un frasquito con su último hijo
no logrado
en el jardín de los abuelos
donde mis primos y yo jugamos,
preferimos salir a la calle
un fin de semana entero.
Al domingo siguiente
le asignamos
un nuevo papel:
el del científico loco
con un laboratorio
bajo las raíces del naranjo
desde donde planea
cómo derribar
a los monitos de Star Wars
sin herir
a los soldaditos de plástico.
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