martes, diciembre 1

Desenterrado

Lo que les voy a contar no es invento. Por favor, sírvanse ustedes mismos. Hay tequila, vodka, whisky, al gusto de cada quien. Ya sabemos que no nos es posible explayarnos con temas que ronden en la situación política y de seguridad que el pueblo padece al extremo desde que se le declaró la guerra al narco. Esa hidra obscena comprobó sus cualidades de regeneración. Ahora los halcones nos tienen cercados, hasta puede haber uno en la familia que nos delate y lo perdamos todo. Con esto mismo que digo arriesgo mi propiedad, apenas un departamento en el centro por el que me hacen pagar protección. Hablo entre gentes de confianza, de larga amistad. Sentados en el huerto de mi padre, anciano ya, con una puerta de madera como mesa sobre ladrillos, con la fogata crepitando, les contaré lo que en realidad ya saben, porque este tipo de chismes rondan por lo bajo las reuniones familiares, incluyendo velorios. Hay un tesoro aquí enterrado. Hace años, cuando mi papá era joven y vivía con mi tío abuelo —su mamá, mi abuela, repartió a los hijos entre los parientes, ya que mi abuelo campesino estaba desaparecido en el norte y eran muy pobres—, escuchó esto mismo. Y observó que de noche un rincón entre el aguacate y la zarzamora resplandecía, signo inequívoco de que una agradable sorpresa le aguardaba. Tenue, la luz parecía un fantasma llamándole a atravesar la densa oscuridad. Mi papá tendría unos 16 años y, como a todo joven, la ambición le ganó. Su tío le dijo que no había perdido nada, así que nada había que buscar. ¿Pero y si alguien se brincaba por la barda, escarbaba y se llevaba el tesoro? Era sabido que el famoso bandido Archibaldo y sus secuaces asolaban el cerro del Huehuentón en el siglo XIX y enterraron sus recompensas a lo largo de este pueblo y los circunvecinos. Como era de esperarse, murió baleado en una emboscada. La costumbre era, a semejanza de las novelas de aventuras, enterrar las monedas de oro con los cadáveres de los testigos encima, echándoles una maldición para que las resguardaran. A mi papá la historia, lejos de darle miedo, le fascinó. Marcó el lugar que emitía un halo de luz amarillento y a la mañana siguiente escarbó con frenesí. El cansancio era lo de menos. Escarbó hasta que topó con algo sólido, tal vez una piedra. Pero no, no podía ser: más bien era un hueso… humano. El radio y el cúbito dieron lugar a un fémur poroso y a metacarpos desperdigados. El cráneo le sonrió con un diente de plata. Estaba exhausto y comenzaba a anochecer, así que colocó los huesos en una caja que guardó bajo su cama para llevarlos al camposanto en la mañana. Después de todo, estaba a tres cuadras de distancia, al final de una pineda extendida a lo largo de la segunda avenida principal del pueblo. Tan fatigado estaba que no tardó en dormir. Soñó con el bandido Archibaldo. El pecho cruzado por carrilleras, el rostro adusto y cruel, de barba negra y desaliñada. Lo vio cabalgando con sus compinches la ladera hasta que se adentraron en un camino sinuoso, donde fueron acribillados por tiradores ocultos entre matorrales, en lo alto del cerro. Cayeron uno a uno. Archibaldo todavía estaba vivo cuando su caballo lo arrastró, un pie atorado en el estribo. La cara desangrada, el cuerpo maltrecho como el de un Héctor apócrifo tras la riendas de un vengativo Aquiles. Sus hombres dispersos entre ropa desgarrada y sangre a borbotones. Rematados junto a sus finos caballos. Entonces Archibaldo, al que apodaban el Zanate, acercó el rostro y le clavó sus ojos azabache rodeados de una inquietante aura amarilla, como queriendo desentrañar su identidad. Y despertó porque sintió que su cama se movía como una embarcación de lado a lado, despertó y creyó ver que los cajones de la cómoda y el ropero se abrían y cerraban por manos invisibles. De inmediato se desperezó, impulsado por el pánico: leves hilos de luz lunar se colaban por entre los resquicios de la cortina. Se levantó con el cuerpo aporreado, los pensamientos desperdigados y maltrechos le trajeron de nuevo la imagen de los hombres caídos bajo las balas. Los penetrantes ojos de Archibaldo todavía lo escudriñaban, eran los de un ave a punto de picotear a su presa. Tan acelerado le palpitaba el corazón que sentía que iba a estallar como un revólver con la última bala del tiroteo. Su respiración entrecortada poco a poco fue dando lugar a la calma y luego a la reflexión. Tomó la caja con los huesos y antes de que saliera el sol los enterró entre dos tumbas sin nombre del antiguo cementerio. Más tardó en abrir aquel pozo en el huerto que en echar de nuevo la tierra blanda. Apisonó con la pala y sus botas para que no se notara el lugar en lo que sembraba un limonero, aunque sabía que los tesoros se mueven a voluntad debajo de la tierra. En el desayuno, el tío le palmeó la espalda satisfecho. Si no lo enterraste tú, Vicente, no puede ser tuyo. Esas cosas las cuida el diablo, ahora lo sabes. Mi papá estaba demasiado asustado como para reparar en que ya nunca vería ese resplandor. Solo recordaba los ojos inquisitivos de Archibaldo, sus facciones bañadas en escarlata, el odio incrustado en la expresión adusta. Días después halló una moneda cuadrangular de 1810, acuñada con el nombre de Cocula. Ustedes comprenden que si el tesoro quiere ser encontrado, el fuego fatuo se le presenta como una alternativa. Mi papá se convenció de que desenterrar tesoros no era lo suyo y se fue a la ciudad a probar suerte. De mensajero fue ascendiendo hasta ser gerente de banco a los 21 años. Lo mejor es que pudo mantener a su madre y a su padre, quien regresó del norte años después, con la amargura de haber trabajado de balde porque el gobierno mexicano retuvo sus ganancias y el dinero de todo un contingente de campesinos se dio por perdido. Otro tesoro enterrado bajo una pila de documentos y burocracia. Ah, pero recuerdan la historia de aquel que aquí en el pueblo poco a poco se iba quedando sin dinero para comer. Y gastaba los días y las noches escarbando su propiedad, vuelta de cabeza. Su casa, el corral parecían una colonia de hormigueros, una red de montículos y agujeros. Alguien le había dicho que ahí había un tesoro, se lo creyó y, ya con la salud al límite, el hambre que no perdona, vendió su casa a un precio modesto, dado que tendrían que remodelarla. La nueva dueña, una joven estudiante de medicina que cumplía con su servicio social, clavó un clavo en la habitación principal para colgar su imitación de Picasso y el adobe se derrumbó a sus pies. Por suerte salió ilesa, atónita ante el reguero de monedas amarillas dispersas en el piso de barro. Nadie sabe para quién trabaja. Sírvanse otra, la del estribo, faltaba menos. Lo peor son los delirios que invaden a los buscadores de tesoros. Anden, no estén allí nomás, con su silencio de árboles, va a amanecer y debo barrer las hojas. No digan que aquí estuvimos, hablando como solíamos de niños en los velorios. En nadie se puede confiar.


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