Desde que se mudó a Santa
Eduwiges, una colonia con aires de barrio, nada le faltaba. Hacía las compras
en las calles aledañas, sin tener que desplazarse al Walt-Mart o al Soriana. La
pequeña casa de dos pisos que le había alquilado una amiga de la universidad
cuando decidió mudarse a Puerto Vallarta con su novio, se convirtió pronto en
el punto de reunión de amigos de toda índole. Pero eso no era lo más
importante. Solía recorrer a pie estas calles, donde era posible encontrarse
con cualquier sorpresa al doblar la esquina. La colonia era una especie de
oasis, un triángulo cercado por caseríos populares y otros más bien nice.
Una bisagra entre clases sociales que hallaban en ella su carrefour,
su cruce de caminos, porque allí concurrían multitud de vecinos para
abastecerse de frutas, verduras, carnes, botanas y lo imaginable. Era una
especie de tianguis inamovible. A Toño le encantaba ir primero a la frutería,
luego al rastro —donde colgaban de las perchas trágicos cerdos— o a la
pollería, a la cremería o a la pizzería argentina, negocios dispuestos pared
con pared.
Fue así como conoció a Daniela,
una niña extraña a la que le gustaba subirse a los árboles que habían
sobrevivido a la moda de talarlos en la ciudad para que no tiraran, como decían
sus perpetradores con una sonrisa orgullosa, basura. De no ser por los vecinos
desastrosos, seguramente saltaría de rama en rama en el barrio como el barón
rampante de la novela de Calvino. En su lugar, se le veía de pie, avizorando el
paisaje oloroso a verduras y sangre fresca, a botanas y especias, sobre los
troncos ya secos de los árboles muertos. Como si quisiera hacer de sus ramas.
Se quedaba allí parada, contemplando, olisqueando el trajín sin decir palabra.
Toño supo su nombre
indirectamente: se lo escuchó a una vecina harta de correrla cuando subía y
bajaba como gato de un pino frente a su fachada. Una noche, al regresar de su
trabajo en una agencia de publicidad, se encontró con que los vecinos habían
talado el pequeño roble que daba sombra al frente de su casa y al musgo que
crecía libremente en la cantera del patio que daba a la calle. No tenía
mascotas ni disponía de tiempo para cuidar a nadie más que a sí mismo, pero
este árbol era algo más: un compañero. Así parecía haberlo comprendido también
Daniela, porque la siguiente noche la vio de pie sobre los restos todavía
tiernos del roble, al igual que la siguiente y la siguiente. La imagen era
recurrente en el cerebro de Toño: era como si quisiera suplir sus ramas, como
si intentara fundir sus piernas al tronco y alimentarse de las raíces. Hasta
que el tronco finalmente endureció, todavía circulado por hormigas rojas que
rejuntaban en fila trozos de hojitas secas como único rastro de vida. La calle
entera había quedado sin árboles que dieran sombra y —lo sabe todo amante de la
naturaleza urbana— mucho más.
Apenas si
averiguó Toño quién había asestado el golpe mortal a su amigo. ¿Acaso
importaba? Lo sacó de su cavilación la llamada de su jefe inmediato
solicitándole que viajara con urgencia a Buenos Aires para enterarse de los
procesos publicitarios en otras agencias hermanas. Durante dos meses anduvo por
los cuatro puntos cardinales del cono sur, así que todo tema relacionado con el
barrio solo le vino a la mente mientras lo miraba su reflejo desde la
ventanilla del avión, ya de regreso en el aeropuerto de Guadalajara. Luego de
una interminable junta con creativos de su agencia inmediatamente después de
aterrizar, llegó en Uber a casa, como siempre, de noche. Arrastraba la maleta
cuando observó sorprendido que retoñaban unas tímidas ramitas del tronco que
había dado por perdido. Las alumbró con el celular: tenues, de un verde casi
translúcido, sin manchas de esmog. Volteó a ver a todos lados, esperando
divisar a Daniela —con quien nunca había cruzado palabra— para darle la
noticia. No la halló por ningún lado. Tampoco el siguiente día, ni el posterior.
Nunca volvió a saber de la niña.
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