jueves, noviembre 5

Un roble

Desde que se mudó a Santa Eduwiges, una colonia con aires de barrio, nada le faltaba. Hacía las compras en las calles aledañas, sin tener que desplazarse al Walt-Mart o al Soriana. La pequeña casa de dos pisos que le había alquilado una amiga de la universidad cuando decidió mudarse a Puerto Vallarta con su novio, se convirtió pronto en el punto de reunión de amigos de toda índole. Pero eso no era lo más importante. Solía recorrer a pie estas calles, donde era posible encontrarse con cualquier sorpresa al doblar la esquina. La colonia era una especie de oasis, un triángulo cercado por caseríos populares y otros más bien nice. Una bisagra entre clases sociales que hallaban en ella su carrefour, su cruce de caminos, porque allí concurrían multitud de vecinos para abastecerse de frutas, verduras, carnes, botanas y lo imaginable. Era una especie de tianguis inamovible. A Toño le encantaba ir primero a la frutería, luego al rastro —donde colgaban de las perchas trágicos cerdos— o a la pollería, a la cremería o a la pizzería argentina, negocios dispuestos pared con pared. 

Fue así como conoció a Daniela, una niña extraña a la que le gustaba subirse a los árboles que habían sobrevivido a la moda de talarlos en la ciudad para que no tiraran, como decían sus perpetradores con una sonrisa orgullosa, basura. De no ser por los vecinos desastrosos, seguramente saltaría de rama en rama en el barrio como el barón rampante de la novela de Calvino. En su lugar, se le veía de pie, avizorando el paisaje oloroso a verduras y sangre fresca, a botanas y especias, sobre los troncos ya secos de los árboles muertos. Como si quisiera hacer de sus ramas. Se quedaba allí parada, contemplando, olisqueando el trajín sin decir palabra.

Toño supo su nombre indirectamente: se lo escuchó a una vecina harta de correrla cuando subía y bajaba como gato de un pino frente a su fachada. Una noche, al regresar de su trabajo en una agencia de publicidad, se encontró con que los vecinos habían talado el pequeño roble que daba sombra al frente de su casa y al musgo que crecía libremente en la cantera del patio que daba a la calle. No tenía mascotas ni disponía de tiempo para cuidar a nadie más que a sí mismo, pero este árbol era algo más: un compañero. Así parecía haberlo comprendido también Daniela, porque la siguiente noche la vio de pie sobre los restos todavía tiernos del roble, al igual que la siguiente y la siguiente. La imagen era recurrente en el cerebro de Toño: era como si quisiera suplir sus ramas, como si intentara fundir sus piernas al tronco y alimentarse de las raíces. Hasta que el tronco finalmente endureció, todavía circulado por hormigas rojas que rejuntaban en fila trozos de hojitas secas como único rastro de vida. La calle entera había quedado sin árboles que dieran sombra y —lo sabe todo amante de la naturaleza urbana— mucho más.

Apenas si averiguó Toño quién había asestado el golpe mortal a su amigo. ¿Acaso importaba? Lo sacó de su cavilación la llamada de su jefe inmediato solicitándole que viajara con urgencia a Buenos Aires para enterarse de los procesos publicitarios en otras agencias hermanas. Durante dos meses anduvo por los cuatro puntos cardinales del cono sur, así que todo tema relacionado con el barrio solo le vino a la mente mientras lo miraba su reflejo desde la ventanilla del avión, ya de regreso en el aeropuerto de Guadalajara. Luego de una interminable junta con creativos de su agencia inmediatamente después de aterrizar, llegó en Uber a casa, como siempre, de noche. Arrastraba la maleta cuando observó sorprendido que retoñaban unas tímidas ramitas del tronco que había dado por perdido. Las alumbró con el celular: tenues, de un verde casi translúcido, sin manchas de esmog. Volteó a ver a todos lados, esperando divisar a Daniela —con quien nunca había cruzado palabra— para darle la noticia. No la halló por ningún lado. Tampoco el siguiente día, ni el posterior. Nunca volvió a saber de la niña.


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