Todo el fin de semana tuve el
cuello tenso, con una angustia acendrada por la falta de ejercicio, dieta
saludable y, posiblemente, compañía. Solo tenía a mi canario Quito. A veces se
me olvidaba sacarlo de la habitación al patio, y otras meterlo para que el
sereno no le causara malestar en sus patitas. Esas patitas arrugadas que me
recordaban al monstruo de la laguna verde, que, rematadas en cóncavos filos,
contrastaban con su mirada tierna, lúbrica y penetrante.
Su canto agudo y breve me
saludaba al amanecer, alegraba mi día antes de desayunar y encaminarme a la
farmacia homeopática. A veces lo llevaba conmigo porque sus plumas amarillas y
blancas hacían juego con las paredes azul índigo. Los niños se acercaban a
saludarlo y vendía más productos Gliser, champú de miel y tónicos contra el
envejecimiento para salir al menos tablas con la renta del local.
Quito me caía rebién. De no ser
porque sus afiladas y rugosas garritas me desesperaban. Daba una consulta,
escuchaba atentamente a mis pacientes reconfortados por su canto cuando, de
improviso, se me iba el habla, empezaba a tartamudear. Era que mi vista se
había quedado pegada a sus uñitas. ¿Qué le pasa, doc?, ¿por qué de pronto se
quedó inmóvil? Nada, nada, es que me acordé de algo, les contestaba, con un
ligero temblor de labios que ojalá pasara desapercibido. Lo cierto es que trataba
de alejar de mi mente la obsesión de mi tío Arturo con las aves enjauladas.
Cuando ocurría uno de estos despropósitos,
dejaba a Quito con ajonjolí, agua y una rodaja de pepino en la farmacia, bien
envuelto para que no pasara frío. Me iba a casa nervioso, casi siempre a punto
de chocar, abría los cinco cerrojos de la puerta, cerraba los cinco cerrojos y
les agregaba una aldaba y un candado. No cenaba. A veces me mordía sin querer
los labios o la lengua y el sabor de la sangre acompañaba mi sueño.
La culpa me ganaba cuando me
dirigía de nuevo a la farmacia y destapaba la jaula de Quito, que me soltaba
una mirada inquisitiva con sus dos puntitos negros, moviendo el cuello como si
quisiera meter gol de un cabezazo. Su alegre briiiiiiiiiiiiiii hacía
que me volviera el alma al cuerpo. Qué pajarito tan noble.
Ese día vendí medicamentos a
montones. La gente hacía compras de pánico por el coronavirus. Mi agenda estuvo
repleta de consultas y terapias y no me di un descanso ni para comer. Estaba
exhausto. La mirada de Quito me trajo paz. Tomé la jaula y me encaminé al
estacionamiento. La coloqué en el asiento del copiloto y la fijé con el
cinturón de seguridad como si fuera un portabebé.
En los altos, Quito desprendía su
canto sonoro y yo sonreía. Un joven se echó encima del cofre con su paño para
limpiar y —contrario a lo que pasaba comúnmente— permanecí tranquilo. Le di
propina y no le reclamé los restos de jabón en el parabrisas. Al cabo que lo
llevaría a lavar el fin de semana.
Quito me avisó del siga:
briiiiiiiiiiiiiii. En el alto volteé para agradecerle su compañía. Me le quedé
viendo como si se tratara de un accidente en la vía pública. Quito movía su
cabeza, clavaba en mí sus ojos tal un detective obsesionado con resolver el
acertijo. Fui bajando la mirada, sin casi darme cuenta, a sus garritas
prensadas del columpio.
Tragué saliva con trabajo.
Recordé las patas de pollo que mi tío Arturo se saboreaba despellejándolas a
dentelladas, acariciándoles las uñas con la punta de su lengua. Me horrorizaba.
No sé por cuánto tiempo contemplé las de Quito; los otros autos me rodeaban,
pitaban y mentaban la madre. Yo me sentía muy lejos como para escucharlos.
Reaccioné y pisé el acelerador:
vi alejarse en el retrovisor al renovado contingente de motores. Llegué a casa,
le quité el cinturón a Quito tan rápido que su agua salpicó mis zapatos, abrí
los cinco cerrojos de la puerta, no cerré ninguno. Metí la jaula a mi
habitación y me dispuse a contemplar, ya sin interrupciones, cómo latía la
sangre bajo su pellejo amarillo, delicado, comestible.
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