Su problema: no era tan famoso como Frankenstein. Y eso que a él lo habían armado primero. ¿O a poco creían que el doctor atinó en su inicial experimento? Frankenstein al menos tomó de su creador el nombre. Él, por su parte —sus partes—, no tenía mas que el mote de monstruo. Sus fragmentos provenían de las mismas fuentes, habían sido desenterrados de las mismas tumbas y pagados a precio de descuento en las mismas morgues. Si el original —¡qué palabra tan cruel!— miraba con el ojo de un asesino en serie, él tenía el otro ojo, con cataratas. Si el grandulón había heredado largas y poderosas piernas de un antiguo transportista de fármacos ilegales, a él lo sostenían dos fideos de un contador corrupto y solo le había tocado la clavícula derecha del fortachón, puesto que el resto de los miembros se habían incinerado. Frankenstein se erguía como la obra prima del médico desafiante, pero el monstruo sin nombre solo estaba ahí para que sus órganos sirvieran de repuesto ante los posibles desperfectos que enfrentara la ingente bestia. Ese era su propósito: suplir en la banca, desde los pies hasta la cabeza, al jugador estrella de la gran final. Incluso alguien había escrito un libro con su historia, añadiendo detalles heroicos y exquisitamente perversos, lo cual, a su gusto, rayaba en la indignación. Cuando persiguieron a Frankenstein con antorchas a la cúspide del molino, nuestro monstruo anónimo los seguía de cerca, pensando en cuáles de sus miembros tendría que echar de menos —temporalmente, mientras se encontraban otros más adecuados— para curar al gigantón que le llevaba ventaja en el orgullo de su creador. Por eso nadie supo de este modelo armado con las piezas menos eficientes de cuerpos olvidados. Y se debatía en las sombras húmedas y mohosas del laboratorio, consumido por la rabia de un condenado al cadalso, la inteligencia desperdiciada de un ladrón de bancos y la paciencia inútil de un desfalcador. Ya no deseaba el nombre del doctor, ni por asomo. Y cuando vio completo el rompecabezas de esa mujer destinada a cumplir los caprichos del privilegiado golem de carne y huesos, se conmovió al verla reducida a cenizas. Él nunca había pedido nada, ni siquiera un nombre, si bien todos aquellos que lo conformaban se desgañitaban por un poco de atención. Era difícil establecer la concordia, el acuerdo entre asesinos y delincuentes de diversa estirpe, entre ladrones de cuello blanco y negro, y, quizá, solo quizá, el corazón de un niño abandonado.
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