Si anduvieras en bici podríamos pasear hasta el
Metropolitano, Martha, sin tardar demasiado en el camino, aunque ir paso a paso
contigo establece una relación semejante a deletrear una novela. Recuerdo el
día que comentábamos lo que Ontiveros, el profe de filosofía, nos había contado
sobre Descartes, cómo había trasladado la duda al centro de la comprensión del
todo. Ni siquiera estábamos seguros de eso en realidad dijera el Discurso del
método, pero al acompañarte esa noche de regreso a tu casa caminábamos más
lento para cuestionar no solo la lluvia que parecía contrariarnos, sino las
ideas caídas en los charcos como las hojas secas que se iban acumulando en boca
de tormenta. Y era entonces cuando quería tocar tus labios con mis yemas
simulando que solo improvisaba para callarte con suavidad porque me parecía que
estabas cayendo en un atolladero, en un remolino de cuestionamientos que no
iban sino al vacío subterráneo adonde huye por gravedad todo aquello que no
haya su lugar en este mundo. Y me mirabas con esos ojos de borrego que parecían
gritarme bésame, pero yo no entendía o no quería entender o quizá solo me lo
imaginaba porque yo quería hacerlo, pegar mis labios a los tuyos y que fuera lo
que había de ser, pero dudaba, dudaba de mi método escolástico de hacer las
cosas, dudaba de la fe que tenía de que deseabas lo mismo que yo cuando en
realidad deseabas al deseo más que a mí, pero en ese momento yo quería ser el
mismo deseo, que, como Ontiveros nos indicaba, que se apoderara de mí con eso
que llaman entusiasmo, pero tú me indicabas que ya andaba yo poniendo conceptos
disímiles en una licuadora metafísica y que lo mejor era dejar todo ir por esa
coladera apestosa que ya se había encharcado y nos mojaba los pies descalzos
porque teníamos las manos llenas de zapatos y calcetines mientras nuestras
bocas hablaban y más bien, aunque insistas en que son meras especulaciones
porque qué voy a saber qué piensas tú, pero te miro, siento tu calorcito al
acercarte para ponerme, tú sí, el dedo en el labio inferior y no me acostumbro
a andar deseándote, andar como un caballero errante, como ese Quijote que tanto
citas cuando me dices que yo soy tu Dulcineo, pero que solo me vas a decir Neo
para que los demás me confundan con el personaje de esa película que también lo
pone todo en duda, como hizo Descartes y entonces no descarto que quizá, aunque
lo dude, en algún momento te decidas a poner tus labios en los míos como se
ponen las gotas de lluvia en las plumas de los pájaros, temblando.
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