Me robé de
la biblioteca marista El Principito y un libro de tribus africanas. Al Principito
le taché con plumón los sellos marianos y al libro verde con mujeres negras de
grandes senos y tetas oscuras lo escondí en el patio trasero de la casa, donde
nadie lo vería porque ahí arrejolan mis papás cuanto desean desaparecer.
Las viejas
enciclopedias y los libros de tercero, cuarto y quinto que mis hermanos y yo
dejamos atrás sobrevivían en los estantes aunque al lado hubiera ropa tendida,
estilando. Mi libro de mujeres africanas estaba bien acompañado. De tribus,
pero a mí lo que me interesaba eran esas mujeres exóticas. Sus cuellos
alargados con collares, sus labios inferiores agrandados por aros, sus senos
caídos hasta la cintura, su piel canela y azabache, el sexo sin pudor.
Es mi
último año en la primaria. En los grados anteriores no hice ningún amigo, tal
vez porque llegué a este colegio en segundo y nunca me adapté al acoso. Me
gritaban el apodo que me ha acompañado hasta ahora: Pinocho. Y una variante
imbécil: Pinochet. Ese nombre aparece en las noticias que ven mis papás, es un
militar condecorado, pero a mí no me cae nada bien y me fastidia que asocien su
nombre conmigo. Y yo iba y los perseguía, y cuando los alcanzaba no sabía qué
hacer. ¿Por qué les iba a hacer daño? Dejé de ir tras ellos una vez que salí
corriendo tras Rodolfo, un güero chino que, al alcanzarlo, se detuvo y me
golpeó la tráquea con el puño. Caí al piso ahogándome, sin poder respirar. Me
repuse y conocí el odio.
Ya estoy
grande y el próximo año entraré a la secundaria. Este no es un paraíso. Me he
pasado los recreos año con año circulando el patio, caminándolo como si no
esperara nada. A veces me compro churros empapados en limón y salsa Valentina.
O mi banquete preferido: Coca-Cola y Canelitas. Miro a los demás niños jugar
futbol, básquet, y no me atrae hacer lo mismo. Por eso descubrir la biblioteca ha
sido revelador. Me pregunto si se habrán dado cuenta de que me llevé estos dos
libros. Si me cachan con el del Principito, seguro que no lo reconocen porque
pinté los sellos con plumón negro. Los dibujos a color me parecen encantadores.
Ese de la boa que se come al elefante me ha seguido el día entero. Quisiera que
una boa se tragara a mis compañeros de clase. Lo puedo representar en mi mente.
Me pregunto
cómo las mujeres africanas pueden vivir de esta manera, en la selva, entre
animales salvajes, acarreando pesados baldes de agua, despiojando a los niños,
cazando, bailando alrededor de una fogata. Es algo asombroso… y real. Porque
son fotos. Estas mujeres de senos blandos y —leí en el
libro— elongados viven como yo o como cualquiera. Y a nadie parece molestarle.
Andan tan campantes.
Cada día,
antes de ir a la escuela, mi mamá me prepara un chocomilk que, para cuando
llego a la cocina, luego de que me desperezo, me peino y me cambio, se ha
separado en sus componentes: leche y chocolate, una base de azúcar al fondo. La
espuma se adhiere al vaso y no me dan ganas de tomármelo. Sueño que es África
vista desde un aeroplano. Luego lo bato para que la fórmula funcione en mi
paladar.
El colegio
es de puros hombres. Cada salón contiene al menos a cincuenta de nosotros. Es
una energía difícil de controlar. Se trata de demostrar quién es el más fuerte,
el más chingón. Quién gana cuando bajamos corriendo en tropel por la escalera
en el recreo. Quién patea mejor el bote de Frutsi en los pasillos, como si
fuera un balón sin portería. Quién hace girar más veces el spirol con un
amañado golpe de fuerza. Quién burla a los jugadores para meter más canastas,
más goles. De quién se burlan todos.
Tengo nariz
aguileña, puntiaguda, y orejas grandes. Soy pequeñito y flaco. Además, salto de
enojo ante cualquier provocación. Soy el blanco perfecto. Si le respondo a uno
con un puñetazo, él y tres más me esperan a la salida, me montonean.
El
Principito encontró en otros planetas a personajes inolvidables, pero al final
regresó con su rosa y su borrego. Por la forma misteriosa en que viajó, da la
sensación de que siempre permanecerá en el desierto. Ahora que observo mejor,
los sellos de la biblioteca alcanzan a transparentarse. Más vale que no me
lleve este libro al colegio. Me paso los días en la biblioteca y dando vueltas
al patio. Doy vueltas y vueltas, ya ni veo a nadie, solo me concentro en mi
propio mundo. Es como si lo delimitara con mis vueltas.
Creo que
este patio sería divertido si fuera una selva con tribus africanas. Mujeres
negras y desnudas, de labios más sobresalientes que sus narices, yendo de un
lado a otro, cruzándose en mi camino mientras saboreo mis Canelitas con Coca.
Nunca había visto el sexo de una mujer. Y estas africanas lo muestran sin
tapujos. Parece que les resulta tan natural como un árbol, un pozo de agua. Y
es tan misterioso como un árbol, un pozo de agua.
El otro día
deambulaba en el recreo cuando de pronto me quedé ciego. Me invadió un tsunami
de oscuridad que borroneó el mundo. Me asusté muchísimo. Solo atiné a caminar
moviendo mis brazos para no chocar con nadie, hasta que alcancé un poste de
básquet. Lo abracé como un náufrago al último trozo de tocino. La gritería, los
juegos, niños corriendo, spirols girando, risas, de un momento a otro
todo cesó. Solo había silencio, estaba solo con mi oscuridad, mi miedo.
Después de
varias horas empecé a ver, poco a poco, de nuevo. No había ni Principito, ni
mujeres africanas ni niños ni nada. Mi mente en blanco. Estaba solo. A lo lejos
un señor, el intendente, recogía papeles. Muy lejos.
Respiré
profundo. Me encaminé tambaleando a mi salón, y entré. Nadie me
preguntó ni pío. El maestro daba la clase mirando fijamente al pizarrón
mientras los niños se arrojaban papeles y gises. Me senté en el pupitre con la
rara sensación de lo inexplicable. Quizá, pensé, un intento del Principito por
llevarme a África a conocer mujeres negras y exóticas. Solo que nunca nada sale
como se espera.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario