
de Archie y las Pussycats y yo me quedé dormido.
Sin
sentirlo, habían transcurrido varias horas y el sol se tornó naranja. Nos
dispusimos a regresar, pero apenas bajábamos por la ladera, haciendo equilibrio
en las húmedas lajas, el crepúsculo se desparramó como un animal herido por una
bala perdida y al fin nos envolvió la oscuridad con su denso abrazo. Nos
imaginé en la primera escena del Séptimo sello.
Mi
primo Javier, que antes iba adelante, ahora nos seguía como una lechuza a su
perdidiza presa: no entendía cómo volver a casa sin ver ni las palmas de sus
manos. El descenso se volvió un martirio. Nos tocábamos las espaldas a tientas,
excepto cuando resbalábamos al pisar arena suelta.
Se
nos ocurrió bordear el cauce del río, hasta que nos topamos con la huella en el
lodo fresco de un gato montés. Al menos eso sí lo sabía mi primo, pero su
conocimiento de la icnología ─según
el diccionario de bolsillo en mi mochila: estudio de las huellas─ acentuó nuestra preocupación. Alex
consultaba su brújula: daba igual. Tampoco podíamos detenernos. No queríamos
que nos confundiera algún cazador furtivo de venados. José ya extrañaba su
póster de San Francisco y nos compartió su sospecha de que había visto al tipo escapado de la clínica de su padre en el autobús.
—Fijaba sus ojos de loco en los míos, seguro que era él. Seguro, porque mi papá hace experimentos
ilegales con sus cerebros —nos confesó con una sonrisa irónica.
Noé
ignoraba qué postura yogui nos podía librar de la desorientación, Alex solo
pensaba en estadísticas de extraviados y víctimas de enfermos mentales, Charly
se había amarrado un trapo a la frente con el símbolo de Karate Kid y sostenía
con fuerza su cuchillo por si nos atacaba el felino de la huella o un
depredador más feroz, Javier alucinaba contándonos de su última excursión a la
matiné del cine Imperial en el pueblo: la quinta entrega de Viernes 13.
En
eso avizoré una huella más grande y perfectamente reconocible: la de una vaca.
El rastro del felino nos había llevado a la del bóvido rumiante, así fuera por
miedo a su ataque. Alex me iluminó el rostro con un cerillo y luego a la
huella: a esa huella siguió otra, y otra más adelante. Por fin dimos con un
rebaño de vacas rezagadas. Por lo visto algún acomedido les había cerrado una
cerca y la única salida disponible la impedía un guardaganado. Dos o tres vacas
nos miraron inquietas, quizá a punto de embestirnos. Noé abrazó con cariño el
lomo de una pinta y las demás se tranquilizaron. Si el gato montés nos
acechaba, o incluso el loco de la clínica ─con aire de extrañar un ojo o un riñón─, lo más seguro es que sus mugidos
nos prevendrían del peligro.
Decidimos
trabajar en conjunto, a cierta distancia de Noé y los ojos brillantes de las
vacas que no nos perdían de vista. La gente suele tirar basura en el campo, por
lo que no fue difícil hallar unos tablones de madera podrida. Algunos todavía
aguantaban. Charly les quitó los clavos con su cuchillo de batalla y los
colocamos sobre las rejas a pie de piso. Las vacas, como si muy en el fondo de
su ser supieran que de algún modo u otro saldrían del atolladero, como si en
realidad solo nos hubieran estado esperando para proseguir a la Ítaca
polvorienta de sus corrales, cruzaron ondulando sus colas como anticuados
relojes de péndulo.
Fue
así que llegamos a la panadería de mi tío Chuy, quien ya había reunido a un
contingente de inevitables familiares para buscarnos con antorchas y lámparas de mano.
José
ya no volvió a protestar porque las vacas transitaran por las banquetas, aunque
empezó a reunir sus ahorros para costearse un viaje a San Francisco el próximo verano. Javier pretextó
que de noche nunca salía de casa porque el cura decretaba toque de queda. Alex
escupió un discurso para aleccionarnos de cómo había encendido la chispa que nos daría la primera pista a la
libertad. Charly guardó un trozo de madera podrida como trofeo en su mochila.
Noé permanecía con el gesto extático de un iluminado. Yo no sabía qué pensar. Ni se nos ocurrió
contarles que habíamos invocado muy temprano, como a nahuales impredecibles, a
las vacas gato que nos llevarían de regreso a casa.
1 comentario:
Sin duda una gran aventura que a la poca experiencia no se miden riesgos, ya pasaron muchos años de algunos ya no nos volvimos a ver, pero de otros si y fue grato saber que Charly siempre siguió con su espíritu de protección, gracias primo por tan bonitos recuerdos
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