viernes, agosto 21

Los perros - Carlos - Descartes

Si anduvieras en bici podríamos pasear hasta el Metropolitano, Martha, sin tardar demasiado en el camino, aunque ir paso a paso contigo establece una relación semejante a deletrear una novela. Recuerdo el día que comentábamos lo que Ontiveros, el profe de filosofía, nos había contado sobre Descartes, cómo había trasladado la duda al centro de la comprensión del todo. Ni siquiera estábamos seguros de eso en realidad dijera el Discurso del método, pero al acompañarte esa noche de regreso a tu casa caminábamos más lento para cuestionar no solo la lluvia que parecía contrariarnos, sino las ideas caídas en los charcos como las hojas secas que se iban acumulando en boca de tormenta. Y era entonces cuando quería tocar tus labios con mis yemas simulando que solo improvisaba para callarte con suavidad porque me parecía que estabas cayendo en un atolladero, en un remolino de cuestionamientos que no iban sino al vacío subterráneo adonde huye por gravedad todo aquello que no haya su lugar en este mundo. Y me mirabas con esos ojos de borrego que parecían gritarme bésame, pero yo no entendía o no quería entender o quizá solo me lo imaginaba porque yo quería hacerlo, pegar mis labios a los tuyos y que fuera lo que había de ser, pero dudaba, dudaba de mi método escolástico de hacer las cosas, dudaba de la fe que tenía de que deseabas lo mismo que yo cuando en realidad deseabas al deseo más que a mí, pero en ese momento yo quería ser el mismo deseo, que, como Ontiveros nos indicaba, que se apoderara de mí con eso que llaman entusiasmo, pero tú me indicabas que ya andaba yo poniendo conceptos disímiles en una licuadora metafísica y que lo mejor era dejar todo ir por esa coladera apestosa que ya se había encharcado y nos mojaba los pies descalzos porque teníamos las manos llenas de zapatos y calcetines mientras nuestras bocas hablaban y más bien, aunque insistas en que son meras especulaciones porque qué voy a saber qué piensas tú, pero te miro, siento tu calorcito al acercarte para ponerme, tú sí, el dedo en el labio inferior y no me acostumbro a andar deseándote, andar como un caballero errante, como ese Quijote que tanto citas cuando me dices que yo soy tu Dulcineo, pero que solo me vas a decir Neo para que los demás me confundan con el personaje de esa película que también lo pone todo en duda, como hizo Descartes y entonces no descarto que quizá, aunque lo dude, en algún momento te decidas a poner tus labios en los míos como se ponen las gotas de lluvia en las plumas de los pájaros, temblando.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario