Si anduvieras en bici podríamos pasear hasta el Metropolitano, Martha, sin tardar demasiado en el camino, aunque ir paso a paso contigo establece una relación semejante a deletrear una novela. Recuerdo el día que comentábamos lo que Ontiveros, el profe de filosofía, nos había contado sobre Descartes, cómo había trasladado la duda al centro de la comprensión del todo. Ni siquiera estábamos seguros de que eso en realidad dijera el Discurso del método, pero al acompañarte esa noche de regreso a tu casa caminábamos más lento para cuestionar no solo la lluvia que parecía contrariarnos, sino las ideas caídas en los charcos como las hojas secas que se iban acumulando en bocas de tormenta. Y era entonces cuando quería tocar tus labios con mis yemas simulando que solo improvisaba para callarte con suavidad porque me parecía que estabas cayendo en un atolladero, en un remolino de cuestionamientos que no iban sino al vacío subterráneo adonde huye por gravedad todo aquello que no halla su lugar en este mundo. Y me mirabas con esos ojos de borrego que parecían gritarme bésame, pero yo no entendía o no quería entender o quizá solo me lo imaginaba porque deseaba pegar mis labios a los tuyos, pero dudaba, dudaba de mi método escolástico de hacer las cosas, dudaba de la fe que profesaba, de que deseabas lo mismo que yo cuando en realidad anhelabas al deseo más que a mí. Yo quería ser el deseo mismo que, como Ontiveros nos había platicado sobre los griegos, se apoderara de mí con entusiasmo, pero tú hacías énfasis en que no era posible, o al menos no deseable, mezclar conceptos disímiles y que lo mejor era dejar ir todo por esa coladera apestosa que ya se había encharcado y nos mojaba los pies descalzos. Teníamos las manos llenas de zapatos y calcetines mientras nuestras bocas decían incoherencias en lugar de ser las bellas nadadoras de scrawl que debían ser y, aunque insistas en que son meras especulaciones, cómo voy a saber lo que piensas tú, así que debo recurrir al narrador omnisciente, que me deja mirar por un momento nada más. Te miro, siento tu calorcito al acercarte para colocarme, tú sí, el dedo en el labio inferior y no me acostumbro a andar deseándote como un caballero errante por las páginas esas que te saben dulces cuando me platicas, que te encanta rasgar para aparentar que las has leído. Ya sé que desde esa clase todo lo pones en duda, y no descarto que quizá, aunque lo dude, en algún momento te decidas a poner tus labios en los míos de la misma manera que bailan las gotas de lluvia en las plumas caídas de los pájaros, mezcladas en los charcos que van a parar a los ríos de agua que también llevan mierda de perros y pulgas ahogadas y mi orina contaminada de lo que la calle alcanzó a coleccionar, temblando.
viernes, agosto 21
sábado, agosto 1
Los perros – Mario - prepa - cementerio
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viernes, julio 31
Los perros - Carlos - C y M
Si no escribo ahora, muero. Sé que es un mal inicio para un
texto, porque lo mejor sería configurar una imagen que enganche, y no en
primera persona a fin de salvar distancias, por ejemplo: C llegó apresurado para
abrir la puerta de su departamento, las llaves se le cayeron haciendo un
tintineo que le trajo a la memoria todas las veces que abría la puerta
ganándole a M, quien solo atinaba a meter sus llaves en el bolso con un mohín
que indicaba: Sólo me ganaste esta vez, no será por siempre. C en esta ocasión
tiró las llaves sin que hubiera una razón, quizá lo que deseaba era recordar
los labios de M diciendo: Tú ganas la puerta, pero yo el sillón, acércate, siéntate
conmigo. Ese tal C tenía suerte, la alegría era el eje a partir del cual
circulaba su vida, navegaba incluso ante obstáculos y dificultades. Estando allí
M, deseaba tener pretextos para ser consolado, para gritar de contento o
asomarse a la ventana y enumerar lo que iba pasando. En esta ocasión, en
cambio, la soledad es un cuchillo que me hiere con su canto romo, un canto
sordo que me hace más daño por no herir del todo, pero que deja la marca
suficientemente enardecida como para no olvidar. No hay herida por la que salga
la tristeza, como si la sangre se hubiera coagulado antes de tiempo. La tentación
es ignorar que estoy sentado en la cama, con un vaso de leche contaminado de
polvo negro de galletas en el buró, con la televisión en una comedia que de
pronto se ha vuelto trágica, tanto como esta inmovilidad sin M, este aire denso
como la misma sangre que no circula. M, me pregunto qué tal real ha sido todo
este juego de dimes y diretes, y me responde tu sonrisa, el blanco de tus
dientes y, entre ellos, aquel colmillo roto que te pasas relamiendo hasta que
te saca de ti el estruendo del tren de las 11 pm, la hora en que me propondrás
leer una obra de teatro en voz alta mientras cambiamos posiciones en la cama como
si ensayáramos un parchís para simular la dinámica y la estática de los
personajes. No quisiera nombrar a la palabra soledad, no la nombré antes porque
quería evitar su evocación, pero ya que se ha instalado como un perro enfermo
incapaz de moverse de un rincón del que se ha adueñado, no tengo de otra que
pronunciarla con el deseo de exorcizarla, de que se vuelva una fórmula mágica
que me devuelva lo perdido o que me haga olvidar que alguna vez lo tuve todo en
un roce de dedos al darte una taza, una mirada líquida nomás por nomás, un
sentarnos a mirar cómo una grúa giraba para subir su carga a un edificio en
construcción.
