Belén entró a la casa de sus suegros seguida de Leocadio, tan pegado a su cuerpo que parecía su propia sombra. En la cocina estaban los abuelos y los tíos de la niña recién nacida. Todos se quedaron boquiabiertos cuando Belén alzó la pierna e hizo equilibrio para esquivar la carriola que bloqueaba la entrada, seguida, por supuesto, de su marido. No la voltearon a ver siquiera. Los dos eran primos terceros entre sí y los hermanos de ambos también se habían casado. La hermana de Belén con el hermano de Leocadio. El hermano de Leocadio con la hermana de Belén. Este tipo de embrollos suelen no terminar muy bien, dicen. El caso es que Bruno acompañaba a Leocadio a cortejar a Belén en un ranchito cruzado por las aguas contaminadas de un riachuelo que antes arrastró tremendas riadas. Los dos hermanos se llevaban doce años entre sí. Y mientras Bruno era dominante en extremo con su apaciguada mujer y prima, Leocadio se convencía de que era uno con la esposa a la que seguía hasta en el pensamiento. Para alejarse las críticas contaba con una retahíla de citas bíblicas que le daban un aire erudito, una argumentación sin reservas a sus acciones. Dios, en todo caso, escribió de su puño y letra —lo creía Leocadio con fervor— que el hombre y la mujer debían abandonar a los padres para ser una sola carne. Del alma no decía nada, pero estaba ahí, clarito: su mujer y él habían de fundirse por una ósmosis que conectaba invisible sus cerebros y se lamentaba de la piel que envolvía sus órganos. Leocadio habría querido mirar a su doblemente sobrina en lugar de solo pasarle por un lado, se moría de ganas de hacerlo, pero sus principios no se lo permitían. Belén estaba furiosa desde que su primo Bruno y su hermana Griselda anunciaran que se iban a casar. Son unos copiones: expresó una vez echando saliva Leocadio, molesto porque el hermano pequeño que lo seguía a todos lados, y especialmente al rancho donde vivían las hermanas, había tomado un camino paralelo. Belén hizo lo imposible por separar a esta pareja de primos y cuñados que habían sido amigos años y años. El imprudente fue Leocadio cuando le dijo a Bruno que le gustaba a Griselda. Griselda se lo había confesado a la pareja en una larga sobremesa. En realidad Leocadio —y por ende Belén— esperaba que su hermano, ante la evidencia, tomara distancia de la prima. Pensaba que era una mala influencia porque de adolescente, entre otras perlas, había experimentado con piedra, una droga, según investigó en un sitio de teología, maldita. Por si fuera poco, Leocadio llevaba una relación estrecha con Griselda y no toleraba la idea de que su hermano acaparara a la prima y cuñada. De adolescente Bruno fue novio de otra de las hermanas, Ana María, y había tenido escarceos con la otra, Herminia. Por la influencia de su hermano Leocadio, que fue seminarista un par de años, finalmente reflexionó sobre su vida y ahora buscaba tener novia de tiempo completo, una con la que pasara buenos momentos, se preocupara por él y le dejara ser como era: gritón, explosivo, alegre y llorón. Acababa de hacerse una novia en la universidad, pero al saber de los sentimientos de su prima Griselda no dudó en terminar su relación de una semana para abalanzarse de lleno a la conquista de la chica con la que sentía que el mundo tomaba su curso natural. La furia invadió a Belén. No toleraba que su hermana, tan modesta siempre, tan hecha a sus peticiones, a cuidarle a las hijas hasta el extremo de perder un semestre en la licenciatura en química, cayera en las garras de su primo y cuñado. En una reunión del Club Bancario adonde concurrían con amigos del trabajo —los dos hermanos eran ejecutivos— aseguró que impediría a toda costa la incestuosa unión de su primo y su hermana. Bueno, no, no dijo exactamente eso, lo de incestuosa, esa palabra está prohibida en la familia, porque al fin habría hablado de sí misma, pero sí que haría hasta lo imposible por separar a su hermana y prima y a su primo y cuñado. Leocadio, que intentaba ser una sola carne con Belén para seguir el mandato divino, no pudo sentir furia por más que lo intentó, pero creyó que era su deber alinearse con su prima y esposa. Ser uno solo. En eso tenían un avance: el ADN de por sí ya los unía. A partir de entonces Belén habló mal de su primo y cuñado Bruno con sus padres, con sus amigas, con sus otras hermanas —que suspiraban todavía por Bruno— y encontró cualquier pretexto para humillarlo, hacerlo enojar o distanciarlo. Bruno adoraba ir al rancho, caminar por el margen del río que ya empezaba a apestar a animales muertos —había un rastro de chivos más allá de la montaña—, ayudarles a sus suegros y tíos en la herrería y en la siembra y cosecha de maíz. El aire cada vez menos puro le hacía olvidar sus atascos de drogas, sus aventuras sexuales de una o dos noches y hasta sus peleas callejeras. La influencia de Griselda, de su carácter tranquilo y servicial había hecho mella en el muchacho peleonero y presuntuoso. Si al principio pensó en Griselda como una amiga, aparte de prima, al saber lo que ella sentía gracias a su hermano, primo político y concuño, tuvo una revelación: dejaría de lado aquello que le había dado fama de mujeriego, de fiestero y borracho para dedicarse a contentar a su mujer. Su hermano ya había dado el paso para hacerse esposa a la prima tercera, así que a Bruno le bastaba con señalar ese hecho para justificar su unión. Al principio vivieron juntos, luego se casaron. Al paso de los años Belén logró su cometido: los hermanos, cuñados, primos y concuños —Leocadio y Bruno, Belén y Griselda— para entonces ya no se confesaban sus secretos íntimos y se miraban con desconfianza. Leocadio se distanció no solo de su hermano menor, sino de la familia entera porque la Biblia se le imponía… así que para él sus padres eran ya solo parientes, no se diga sus hermanos, circunstancias alrededor de su núcleo familiar. En cambio, prácticamente adoptó a sus suegros y tíos como padres y a sus cuñadas y primas como hermanas. No tardó en tener dos hijas y dedicarse de lleno a satisfacer los caprichos y berrinches de su esposa. Los suyos propios, por transferencia. Entre ellos, castigar a la joven pareja que había seguido sus pasos. Esta es la razón por la que Belén pasó de largo ante su sobrina —en primera instancia y en cuarta generación— recién nacida, esquivando la carriola desde donde la bebé contemplaba por primera vez el mundo, seguida de su primo y marido como una sombra unida por una cadena invisible. ¿Por qué iban siquiera a mirar a la sobrina, una copia de sus propias hijas? ¿Cómo se habían atrevido a tener una hija que sellara su relación apócrifa Bruno y Griselda? Belén intercambió palabras amistosas con sus suegros para disimular —Bruno y Griselda estaban durmiendo, necesitaban descansar de sus largas noches de insomnio como padres primerizos—, dio la media vuelta, volvió a esquivar la carriola ya de regreso y los ojos juguetones de la bebé, con la intentona de salir de la cocina invicta. Era una máquina de orgullo. Obvio, detrás iba su marido y primo, imitando sus pasos. Tú creerás que este hecho aislado no tiene importancia. Cuando lo recuerdo, prima, comprendo el porqué de muchos de sus actos posteriores, encaminados a borrar a Bruno y a Griselda de sus vidas. Imagínate que además Belén les prohibió a sus hijas que eligieran de padrinos a su hermana y prima y a su primo y cuñado, porque luego aumentarían la retahíla de conexiones en el árbol genealógico y religioso con el compadrazgo. Castigados por sus hermanos-primos, los más jóvenes no tenían más remedio que visitar el rancho como dos extraños. Si deseaban postre, ya se lo había ganado la primera pareja de primos; si iban a pasear en bicicleta, ya los hermanos y primos mayores habían acaparado las que había en el granero; si deseaban dormir en la habitación grande y calientita, ya estaba apartada. Sí, prima, eso explica por qué cuentan que Belén y Leocadio se fundieron finalmente en el mezquite que está aquí, afuera de la casa de adobe, al margen del río y su peste a animal podrido, a cadáveres sin enterrar. Dicen que finalmente lograron ser uno solo, que este palo raquítico al que llamamos árbol son ellos. Bruno y Griselda los visitan en primavera, como para hacerles saber que pueden comer tan tranquilos y quitados de la pena unos taquitos bajo su esperpéntica e insuficiente sombra. Dicen, de hecho, que el mezquite es Belén y la gris ausencia que echa sobre las piedras, Leocadio. A las hijas se les mira a veces jugando con su prima hermana y casi hermana rejuntando piedras para tirarlas con resortera a las conguitas que asoman entre las ramas. Otra versión es que Belén quería que su marido y primo fuera un espejo de sí misma y, ante el juego de espejos inoportuno que ocasionaba la existencia de la otra pareja de hermanos y primos, no soportaba verlos. Por descontado, lo mismo pensaba Leocadio.
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