Mostrando las entradas con la etiqueta Nota. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Nota. Mostrar todas las entradas

domingo, julio 12

Nota Los perros proceso

Me he dejado llevar, escribir. Escribiendo es que todo vuelve a su sitio, a su calma. Si bien, en estos momentos, entre más escribo más me angustia lo que vendrá, cómo conformaré los personajes, las historias. Escribir, o, de otro modo: seguir el ritual: sacar punta a un lápiz introduciéndolo en ese molinito, deslizar el carbón por un papel áspero, tanto como el de un cuaderno Scribe: o sea, no tanto. Escribir que no quiero escribir sino deslizarme por entre sus pequeñitos vacíos, sus intersticios.

jueves, noviembre 5

Influencias iniciales

Mi primera influencia fueron las colecciones de cómics que se vendían en los ochenta y noventa en puestos de revistas. Los ejemplares de "Novelas Inmortales", "Joyas Literarias", "Joyas de la Literatura", recreaciones de novelas clásicas, inundaban mi casa junto con otros menos prestigiados pero envolventes en su fórmula ensayada una y otra vez: "El Libro Vaquero", "La Novela Policiaca", "Historias Macabras", "Lágrimas y Risas" y otros formaban parte del consumo lector en mi casa desde que estaba en la primaria. La primera vez que tomé un camión fue a los doce años: me dirigí a la librería Gonvill más cercana, donde descubrí que esos títulos que me maravillaban se encontraban en colecciones juveniles que fui adquiriendo y leyendo todavía con mucho más placer que los cómics que me habían llevado a ellas. Salgari, Stevenson, Shelley, Louise M. Alcott, Poe... primero descubrí la novela para sumergirme, ya en la secundaria, también en la poesía. Huidobro, Darío, Asunción Silva, González Martínez, Gabriela Mistral, Juana de Ibarborou, Amado Nervo... todos ellos y otros configuraron mis primeras aventuras literarias. Ya después abjuraría de unos y reivindicaría a otros, pero no puedo negar que fueron parte de mi primera educación.


05 11 20

sábado, noviembre 16

Ciudad y árboles viejos

Había olvidado cómo recorrer las calles en esta ciudad abstrusa y llena de baches. Ciudad de cables enrollados en los postes, de luciérnagas invisibles y ranas en jardines. Desapariciones siniestras, furtivas traiciones. Ya no sabía cómo dar un paso tras otro. Mis pensamientos arruinados, las fachadas van quedando atrás como daguerrotipos deslucidos. Los árboles viejos glorifican sus memorias.