(Carlos)
Nota: Daré más vida a C y a M y borraré más a Carlos. Que
Carlos irrumpa, pero luego de dar más vida a las iniciales. Que los personajes
no nombrados tengan más densidad experiencial.
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lunes, julio 27
Los perros 27 07 2026 - Carlos - prepa - 22 abril
¡Explotó Guadalajara!, ¡Explotó Guadalajara!, gritaban las noticias de la radio. Esa mañana soleada del 22 de abril de 1992 Guadalajara había dejado de existir mientras me relajaba en el jacuzzi de la alcoba en una habitación del piso 16. Guadalajara se había hecho añicos, insistían incrédulos en Radio UdeG como si todavía no asimilaran la destrucción. Eran las vacaciones de Semana Santa y mis papás, mis hermanos y yo no atinábamos qué hacer porque en el teléfono se había instalado un silencio contundente. Bajamos por las escaleras y, al llegar al lobby, descubrimos que el hotel "todo incluido" no había previsto que una multitud de huéspedes abarrotara la recepción, por lo que corrimos hacia la calle en busca de un teléfono público. Las líneas estaban saturadas. Mario, mi mejor amigo de la prepa, se encontraba allá, en la ciudad pulverizada. Después de varias horas aclararon en las noticias: veinte cuadras del sector Reforma se habían convertido en escombros. No había sido un terremoto ni nadie había equivocado un misil: veinte cuadras de Guadalajara yacían en lo profundo debido a un estallido surgido de las alcantarillas.
Por más que giraba el disco del teléfono una y otra vez, obsesionado por saber si mi carnalito estaba con vida, no escuché ninguna voz al otro lado del auricular. Fue como si una sordera de antro se me hubiera metido en los oídos, como si la explosión me hubiera minado los tímpanos a la distancia. De regreso a Guadalajara, entre curvas de náusea, abría y cerraba el cenicero, quitaba y ponía los seguros, le rogaba a mi papá que hundiera más el pie en el acelerador, convencido de que no vería nunca más a Mario porque lo imaginaba inmóvil bajo los escombros. Nadie decía palabra porque presentíamos, ante la desinformación aplastante, que muchos de los conocidos habían sucumbido a la nada. Fue hasta que llegué a la ciudad cuando pude contactar a la mamá de Mario y enterarme de que se hallaba en la zona devastada, sí, pero desenterrando personas completas y en pedazos.
(Carlos, prepa)
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lunes, julio 20
Los perros - 20 07 2026 - Carlos 20 años después casa
Tengo la rara sensación de haber escrito esto antes, mucho
antes que en este momento. Pero también la impresión de haberme encontrado con
esta fachada de verde desteñido y descascarado mucho antes, con este salitre
que asoma como la espuma del hocico rabioso de un perro. La herrería de las ventanas
está hecha a la antigua y, hay que decirlo, permanece, como todos aquellos
trabajos realizados por oficiantes. Las ventanas que podrían estar tapiadas
debido al abandono y en su lugar simplemente están cerradas, por cuyos motivos florales
y translúcidos de sus vidrios puede adivinarse el amontonadero de papeles y de objetos
fantasma. La puerta negra de hierro, donde seguramente en otro tiempo remoto
hubo un portón de mezquite, deja ver lengüetazos de óxido lanzados hacia los
transeúntes que, como yo, de pronto nos detenemos para averiguar si esta
construcción todavía soporta estar de pie.
