Torres era un muchacho práctico. Trabajaba de cajero en un
WalMart mientras estudiaba derecho, luego consiguió chamba de policía
municipal. En una ocasión devolvió a su duaño un fajo de billetes. Luego lo
ascendieron a jefe de un comando antirrobo de casas habitación. Lo castigaron
cuando denunció que sus subalternos tenían un departamento donde guardaban lo
robado. Su nombre completo era Carlos Torres, pero aquí le llamaremos por su
apellido para no confundirlo con Carlos. Además, como a Pereira, quizá el
apellido logre tener la simpatía del lector, o la antipatía, da lo mismo.
Torres jugaba futbol en la calle junto con Alex y Carlos cuando eran niños. Llegó
a casa de los perros porque lo necesitaban para sacar a uno de ellos de la
cárcel… ¿Eloy? Sí, tal vez Eloy, el pícaro, el seguro de sí mismo que de pronto
despertó en una celda. Pero cuando llamaron a Torres, resulta que a él también
lo habían metido preso por robar un carrito HotWheels de WalMart. Allí, en los
separos, entablan una conversación que comienza por El Apando. Juegan a mirar a
través de los resquicios que se abren entre la gente amontonada. Miran figuras
en las paredes, inscripciones y dibujos de penes. Nombres. Y dejan también su
impronta. Desde entonces se hacen amigos. El policía y el pintor. El policía
que debe sofocar a los manifestantes globalifóbicos en Guadalajara, que se
encuentra conun poeta pedorro tipo A. Z., al que le dicen AZ, que exige y luego
ruega no ser detenido porque es poeta, poeta del barrio. Cuenta cómo dejó
chimuelo a Mario, de ahí que Torres lo reconozca y decida darle lecciones con un
tehuacanazo. No personalmente, porque T es un caballero.
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