Mi abuelito Fortunato
se ahogaba al hablar.
Me vino a la mente
en
su silla de ruedas
por
la plaza del pueblo:
su
sonrisa dibujaba raíces.
De pronto lo abandonó el aire.
No
mucho después
llevaron
un ataúd y a su cuerpo,
ya
sin lastres ni pendientes,
lo
levantamos entre tres
para llenar el vacío.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario