lunes, noviembre 16

Una buena receta

Érase una vez una familia a la que le encantaba cocinar. Se trataba de una familia disfuncional, porque en realidad los seis hijos e hijas, ya mayores, habiendo hecho y deshecho sus vidas, regresaron a la casa de sus padres. Y todos tenían nuevas y mejoradas recetas que aportar. Como no sabían si había tiempo suficiente antes de que emprendieran otra vez el vuelo hacia sus propios nidos hipotecados, cada uno quería tener la primicia y presentar a los demás un elaborado banquete.

Se trataba de tres hombres y tres mujeres. Habían nacido alternados: una mujer, luego un hombre, así cada dos años. Y habría que aclarar que los padres también querían dar a conocer aquellos descubrimientos culinarios que habían descubierto mientras los hijos estaban fuera, en otro país, en otro cerebro, en otro experimento del gobierno. Cada uno había seguido su propio camino hasta que coincidieron de nuevo, como cuando eran niños.

El único problema era que todos querían cocinar al mismo tiempo. Y como lo hacían solo para sí mismos –ya compartirían a los demás su platillo por wasap— se les iba el día esperándose uno al otro para que la salsa de la birria entrara en sazón, el huevo se friera a la velocidad de la tortuga, el ceviche peruano marinara al punto, el filete a la tampiqueña se sirviera con sus agasajos, los restos de piña se transformaran en la exquisita fórmula del tepache.

La cocina se convirtió en el lugar ideal para la guerra campal de recetas y sus consecuentes armisticios. El que se levantara más temprano comenzaba la fila india, porque de lo contrario se estorbaban unos a otros y confundían los ingredientes. Esperaban sentados su turno, cruzando los dedos porque el otro hermano, la hermana, la madre o el padre se decidieran por un platillo sencillo.

Hasta que un día, milagrosamente, a una de las hermanas se le ocurrió cocinar para todos. Degustaron el sabroso hígado ahumado de su hermano menor con acompañamientos. Otro hermano preparó la ensalada, otra hermana la bebida, otro hermano la mesa limpia y otra hermana lavó las cazuelas y los platos. Sus padres aplaudieron la iniciativa.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario