Una serpiente envenena mi corazón como a una
manzana que nunca estuvo sana. No hay sorpresa en la boca, tan
aturdida está y no siente sino la rabia que ya
carcomía los puntos muertos. Ni el viento
responde en medio de este desangrado desierto que se extiende desde el pasado
remoto hacia un futuro irremediable. Irse es lo de menos,
impera la ausencia del fruto deseado hasta
cierto punto y un fastidio después, de vez en
cuando, por lo no saboreado con furia, lo no
abrasado, lo abandonado a su naturaleza.
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