Era una señora indefensa que un día, al regresar de su trabajo, recibió en el alma una bala perdida. Una bala no de plomo, sino de celos. Llegó a casa de noche y miró a su esposo preparando la cena: le pareció ideal tenerlo en su bolso como llavero.
No se lo dijo en ese momento, solo imaginó lo útil que sería meter la mano a su bolsa y, en lugar de encontrarse con las simples llaves, topar con una figura hacendosa. Seguro que sus dos hijas adolescentes verían la lógica del razonamiento.
A esta señora le encantaba coleccionar zapatos. Por mucho prefería los zapatos de tacón. No es que tuviera pies bonitos. En realidad los zapatos le gustaban tanto que le hacían olvidar la deformidad de sus tobillos. Botas con tacón block, zapatos de tacón con piel de víbora, zapatos con plataforma. Sandalias, flats o tenis. Cada fin de semana pescaba ofertas de zapatos para mujer y se llevaba a su marido de corbata.
Tantos zapatos de innumerables estilos había acumulado durante 18 años de matrimonio que no cabían en el clóset del pasillo, ni debajo de la cama, ni en su gran ropero, ni tampoco en la habitación de sus hijas ni en el patio, la cocina ni la sala. Ni siquiera ayudó que regalaran los viejos juguetes de las adolescentes.
La casa era una vitrina insuficiente para la coleccionista. Sus hijas buceaban entre cordones, pieles, telas y costuras antes de zambullirse por fin en sus camas, temerosas de que un tacón les cayera encima. El marido se la pasaba estudiando la Biblia en el rincón dedicado a revistas de moda: el baño. Cuando le preguntaban qué hacía, apenas si emitía débiles gemidos que se confundían con el sonido de la televisión.
Habrá que aclarar que el departamento de esta señora no era muy grande y sus muebles excedían por tres el tamaño recomendado. De manera que si las hijas querían prepararse un sándwich en la cocina tenían que sortear toda una marejada de zapatos de moda o pasados de moda, para al fin arribar a la prominente mesa o abrir el refrigerador industrial.
Un día a la señora le pareció que la casa era incapaz de albergar un par más de zapatos. Se convenció de que sus materiales no eran tan duraderos como hubiera querido y, con sorpresa, observó detenidamente a sus dos hijas. La más grande tocaba el ukulele y la más chica el violín. Eran, en verdad, muy lindas. Y estaban, sobre todo, llenas de vida. Adoraban a sus abuelos paternos, quienes habían renunciado a la vida holgada de los jubilados para disfrutar de su compañía y darles lo que sus padres no podían. Por ejemplo, zapatos.
La coleccionista consideró que esta era la perfecta oportunidad para cambiar de perspectiva. En el trabajo le había ido muy bien desde que la recomendara su suegro en el departamento de ventas de una empacadora de semillas en la que había sido director. Incluso abogó por ella cuando la quisieron despedir por incompetencia. Ahora, pasado el tiempo y librados los obstáculos, se sentía realizada, conducía su Mazda deportivo y el mundo le parecía brillante y atractivo como el broche de fantasía de sus sandalias rosas imitación Jimmy Choo. Contemplar al marido doblando pilas de ropa le recordó que siempre podría abrir una puerta a inéditas experiencias.
Entonces se dio cuenta de que sus hijas amaban a los abuelos. Prácticamente se habían criado con ellos. De bebés no las soportaba, les pegaba en el pañal a la menor oportunidad para callarlas. Al salir del trabajo en las tardes, paseaba por las plazas con el anhelo de ver zapatos y no tener que cuidar niñas berrinchudas. Pero ahora habían crecido. Y no podían ser de nadie más. Ya se valían por sí mismas y no le preocupaba dejarlas solas en casa. Pensó en coleccionar charlas de café, sesiones de cine en sala VIP, salidas a tomar nieve de garrafa, al acuario o al museo. O tenerlas allí, sentaditas, mirando hacia la ventana y con audífonos mientras hacía home office a toda voz.
La señora, en sus dubitaciones, llegó a la conclusión de que lo único que se interponía en sus planes de convertir a sus hijas en amigas incondicionales eran los abuelos. Sí, esos seres abominables y serviles ante los que había tenido que fingir aprecio cada vez que los saludaba con su sonrisa de selfie. Tocó la fría espalda, como de metal, de su marido, para hacerle saber que sus hijas ya no podían andar libremente por el vecindario —los abuelos vivían a tres casas. Ya no irían a las clases de música, ni de kung-fu, de repostería o de nado sincronizado. Los abuelos no solo pagaban todo esto, sino que andaban con ellas a vuelta y vuelta para que no llegaran tarde. Les daban de comer, les revisaban la tarea, las bañaban, les organizaban sus fiestas de piñatas y las llevaban a elegir su pastel cada cumpleaños: hacían todo por ellas desde antes de que aprendieran a decir su primera palabra y eso no era justo. Porque eran suyas, de la coleccionista de zapatos.
Decidió cortar lazos, cerrar puertas con cerrojo y echar las llaves por la ventana. El marido se había quedado sordo. Los abuelos palidecieron y pronto enfermaron por el dolor de no ver más a sus nietas. Cuando trataban de comunicarse con ellas, recibían por WhatsApp un lacónico "bien, gracias" que les hacía sospechar de que un bot había secuestrado el artefacto. Lo único que ahora le importaba a la señora era ganarse a sus hijas, peinarlas, vestirlas con coloridos vestidos de moda, probarles las zapatillas de cristal que nunca le vinieron por más que lo intentara, compartir largas tardes de té y conversaciones sobre un futuro prometedor, pleno de zapatos de todo tipo. En ese momento hacía un mohín y bajaba delicadamente los ojos vidriosos hacia la malla cubierta de tul fucsia de sus Dolce&Gabbana. Les contaba, por ejemplo, cómo las había rescatado de las infames garras de sus parientes.
Un día, al regresar del trabajo, como te venía diciendo, la coleccionista atravesó el pasillo abarrotado de zapatos, se dirigió a la habitación de las adolescentes y se dispuso a ordenar sus pertenencias.
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