M 16 11 19

*

sábado, febrero 24

Vivencias

No he podido detenerme a pensar realmente dónde estoy parado, a qué demonios les debo estar aquí, ahuyentando los buenos deseos y los no tan buenos, los drásticamente malos no en un sentido moral, sino lógico. Pensamientos que no terminan por concretarse, asirse a la memoria, como si la memoria, esa colección de recuerdos falseados, significara algo. Como si el significado de verdad tuviera importancia en este transcurrir los segundos que llamamos desperdicio. Estoy recostado en la cama, escribo en mi iPad mientras miro mis pies uno recostado en el otro. Son grandes, las venas los circulan de extremo a extremo. No sé qué haría sin ellos. Vi el video de un niño pequeño que comía con los pies, quizá sorprendido de ser filmado en un acto tan natural. Tomaba la cuchara entre los dedos gordo y anular para echarse el bocado. Me pregunto si se chuparía los pies luego de darse gusto. Ese acto por sí mismo nos puede parecer repulsivo, pero a él, que solo tiene pies y no manos, seguro le resulta natural. Los pies le son útiles doblemente, exponencialmente. También recuerdo a una chica que apareció en las páginas del Reader’s Digest: un tiburón le dejó sin brazos mientras surfeaba en una playa de California, una chica heroica -como todos de quienes hablan en esta publicación- que fue capaz de levantarse tras esa desgraciada ola de acontecimientos que sucedieron a la pérdida de sus brazos para situarse al volante de su camioneta van en la que iba por los niños a la escuela. Pero yo tengo pies y brazos y nada de heroicidad. Estos pies sienten placer ante el clima cálido y también con el frío, descansan cuando les doy un pequeño masaje y son agradecidos al momento en que los desalojo de zapatos. Así, estáticos, encuentran su lugar en el pequeño mundo circundado por estas seis paredes cúbicas. Son incapaces de tomar una cuchara o un tenedor entre sus dedos. Y si tuvieran que hacerlo en caso de que mis brazos fueran abducidos por extraterrestres ávidos de experimentar con piezas humanas, mirarían con envidia al niño y a la chica sin brazos que han seguido con ilusión el transcurso de sus vidas, si hacemos caso al Reader’s Digest y a los videos más vistos de Youtube en marzo del 2018. Tanto tiempo ha pasado y no soy el mismo de hace diez, catorce, veintiún años. Pero qué son esos recuerdos sino alfileres, punzadas que desatan cierta nostalgia por sucesos quie quizá no fueron como los recuerdo. ¿Por qué en muchos de mis recuerdos aparezco de cuerpo entero, me miro el rostro, si en la realidad apenas si veo mis brazos, m torso y mis pies a cierta distancia? Alrededor de mí, los libros apilados, desordenados, una multitud imposible de asir en lo individual ahora que el tiempo se ha vuelto objeto de primera necesidad. Todos estos libros cabrían sin dificultad en mi Kindle. Ahí quisiera meter también los recuerdos que lastiman, aquellos que en su momento fueron materia de presente, atención, experiencia sensorial. El hecho es que estoy rodeado de pensamientos de otros, pero primordialmente de palabras vivas de personas en su mayoría muertas. Y los muertos son buena compañía, uno a uno. También sería útil tirar libros pésimos a la basura. No comprendo por qué me he armado con ellos de mudanza en mudanza. No solo despojaron a un árbol, además invaden espacios de mis libreros, y me dan vergüenza. Muchos regalados, presentes sin presente ni futuro. Tiliches, desperdicios. Como las películas que compramos y jamás volvemos a ver. Es todo una acumulación de objetos que nos desprenden de la situación biológica de ser cuerpos sangrientos y pulsantes. Como si importara la cantidad de libros leídos o su simple presencia nos hiciera vivir de nuevo a través no solo de la memoria, también de su distorsión, su evocar imaginarios. Un poco de eso hay: vivencias recreadas, rearmadas a conveniencia.

N 24 02 18

*

domingo, noviembre 26

Sin orden aparente

Estos hombros en diagonal, como una balanza mal calibrada. No he escrito en mucho tiempo, las palabras están amontonadas dentro de mi cuerpo e impiden la circulación de sustancias entre los tejidos. La respiración bloqueada; los músculos, de por sí poco elásticos y renuentes al movimiento, no hallan espacio para echarse a dormir, infestados de fragmentos de pesadillas, pensamientos al borde de la crisis, rabietas, raptos de esquizofrenia, larvas en aquellas palabras que no lograron gestarse y permanecieron en un punto muerto. Pus. No sé, tal vez este zumbido ronco, esta agudeza, este chirrido exasperante al interior de mi cráneo se deba al montón de palabras echadas una sobre otra sin orden siquiera aparente. Ha de ser el ruido de todo lo que estuvo a punto de... ideas fallidas o nunca expresadas, referencias enquistadas en las cuerdas vocales, aire coagulado en las arterias sin poder proferirse, tomar voz, hacerse cargo de un trozo de ficción. Estoy enfrascado: palabras fracturadas, semas, morfemas, lexemas, sinalefas, puntos y coma embodegados, saturando las venas y los nervios, nublando la vista, echando sus pestes y sus nada deplorables maldiciones...

M 26 11 17

*

viernes, diciembre 9

Una línea continua en el espacio

Me había propuesto no volver a escribir un poema hasta que transformara mi visión de las cosas. Estaba harto de repeticiones: malos consejos, dramas que me imposibilitaban nuevas temáticas. Más todavía porque en algún momento me decidí a tomar elementos objetivos de la vida diaria. Mala decisión. Abandoné la metáfora: por un periodo estuvo bien. Pero no me satisface restringirme, no me satisface casi nada en la vida, mucho menos la perspectiva optimista que intenté encontrar en alguna recóndita esquina de mi pésima conciencia. Escribir un poema no es colocar palabras a mi antojo --¿o sí? Algo de mí se expresa para poder acomodar objetos empolvados en un sitio diferente al que estaban: no el correcto, no en orden jerárquico, no el que otros esperan. He llegado a una edad mental en que no estoy dispuesto a ceder ante el espejo. No: ni aunque la verdad grite que todo está bien, que la vida no tiene fin.

