martes, noviembre 17

Espiritismo

Desde que renuncié a la revista de sociales y no me fue posible pagar el alquiler de mi departamento en Bosques de la Victoria, regresé al único lugar donde me recibirían sin mayores exigencias: la casa de mis padres. Luego sobrevino la pandemia del coronavirus y toda maquinación para abandonar las comodidades hogareñas se frustró. Seis meses después mi hermana se separó de su esposo y terminó en la habitación de al lado. Entre semana la acompañaba su hijo pequeño, un niño de cinco años adicto a los videojuegos y al ajedrez.

Su primera noche en casa resultó ser una experiencia no sé si fantástica, sobrenatural o real. No creía en los espíritus. Me hacía gracia que seres de otra dimensión interactuaran con nosotros, como si no tuvieran nada mejor que hacer. ¿Aparecerse solo para mover una mesa? La diversión, hasta cierto grado, estaba implícita, pero ¿qué ganaba con ese acto maravilloso un espíritu? Pensé en probar algún día, con la única finalidad de burlarme de quienes me siguieran la corriente.

Ya casi eran las once cuando Claudia, mi hermana, tocó a la puerta de mi habitación. Estaba yo leyendo, precisamente, una historia de terror en el Kindle. No esperó a que le abriera, sino que giró la perilla con tanta vehemencia que me incorporé de la cama sobresaltado, poco acostumbrado a interactuar con persona alguna a deshoras. Se le veía agitada. Casi hubiera dicho que igual a uno de los personajes que Arthur Machen describía en la novela electrónica que coloqué sobre la almohada.

Como le hacía falta ordenar cajas de tiliches y hallar espacio en las paredes para colgar su extensa colección de óleos, su niño pasó la noche en el departamento del padre. A Claudia le tomó un minuto hablarme del motivo de su irrupción. Antes de casarse había padecido un extraño periodo en que las pesadillas le robaban el sueño. Supuse que se trataba de un episodio idéntico, tal vez relacionado con el divorcio y sus consecuentes desequilibrios emocionales.

Intenté convencerla de que no pasaba nada anormal, susurrándole —somnoliento— que solo había experimentado un devaneo de su imaginación. Tan inquieta y temerosa me pareció que decidí levantarme y acostarme junto a ella en el colchón matrimonial —qué ironía— colocado sobre el suelo, en espera de la base que ya habían mandado hacer al carpintero nuestros padres, con cajoneras para guardar los objetos acumulados en el pasillo.

Me cogió el lóbulo de la oreja con sus dedos tibios, como cuando éramos niños y se refugiaba de la oscuridad en mi cama. Una ocasión, saltó sin pensar y la base no soportó nuestro peso, caímos de bruces y yo me descalabré al golpearme contra la pared. Desde entonces sobresalía un minúsculo cuerno en mi frente que justificó mi apodo de por vida: Diablo. Le recordé el accidente provocado por su miedo y reímos. Poco a poco se tranquilizó, hasta quedar dormida.

Los siguientes días fueron de tanto ajetreo que al parecer olvidó el episodio. Incontables eran las cosas acumuladas en seis años de matrimonio: no cabían en los cajones de su habitación y tuve que irles haciendo lugar en mi clóset, primero, luego en mi cómoda y buró. Le sugerí despejar el librero, aconsejándole que se deshiciera de los títulos que ya nunca leería. De todas maneras mi habitación se llenó de cajas y objetos, de tal modo que me costaba trabajo recostarme a leer o mirar televisión.

Claudia aprovechaba la menor oportunidad para platicarme sobre su divorcio. Se preguntaba —y ella misma acababa respondiéndose— si había hecho bien abandonando por segunda vez al único novio y esposo que había tenido, pese a ser bastante atractiva. Ahora debía pensar no solo en sí misma, también en un ambiente seguro para su hijo. Por las noches, cuando el ajetreo no la distraía, se sentaba en el colchón con aire meditativo, como si planeara su próximo movimiento.

El sábado que le trajeron la base para su cama, Claudia celebró. Mis padres, entusiasmados porque un acto tan ínfimo la alegrara, le prepararon un estofado que todavía saboreo. Nos venía de perlas un descanso de la ansiedad provocada por estos meses de encierro sofocante. Al llegar el lunes, Claudia decidió hacer valer un curso de tanatología al que se había inscrito meses antes y entretener su tiempo libre como voluntaria en los servicios de búsqueda de desaparecidos. Se contaban por miles en la ciudad.

De vez en cuando también visitaba la morgue para solidarizarse con los familiares de quienes habían disipado su existencia cotidiana sin previo aviso. Salieron un soleado mediodía al Oxxo, a por las tortillas, al centro comercial con la novia o el novio, a la oficina o de paseo y no regresaron nunca más.

Al niño le encantaba el videojuego Cuphead: pasaba tardes enteras viendo tutoriales donde un par de tazas antropomórficas intentaban recuperar sus almas venciendo en juegos de azar a los sirvientes del diablo tras las puertas de un casino. Cuando se hartaba, sacaba las piezas del ajedrez, las colocaba una a una sobre el tablero con parsimonia y sorprendía con algunos de sus caníbales movimientos, apenas si reparaba en mi presencia.

Claudia continuaba padeciendo arrebatos de pánico nocturno aunque habían transcurrido meses desde su mudanza. Cada vez iba menos a mi habitación porque yo la acompañaba sin preguntarle. La falta de sueño comenzó a cobrarle la factura con un par de ojeras que le enmarcaron los ojos y perdió por dos el peso ganado comiendo frituras antes de la separación. 

Una noche, cansados de no dormir lo suficiente, entre broma y broma, nos decidimos a celebrar la esperada sesión espiritista. Solamente éramos Claudia y yo. Alumbramos la habitación con veladoras y seguimos paso a paso el manual de instrucciones en una revista de moda. La idea era razonar con el espíritu para que no causara más sobresaltos. Obvio, no logramos nada: nos miramos uno al otro, como preguntándonos qué sentido tenía todo esto.

Por lo general, aunque mis padres estuvieran en casa, le cuidaba al niño, pero en esa ocasión me decidí a ir con Claudia al voluntariado. Le aliviaba, en cierto modo, convivir con gente sufriendo, servirles un plato de comida y escucharlos.

El director del instituto forense le solicitó acompañar a una pareja de ancianos que buscaban a su hija, o a su hijo, ya no sé. Nos hicimos el ánimo y les tomamos de los hombros mientras caminábamos por el pasillo oloroso a formol. Quizá por andar con gente desesperada como esta le daban ataques de pánico. Lo pensé, pero no quise preocuparla de más en ese momento, ni ser indiscreto ante el dolor ajeno.

En cuanto los ancianos cruzaron el umbral de la morgue empezaron a llorar desconsolados, y Claudia, que había permanecido serena, no pudo evitar contagiarse. Los apretujaba sin medir sus fuerzas, descendiendo con ellos al infierno de tener ante sí los huesos apilados, ya sometidos a la prueba del ADN. El cráneo tenía una cicatriz muy particular, su pequeña y rara protuberancia en la frente lo hacía reconocible.


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