Escribo ahora lo que estoy seguro reescribiré después. O
peor: un palimpsesto. Tan literaria es esta palabra que la omitiré en lo
futuro. Tan simbólica y, a la vez, tan densa y material. Imagino que además alude al cesto de basura
donde acabarán la sucesión de borradores. Palimp-sesto. ¿Y qué con el palimp? Es decir, no que lo de sesto tenga el significado
que le estoy dando en mi retrógrado acto asociativo, pero, incluso así, con la
ignorancia ofuscando mis neuronas, ese palimp semeja una mínima vivencia
sonora: ir de la pe a la pe luego de ese lim que bien podría ser un limbo, algo
todavía inacabado, algo lo suficientemente inocente para no ir al infierno y lo
suficientemente maculado como para no gozar del paraíso, un limbo que no
importa ya si alguna autoridad ha desechado o no: es decir, ha hecho de ese
concepto un palimpsesto, una reescritura, un borrón y cuenta nueva para inducirnos
a los extremos: o al cielo o al infierno, o a la gracia o al desastre eternos. El palimpsesto: el limbo p'al cesto. Está allí, haciendo de las suyas con
su combinatoria de fonemas. Al final queda la o: redonda, vacía, imposible como un agujerito.
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