Rompo con la llave uno de los vidrios de la puerta y, sin importar
el filo y el posterior sangrado, fuerzo la cerradura, levanto ─sigue teniendo su maña─ el hierro y
empujo: la casa está abierta. La recuerdo entonces. No como ahora, sino como en
aquellos tiempos en que nombrar al siglo xxi era una especie de clamor en el
vacío. No importaba el siglo xxi, no existía más que en un futuro inasequible
para los perros que todavía no éramos y comenzamos ser al husmear estas
paredes, sus libreros atestados de volúmenes antiguos e inconseguibles, sus
habitaciones altas, la cocineta y el patio cuadrado. Una casa de adobe ni muy
grande ni muy pequeña, lo suficientemente amplia como para que se entrelazaran
las vivencias que aquí tuvimos hace ya, creo, treinta años, quizá más, quizá
menos.
Me han dicho que comenzar un párrafo con el verbo conjugado:
recuerdo, trae consigo una serie de imágenes que empieza como un hilito
insignificante y termina en una riada, en un aluvión. Pero yo no sé si acaso
quiero recordar. ¿A quiénes? ¿A qué?
Las paredes de la casa parecen estar tapizadas de letras
informes, con renglones que no siguen una lógica. De pronto las líneas
manuscritas forman incluso constelaciones: espirales, cuadrados, círculos. Parece
ser que los que aquí habitaron solo deseaban cubrir con tinta y carbón los
muros salitrosos. También hay papeles manuscritos en el suelo, papeles sueltos,
arrugados, pilas de papel bond con páginas impresas y corregidas con tinta
sepia hasta que no queda nada sin reescribir… cuadernos de pastas duras aquí y
allá, murales que en otro tiempo debieron cubrir tal o cual pared de la sala,
de la cocina, de alguna de las cuatro habitaciones. Parece como si la casa
hubiera vomitado tintas: verde, roja, azul, negra, marrón… y en las escrituras,
rostros, máscaras. Una vez que hago a un lado las telarañas, encuentro más
escrituras. Regresar es recordar, supongo. Lo copio todo, lo recopilo en fotos,
en folders. Las cajas, que parecían parte de una mudanza, están repletas de
páginas que alguien abandonó. Todo lo recopilo, todo. La escritura en la
cabecera de las camas, la escritura en los cajones, en las inmediaciones de las
puertas. Hay mini casetes tirados, diálogos
ensayados, todo aquí me parece fragmentario. Como si lo importante fuera solo
escribir, escribirse, soltar las palabras, dejar que arañen las esquinas, los
rincones, que tapien de una vez por todas los huecos. Nada hay aquí que no
cuente su historia, que no evoque…
viernes, julio 10
Los perros. 10 07 2026. Transcripción de grabadora. Microcasete Panasonic
Martha solía pasear desnuda por la casa. Su cuerpo era una cordillera, un cúmulo de curvas por donde uno quisiera esquiar como un experto. Le encantaba detenerse ante el espejo empañado porque, pues, no había quién estuviera limpiando. O quien tuviera ganas de hacerlo. Decía que se erotizaba solo de enmarcar los fragmentos de su cuerpo y luego el conjunto: se palpaba las nalgas, se oprimía los senos y, hablándole al espejo, afirmaba que el color de sus tetas era de un naranja maravilloso, como un montoncito de tierra oxidada. Su cabello pelirrojo contrastaba con su tez clara, envolviéndolo con su tono rojizo. Pero Martha nunca permitía que nos acercáramos. Las mujeres, las perras, las perritas, la contemplaban con cierto arrebato, cierta perplejidad, pero también en ocasiones la ignoraban porque decían que tenían mejores cosas en qué ocupar sus pupilas. Martha nos había comentado que había sido modelo de Benetton. Imagino que alguna vez le tomaron una fotografía para alguna revista local y ya por eso se las daba de diva: un despilfarro de poses que bien cabrían en la palabra parsimonia. Era como si nos considerara la alfombra de una pasarela: pasaba, si así le daba la gana, hasta pisándonos si estábamos leyendo o haraganeando en el piso, sin pedir disculpas. A mí me mamaba sentir su pie desnudo en la espalda, su pie desnudo y sucio. Su encanto consistía en crear un aura a su alrededor, de manera que en esos momentos no sentíamos especialmente deseo, sino una gratificación estética. Eso reflejaba, ¿no? Además de que, como dije, no permitía que nadie la tocara. Era como aquel personaje que andaba desnuda a caballo, Covinda, algo así. Siempre se me olvidan los nombres, o digo uno por otro desde el día en que me desmayé. El nombre viene en la portada de una caja de chocolates. Era como si fuéramos sus súbditos: si nos volteaba a ver, bajábamos los ojos. Ejercía en nosotros un poder inexplicable. Entonces Mario o Eloy o Mayra empezaba a aullar y luego otra y otro, y ladrábamos como jauría en celo. Pero, sin hacer nada contra la presa. Las presas éramos nosotros, sus víctimas, porque luego andábamos en la vagancia y armando en las memorias el rompecabezas, su recorrido, su manera de caminar, el contoneo de sus nalgas, de sus piernas bien contorneadas. Y ni pex, andábamos califas sin pretenderlo y necesitábamos de alguna manera sacar toda esa concentración de espeso deseo. Supongo que a Martha le fascinaba, o quizá le nuestras reacciones le eran indiferentes, porque no parecía inmutarse. Lady Godiva, Lady Godiva, por supuesto.
