miércoles, septiembre 4

Un mediodía de noviembre

Mi abuelito Fortunato
se ahogaba al hablar.
Me vino a la mente
en su silla de ruedas
por la plaza del pueblo:
su sonrisa dibujaba raíces.
De pronto lo abandonó el aire.
No mucho después
llevaron un ataúd y a su cuerpo,
ya sin lastres ni pendientes,
lo levantamos entre tres
para llenar el vacío.



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