N 09 12 16

*

miércoles, noviembre 2

Camino a la oficina

Todos los días lo mismo. Las calles quebradas, el edificio que has visto alzarse desde sus cimientos, cuando las grúas eran apenas un destello contra el sol sobre una estructura gris. Vas y miras autos apostados en la banqueta de López Mateos: algunos que no esperan y están a punto de sacrificarte por pasar la calle y estorbarles en su fuga. Vas, caminas aprisa por llegar temprano a firmar tu llegada en la oficina. Hoy tomaste dos rutas para asegurarte una mañana sin disturbios. El cielo empieza a ser un lujo en esta ciudad que sabe cómo destruirse.

N 02 11 16

*

viernes, mayo 6

Déjà vu

Los ojos pesan como un par de sandías o dos esferas para jugar bolos. La saliva se espesa, el cerebro no puede ni caminar dos pasos por este cínico entramado de tinta virtual.

M 06 05 16

*

miércoles, septiembre 23

Malas ideas


Qué es lo que sé, si saber no es precisamente saborear. aunque estas palabrerías sean inmigrantes del mismo destino, pero por qué ellas vienen a mi mente por tan poco, no es relevante. Me dejo ir entre líneas: ¿es decir que me descubro como un mensaje secreto, una clave subordinada a la primera impresión en el papel? Esto no impresiona. Mi cerebro está cansado como un alacrán que ha picado demasiado, hasta a sí mismo, y necesita un relevo. Lástima que las neuronas solo disminuyan como una especie en extinción. En otros tiempos había más claridad, no hace mucho, cuando dependía de palabras clave para diagramar el ser, el poder, la desaparición. Es momento de embalsamar algunos dolores de garganta, despedir la realidad y dejarla a la deriva. Los hilos de mi camisa oscilan al viento como malas ideas.

N 23 09 15

*


lunes, septiembre 16

Salida

Dos días a la semana subo al auto: me deslizo por mis pensamientos entre baches, camiones ambiguos, bicinautas caníbales, muchachas que defienden los pasos de cebra mejor que a sus hijos zombies. No sé a dónde iremos a continuar con lo mismo de lo mismo. En el cielo un avión –tantos el mismo día– surca las nubes como un cuchillo el queso cheddar. El mundo avanza con y sin recelo, gira tal un trompo que de un momento a otro perderá el equilibrio.

N 16 09 13

*

Deshacerse, irse

Una serpiente envenena mi corazón como a una manzana que nunca estuvo sana. No hay sorpresa en la boca, tan aturdida está y no siente sino la rabia que ya carcomía los puntos muertos. Ni el viento responde en medio de este desangrado desierto que se extiende desde el pasado remoto hacia un futuro irremediable. Irse es lo de menos, impera la ausencia del fruto deseado hasta cierto punto y un fastidio después, de vez en cuando, por lo no saboreado con furia, lo no abrasado, lo abandonado a su naturaleza.

sábado, septiembre 14

Van y vienen

Algunos escriben para un público cerrado como un pomo de veneno, otros buscan perforar con el filo de un carbón el oído de hule de sus críticos o incendiar a uno que otro fan, inmisericordes ante los silencios innecesarios. Aún hay quienes prefieren ensordecerse como choferes habituados a las sirenas de sus ambulancias.

M 14 09 13

*

lunes, septiembre 2

El gran poema



No debe haber nada peor que esperar a que tu padre o tu madre mueran de un infarto o un cáncer en la médula de sus recuerdos para empezar a escribir el gran poema. Hay casos. Yo no quiero un gran poema entre mis papeles muertos. No quiero morir hace tiempo ni mucho menos la muerte de esta pareja de extraños que ronca en la habitación vecina. No quiero el consuelo de las palabras ni su asfixia. Prefiero recostarme, oír su respiración pastosa mutilar mi escritura y convertirme, la cabeza resignada en la almohada, en testigo del tiempo que traiciona.

M 02 09 13

*

sábado, agosto 31

El muerto al pozo

Ahora comprendo por qué los vivos llevan flores a las tumbas de sus muertos. Mejor situar a los idos en una zona sin riesgo donde los creamos felices a nuestro antojo, acertando en aquello que nunca consintieron, escuchándonos como lo evitaron en cada ocasión, actuando el viento a su favor entre las flores para descanso nuestro. A qué andarlos cargando como un bulto hediondo en las espaldas del alma, a todas horas.

M 31 08 13

*


jueves, agosto 29

Siempre ha sido así



No ha llegado la última bomba que nos condene a no encontrar lo que deseamos.

M 29 08 13

*