(Carlos)
jueves, julio 2
02 07 2026
Los perros aúllan, los perros. Mario tuerce el hocico llorón como si hiciera muecas con un alambre que dobla sin voluntad. Mario toca la guitarra a la que se le ha roto una cuerda cuando saltamos la reja y nos apostamos, regados entre las tumbas, como esas flores amarillas que crecen en los recovecos de las banquetas, de las tumbas que parecen sonreírnos a través de sus grietas. Mario parece más berrear que decantarse en una canción, parece más sumergirse en la tierra como una tumba más, un bulto que brilla de vez en vez mientras rasga con la uña de plástico las cuerdas restantes. Debajo de un ciprés carcomido, a sus pies, entre las débiles sombras chinescas que forma la proyección titubeante de los faroles, está también Eloy. Amontona tabaco en una pipa, le pone de más y los restos caen al piso de mármol donde se ha apostado y los junta y los huele aspirando profundamente, como si no quisiera abandonar ni una hebra, como si prefiriera que este olor se mezclara con el polvo de los muertos, de lo que se va pudriendo con mayor celeridad que el cemento o la cúpula dorada que brilla con intermitencias en una capilla que más parece una bomba que ha caído aquí por equivocación, arrojada desde un avión en llamas. Yo me quejo exagerando los gestos como si quisiera llamar toda la atención hacia mi herida pobre, mi herida superficial, porque no logré saltar con agilidad la reja terminada en puntas de flecha y una se me clavó en el pantalón que terminó por rasgarse cuando caí de boca contra el pavimento.
(Carlos)
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martes, noviembre 4
Desdoblamiento
Hace un momento, un par de horas, un poste inclinaba su
sombra hacia el café donde nos encontrábamos. Como si su intención fuera unir
los pedazos de todo aquello que tocaba por encimita. En su torso, si es posible
que tenga uno, pero démoslo por sentado, la maquinaria de un medidor cumplía su propósito: escuchar el ritmo, los acentos del paso sanguíneo de la
luz invisible. Escuchar: cómo el poste erguido transporta energía a una velocidad que
rebasa nuestros cálculos. El hecho es que alrededor de las 12 de la noche el
poste se iba extendiendo hacia las estrellas ocultas por el esmog, pero su sombra, en
un ángulo de 90 grados aproximadamente, parecía caer con toda su negación sobre
la banqueta donde mi interlocutor terminaba su cigarro, como si otro cigarro
gigante intentara apropiarse del fuego. Un titán de sombra escapado del poste
gris para emboscarnos con un tema liviano.
viernes, octubre 31
El aullido y la grúa
Pensaba en la grúa inmóvil. Cada vez que me asomaba por la
ventana de mi habitación, en el recuadro delineado por el alambrado y las
bardas blanco sucio de los otros departamentos, con sus ventanas negadas a la
curiosidad, estaba ahí, extendiendo su enorme brazo de varillas metálicas de un
lado a otro de la avenida López Mateos. Entonces ignoraba que cruzaba esa
arteria con ínfulas de embotellamiento; me enteré porque regresaba en coche y
entonces reconocí esa gran estructura. Desde mi habitación no había calculado
su extensión: prácticamente los seis carriles de la avenida y quizá más. Llegué
a pensar, además, que la construcción del edificio estaba detenida, congelada
en algún punto de sus inversiones. Pero no: la grúa de pronto, una tarde,
apuntaba hacia otro lado. Como a veces sucede con el tren, que va en una
dirección o en otra. El silbato de ese monstruo de hierro suele penetrar las
ventanas cerradas, como si se auto-inmolara entre las paredes, como si se
estrellara en todas a un mismo tiempo con un aullido desesperado. Al principio este
ruido imponente causaba estragos en mi cuerpo antes de que me diera cuenta de
que se trataba de la máquina que atraviesa la ciudad a cuadra y media. Mi sobresalto
daba lugar a un sentimiento que poco a poco se instalaba en la pasividad de la
grúa, como si me extendiera su brazo solidario. Inmóvil, aparentemente.
(Cualquiera)
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